miércoles, 4 de febrero de 2026

Algunas aportaciones del pueblo gitano a España.

 Algunas aportaciones del pueblo gitano a España.



El pueblo gitano está presente en España desde principios del siglo XV, en torno al año 1425, cuando llegó a la Península Ibérica procedente del norte del subcontinente indio.


 Su llegada se produjo en plena época medieval, cuando España aún no existía como Estado unificado y el territorio estaba dividido en distintos reinos. Los gitanos se asentaron principalmente en Andalucía, aunque pronto se extendieron por todo el territorio. 


Desde entonces, han formado parte de la historia de España de manera continuada, a pesar de haber sufrido durante siglos marginación, persecuciones y leyes represivas.


Lejos de ser un pueblo ajeno, el pueblo gitano ha sido cofundador de España y ha contribuido de forma decisiva a su construcción cultural, social y económica. Una de sus aportaciones más reconocidas es el flamenco, una de las expresiones culturales más representativas de la identidad española y reconocida mundialmente.


 Pero su influencia va mucho más allá de la música. El pueblo gitano ha dejado una huella profunda en las artes, la tradición oral, la literatura popular y la forma de vivir y expresarse del pueblo español.


También ha contribuido de manera notable a la lengua. Muchas palabras de uso diario en el castellano proceden del caló, lengua del pueblo gitano derivada del romaní, y están recogidas en la Real Academia Española.


 Palabras como currar (trabajar), molar (gustar), chaval (muchacho), pinreles (pies), parné (dinero) o camelar (cortejar o atraer) forman parte del habla cotidiana de millones de personas que, muchas veces sin saberlo, usan a diario un legado lingüístico gitano.

 Esto demuestra una convivencia real y una aportación viva a la identidad cultural española.


En el ámbito económico y laboral, el pueblo gitano ha desempeñado un papel esencial en oficios tradicionales como la herrería, la metalurgia, la platería, la joyería, la agricultura y el comercio.


 Los herreros gitanos fueron especialmente valorados por su destreza en el trabajo del hierro, el cobre, el bronce, la plata y el oro, fabricando herramientas, armas, utensilios y piezas de gran valor artístico.


 Estos oficios fueron fundamentales para el desarrollo de pueblos y ciudades durante siglos.


Además, los gitanos también han participado en hechos relevantes de la historia de España.


 Tomaron parte en conflictos como la Guerra de la Independencia contra la ocupación francesa, en la defensa de territorios frente a ataques y en distintos momentos históricos en los que contribuyeron a la estabilidad social y económica del país. 

Su aportación, aunque muchas veces invisibilizada, ha sido real y constante.


A pesar de todo ello, el pueblo gitano no ha recibido compensaciones ni un reconocimiento proporcional a su aportación. 


Durante siglos fue perseguido, criminalizado y excluido mediante leyes injustas. Hoy, aunque existe un mayor reconocimiento cultural, sigue siendo necesario avanzar hacia una reparación histórica basada en el respeto, la igualdad de oportunidades y el reconocimiento oficial de su historia y sus contribuciones. La verdadera compensación no pasa por privilegios, sino por justicia, memoria y dignidad.


Reconocer al pueblo gitano como parte esencial de la historia de España no es un favor, es una verdad histórica. Su legado sigue vivo en la música, en las palabras que usamos, en los oficios tradicionales y en la cultura popular. Por todo ello, afirmar que el pueblo gitano es cofundador de España no es una opinión, es un hecho.


Julián Cortés

martes, 3 de febrero de 2026

CRÓNICAS DEL JURAMELÓN: El Sainete de la Garita y los Yates de Secano

 CRÓNICAS DEL JURAMELÓN: 


El Sainete de la Garita y los Yates de Secano

​Por Fernando Casares Learte 

​Vivir en este rincón de Madrid tiene un valor añadido que no figura en las escrituras: un servicio gratuito de "biógrafos" de portal. Mientras uno se centra en la estética y la paz del Juramelón —ese proyecto que es más refugio que obra—, el elenco estable de la finca (y alrededores) se encarga de redactar un guion que ríete tú de las novelas de caballería.

​Todo empezó con aquella Matriarca de la Portería, una mujer que confundió su garita con el despacho de un inquisidor. Con la autoridad que se autoconcedía —al estilo de un Cid Campeador de fregonas—, decidió que mi vida era un despliegue de lujo asiático. Según su crónica, yo poseía yates invisibles y celebraba festejos dignos de la Roma imperial. Una imaginación desbordante que, curiosamente, mezclaba con insultos homófobos cuando creía que nadie la oía, intentando ensuciar una intimidad que ni le pertenecía ni comprendía.

​La saga, por supuesto, ha tenido continuidad. Ahora el protagonismo recae en su Heredero Laboral, su yerno un hombre de contrastes: por la mañana me confesaba con aparente amargura lo mucho que odiaba a su propia suegra y, por la tarde, parece haber heredado su talento para el teatro más rancio. Su última actuación ha sido memorable: inventarse una agresión con la intensidad de una estrella de cine mudo, gritando al vacío mientras intentaba adjudicarme un estado de embriaguez que solo existía en su desesperado guion por salvar la cara.

​Y como en toda buena comedia de barrio, nunca falta el Invitado de Piedra. En este caso, el portero de la finca de al lado, que en un alarde de generosidad vecinal, se permite sugerirme que venda mi casa. Es enternecedor que alguien que ni siquiera trabaja en mi portal esté tan preocupado por mi mudanza. Quizá es que mi "yate imaginario" le quita espacio para aparcar su propia discreción, o quizá, simplemente, no soporta ver a un propietario que no se pliega a sus impertinencias.

​La realidad detrás de tanto ruido es vieja como el mundo: la envidia. Les duele el Juramelón porque es el espejo donde se refleja su propia amargura. Les molesta que uno habite su vida con la naturalidad de quien no debe nada a nadie. Pero lo que resulta más poético, más fascinante si cabe, es que mientras ellos invierten sus horas en fabricar estos sainetes de planta baja, a nosotros nos la repanfinfla

​Es el contraste definitivo: frente a la estrechez de miras del que solo sabe calumniar desde el rincón de una portería, la amplitud de un horizonte lleno de éxitos y proyectos brillantes. Quizá por eso les urge tanto que venda; porque mi presencia, mi seguridad y mi triunfo son el recordatorio constante de que, mientras ellos se quedan estancados en el rencor de su cortijo particular, el Juramelón y su dueño no hacen más que crecer.

​Lamento decepcionar a los guionistas de esta función barata, pero no acepto el papel de figurante. No vendo, no me rindo y, sobre todo, no dejo de brillar. Estoy demasiado ocupado disfrutando de la cima como para preocuparme por los que ladran en el portal.

​En el Juramelón, la realidad es nuestra; la ficción se la dejamos a la envidia.

ADIÓS, MAMÁ CARLOTA

 ADIÓS, MAMÁ CARLOTA



Durante años, en México hemos dicho “adiós, mamá Carlota” para referirnos a algo que ya se perdió, a un plan que fracasó, a una ilusión que se cayó. Lo decimos en broma, con resignación, sin pensar demasiado en su origen. Pero esta frase no nació como chiste. Nació como una canción política, como una burla directa al poder, en uno de los momentos más tensos de nuestra historia.


En el siglo XIX, cuando el país estaba bajo el Segundo Imperio, gobernado por Maximiliano de Habsburgo y su esposa Carlota de Bélgica, México vivía una imposición extranjera sostenida por tropas francesas. Era un proyecto frágil, rechazado por buena parte de la población y enfrentado por los liberales. Para 1866, el Imperio ya estaba cayendo. Francia retiró su apoyo, los republicanos avanzaban y el final se acercaba.


En ese contexto, Vicente Riva Palacio —escritor, militar y opositor al Imperio— escribió una canción satírica titulada “Adiós, mamá Carlota”. No era una pieza elegante ni solemne. Era una canción hecha para cantarse en la calle, en reuniones, en espacios populares. Su función era clara: ridiculizar al Imperio, anunciar su derrota y quitarle toda aura de respeto. Decir “mamá Carlota” no era cariño: era una forma de infantilizar al poder, de volverlo objeto de burla.


En una época donde muchos no leían periódicos, las canciones eran armas políticas. Se memorizaban rápido, circulaban sin imprenta y transmitían mensajes claros. “Adiós, mamá Carlota” funcionó como propaganda cantada: le decía al pueblo que el Imperio estaba perdido y que ya no había por qué temerle.


Mientras la canción se hacía popular, Carlota viajaba desesperada a Europa buscando ayuda. No la encontró. Sufrió un colapso mental, nunca volvió a México y pasó más de medio siglo recluida. Poco después, Maximiliano fue capturado y fusilado en Querétaro. El Imperio desapareció. La canción se volvió realidad.


Con el tiempo, la melodía se fue perdiendo, pero la frase sobrevivió. Pasó por el teatro, la comedia, el cine y terminó instalada en el lenguaje cotidiano. Ya sin contexto histórico, “adiós, mamá Carlota” se convirtió en una forma ligera de decir: “ya valió”, “ya se acabó”, “no hay remedio”.


Lo irónico es que detrás de esa frase casual hay una historia de derrota política, propaganda, exilio, locura y tragedia personal. Una emperatriz convertida en símbolo del fracaso. Un país usando el humor para procesar una imposición extranjera. Una canción que se volvió memoria colectiva.


Hoy repetimos esas palabras sin saber que nacieron como un acto de resistencia cultural.


Porque en México, incluso las frases más simples… suelen venir de guerras, imperios caídos y canciones olvidadas.


Y tú, ¿sabías de dónde venía “adiós, mamá Carlota”… o también la usabas sin conocer su historia?

La ejecución de György Dózsa (1470-1514) es

 🔥 La ejecución de György Dózsa (1470-1514) es uno de los episodios más brutales de la historia de Hungría, el líder campesino lideró una rebelión contra la nobleza húngara en busca de justicia y mejores condiciones de vida para los campesinos, la rebelión comenzó en mayo de 1514, tras el fracaso de la convocatoria a la Cruzada Campesina convocada por el papa León X, y se extendió por toda la región, sin embargo, la rebelión fracasó y Dózsa fue capturado el 15 de julio de 1514 y sometido a una tortura atroz, sentado en un trono de hierro al rojo vivo, con una corona incandescente y un cetro ardiente, mientras sus seguidores eran obligados a comer su carne para salvar sus vidas, esta escena de horror se convirtió en un símbolo de la brutalidad de la nobleza húngara y convirtió a Dózsa en un mártir, su legado ha perdurado hasta la actualidad como un símbolo de resistencia contra el poder opresor, la crueldad de su ejecución ha sido recordada y conmemorada en la historia húngara y sigue siendo un tema de reflexión y debate en la actualidad.



📌 La ejecución de Dózsa y la brutal represión de los campesinos contribuyeron enormemente a la invasión otomana de 1526 , ya que los húngaros ya no eran un pueblo políticamente unido y los campesinos rechazaban el servicio militar contra los otomanos. Cómo consecuencia, el reino de Hungría, hasta entonces el bastión contra el islam, fue destruído.

Esclavos en la Revolución de 1810: murieron por una bandera que no los incluyó

 Esclavos en la Revolución de 1810: murieron por una bandera que no los incluyó


Uno de cada cuatro habitantes de Buenos Aires era esclavo.

Negros. Silenciosos. Invisibles.

Lavaban la ropa de los que hablaban de libertad.

Cocinaban el asado de la revolución.

Acarreaban agua para los discursos.

Y sin embargo, nadie los nombró.

Estaban en las calles cuando vinieron los ingleses.

Peleando con palos, piedras y coraje.

Estaban en los ejércitos cuando llegó la independencia.

En el Regimiento de Castas, en los batallones de pardos y morenos.

Tocando tambores en Salta.

Muriendo en Vilcapugio.

Desapareciendo en el hielo de los Andes.

A algunos les prometieron libertad.

A cambio de sangre, claro.

Más de 1.500 cruzaron la cordillera con San Martín.

Volvieron pocos.

Y la mayoría, sin nombre.

Las mujeres también estuvieron.

Lavaban. Curaban. Criaban.

Nadie las vio.

María Remedios del Valle peleó junto a Belgrano.

La nombraron “Capitana”.

Terminó mendigando.

Solo Viamonte la reconoció en 1827.

Le dieron una pensión.

Y la historia volvió a olvidarla.

Después vino lo peor: el olvido.

Epidemias. Censura. Blanqueamiento.

Durante décadas, el Estado no los contó en los censos.

No preguntar es no querer saber.

Y si no están en el papel, no existen.

Recién en 2010 los volvieron a nombrar.

Pero siempre estuvieron.

En los huesos bajo el empedrado.

En el candombe que se niega a morir.

En la sangre que todavía late sin monumentos.

No fueron libres.

Pero pelearon por la libertad.

Y esa, lector, es la verdad que escuece:

la patria también la hicieron los que no sabían si algún día serían parte de ella.

Lee el articulo completo en: 

https://www.robertoarnaiz.com/post/los-invisibles-del-25-de-mayo

Hernán Cortés no era un ignorante

 Hernán Cortés no era un ignorante



Durante siglos nos han contado la Conquista como si hubiera sido obra de hombres brutales, sin educación, guiados solo por la ambición y la violencia. Pero la historia real es más compleja. Hernán Cortés no llegó a América como un improvisado sin formación: llegó con estudios, lectura y una preparación que marcaría su forma de actuar.


Desde muy joven fue enviado a estudiar a la Universidad de Salamanca, uno de los centros más importantes de Europa en su tiempo. Ahí aprendió latín, gramática y nociones de derecho. No terminó la carrera, es cierto, pero eso no significa que abandonara sin aprender nada. Al contrario: adquirió herramientas clave para entender leyes, contratos, jerarquías y estrategias políticas.


Ese conocimiento le sirvió más tarde en México. Cortés no solo peleó con armas: peleó con documentos, alianzas, discursos y argumentos legales. Sabía escribir cartas al rey, justificar sus actos, negociar con aliados indígenas y usar el lenguaje jurídico para protegerse. Mientras otros conquistadores actuaban por impulso, él pensaba como estratega.


También era lector, observador y calculador. Estudió las divisiones internas del imperio mexica, entendió los intereses de cada grupo y supo cómo aprovecharlos. No fue solo fuerza: fue información, análisis y frialdad política.


Nada de esto justifica la violencia ni el dolor que provocó la Conquista. Pero sí rompe un mito: Cortés no era un hombre sin preparación. Era producto de su tiempo, de una educación europea y de una mentalidad entrenada para dominar con algo más que espadas.


A veces, los personajes más oscuros de la historia no fueron ignorantes.

Fueron inteligentes.

Y justo por eso, tan peligrosos.

lunes, 2 de febrero de 2026

El 2 de febrero de 1592 murió recluida en su palacio de Pastrana, Ana Hurtado de Mendoza de la Cerda y de Silva y Álvarez de Toledo,

 El 2 de febrero de 1592 murió recluida en su palacio de Pastrana, Ana Hurtado de Mendoza de la Cerda y de Silva y Álvarez de Toledo, conocida coloquialmente como la princesa de Éboli, noble cabecilla del partido pacifista de la corte, que propugnaba una salida negociada al problema de Flandes, junto a Antonio Pérez, el secretario del rey. Su estrecha relación con Antonio Pérez, de quien quizás era la amante, la acabó mezclando en los turbios sucesos que provocaron la caída del secretario real. Así, cuando Pérez fue acusado de instigar el asesinato de Rafael de Escobedo, secretario de Juan de Austria y antiguo colaborador suyo, para que no descubriese sus contactos secretos con los rebeldes holandeses, la princesa de Éboli se vio implicada y fue arrestada. Privada de la tutela de sus hijos, fue exiliada a Pastrana, donde falleció.



Perteneciente a una de las más importantes familias de la nobleza castellana, Ana Mendoza de la Cerda era la única hija de Diego Hurtado de Mendoza, virrey de Perú, príncipe de Mélito y duque de Francavilla, y de Catalina de Silva, hermana del conde de Cifuentes.


A los doce años, en 1552, el príncipe Felipe (futuro rey Felipe II) y los padres de la novia firmaron las capitulaciones para la boda de Ana con Ruy Gómez de Silva, amigo de la infancia del príncipe Felipe. Ruy era príncipe de Éboli, ciudad ubicada en el Reino de Nápoles y ministro del rey, pero los compromisos de Ruy motivaron su presencia en Inglaterra y el matrimonio no se celebró hasta aproximadamente 1557. Durante su estancia en la Corte entabló una estrecha amistad con la reina Isabel de Valois.


Fue una de las mujeres de más talento de su época y considerada una de las damas más hermosas de la corte española. Respecto a la pérdida de su ojo derecho, la teoría más respaldada asegura que la princesa fue dañada por la punta de un florete manejado por un paje durante su infancia. Pero este dato no es claro, quizá en realidad sufriese estrabismo, aunque hay pocos datos que mencionen dicho defecto físico. Este defecto únicamente aparece citado en la documentación escrita (y muy veladamente) a partir del siglo XVIII. Al parecer, Ana Mendoza se expresaba de forma populachera, y en sus escritos solía hacer crítica del aplebeyamiento de la aristocracia española.


Poseedora de una de las mayores fortunas de España, a la muerte de su esposo en 1573 se retiró al convento de carmelitas de Pastrana, casa que había sido fundada a expensas suyas por Santa Teresa, y con la que tuvo muchos conflictos. Entorpeció las obras porque quería que se construyesen según sus dictados, lo que provocó numerosos conflictos con monjas, frailes, y sobre todo con Teresa de Jesús, fundadora de la orden. La princesa quería ser monja y que todas sus criadas también lo fueran. Le fue concedido a regañadientes por Teresa de Jesús y se la ubicó en una celda austera.


Pronto se cansó de la celda y se fue a una casa en el huerto del convento con sus criadas. Allí disponía de armarios para guardar vestidos y joyas, además de tener comunicación directa con la calle y poder salir a voluntad. Ante esto, por mandato de Teresa, todas las monjas abandonaron Pastrana y dejaron sola a Ana. Esta llegaría a publicar una biografía tergiversada de Teresa. Después de seis meses de agitada vida conventual fue obligada por el rey a renunciar a los hábitos y a hacerse cargo, en conformidad con el testamento de su esposo, de la tutoría de sus hijos y de la administración de los bienes heredados por éstos.


A raíz de su regreso a la Corte comenzó una etapa de su vida caracterizada por la intriga y el escándalo, fruto de su personalidad caprichosa y voluble y de las supuestas relaciones amorosas (no han sido aceptadas por todos los historiadores) con el propio monarca, con Juan de Escobedo, secretario de Juan de Austria, y con Antonio Pérez (este último, el amorío más creible), quien era secretario real y cabeza visible de la facción pacifista. Antonio tenía la misma edad que ella y no se sabe realmente si lo suyo fue simplemente una cuestión de amor, de política o de búsqueda de un apoyo que le faltaba desde que muriera su marido.


Parece probable que la princesa de Éboli y Antonio Pérez mantuvieran negociaciones secretas con los rebeldes flamencos, hecho del que habría tenido conocimiento Juan de Escobedo; para evitar que Escobedo revelase el secreto se le acusó de una grave conspiración política pretendidamente urdida con Juan de Austria. En 1578, Escobedo fue asesinado por orden de Antonio Pérez, seguramente con el consentimiento real.


La princesa de Éboli aprovechó la influencia de Pérez y su conocimiento de los secretos de Estado para satisfacer sus ambiciones políticas y sus necesidades económicas. La concesión de dignidades eclesiásticas y la venta de información política reservada figuran entre los negocios más fructíferos en que ambos intervinieron. A la muerte del rey Sebastián de Portugal (1578), la princesa volvió a colaborar con Pérez con el fin de apoyar la candidatura de la duquesa de Braganza al trono portugués, oponiéndose así a las pretensiones dinásticas de Felipe II en este mismo sentido.


Al tener conocimiento de estas intrigas y al percatarse de que había sido engañado en el asunto de Escobedo, el monarca se vio en la necesidad de ordenar el encarcelamiento de la princesa de Éboli y de Antonio Pérez, hecho que dio lugar al episodio más importante de las llamadas Alteraciones de Aragón al escapar Pérez. La princesa fue encerrada por orden del rey, primero en el Torreón de Pinto, luego trasladada en febrero de 1580 a la fortaleza de Santorcaz y privada de la tutela de sus hijos y de la administración de sus bienes, para ser trasladada en 1581 a su Palacio Ducal de Pastrana, donde estuvo acompañada y atendida por su hija menor y tres criadas.


Es muy conocido en dicho palacio el balcón enrejado que da a la plaza de la Hora, llamada así porque era donde se permitía a la princesa asomarse una hora al día. Felipe II mandó poner rejas en puertas y ventanas del Palacio Ducal.


No está tampoco muy claro el porqué de la actitud cruel de Felipe II para con Ana, quien en sus cartas llamaba «primo» al monarca y le pedía en una de ellas «que la protegiese como caballero». Felipe II se referiría a ella como «la hembra» o «la marrana». Mientras la actitud de Felipe hacia Ana era dura y desproporcionada, siempre protegió y cuidó de los hijos de esta y su antiguo amigo Ruy Gómez de Silva.


Con todo, las dolencias de Ana Mendoza fueron creciendo sin que nadie las remediase y durante el invierno de 1591-1592 quedó tullida, sin poder salir de la habitación ni siquiera levantarse de la cama, muriendo a los cincuenta y dos años de edad.