lunes, 23 de marzo de 2026

El Millo

 Sí, el millo (maíz) cultivado en Canarias es una fuente de potasio, aunque no es el alimento canario más destacado por este mineral, superado notablemente por el plátano de Canarias.

Aquí te detallo la información sobre el potasio y el millo/gofio canario:
  • Contenido en potasio: El maíz (millo) se considera un alimento con un contenido de potasio de medio a bajo, aportando aproximadamente entre 50 a 200 mg por porción de ½ taza.
  • Gofio de Millo: El gofio canario, que puede ser de millo o de otros cereales (trigo, cebada), es un superalimento rico en nutrientes que, al ser un derivado del cereal, contiene potasio, fósforo y magnesio, además de fibra.
  • Millo tierno: El millo tierno cultivado en Canarias también aporta carbohidratos, fibra y vitaminas del grupo B.
  • Contraste con el Plátano: Mientras el millo aporta potasio, el plátano de Canarias es reconocido como una de las fuentes principales y más altas de potasio, con un contenido mucho más elevado.
En resumen, el millo y el gofio canario aportan potasio dentro de una dieta equilibrada, pero el plátano es la referencia canaria en cuanto a alto contenido de este mineral.

Hungria

 ¿¡Sabías que!?




​Hungría 🇭🇺 es un país de Europa Central con una historia fascinante que mezcla raíces nómadas de las estepas asiáticas con la elegancia imperial europea. Su capital, Budapest, es conocida como la "Perla del Danubio" y es famosa por su arquitectura monumental, sus balnearios termales y por haber sido parte del poderoso Imperio Austrohúngaro.

​📌 Datos generales:

​Población: ~9.6 millones 👥

​Idioma: Húngaro (Magiar) 🗣️

​Territorio: ~93.030 km² 🌍

​Capital: Budapest 🏙️

​Moneda: Forinto húngaro (HUF) 💵


​🧠 Datos curiosos:

​Tierra de Inventores: Hungría ha dado al mundo inventos que usamos a diario. El Cubo de Rubik, el bolígrafo (inventado por László Bíró) y la tecnología detrás del motor holográfico son todos de origen húngaro.

​Ciudad de los Balnearios: Budapest es la única capital del mundo con más de 120 manantiales térmicos naturales. Sus baños, como el Széchenyi, son famosos por su arquitectura y por ser lugares donde la gente se reúne incluso para jugar ajedrez mientras se baña.

​Un Idioma Único: El húngaro es uno de los idiomas más difíciles de aprender en el mundo. No tiene relación con el latín, el germánico ni el eslavo; sus parientes más cercanos son el finlandés y el estonio, pero aun así son muy distintos entre sí.

#historiasdelmundo

domingo, 22 de marzo de 2026

¿Creías que Oceanía era solo Australia?

 ¿Creías que Oceanía era solo Australia?


🌏
Ahí está el error que casi todos cometen.
Cuando escuchan “Oceanía”, muchos imaginan un solo país…
pero en realidad es una región llena de islas, culturas, banderas y territorios que se extienden por una de las zonas más inmensas del planeta.
Y eso es lo que la hace tan fascinante.
Porque no hablamos solo de mapas.
Hablamos de lugares que para muchos parecen lejanos, casi irreales…
pero que forman parte de una región enorme, diversa y visualmente impresionante.
Desde Australia y Nueva Zelanda, hasta pequeñas naciones e islas del Pacífico que pocos podrían ubicar sin ayuda…
Oceanía es mucho más compleja, rica e interesante de lo que parece a simple vista.
Mírala bien.
Cada bandera cuenta una historia.
Cada nombre en el mapa representa identidad, cultura y geografía.
Y cuanto más la observas, más te das cuenta de algo:
el mundo es mucho más grande de lo que nos enseñaron. 🧭
Guarda esta imagen para repasarla después.
Te va a servir para aprender, recordar y sorprender a más de uno. 👀
¿Cuántos países de Oceanía conocías antes de ver este mapa?
Puede ser una imagen de mapa y texto que dice "Oceanía: Países de Oceanía Guaman Islas Marshall Papúa Nueva Guínea Samoa Mícronesía Islas Salomón Tonga AUSTRALIA 米 Vanuatu + Islas Cook たださ Países de Oceanía: Australía, Papúa Nueva Guínea, Islas Salomón, Vanuatu, Fiji, Micronesia, Guam, Islas Marshall, Samoa, Tonga, Islas Cook, Nueva Zelanáa Nueva NuevaZelanda Zelanda"
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El cerebro de su nave murió a unos 160 kilómetros sobre la Tierra. Así que él se convirtió en la nave.

 El cerebro de su nave murió a unos 160 kilómetros sobre la Tierra. Así que él se convirtió en la nave.


16 de mayo de 1963. Gordon Cooper estaba solo en una cápsula metálica apenas más grande que una cabina telefónica, girando alrededor del planeta a casi 28.000 kilómetros por hora. Llevaba allí arriba más de un día. Veintidós órbitas. Todo marchaba con normalidad.
Entonces empezaron a sonar las alertas.
Primero, un sensor defectuoso insistía en que la cápsula estaba cayendo hacia la Tierra. No era cierto. Cooper lo apagó. Molesto, sí, pero todavía manejable.
Luego llegó el verdadero problema.
Un cortocircuito dejó fuera de servicio todo el sistema automático de guiado. El sistema que mantenía orientada la nave. El sistema que debía calcular el ángulo exacto, el momento preciso y la trayectoria correcta para traerlo de vuelta con vida.
Sin eso, la reentrada se convirtió en una pesadilla matemática.
Si entraba con un ángulo demasiado bajo, la cápsula rebotaría en la atmósfera como una piedra sobre el agua y volvería al vacío, sin combustible para intentarlo otra vez. Si entraba demasiado pronunciado, la fricción convertiría la nave en un meteoro, incinerando todo en su interior en cuestión de segundos.
El margen de supervivencia se medía en fracciones de grado.
Y todos los sistemas diseñados para acertar en ese margen habían dejado de funcionar.
Abajo, en el control de misión, los ingenieros de la NASA observaban la telemetría en silencio. Podían ver cómo fallaba todo. No podían hacer absolutamente nada para evitarlo.
Cooper no entró en pánico.
Destapó un lápiz graso y dibujó líneas de referencia directamente en el interior de la ventanilla: guías rudimentarias, trazadas a mano, para seguir el horizonte. Miró a través del cristal las estrellas que había memorizado durante meses antes del lanzamiento, y usó sus posiciones para orientar manualmente la cápsula a simple vista.
Luego ajustó su reloj de pulsera.
Porque cuando las máquinas mueren, tú te conviertes en la máquina.
Hizo los cálculos en su cabeza. Los contrastó con las estrellas que tenía delante. Observó la Tierra girar bajo él. Y en el instante exacto que le indicaban sus cálculos —confirmados por las constelaciones y por el reloj en su muñeca— encendió los retrocohetes.
La cápsula se estremeció con violencia. El cielo exterior se convirtió en fuego.
Durante varios minutos, un plasma sobrecalentado rodeó la nave y bloqueó toda comunicación. Nadie en la Tierra podía hablar con él. Ningún radar podía seguirlo. Estaba solo dentro de una bola de fuego, confiando en unas cuentas hechas con un lápiz y un reloj.
Entonces se desplegaron los paracaídas.
La Faith 7 cayó en el océano Pacífico a apenas unos seis kilómetros del buque de recuperación, el aterrizaje más preciso de todo el programa Mercury.
El hombre con un reloj de pulsera y unas marcas de lápiz en una ventanilla acababa de superar a todos los sistemas automáticos que la NASA había construido.
Vivimos en una época que rinde culto a la tecnología. Y la tecnología es extraordinaria: nos lleva al espacio, conecta continentes, salva vidas.
Pero la historia de Gordon Cooper es un recordatorio silencioso de algo que olvidamos con demasiada facilidad:
Detrás de cada máquina, todavía tiene que haber un ser humano capaz de mirar por la ventanilla, pensar con claridad cuando todo se está rompiendo y tomar la decisión.
El sistema de respaldo final nunca fue el software.
Nunca fue la automatización.
Era él: un piloto con un lápiz, un reloj y las estrellas.
Y todavía lo es.
Fuente: NASA ("Cooper's Faith 7 Mission Closes Out Project Mercury", 16 de mayo de 2023)
Puede ser una imagen de texto que dice "La casa del saber ٢ EAaY COOPER"
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