JOSÉ RUIZ HUIDOBRO
ORGANIZADOR DEL EJÉRCITO FEDERAL Y FIGURA SILENCIADA
Por Revisionismo Historico Argentino
NACIMIENTO, ORIGEN Y FORMACIÓN CASTRENSE
José Ruiz Huidobro nació en Madrid en 1802, en el seno de una familia de hidalguía militar. Era sobrino del teniente general de la Real Armada Pascual Ruiz Huidobro, gobernador de la Plaza de Montevideo y jefe del Apostadero Naval del Río de la Plata durante las invasiones inglesas. Muy joven ingresó al ejército español, donde recibió una sólida educación castrense de línea, formación que lo distinguiría durante toda su carrera y lo convertiría en una rareza dentro del mundo de las montoneras rioplatenses.
Hacia 1819 llegó a América incorporado al Batallón Numancia, con el cual actuó en el Virreinato de Nueva Granada y luego en el Perú. En 1820, siendo teniente, se produjo el paso de ese cuerpo a la causa independentista como consecuencia directa de la acción política y militar de José de San Martín y de su magistral guerra de zapa. A diferencia de otros relatos edulcorados, el Numancia no fue un regimiento improvisado ni una masa sin conciencia: fue un cuerpo de línea que cambió de bando por convicción y cálculo histórico.
En 1822 pidió la baja y se estableció en Chile, en la villa de Los Andes. Desde allí cruzó la cordillera en 1825 y se radicó en Mendoza, acompañado de su esposa Petrona Godoy y una hija pequeña, alojándose en la casa de su tía política María Josefa Morales de los Ríos, viuda del general Pascual Ruiz Huidobro, fallecido en esa ciudad en 1813.
EL OFICIAL EUROPEO EN LA SOCIEDAD CUYANA
Ruiz Huidobro era un hombre de figura arrogante, maneras distinguidas, trato cortés y sociable, con gustos refinados y alguna instrucción literaria poco común para la época. Estas cualidades le granjearon una rápida aceptación en la sociedad mendocina. Frecuentó reuniones sociales, se destacó como bailarín y conversador, y despertó simpatías genuinas por su carácter accesible.
Durante un tiempo intentó ganarse la vida en el teatro. Organizó cuadros filodramáticos, actuó, dirigió y se desempeñó como empresario, instalando una sala en el cuartel de los Olivos. Durante dos años obtuvo aplausos, prestigio y dinero, alcanzando una posición holgada. Pero el hastío y la vocación profunda por la vida militar lo empujaron a regresar a las armas, en una época en que, como él mismo demostraría, a veces era necesario hacer cualquier cosa para ganarse el pan sin renunciar al honor.
DEL TEATRO A LA GUERRA CIVIL
Cuando el general José Félix Aldao recibió la orden de organizar un regimiento de caballería denominado Auxiliares de los Andes, destinado a apoyar a Juan Facundo Quiroga en la lucha contra el general José María Paz, Ruiz Huidobro fue incorporado con el grado de capitán. De inmediato se reveló como un organizador excepcional. Su foja de servicios dejó constancia de que cumplió sus deberes con reconocida inteligencia y ejemplar conducta militar.
Actuó como parlamentario de Quiroga ante la guarnición de Córdoba antes de la rendición de la ciudad el 21 de julio de 1829. Participó en la represión de disturbios en Mendoza, combatió en El Pilar y contuvo el saqueo de la ciudad, fusilando salteadores, gesto que revela su concepción disciplinada y no demagógica del poder militar. En La Tablada ostentaba ya las presillas de sargento mayor y, tras la batalla, Quiroga lo ascendió a comandante.
ORGANIZADOR DEL EJÉRCITO FEDERAL
Después de La Tablada y de la derrota posterior en Oncativo, Quiroga comprendió que no podía enfrentar a Paz con tropas irregulares. En esa tarea decisiva de transformar montoneras en ejército, Ruiz Huidobro fue clave. Durante meses disciplinó al regimiento Auxiliares de los Andes hasta convertirlo en un cuerpo modelo, armado con sable, carabina y lanza, uniformado de azul, con una instrucción y cohesión desconocidas hasta entonces en las fuerzas federales.
Acompañó a Quiroga en su retirada a Buenos Aires y se convirtió en su hombre de mayor confianza. En los campamentos de Manantiales, Ramallo, Areco y Pergamino organizó tropas formadas por ex presidiarios, gauchos y voluntarios, logrando en tiempo récord una fuerza eficaz. En febrero de 1831 ya revistaba como coronel.
LA GRAN CAMPAÑA DE 1831
Como segundo de Quiroga, participó en la toma de Río Cuarto, en la derrota y muerte de Pringles, en la caída de Videla Castillo en Mendoza y en la recuperación de La Rioja. En la batalla del Rodeo de Chacón y luego en la entrada triunfal a Mendoza, su figura adquirió relieve propio. Finalmente, en La Ciudadela, el 4 de noviembre de 1831, al frente de la caballería federal, fue una de las figuras decisivas de la jornada que liquidó al último ejército unitario. Por su actuación fue ascendido a general en el campo de batalla y recibió un premio en dinero. Buenos Aires le reconoció luego el grado de coronel mayor.
JEFE DE LA DIVISIÓN DEL CENTRO Y LA CAMPAÑA AL DESIERTO
Designado por Quiroga como jefe de la División del Centro en la campaña al Desierto de 1833, Ruiz Huidobro condujo cerca de mil hombres, enfrentando a las fuerzas de Yanquetruz en el combate de Las Acollaradas. Allí demostró condiciones excepcionales para el mando en jefe, derrotando a una numerosa indiada tras seis horas de combate. Sin embargo, la falta de agua, caballos y recursos obligó a la retirada.
En este contexto se produjo su enfrentamiento político con los hermanos Reynafé. Usado como instrumento por Quiroga para presionar al poder cordobés, Ruiz Huidobro quedó atrapado en una maniobra que fracasó y lo convirtió en chivo expiatorio. Juzgado en Buenos Aires, fue finalmente sobreseído, declarándose que no había desmerecido el concepto ganado en el ejército ni en las provincias, y que su honor permanecía intacto.
RETIRO, LEALTAD Y MUERTE
Tras el asesinato de Facundo Quiroga en 1835, Ruiz Huidobro se retiró progresivamente de la vida pública. Fue reincorporado brevemente y participó en la defensa de Buenos Aires ante la invasión de Lavalle en 1840. Falleció en Buenos Aires el 30 de enero de 1842. Fue sepultado en la bóveda de Juan Facundo Quiroga en el Cementerio de la Recoleta, como testimonio final de una lealtad sin fisuras.
José Ruiz Huidobro fue un soldado de línea en tiempos de montoneras, un organizador implacable en medio del caos, un hombre de mundo y de guerra. Instrumento decisivo de Quiroga, y uno de los factores centrales que empujaron el drama político que culminó en Barranca Yaco, su figura permanece incómoda para la historiografía liberal, precisamente porque no encaja en el molde del caudillo bárbaro ni del militar improvisado. Fue, en esencia, un profesional de la guerra en una patria que todavía se estaba haciendo a los golpes.
MEMORIA HISTÓRICA, SILENCIOS Y DISTORSIONES
La figura de José Ruiz Huidobro ha sido sistemáticamente minimizada por la historiografía liberal, incómoda frente a un personaje que rompe varios de sus esquemas preferidos. No fue un caudillo bárbaro ni un improvisado de lanza y chiripá, pero tampoco un héroe liberal de academia. Fue un militar profesional formado en Europa que eligió el bando federal y puso su saber técnico al servicio de un proyecto político enfrentado al centralismo porteño y a la hegemonía doctrinaria unitaria.
Su cercanía con Facundo Quiroga lo condenó doblemente: primero al silencio y luego a la sospecha. Para la historia escrita desde Buenos Aires, resultaba inadmisible admitir que detrás del caudillo había organización, disciplina, planificación y cuadros capaces. Reconocer a Ruiz Huidobro es reconocer que el federalismo no fue mera montonera ni simple desorden, sino también ejército, conducción y proyecto.
No es casual que su nombre sobreviva más en la geografía que en los manuales. La localidad cordobesa de Villa Huidobro testimonia una memoria popular que resistió al relato oficial, ese mismo relato que prefirió reducir la tragedia de Barranca Yaco a una anécdota criminal, ocultando las responsabilidades políticas estructurales y el clima de guerra civil que la hizo posible.
Ruiz Huidobro no fue un santo ni un conspirador de opereta. Fue un hombre de su tiempo, con ambiciones, lealtades y límites, pero también con una coherencia poco común: permaneció fiel a Quiroga hasta después de su muerte y nunca renegó del bando que había elegido. Esa fidelidad, en la Argentina del siglo XIX, se pagaba caro.
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Titular: Damian Leandro Zanni
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