martes, 20 de enero de 2026

SAN MARTÍN Y LA MASONERÍA: CUANDO LA HISTORIA EXIGE PRUDENCIA Y NO DOGMAS

 SAN MARTÍN Y LA MASONERÍA: CUANDO LA HISTORIA EXIGE PRUDENCIA Y NO DOGMAS


El debate sobre la supuesta masonería de José de San Martín suele plantearse de forma burda y militante, como si la historia debiera responder a consignas ideológicas y no a hechos comprobables. Se lo afirma o se lo niega según conveniencia, sin el cuidado que exige una figura central de la historia americana. El revisionismo serio no acepta eslóganes: trabaja con documentos, contextos, silencios y coherencias vitales. Y cuando se analiza el caso de San Martín con honestidad intelectual, la conclusión es clara: no existen pruebas concluyentes de que haya sido masón, y convertir esa suposición en certeza es un acto de fe ideológica, no de historia.
QUIÉNES AFIRMAN QUE SAN MARTÍN FUE MASÓN Y SOBRE QUÉ SE APOYAN
Quienes sostienen que San Martín fue masón rara vez presentan pruebas directas. No hay acta de iniciación, no hay certificado, no hay grado, no hay logia regular identificable, no hay correspondencia masónica firmada por él. El argumento se apoya casi exclusivamente en asociaciones indirectas: su paso por Europa, su relación con hombres que sí fueron masones y, sobre todo, la mención reiterada de la Logia Lautaro.
Con el tiempo, estas conjeturas se repitieron tantas veces que pasaron a considerarse verdades establecidas, especialmente desde fines del siglo XIX, cuando el liberalismo necesitó construir un San Martín compatible con su propio relato político, ilustrado y europeizante.
LA LOGIA LAUTARO: HERRAMIENTA POLÍTICA, NO LOGIA MASÓNICA REGULAR
La identificación automática de la Logia Lautaro con la masonería es uno de los errores más difundidos de la historiografía liberal. La Lautaro fue una sociedad política secreta, creada con un objetivo concreto: coordinar la lucha revolucionaria contra el dominio español. No dependía de ninguna Gran Logia internacional, no figura en los registros de la masonería regular y no funcionaba como espacio iniciático ni doctrinario.
Confundir una sociedad conspirativa patriótica con una logia masónica regular es un anacronismo funcional a un relato posterior, no una conclusión histórica seria.
LOS REGISTROS MASÓNICOS Y EL PESO DEL SILENCIO DOCUMENTAL
Las grandes logias regulares de Inglaterra, Escocia e Irlanda conservan registros exhaustivos de sus miembros desde hace siglos. Investigaciones que consultaron directamente esos archivos recibieron siempre la misma respuesta: José de San Martín no figura como masón, y la Logia Lautaro tampoco aparece reconocida como logia regular.
En la masonería institucional, la pertenencia deja huella escrita. Cuando no hay registro, no puede afirmarse la afiliación como hecho histórico comprobado. En este caso, el silencio documental pesa más que cualquier suposición.
LA AUSENCIA DE REIVINDICACIÓN MASÓNICA EN SU TIEMPO
Hay un dato llamativo que suele omitirse. Durante la vida de San Martín y durante décadas después de su muerte, la masonería rioplatense no lo reivindicó como uno de los suyos. No hubo homenajes, ni discursos, ni símbolos, ni apropiación de su figura. La construcción del “San Martín masón” aparece tardíamente, cuando el relato liberal ya estaba consolidado y necesitaba legitimar su genealogía histórica.
No aparecieron nuevas pruebas. Apareció una necesidad política.
SAN MARTÍN Y LA FE CATÓLICA: UN DATO HISTÓRICO QUE EL RELATO LIBERAL MINIMIZA
Aquí aparece un aspecto central, muchas veces relegado o relativizado: la fe católica concreta de San Martín. No como gesto cultural ni como retórica de época, sino como práctica real y sostenida.
San Martín fue un católico practicante. Mandó a decir misas antes de campañas decisivas, protegió activamente al clero en los territorios liberados y ordenó el respeto absoluto por iglesias, imágenes y sacerdotes dentro del Ejército de los Andes, incluso bajo sanciones severas. En su correspondencia privada invoca a la Providencia con naturalidad y convicción, no como fórmula vacía.
Más aún: recibió los sacramentos de la Iglesia Católica, y murió asistido religiosamente, en plena comunión con la Iglesia. Este dato no es menor. En el siglo XIX, un masón regular no recibía los sacramentos sin ruptura o abjuración previa. El hecho de que San Martín muera en paz con la Iglesia, sin conflicto ni condena, no prueba automáticamente nada, pero vuelve extremadamente forzado presentarlo como un masón doctrinario o un liberal anticristiano.
Además, San Martín nunca impulsó políticas anticlericales ni reformas ilustradas contra la Iglesia. Jamás vio a la religión como un obstáculo a destruir, sino como parte constitutiva del tejido social americano. Su idea de orden, autoridad y moral pública está mucho más cerca del catolicismo tradicional que del liberalismo europeo de logia.
EL LIBERALISMO Y EL ERROR DEL ANACRONISMO
Aplicar sin matices la etiqueta de “liberal” a San Martín es otro error grave. El liberalismo doctrinario del siglo XIX, ligado al individualismo, al libre comercio impuesto y a la subordinación cultural a Europa, no coincide con su pensamiento ni con su práctica política.
Para San Martín, la libertad no era un dogma filosófico ni una abstracción ilustrada. Era un instrumento concreto para garantizar la independencia de los pueblos americanos, dentro de un orden moral, comunitario y profundamente arraigado en la tradición.
SAN MARTÍN Y ROSAS: UN GESTO QUE COMPLICA TODAS LAS ETIQUETAS
El apoyo explícito de San Martín a Juan Manuel de Rosas frente al bloqueo anglo-francés es un hecho histórico indiscutible. Un general anciano, enfermo y retirado, ofreciendo su espada al gobernante más resistido por los liberales porteños y por los intereses británicos.
Ese gesto no prueba ni niega su pertenencia a ninguna organización, pero hace muy difícil encajarlo sin tensiones en el molde del liberalismo masónico dominante. San Martín sabía quién era Rosas, sabía quién era Inglaterra y sabía qué estaba en juego. Y eligió con claridad.
LA DUDA FUNDADA ES MÁS HONESTA QUE LA CERTEZA IDEOLÓGICA
La historia no se escribe con etiquetas importadas ni con afirmaciones repetidas sin respaldo documental. Hoy no puede afirmarse, con pruebas concluyentes, que San Martín haya sido masón. Tampoco puede demostrarse de manera absoluta lo contrario. Lo que sí puede afirmarse es que las pruebas no existen, que los argumentos a favor son tardíos y débiles, y que la vida, la fe y las decisiones de San Martín no encajan cómodamente en el molde liberal-masónico que se le quiso imponer después.
San Martín no necesita ser masón ni liberal para ser grande. Fue un patriota americano, un conductor militar al servicio de la independencia y un hombre de fe que actuó según su conciencia y su deber.
Y en historia, cuando no hay documentos, dudar con fundamentos es un acto de honestidad intelectual.
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Frente a la iglesia, un español de 2,35 tumba de un solo golpe al herrero del pueblo y grita,

 Frente a la iglesia, un español de 2,35 tumba de un solo golpe al herrero del pueblo y grita, "Cuando caiga villa, su destino será un ejemplo para todos. El miedo manda, pero ese día el miedo encontró su final. Bienvenido al canal Cuentos de Villa. Dinos desde dónde nos estás escuchando, compadre.


Déjanos tu like y agárrate, porque lo que viene te va a herizar hasta los huesos. Cuentan los viejos de Valle de Allende que por el verano de 1914, cuando el aire olía a pólvora y promesas rotas, llegó al pueblo una sombra que caminaba en dos patas. Lo llamaban el gigante y no era nombre puesto a la ligera. media más de dos varas de alto.
Tenía espaldas anchas como yugo de bueyes y puños del tamaño de martillos de herrero. Había venido del sur, dicen, contratado por el coronel Esteban Mondragón, un huertista de los bravos que se había hecho fuerte en las lomas de Parral, con la promesa de limpiar Chihuahua de villistas de una vez por todas.
El español, porque español era, aunque hablaba cristiano, como si hubiera mamado en pechos mexicanos, tenía una misión que iba más allá de la simple matanza. No se trataba no más de matar a Villa, sino de quebrarlo como símbolo. Mondragón lo sabía bien. Mientras el centauro del norte siguiera cabalgando por estas tierras, la gente humilde no perdería la esperanza.
Y un pueblo con esperanza es pueblo que no se rinde. Necesito que lo hagas públicamente, le había dicho el coronel la noche en que cerraron el trato contando monedas de oro sobre la mesa de una cantina en Santa Rosalía. Que lo vean caer todos. Que sepan que Pancho Villa no es más que un hombre y que los hombres mueren igual que las moscas.
El gigante había asentido sin más palabras. No era hombre de muchas, pero cuando hablaba la tierra parecía temblar. Su voz salía de adentro como trueno distante y sus ojos, pequeños y negros como frijoles quemados. Tenían esa frialdad que solo se veen los que han matado tanto que ya no cuentan. Los primeros días de su llegada a Valle de Allende fueron como los primeros días de una tormenta.
Se sentía el peligro en el aire, pero todavía no se veía de dónde vendría el rayo. El gigante se instaló en la cantina de don Aurelio, un lugar pequeño pero céntrico, donde todos los hombres del pueblo se juntaban al caer la tarde para hablar de la cosecha, del clima y en voz baja de la guerra que les comía a los hijos uno por uno.
La primera señal de lo que venía pasó el martes por la mañana. Don Crisanto, el herrero del pueblo, hombre recio que había forjado herraduras para los caballos de villa más de una vez entró a la cantina buscando nada más que un trago de mezcal para quitarse el sabor amargo de la madrugada. El gigante estaba solo en una mesa del rincón desayunando huevos y machaca con tortillas del tamaño de sombreros.
Usted es el que anda preguntando por Villa", dijo don Crisanto sin malicia, no más por curiosidad. El gigante alzó la vista despacio. Sus ojos encontraron los del herrero y don Aurelio, que limpiaba vasos detrás de la barra, sintió que el aire se espesaba como antes de granizar. "¿Y si fuera?", contestó el español sin dejar de masticar.
Pues no más por saber, siguió don Crisanto, que era hombre de ley, pero también de valor. Villa es gente querida por aquí. Sería una lástima que alguien viniera a buscarlo para hacerle daño. El gigante se puso de pie lentamente, como montaña que decide moverse. Don Crisanto era hombre alto, pero junto al español parecía niño.
La diferencia no era solo de estatura, sino de presencia. Donde Don Crisanto irradiaba la fuerza honesta del trabajo, el gigante emanaba algo oscuro, algo que helaba la sangre. Escúchame bien, herrero, dijo, y su voz llenó el cuarto pequeño como agua que se desborda. Yo no vengo a hacerle daño a Villa, vengo a matarlo y cuando lo haga voy a exhibir su derrota ahí enfrente de la iglesia para que todos los insolentes como tú vean qué les pasa a los que se meten con gente que no deben.
Don Crisanto sintió que la boca se le secaba, pero no retrocedió. era hombre de honor, y el honor no se negocia ni ante gigantes. Será si puede, murmuró, más para sí mismo que para el español. El puñetazo llegó tan rápido que don Aurelio no lo vio venir. Solo escuchó el golpe seco y terrible como hacha contra tronco.
Y luego vio a don Crisanto en el suelo con sangre saliéndole de la boca y los ojos vidriosos. El gigante se quedó parado sobre él. respirando apenas como si acabara de espantar una mosca. "Si Villa tiene huevos, que venga a buscarme", dijo en voz alta para que todos en el pueblo lo oyeran.
"Estaré esperándolo aquí, en esta plaza de cuando se le hinchen las pelotas de enfrentarme." Don Aurelio corrió a ayudar al herrero que respiraba con dificultad. Cuando logró incorporarlo, don Crisanto escupió sangre y dos dientes. "Vámonos de aquí, don Crisanto", susurró el cantinero. "Este cabrón no está acuerdo, pero donCrisanto, aunque dolido, no había perdido la dignidad.
No", dijo con voz ronca. Mi pueblo es mi pueblo. Aquí nací y aquí me van a enterrar. Pero este hijo de no va a durar mucho. Villa va a venir y cuando venga este va a conocer lo que es la tierra de Chihuahua. El gigante se rió. Una risa que sonaba como piedras rodando por un barranco. Villa repitió saboreando el nombre.
Villa es puro cuento, un bandido con suerte que se cree general. Yo he matado 20 como él y todos murieron igual, de rodillas pidiendo perdón. Las palabras del español corrieron por el pueblo como reguero de pólvora. Para el atardecer no había quien no supiera que había llegado un demonio con figura de hombre, buscando pelea con el mismísimo Pancho Villa.
Los hombres caminaban con la cabeza agachada, las mujeres encerraban a sus hijos temprano y hasta los perros parecían ladrar más que dito. Esta noche en la casa de don Evaristo, el hombre más viejo del pueblo y por eso el más respetado, se juntaron los principales para decidir qué hacer. Hay que mandar aviso a Villa dijo doña Carmen, la partera que tenía más arrestos que muchos hombres.
No podemos dejar que este animal ande suelto por aquí. ¿Y si villa no viene? preguntó don Baristo preocupado. Y si decide que no vale la pena arriesgar su gente por nosotros. Villa siempre viene, contestó don Crisanto, que había llegado con la cara hinchada, pero con los ojos claros. Ese hombre no deja votado a su pueblo, nunca lo ha hecho.
Pero este no es cualquier insistió don Aurelio. Este cabrón es peligroso, de verdad. Lo vi mover la mano y ni tiempo tuve de parpadear. Don Crisanto estaba en el suelo antes de que yo pudiera respirar. El silencio cayó sobre el grupo como manta húmeda. Todos sabían que el cantinero tenía razón. El gigante no era de los matones comunes que habían visto pasar por el pueblo durante la guerra.
Era algo distinto, algo que ponía los nervios de punta solo con verlo caminar. Ni modo," dijo finalmente doña Carmen. Sea como sea, hay que mandar el recado. Villa tiene derecho a saber que lo andan buscando y nosotros tenemos derecho a pedirle ayuda. Don Evaristo asintió despacio.
"Está bien, ¿quién se avienta el viaje?" "Yo voy,", dijo una voz desde la puerta. Todos voltearon. Era Miguelito, el hijo menor de don Evaristo, un chamaco de 15 años que tenía la mala costumbre de aparecer donde no lo llamaban. "Tú ni madres", contestó su padre. "Esto es cosa de hombres. Soy más rápido que cualquiera de ustedes", insistió el muchacho.
"Conozco todas las veredas de la sierra y mi caballo no le pide nada al de nadie. Puedo llegar al campamento de villa y regresar antes de que se den cuenta de que me fui. Los hombres se miraron entre sí. El chamaco tenía razón, pero mandarlo era arriesgado. Si lo agarraban los federales o los rurales, no nomás lo matarían.
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DIARIO DE UN SOLDADO

 DIARIO DE UN SOLDADO


¿QUIÉN ESTÁ AL APARATO?
Tres de septiembre de 1936, Talavera de la Reina es la última ciudad importante entre Madrid y el ejército de África, la marcha de éste ha sido vertiginosa por Andalucía y Extremadura, su marcha parece imparable. El gobierno de la República se encuentra esperanzado en poder detener a los sublevados en esta localidad, y para ello piensa detenerlo a toda costa en la ciudad toledana.
La República ha designado al general Riquelme para dirigir a las fuerzas republicanas, al mando de las milicias se encuentra Juan Modesto, estas fuerzas han logrado reunir a más de diez mil combatientes, también disponen de abundante artillería y hasta un tren blindado.
El día dos de septiembre las fuerzas de Yagüe se encuentran en las afueras de la localidad, el teniente coronel soriano cuenta con unos tres mil quinientos hombres, la mayoría legionarios y regulares. La idea de maniobra de Yagüe consiste en rodear los flancos de las fuerzas de la república para envolverlos.
Una de las columnas de Yagüe al mando del comandante Castejón y la otra al mando del teniente coronel Asensio envuelven a las defensas republicanas por sus flancos, tras un primer momento en el que logran detener el avance, a la segunda acometida, las fuerzas gubernamentales se retiran en desorden, las fuerzas atacantes consiguen tomar el aeródromo y la estación de ferrocarril.
Yagüe ve su oportunidad y no piensa desaprovecharla, se lanza en tromba hacia el centro de la localidad, consiguiendo sorprender a los defensores que se encontraban allí, capturando a gran número de milicianos, los supervivientes emprendieron una desordenada huida, abandonando armamento y equipo, esa misma tarde a las 14,20 horas la ciudad está completamente en manos del teniente coronel legionario.
El Ministro de la Guerra de la II República llama por teléfono para preguntar por la situación en la localidad:
- Ring, ring, ring…..
Un soldado de regulares que había penetrado en un edificio oficial del centro de la localidad al escuchar el teléfono, lo descolgó.
- Aquí Madrid, soy el general Sarabia,
- ¿Con quién hablo?
- Llamo desde el Ministerio de la Guerra.
El soldado de regulares era la primera vez que contemplaba el artilugio del cual se emitían esos extraños sonidos, el asakari se animó a hablar por el micrófono:
- ¡Qué decir tú de Ministerio paisa!
El fuerte acento marroquí del interlocutor, desconcertó totalmente al general Sarabia.
- Pero, ¿vamos a ver quién está al aparato?
- Yo ser askari del tabor de Ceuta.
La respuesta que escuchó Sarabia le dejó totalmente helado y no admitía duda de ningún tipo, la ciudad había caído ya en mano de las fuerzas africanas. Las fuerzas de Yagüe se encontraban a ciento veinticuatro kilómetros de la capital de España, lugar donde se habían encendido todas las alarmas.
Jorge Rowe
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