En los días antiguos, cuando los hombres aún caminaban junto a los dioses y las hazañas tejían la tela del destino, hubo un guerrero cuya fuerza rivalizaba con la de los titanes: Ayax, hijo de Telamón, rey de Salamina. Los aqueos lo llamaban el Muro, pues donde él luchaba, los enemigos se detenían como olas rotas contra la roca.
Alto como un roble y fuerte como una tormenta marina, Ayax no era dado a palabras como Odiseo, ni veloz como Aquiles, pero era tan firme como la tierra y tan leal como el bronce de su escudo. Su lanza era un rayo de guerra, y su escudo, una torre de siete capas de cuero y bronce, que se alzaba impenetrable frente al caos de la batalla.
Duelo con Héctor
En uno de los momentos más solemnes de la guerra, cuando el polvo de Troya cubría los campos y el sol caía sangriento sobre las lanzas, el príncipe Héctor, adalid de los troyanos, desafió a un aqueo a combate singular. Ayax fue quien respondió.
Los dos gigantes chocaron como montañas vivas. Intercambiaron golpes de lanza y roca, y aunque ninguno cayó, ambos comprendieron que se enfrentaban a un igual. Al terminar el duelo, se honraron con regalos: Ayax ofreció un cinturón, Héctor una espada. Así sellaron un respeto mutuo que ni la guerra pudo romper.
Defensor de las naves
Cuando Héctor lanzó su ofensiva final contra los barcos griegos, los hombres temblaron. Pero Ayax, como un león rodeado de lobos, se mantuvo firme sobre la pasarela de los navíos, arrojando piedras, cortando lanzas, y gritando con la voz de cien hombres. Su sombra era la última esperanza entre las llamas.
Con cada golpe, evitaba que el fuego devorara las naves. Los aqueos lo miraban como a un dios. Sin él, Troya habría ganado ese día.
La Tragedia de un Héroe
Pero no todos los destinos son justos, y la gloria suele ser una llama fugaz. Tras la muerte de Aquiles, los griegos ofrecieron sus armas al guerrero más digno. Ayax, que había protegido los barcos, salvado cadáveres y combatido sin tregua, creía que esas armas eran suyas por derecho.
Pero los reyes eligieron a Odiseo.
Ayax no rugió ni discutió. El orgullo herido le devoró por dentro. En la noche, los dioses nublaron su juicio. Enloquecido, creyó ver a sus enemigos y mató ganado inocente. Cuando recuperó la razón, cubierto de sangre y vergüenza, no encontró salida.
Clavó su espada en la tierra y se arrojó sobre ella.
Su muerte fue llorada por reyes y soldados. Incluso Odiseo, su rival, pidió que su cuerpo fuera honrado como el de un héroe. Pero Ayax murió como vivió: orgulloso, firme, y fiel a sí mismo hasta el final.
El legado de Ayax
En Salamina, su tierra natal, los hombres le rindieron culto como a un semidiós. En los versos de los poetas, vivió como el guerrero que no se rindió. No fue el más veloz, ni el más sabio, pero fue el más firme, el más valiente, y el más trágico.
Ayax el Grande, el Muro de los Aqueos, sigue en pie en la memoria de los que honran la fuerza y la dignidad incluso ante la injusticia de los hombres... y de los dioses.