El 26 de julio de 1533 los españoles ejecutaron a Atahualpa, soberano del imperio inca.
El dominico Vicente de Valverde entró en la celda de Atahualpa, el soberano del Imperio inca, para anunciarle, a través del intérprete, su próxima muerte. Los españoles, dispuestos a terminar la conquista del Perú, le acusaban de idolatría y rebelión y lo habían sentenciado a ser quemado vivo en la hoguera, aunque si abrazaba la fe de Cristo se le ejecutaría mediante el garrote. Atahualpa pidió ver a Francisco Pizarro, el gobernador nombrado por el rey de España, para rogarle que cuidara de sus deudos, pero aquel no quiso verle. Su suerte estaba echada.
Tras ganar una guerra civil fratricida, en 1532 Atahualpa se convirtió en el líder único del mayor imperio de América del Sur. Pero el desembarco del conquistador Francisco Pizarro en tierras del actual Perú lo cambiaría todo. Y la batalla de Cajamarca fue el principio del su final. En el fragor de la batalla Atahualpa se vio rodeado en su litera por los españoles, que lo apresaron y trasladaron a empujones al interior del palacio de la ciudad.
Llegada la noche, Pizarro invitó a Atahualpa a cenar con él y sus generales. Ya en la mesa, se dirigió al Inca y le repitió parte del discurso del dominico, insistiendo en que el único Dios apoyaba a su emperador, el gran señor al que representaba. A cambio de su amistad, Atahualpa debía poner a su servicio todo su Imperio, cuya extensión todavía no alcanzaba a imaginar.
Atahualpa no tardó en habituarse a la vida en cautividad. A través de intérpretes conversaba largo tiempo con Pizarro y, sobre todo, con el hermano de éste, Hernando, de quien se hizo amigo. Hacía toda clase de preguntas a los españoles y compartía sus entretenimientos, como el juego de damas.
Pero no por ello renunció a recobrar la libertad. Ante la codicia que mostraban los españoles, Atahualpa decidió jugar sus cartas. Describió a Pizarro las grandezas de su Imperio y, a cambio de respetar su vida, le prometió entregarle a Huáscar y un enorme botín. Levantando el brazo afirmó: «Llenaré para vosotros, para que lo repartáis entre todos cuantos os encontráis ahora en esta ciudad, esta estancia con piezas de oro y con granos de oro sacados de las minas de mi tierra, y dos veces más la llenaré con piezas y lingotes de plata».
La inaudita promesa del Inca le sirvió para ganar tiempo. Durante los meses siguientes, con el pretexto de reunir el inmenso rescate prometido, Atahualpa mantuvo contactos con sus seguidores. Su principal objetivo era impedir que Huáscar contactara con Pizarro, ya que temía que hiciera valer su legitimidad y se ganara el favor del gobernador español; para ello la solución más efectiva era eliminarlo físicamente.
Tomó la precaución de comunicar a Pizarro la muerte de Huáscar antes de que ocurriera, para desmentirla en caso de que su captor montase en cólera. Pero Pizarro, que tan sólo quería que llegara el oro prometido, aceptó las explicaciones que exculpaban a Atahualpa. Éste ordenó entonces a su general Challcuchima, que tenía el encargo de trasladar a Huáscar a Cajamarca, que le diera muerte y luego se dirigiera a Quito, donde aguardaba Rumiñahui, otro de sus capitanes, para desde allí intentar liberarle por las armas.
Mientras tanto, la situación de Atahualpa en Cajamarca se complicaba. Los correos del Inca con el oro del rescate llegaban con demasiada lentitud. También entraron en Cajamarca más españoles al mando de Diego de Almagro, reforzando la posición del gobernador. Además, Hernando Pizarro consiguió capturar mediante un engaño a Challcuchima, quien, tras ser torturado, reveló los planes de Atahualpa. Esto hizo que el trato que Pizarro dispensaba a Atahualpa, hasta entonces deferente, cambiara de forma radical.
Atahualpa no vio otra salida para conservar la vida que proponer a Hernando Pizarro que le llevara a España para negociar con su igual, el emperador Carlos V. Hernando apoyaba esta petición, pero sus diferencias con Almagro hicieron que el 12 de junio partiera a España con el quinto real.
Justo un día después llegó el grueso del oro de Cuzco: 200 cargas de oro y 20 de plata, que Pizarro procedió a repartir entre sus compañeros de expedición. De esta forma se cumplía la promesa que meses antes había hecho Atahualpa, y el gobernador, en nombre del rey, debía devolverle lo que tan generosamente había comprado: su libertad. Pero Pizarro no tenía intención de cumplir el pacto; él y sus consejeros sabían que hacerlo significaría poner en peligro la conquista española del Imperio inca. Además, seguían circulando rumores de que Atahualpa organizaba movimientos de tropas contra los españoles y que preparaba una sublevación.
El Inca también tenía sus defensores entre los españoles, como Hernando de Soto, que se presentó voluntario para batir la sierra en torno a Cajamarca y así disipar los temores sobre la supuesta rebelión de los simpatizantes del Inca. Pero, precisamente durante la ausencia de Soto, Pizarro instituyó un tribunal para juzgar a Atahualpa, compuesto por funcionarios y capitanes españoles. Su sentencia estaba escrita de antemano. El 26 de julio de 1533 el Inca fue conducido a un cadalso en la plaza de Cajamarca, donde, después de recibir el viático y la extramaunción, fue ejecutado en el garrote.
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