lunes, 2 de febrero de 2026

El 2 de febrero de 1592 murió recluida en su palacio de Pastrana, Ana Hurtado de Mendoza de la Cerda y de Silva y Álvarez de Toledo,

 El 2 de febrero de 1592 murió recluida en su palacio de Pastrana, Ana Hurtado de Mendoza de la Cerda y de Silva y Álvarez de Toledo, conocida coloquialmente como la princesa de Éboli, noble cabecilla del partido pacifista de la corte, que propugnaba una salida negociada al problema de Flandes, junto a Antonio Pérez, el secretario del rey. Su estrecha relación con Antonio Pérez, de quien quizás era la amante, la acabó mezclando en los turbios sucesos que provocaron la caída del secretario real. Así, cuando Pérez fue acusado de instigar el asesinato de Rafael de Escobedo, secretario de Juan de Austria y antiguo colaborador suyo, para que no descubriese sus contactos secretos con los rebeldes holandeses, la princesa de Éboli se vio implicada y fue arrestada. Privada de la tutela de sus hijos, fue exiliada a Pastrana, donde falleció.



Perteneciente a una de las más importantes familias de la nobleza castellana, Ana Mendoza de la Cerda era la única hija de Diego Hurtado de Mendoza, virrey de Perú, príncipe de Mélito y duque de Francavilla, y de Catalina de Silva, hermana del conde de Cifuentes.


A los doce años, en 1552, el príncipe Felipe (futuro rey Felipe II) y los padres de la novia firmaron las capitulaciones para la boda de Ana con Ruy Gómez de Silva, amigo de la infancia del príncipe Felipe. Ruy era príncipe de Éboli, ciudad ubicada en el Reino de Nápoles y ministro del rey, pero los compromisos de Ruy motivaron su presencia en Inglaterra y el matrimonio no se celebró hasta aproximadamente 1557. Durante su estancia en la Corte entabló una estrecha amistad con la reina Isabel de Valois.


Fue una de las mujeres de más talento de su época y considerada una de las damas más hermosas de la corte española. Respecto a la pérdida de su ojo derecho, la teoría más respaldada asegura que la princesa fue dañada por la punta de un florete manejado por un paje durante su infancia. Pero este dato no es claro, quizá en realidad sufriese estrabismo, aunque hay pocos datos que mencionen dicho defecto físico. Este defecto únicamente aparece citado en la documentación escrita (y muy veladamente) a partir del siglo XVIII. Al parecer, Ana Mendoza se expresaba de forma populachera, y en sus escritos solía hacer crítica del aplebeyamiento de la aristocracia española.


Poseedora de una de las mayores fortunas de España, a la muerte de su esposo en 1573 se retiró al convento de carmelitas de Pastrana, casa que había sido fundada a expensas suyas por Santa Teresa, y con la que tuvo muchos conflictos. Entorpeció las obras porque quería que se construyesen según sus dictados, lo que provocó numerosos conflictos con monjas, frailes, y sobre todo con Teresa de Jesús, fundadora de la orden. La princesa quería ser monja y que todas sus criadas también lo fueran. Le fue concedido a regañadientes por Teresa de Jesús y se la ubicó en una celda austera.


Pronto se cansó de la celda y se fue a una casa en el huerto del convento con sus criadas. Allí disponía de armarios para guardar vestidos y joyas, además de tener comunicación directa con la calle y poder salir a voluntad. Ante esto, por mandato de Teresa, todas las monjas abandonaron Pastrana y dejaron sola a Ana. Esta llegaría a publicar una biografía tergiversada de Teresa. Después de seis meses de agitada vida conventual fue obligada por el rey a renunciar a los hábitos y a hacerse cargo, en conformidad con el testamento de su esposo, de la tutoría de sus hijos y de la administración de los bienes heredados por éstos.


A raíz de su regreso a la Corte comenzó una etapa de su vida caracterizada por la intriga y el escándalo, fruto de su personalidad caprichosa y voluble y de las supuestas relaciones amorosas (no han sido aceptadas por todos los historiadores) con el propio monarca, con Juan de Escobedo, secretario de Juan de Austria, y con Antonio Pérez (este último, el amorío más creible), quien era secretario real y cabeza visible de la facción pacifista. Antonio tenía la misma edad que ella y no se sabe realmente si lo suyo fue simplemente una cuestión de amor, de política o de búsqueda de un apoyo que le faltaba desde que muriera su marido.


Parece probable que la princesa de Éboli y Antonio Pérez mantuvieran negociaciones secretas con los rebeldes flamencos, hecho del que habría tenido conocimiento Juan de Escobedo; para evitar que Escobedo revelase el secreto se le acusó de una grave conspiración política pretendidamente urdida con Juan de Austria. En 1578, Escobedo fue asesinado por orden de Antonio Pérez, seguramente con el consentimiento real.


La princesa de Éboli aprovechó la influencia de Pérez y su conocimiento de los secretos de Estado para satisfacer sus ambiciones políticas y sus necesidades económicas. La concesión de dignidades eclesiásticas y la venta de información política reservada figuran entre los negocios más fructíferos en que ambos intervinieron. A la muerte del rey Sebastián de Portugal (1578), la princesa volvió a colaborar con Pérez con el fin de apoyar la candidatura de la duquesa de Braganza al trono portugués, oponiéndose así a las pretensiones dinásticas de Felipe II en este mismo sentido.


Al tener conocimiento de estas intrigas y al percatarse de que había sido engañado en el asunto de Escobedo, el monarca se vio en la necesidad de ordenar el encarcelamiento de la princesa de Éboli y de Antonio Pérez, hecho que dio lugar al episodio más importante de las llamadas Alteraciones de Aragón al escapar Pérez. La princesa fue encerrada por orden del rey, primero en el Torreón de Pinto, luego trasladada en febrero de 1580 a la fortaleza de Santorcaz y privada de la tutela de sus hijos y de la administración de sus bienes, para ser trasladada en 1581 a su Palacio Ducal de Pastrana, donde estuvo acompañada y atendida por su hija menor y tres criadas.


Es muy conocido en dicho palacio el balcón enrejado que da a la plaza de la Hora, llamada así porque era donde se permitía a la princesa asomarse una hora al día. Felipe II mandó poner rejas en puertas y ventanas del Palacio Ducal.


No está tampoco muy claro el porqué de la actitud cruel de Felipe II para con Ana, quien en sus cartas llamaba «primo» al monarca y le pedía en una de ellas «que la protegiese como caballero». Felipe II se referiría a ella como «la hembra» o «la marrana». Mientras la actitud de Felipe hacia Ana era dura y desproporcionada, siempre protegió y cuidó de los hijos de esta y su antiguo amigo Ruy Gómez de Silva.


Con todo, las dolencias de Ana Mendoza fueron creciendo sin que nadie las remediase y durante el invierno de 1591-1592 quedó tullida, sin poder salir de la habitación ni siquiera levantarse de la cama, muriendo a los cincuenta y dos años de edad.