viernes, 6 de febrero de 2026

En 1187, el desierto fue testigo de una victoria que cambiaría el curso de la historia.

 En 1187, el desierto fue testigo de una victoria que cambiaría el curso de la historia. Saladino, el sultán kurdo que unificó a los pueblos musulmanes, derrotó a los cruzados en la batalla de Hattin, abriendo el camino hacia la reconquista de Jerusalén. Con esa hazaña, puso fin a casi un siglo de dominio cristiano y devolvió la ciudad santa al Islam.



Pero su mayor conquista no fue solo militar. A diferencia de los cruzados de 1099, que tomaron Jerusalén entre masacres, Saladino eligió la clemencia. Permitió que los cristianos abandonaran la ciudad mediante un rescate justo y garantizó la protección de los templos y lugares sagrados. Su gesto sorprendió a sus enemigos y lo elevó como un símbolo de honor y humanidad en tiempos de guerra.


Su triunfo provocó la Tercera Cruzada, encabezada por Ricardo Corazón de León. Las batallas fueron feroces, las negociaciones tensas, pero Jerusalén permaneció en manos musulmanas. Lo que comenzó como un enfrentamiento religioso se transformó en una guerra de respeto mutuo entre dos grandes líderes.


Con el paso de los siglos, muchos imperios gobernaron Jerusalén, pero el nombre de Saladino sigue brillando entre las arenas del tiempo: el del líder que conquistó sin destruir, que venció sin odiar y que dejó una lección eterna sobre el poder de la dignidad y la misericordia.


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TESOROS DE LA HISTORIA

El 6 de febrero de 1929 murió la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena, segunda esposa del rey Alfonso Xll

 El 6 de febrero de 1929 murió la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena, segunda esposa del rey Alfonso XII de España y madre de Alfonso XIII. Fallecido Alfonso XII, ejerció la regencia durante la minoría de edad de su hijo Alfonso XIII, entre 1885 y 1902. Durante este período, se produjo la guerra hispano-estadounidense, en la que España perdió las últimas posesiones de su imperio en América y Asia.



Nacida en 1858, era hija del archiduque Carlos Fernando de Austria y de la archiduquesa Isabel Francisca de Austria, era prima segunda del emperador de Austria Francisco José. Pertenecía a la rama Teschen de la casa de Habsburgo-Lorena. En su infancia se la consideró estudiosa y discreta, lo que contradecía la falta de luces de la que la tacharían sus detractores en España. A la edad de dieciocho años, el emperador Francisco José I la nombró abadesa de la Institución de Damas Nobles del Castillo de Praga. Se casó con el rey Alfonso XII de España el 29 de noviembre de 1879 en la madrileña basílica de Atocha, convirtiéndose por razones de Estado en su segunda esposa, tras enviudar este de María de las Mercedes de Orleans. No congenió muy bien con el extrovertido monarca a causa de su carácter tímido y tranquilo, aunque terminó sintiendo su pérdida. María Cristina se mantuvo alejada de la política en la vida de Alfonso XII.


Durante sus primeros años en la corte, soportó las continuas infidelidades de Alfonso XII, que desde la muerte de su anterior y amada esposa se había entregado a un frenesí sexual continuado, una de sus amantes era la cantante de ópera italiana Adelaide Borghi-Mamo, pero más famosa fue su relación con la cantante de ópera española Elena Sanz, con quien tuvo dos hijos, Alfonso y Fernando. Solo cuando la situación se había tornado insoportable, se recogen escenas de la reina María Cristina recriminando su conducta al esposo. Con mucho autocontrol dominó sus celos. María Cristina lograría que Elena se exiliara en París. Parece ser que solo en sus últimos años de convivencia, la pareja real vivió sus momentos de mayor acercamiento.


La prematura muerte del rey Alfonso XII dejó a España en una incertidumbre sobre cuál sería el futuro de la joven monarquía restablecida hacía apenas diez años. La reina María Cristina se encontraba embarazada de tres meses cuando falleció Alfonso XII, por lo que Cánovas creyó conveniente esperar a que naciera el futuro Alfonso XIII antes de proclamar reina a la Princesa Mercedes.


María Cristina, inexperta en temas de política, se dejó aconsejar por las dos figuras políticas más influyentes de la época: Cánovas y Sagasta. Con el objetivo de evitar los errores que dieron lugar a la crisis del reinado de Isabel II, se llegó al Pacto de El Pardo, mediante el cual se instituyó el sistema de turnos pacíficos en el ejercicio del poder entre liberales y conservadores y consolidó la Restauración.


El principal apoyo durante su regencia fue la Iglesia y el ejército. Sabedora de los problemas del reinado Isabel II, se mantuvo dentro de su papel de moderadora que le otorgaba la Constitución de 1876. El apoyo de la Iglesia Católica, fue gracias a la piedad que profesaba María Cristina, lo que contribuyó a reanudar las relaciones entre la Santa Sede y el gobierno de España, haciendo, de esta manera, disipar a los carlistas. Por esta causa, sus enemigos políticos le pusieron el mote de «Doña Virtudes».


Durante el periodo de regencia, María Cristina afianzó la figura de la Corona española con diversos actos que hacían que la Corona fuese más cercana al pueblo. Comenzó con el traslado a las Cortes para la apertura de las legislaturas que se fueron sucediendo, así como los diversos viajes por todo el país. María Cristina fundó el ideal de monarca que aún perdura en la actualidad.


El papel de María Cristina en el sistema de gobierno fue representativo, ya que no participó en los enfrentamientos entre los partidos dinásticos, respetando el turno a la hora de llamar a los candidatos a formar gobierno, aunque se sintió más cercana a Sagasta y no puso dificultades al mantenimiento de largos períodos de gobierno del partido liberal. Se promulgaron, entre otras, la Ley de Sufragio Universal (masculino) y la Ley de Asociaciones.


En sus últimos años de regencia se agravó el problema marroquí y se agudizó la conflictividad social. Además, la pérdida de las dos últimas posesiones en América (Cuba y Puerto Rico) y las islas Filipinas en 1898 y el comienzo de la descomposición de los dos partidos del turno al desaparecer Cánovas y Sagasta pocos años después, sumieron al país en una grave crisis, que evidenció de manera clara la inoperancia que adquirió, coincidiendo con el cambio de siglo, el régimen de la Restauración.


Su más ferviente deseo era traspasar la Corona a su hijo, deseo que vio cumplido en 1902, cuando Alfonso XIII alcanzó la mayoría de edad y fue proclamado rey de España. Desde ese momento se consagró a las obras de caridad y a su vida familiar y, a partir de 1906, al contraer matrimonio su hijo Alfonso con Victoria Eugenia de Battenberg, utilizó el título de «Reina Madre».


En 1887 había inaugurado el Casino de San Sebastián, actual sede del Ayuntamiento. También ordenó la construcción del Palacio de Miramar en 1888. Le gustó tanto la ciudad que no dudó en visitarla todos los veranos, que además la nombró Alcaldesa Honoraria en 1926.


El 5 de febrero de 1929 asistió por última vez al Teatro de la Zarzuela con la reina Victoria Eugenia y sus hijas. La familia real cenó como de costumbre en el Palacio Real de Madrid, a las nueve de la noche, mostrándose la reina María Cristina muy contenta durante la cena, sin que nada hiciera presumir anormalidad alguna en su salud. A continuación de la comida, la familia real se trasladó al salón, donde todas las noches se celebraba una sesión de cine. La función terminó a las 12.30 de la noche, ya día 6 de febrero, y los reyes, sus hijos y la reina María Cristina se despidieron del conde del Vados y demás personas de séquito, retirándose a sus habitaciones particulares. Doña María Cristina, al pasar por la galería, explicó a la reina doña Victoria un tapiz que estaba en la parte que da al camón, y allí se separaron. Tras llegar a su habitación y meterse en la cama, experimentó un fuerte dolor en el pecho, que casi le impedía respirar. Su doncella, al ver la angustia, le preguntó si deseaba llamar a Alfonso XIII, y la reina madre respondió que no. Al poco rato, la reina sufrió otro fortísimo dolor, que la dejó privada de sentido y se desplomó pesadamente en la almohada, falleciendo poco después. Su funeral tuvo lugar el 8 de febrero en Madrid, dominado por una multitud que se arremolinó en torno al Palacio. El día anterior, más de 30.000 españoles visitaron la capilla ardiente. Fue enterrada en el Monasterio de El Escorial.

El niño que el mar no pudo vencer

 🌊 El niño que el mar no pudo vencer



El cielo estaba gris.


No era tormenta… pero el mar respiraba pesado.


Las olas no golpeaban con furia, pero había algo inquietante, como si las profundidades estuvieran reclamando lo que era suyo.


Austin tenía trece años.

Apenas un niño.


Habían salido al agua como cualquier familia un día tranquilo: risas, kayaks, tablas, el sol reflejándose en la superficie.


Hasta que el mar cambió.


Una corriente silenciosa, traicionera, los arrastró mar adentro.


Primero despacio.

Luego sin piedad.


La orilla empezó a verse pequeña.

Luego lejana.

Luego imposible.


Su madre intentaba mantener unidos a sus hermanos.


El cansancio empezó a notarse en sus brazos.


El agua fría se metía en los huesos.


El miedo… más frío todavía.


Y entonces Austin entendió algo.


Si todos se quedaban… todos se hundían.


Alguien tenía que ir.


No el más fuerte.


No el más grande.


El único que estaba dispuesto.


Sin chaleco.

Sin entrenamiento.

Sin garantía de volver.


Solo amor.


Se lanzó.


El mar lo golpeaba como si quisiera devolverlo.


Las olas lo tragaban.


Cada metro costaba como una montaña.


Minutos que parecían horas.


Horas que parecían eternas.


Su cuerpo gritaba que parara.


Pero su corazón gritaba más fuerte:


“No los puedo dejar”.


Y siguió.


Brazada tras brazada.


Contra el viento.

Contra el frío.

Contra el miedo.

Contra lo humanamente posible.


Casi cuatro horas.


Cuatro horas que ningún niño debería poder resistir.


Hasta que la arena tocó sus manos.


Cayó de rodillas.


Y solo entonces pidió ayuda.


El rescate llegó.


La familia vivió.


Y el mar… tuvo que soltar su presa.


✨ ¿Qué pasó ahí según la Kabbalah?


Desde una mirada puramente física, parece “imposible”.


Pero la Kabbalah explica algo muy profundo:


Hay momentos donde el alma toma el control del cuerpo.


Según los mekubalím:


Cuando una persona entra en un estado de mesirut nefesh (entrega total del alma, sacrificio absoluto por otro),

se activa una fuerza que no proviene del músculo…


proviene de la neshamá.


El Zóhar enseña que:


👉 “Cuando el amor supera el miedo, el cuerpo se vuelve un vehículo del alma, y las limitaciones naturales se suspenden.”


Es decir:


No nadó solo con fuerza física.

Nadó con fuerza del alma.


En Kabbalah esto se llama:


🔹 Hitgabrut HaNeshamá — “el dominio del alma sobre la materia”


Sucede cuando:

– una madre levanta un coche para salvar a su hijo

– alguien corre kilómetros herido

– o un niño nada 4 horas sin rendirse


No es adrenalina solamente.


Es algo más profundo.


Es cuando la chispa divina dentro de la persona se activa.


Porque el alma no conoce cansancio.


El alma no conoce límites.


El alma solo conoce propósito.


Y su propósito era claro:


Salvar a su familia.


En ese momento, el Cielo le prestó fuerza que no era humana.


💙 Enseñanza espiritual


Esta historia nos recuerda algo muy fuerte:


Dentro de nosotros hay más poder del que creemos.


A veces vivimos pensando:

“no puedo”

“no aguanto”

“no soy fuerte”


Pero cuando la vida nos llama…


sale una fuerza que ni sabíamos que existía.


Como dicen los sabios:


“La fuerza verdadera no viene del cuerpo, viene del amor”.


Y el amor es una chispa de Hashem.


SAHOKRY JAYA- Kabbalah Mistica 🪬

El 6 de febrero de 1899 falleció Ramón Verea,

 El 6 de febrero de 1899 falleció Ramón Verea, periodista, ingeniero, escritor e inventor que ideó la primera calculadora mecánica capaz de realizar multiplicaciones directamente.



Nació en el Pazo de Esmoris en Curantes, en el municipio pontevedrés de La Estrada, en la provincia de Pontevedra. Se benefició de estudiar con un cura sacerdote tío suyo, en su aldea. Luego, a los trece años, marchó al seminario diocesano de Santiago de Compostela, donde permaneció seis años hasta que, pese a su brillante expediente, perdió la beca, lo que supuso para él «una liberación» y afianzó su anticlericalismo. 


Emigró en 1855 a Cuba donde trabajó como maestro y escribió dos novelas, aprendió inglés y descubrió el periodismo. Estando en la ciudad cubana de Colón, inventó una máquina para plegar periódicos cuya patente vendería más tarde en Nueva York. Tras una breve estancia en Puerto Rico, en 1865 se trasladó a Nueva York y trabajó como traductor; allí, en 1875, fundó la imprenta El Polígloto y creó una «Agencia industrial para la compra de maquinaria y efectos de moderna invención», e ingenió su máquina de calcular, la Verea Direct Multiplier, primera que realizaba multiplicaciones de forma directa en vez emplear múltiples vueltas de manivela. La oficina de patentes estadounidense le concedió en septiembre de 1878 la número 207.918, el mismo año en el que ganó una medalla de la Exposición Mundial de Inventos de Cuba.


Su calculadora era una máquina de unos 26 kg de peso, 14 pulgadas de largo, 12 de ancho y 8 de alto, capaz de sumar, restar, multiplicar y dividir números de nueve cifras, admitiendo hasta seis números en el multiplicador y quince en el producto. La multiplicación la resolvía mediante un método directo basado en un mecanismo patentado por Edmund D. Barbour en 1872, que empleaba un sistema que obtenía valores de una tabla de multiplicar codificada de manera similar al sistema Braille.


El aparato podía resolver 698.543.721 x 807.689 en veinte segundos, siendo la más veloz y precisa de la época. No obstante, Verea no perseguía más que demostrar que los españoles podían inventar igual que los estadounidenses, por lo que su invento solo dejó huella en la historia de la computación como base para futuras máquinas, como la de Otto Steiger. Su máquina se conserva en los depósitos de la sede central de IBM, en White Plains (Nueva York) formando parte de la colección iniciada en 1930 por el fundador de IBM.


En Nueva York, además, fundó y dirigió El Cronista y desde 1884 la revista quincenal (luego mensual) El Progreso, que se sostenía sin publicidad para salvaguardar su independencia y se difundía en español en una veintena de países. Librepensador, defendía la igualdad entre razas y entre hombres y mujeres, la abolición de la esclavitud y la libertad de expresión, valores que hoy se consideran universales, y criticaba el colonialismo estadounidense. También se proclamó antimonárquico, denunció la dejadez de la embajada española en Estados Unidos y se ensañó particularmente contra el embajador Juan Valera, el famoso escritor, capaz de reunir cuantiosos fondos para homenajes espectaculares y olvidarse de hacerlo para auxiliar a las víctimas del cólera en España.


En 1895 se trasladó a Guatemala, exiliado por su fuerte oposición a la política colonianista estadounidense, donde publicó una serie de cartas contra la leyenda negra, y después, en 1897, se trasladó a Buenos Aires. En esa ciudad volvió a publicar en 1898 la revista El Progreso y siguió ejerciendo de periodista hasta su muerte. Falleció solo y pobre en la capital argentina y fue enterrado de caridad en un panteón anónimo del cementerio del Oeste.

FELÍZ!! CUMPLEAÑOS 78 QUERIDA MARISOL

 FELÍZ!! CUMPLEAÑOS 78 QUERIDA MARISOL


SU NOMBRE JOSEFA FLORES GONZÁLEZ, MÁS CONOCIDA CÓMO MARISOL O PEPA FLORES, NACIDA EN MÁLAGA, 4 DE FEBRERO DE 1948, ES UNA ACTRIZ Y CANTANTE ESPAÑOLA "MARISOL" NIÑA PRODIGIO Y UN ICONO POP INFANTIL Y ADOLESCENTE DE LOS 60' EN ESPAÑA PROTAGONIZANDO NUMEROSAS PELÍCULAS, EN 1959, FUE DESCUBIERTA POR EL PRODUCTOR MANUEL JOSÉ GOYANES MARTÍNEZ, EN UN VIAJE A MADRID, CON SU GRUPO DE COROS Y DANZAS, SU ÉXITO CRUZÓ FRONTERAS; EN 1960, CON TAN SÓLO 12 AÑOS, RECIBIÓ EL PREMIO A MEJOR ACTRIZ INFANTIL EN LA MOSTRA DE VENECIA, POR SU INTERPRETACIÓN EN UN RAYO DE LUZ, EN 1961, PARTICIPÓ EN EL SHOW DE ED SULLIVAN DE LA TELEVISIÓN NORTEAMERICANA, Y EN 1965, RODÓ CABRIOLA BAJO DIRECCIÓN DEL ACTOR MEL FERRER, ESTA PELÍCULA SE ESTRENÓ EN ESTADOS UNIDOS CON EL TÍTULO EVERYDAY IS A HOLIDAY, ENTRE OTRAS PELÍCULAS MUSICALES EN LAS CUALES CANTÓ ÉXITOS CÓMO "TOMBOLA," "CORAZÓN CONTENTO," "ESTANDO CONTIGO," Y "MAMI PANCHITA" EN LOS 80" YA CÓMO PEPA FLORES, PARTICIPÓ EN PELÍCULAS DE CARLOS SAURA, Y POSTERIORMENTE SE RETIRÓ DE LA VIDA PÚBLICA./ DESDE BALADAS INOLVIDABLES DE ORO TE MANDAMOS UN FUERTE ABRAZO QUERIDA MARISOL.

jueves, 5 de febrero de 2026

LA MUJER QUE APRENDIÓ A DESAPARECER PARA QUE OTROS EXISTIERAN

 LA MUJER QUE APRENDIÓ A DESAPARECER PARA QUE OTROS EXISTIERAN



Quito, 1787


En una casa estrecha del barrio de San Roque, donde las paredes olían a cal húmeda y el silencio se mezclaba con rezos, vivía Isabel de la Cruz, una mujer de cuarenta y seis años a la que nadie llamaba por su nombre completo.


Para la ciudad, Isabel era solo la bordadora.


La que arreglaba hábitos.

La que cosía dobladillos para las monjas.

La que remendaba sotanas gastadas por el uso.

La que nunca preguntaba nada.


Eso era lo que todos creían.


Pero Isabel tenía una habilidad que no figuraba en ningún registro: sabía borrar personas sin matarlas.


En aquella época, desaparecer no siempre era morir. A veces era la única forma de seguir vivo.


Indígenas perseguidos por deudas imposibles.

Esclavos huidos que no podían volver atrás.

Mujeres embarazadas sin marido.

Niños marcados por un apellido peligroso.


Todos ellos llegaban, tarde o temprano, a la puerta de Isabel.


Nunca de día.

Nunca juntos.


Golpes suaves. Tres. Pausa. Dos más.


—No puedo quedarme —decían siempre—. Solo un poco.


Isabel nunca preguntaba cuánto era “un poco”. Abría la puerta y los hacía pasar.


En la habitación trasera, donde guardaba hilos y telas, Isabel hacía algo que nadie más sabía hacer: cambiaba identidades.


No con documentos.

No con firmas.

Con costura.


Quitaba nombres bordados en la ropa.

Descosía iniciales.

Cambiaba colores asociados a castas.

Transformaba prendas de hombre en ropa de mujer.

De mujer en ropa de viuda.

De niño en ropa de aprendiz.


—La ciudad mira primero la ropa —decía—. Luego, si acaso, el rostro.


Isabel enseñaba a caminar distinto. A bajar la mirada o a sostenerla. A usar un nombre nuevo sin titubear.


—Si dudas —advertía—, te descubren. El miedo se nota más que la mentira.


Una noche llegó María Antonia, diecisiete años, con el vientre apenas visible y la voz rota.


—Si me encuentran así, me matan —dijo.


Isabel la miró largo rato. Luego abrió un baúl antiguo.


—Entonces no te encontrarán.


Durante semanas, María Antonia dejó de existir. Isabel le enseñó a coser, a hablar poco, a moverse como alguien que siempre había estado allí. Cuando el niño nació, no hubo gritos. Solo respiraciones contenidas.


—¿Quién soy ahora? —preguntó la joven al marcharse.


Isabel le ajustó el manto.


—Eres alguien que sigue viva. Eso basta.


Con el tiempo, el rumor empezó a crecer. No en palabras, sino en ausencias. Personas que debían haber sido arrestadas… no estaban. Nombres que se buscaban… no coincidían. Rostros que parecían conocidos… pero no encajaban del todo.


Un funcionario colonial llegó una mañana.


—Buscamos a alguien —dijo—. Una mujer. Costurera.


Isabel asintió con calma.


—Hay muchas.


El hombre observó el taller. Las telas. Las agujas.


—Dicen que aquí desaparece gente.


Isabel no levantó la vista.


—Aquí solo se arregla lo que llega roto.


El hombre no encontró pruebas. Porque no había nada escrito. Nada que confiscar. Nada que delatara.


Durante años, Isabel siguió igual. Cosía de día para la ciudad visible. De noche, para la invisible.


Hasta que una madrugada no abrió la puerta.


Los golpes sonaron. Nadie respondió.


La encontraron días después, sentada frente a su mesa de trabajo, con una aguja aún entre los dedos. Murió sin familia, sin herederos, sin nombre en los libros oficiales.


Cuando registraron la casa, no encontraron documentos. Ni listas. Ni mapas.


Solo un cesto lleno de retazos distintos, todos cosidos entre sí formando una sola pieza irregular.


En el centro, una frase bordada con hilo casi gastado:


“Si nadie sabe quién fui,

entonces hice bien mi trabajo.”


Años después, en Quito, algunos apellidos aparecen de pronto donde antes no existían. Algunas historias empiezan sin origen claro. Algunas vidas no cuadran del todo con los registros.


Y nadie lo dice en voz alta.


Pero hay quienes saben que, en una casa pequeña de San Roque, una mujer aprendió a desaparecer para que otros pudieran seguir siendo alguien.

El 5 de febrero de 1146 murió asesinado por caballeros villanos Áhmad al-Mustánsir

 El 5 de febrero de 1146 murió asesinado por caballeros villanos Áhmad al-Mustánsir Sayf al-Dawla, más conocido como Zafadola —corrupción de Sayf al-Dawla, «Espada de la Dinastía»—, fue un noble andalusí, señor de Rueda de Jalón y miembro de la dinastía de los Banu Hud, que habían reinado en la taifa de Zaragoza. 



Su abuelo, Al-Musta'in II, había muerto en 1110 en la batalla de Valtierra contra el rey de Aragón, Alfonso I el Batallador; aquella derrota de las fuerzas de Saraqũsta facilitó la entrada de los almorávides en la ciudad y el derrocamiento de la dinastía de los hudíes. El padre de Zafadola, Abdelmálik, heredero del difunto rey, hubo de refugiarse entonces en sus posesiones de Rueda de Jalón, en cuya fortaleza mantuvo una apariencia de Corte, sin poder, pero reteniendo todo el prestigio que gestaron sus antecesores. Pudo permanecer allí con la autorización interesada de Alfonso I el Batallador, y combatió como su aliado contra los almorávides. Con el título de rey permaneció allí, y tras su muerte el propio Zafadola, resistieron a los almorávides en la fortaleza de Rueda de Jalón con la asistencia puntual de Alfonso I de Aragón. En 1131, negoció con Alfonso VII la entrega de Rueda de Jalón, a cambio de propiedades en tierras del reino de Toledo. En 1133, 1135 y 1144, saquearon ambos el territorio andalusí, como señala la Chronica Adefonsi Imperatoris, que le considera: rex Zafadola sarracenorum. En 1135 Zafadola, junto otros poderosos gobernantes hispánicos, reconoció a Alfonso VII de León el emperador como rey ofreciéndole vasallaje, cuando Alfonso fue coronado Imperator totius Hispaniae en la Catedral de León.


La alianza entre ambos se dirigía contra los Almorávides, procurando la constitución de un frente andalusí en torno a Zafadola. Éste, en efecto, empezó por aglutinar el alzamiento local en el Centro y en el Oriente de al-Ándalus, mientras otros líderes andalusíes se independizaban también de los magrebíes, y constituían sus taifas, desde 1145.


Con el prestigio de su antigua “legitimidad” dinástica y con el decisivo apoyo cristiano, Zafadola, fue reconocido como emir en varios lugares de al-Ándalus, como Córdoba, adonde se encaminó, aunque sólo permaneció allí uno o dos meses, en 1145, retirándose enseguida a Granada e instalándose en la fortaleza donde luego se levantará la Alhambra, mientras guerreaba intensamente con los Almorávides –resistentes en la alcazaba, seguramente la “alcazaba antigua”, en el Albaicín–, a quienes no pudo vencer, por lo cual marchó a Jaén, y dos meses después a Murcia, donde había sido reconocido como soberano por Ibn Ṭāhir y enseguida por el líder militar de la zona valenciana, Abd Al-lah ibn Sa‘d ibn Mardanís; éste y Zafadola salieron al poco contra tropas de Alfonso VII que algareaban la región, dándose la batalla de Albacete, cerca de Chinchilla, donde Zafadola fue hecho prisionero y posteriormente asesinado por caballeros villanos sin la autorización de sus superiores. Podría haber llegado a reunir bajo su mandato parte o todo de al-Ándalus, durante este período de “las segundas taifas”, pero no lo consiguió. Otro, Ibn Hud, volvió a intentarlo, con algo más de éxito, aunque efímero durante “las terceras taifas”.


Con Zafadola no se cumplieron las pretendidas esperanzas de los andalusíes, bien significativamente manifestadas por la Chronica Adefonsi Imperatoris, según la cual, los andalusíes, cuando preparaban su alzamiento contra los Almorávides: “enviaban secretamente mensajeros al Rey Zafadola, diciéndole: ‘habla con el Rey de los cristianos y con él líbranos de las manos de los Moabitas [los Almorávides]; nosotros pagaremos al Rey de León tributos reales mayores que los que nuestros padres dieron a los suyos, y, seguros contigo, le serviremos, y tú y tus hijos reinaréis sobre nosotros’”. Con la muerte de Zafadola, tampoco se cumplieron los propósitos de Alfonso VII, de intervenir en al-Ándalus por medio de emires de él más o menos dependientes, y que lograran desprenderse de los Imperios magrebíes, pues enseguida los Almohades sustituirán a los Almorávides.