EL GIGANTE DE METRÓPOLIS (tit. DVD, Umberto Scarpelli, 1961). Con Gordon Mitchell, Bella Cortez, Roldano Lupi, Furio Meniconi, Liana Orfei y Marietto.
Ya nos hemos referido en otras ocasiones a lo laxos que resultan los códigos genéricos. Épico y aventurero -sobre todo en el cine italiano de los sesenta- suelen solaparse e incluso entremezclarse de forma desacomplejada, ya que, la mayoría de veces, emplean temáticas similares, fácilmente trenzables.
Sin ir más lejos, en "Il gigante di Metropolis" nos encontramos ante un filme en verdad insólito, por cuanto amalgama con singular fortuna el péplum y la ciencia-ficción de vanguardia. Y todo ello con la mirada puesta, por un lado, en el mito atlante y, por otro, en el modelo CF y la arquitectura futurista que da cuerpo a la visionaria "Metrópolis" (Fritz Lang, 1927); al respecto, conviene destacar los paneles, las transparencias y vidrios pintados, de aire precolombino, que recuerdan a los mejores pinceles de Mario Bava y que Oberdan Troiani fotografía con brillantez, tanto como los pasillos y estancias en claroscuro del decorador Giorgio Giovannini.
Película de un productor con huella personal, Emimmo Salvi en su mejor momento -aquí junto a Decio Salvi-, en el presente filme se inicia la colaboración entre este -también co-guionista, más adelante pasado a la realización- y la pareja artística Mitchell / Cortez.
La acción se sitúa 20.000 años a. C., en el mítico continente de la Atlántida, marco de tantas ficciones. Obro (Mitchell) arriva a la hermética Metrópolis desde el mundo exterior para prevenir sobre el mal uso de la ciencia, uso erróneo que puede abocar a la Atlántida a la catástrofe.
Gordon Mitchell encaja como un guante en su personaje del mesiánico Obro, coloso primigenio de rostro anguloso con fuerza descomunal -no muy distinto al modelo de gigante bueno instaurado en el cine desde el estreno de "Hércules" (Pietro Francisci, 1957) o, sin ir más lejos, similar al anterior esfuerzo de Mitchell, "Maciste, el coloso" (Antonio Leonviola, 1961)-.
La urbe, por mandato del rey Yotar (Lupi) explota brutalmente la fuerza geomagnética extraída del núcleo terrestre, convirtiéndola en energía y removiendo el magma. Yotar controla la natalidad, seleccionando parejas y momentos propicios, bajo el auspicio de la luna llena. También revive periódicamente a la élite, prolongando su decrepitud; singular metáfora de la desigualdad, más patética, menos ejemplarizante que la lucha de clases del opus de Fritz Lang, donde los elegidos esclavizaban a los trabajadores.
Yotar atrapa a Obro. Lo enfrenta a un gigante y a pigmeos trogloditas. Lo atormenta con rayos de luz fría y cálida. Admirado por su vigor, desea preservarlo como títere de su deseo enfermizo de inmortalidad.
El fanatismo de Yotar -similar a la de otro líder atlante, para el caso, la reina Antinea (Fay Spain, 1961) de "La conquista de la Atlántida" (Vittorio Cotaffavi)- lo lleva a experimentar con su propio hijo, el niño Elmos ("Marietto"). El rey reserva a ese vástago compartido con su consorte, Texen (Orfei), el terrible destino de alojar el cerebro de un anciano erudito y la sangre de Obro, para perpetuar en el chiquillo sus sueños de poder y vida eterna.
Sin embargo, Texen desea salvar a Elmos, quien solo anhela salir de los subterráneos metropolitanos, ver el cielo. Libera a Obro por medio del consejero Egon (Meniconi), "uno de los pocos habitantes con voluntad propia".
Cortez es Mecede, princesa de Metrópolis y hermana de Elmos por vía paterna. La hermosa joven se enamora del torvo aunque bondadoso Obro, con quien contrasta y se complementa, descubriendo a través suyo las maravillas del exterior, es decir, la naturaleza virgen de agreste belleza.
La conjunción de los astros se muestra desfavorable. La naturaleza se rebela contra la impiedad y la explotación sin escrúpulos de sus recursos por parte de Metrópolis con el subsiguiente cataclismo. Los movimientos internos crean un maremoto, capaz de sumergir la perversidad -y casi todo lo demás-, a la manera bíblica, inundación de la que sobreviven la nueva pareja y Elmos, quienes, sin duda, marcarán el futuro del mundo con afectuoso optimismo.
La columna sonora de Armando Trovajoli, tantas veces reutilizada, da el tono perfecto, extraño e inconfortable, a este épico SF.