martes, 3 de febrero de 2026

CRÓNICAS DEL JURAMELÓN: El Sainete de la Garita y los Yates de Secano

 CRÓNICAS DEL JURAMELÓN: 


El Sainete de la Garita y los Yates de Secano

​Por Fernando Casares Learte 

​Vivir en este rincón de Madrid tiene un valor añadido que no figura en las escrituras: un servicio gratuito de "biógrafos" de portal. Mientras uno se centra en la estética y la paz del Juramelón —ese proyecto que es más refugio que obra—, el elenco estable de la finca (y alrededores) se encarga de redactar un guion que ríete tú de las novelas de caballería.

​Todo empezó con aquella Matriarca de la Portería, una mujer que confundió su garita con el despacho de un inquisidor. Con la autoridad que se autoconcedía —al estilo de un Cid Campeador de fregonas—, decidió que mi vida era un despliegue de lujo asiático. Según su crónica, yo poseía yates invisibles y celebraba festejos dignos de la Roma imperial. Una imaginación desbordante que, curiosamente, mezclaba con insultos homófobos cuando creía que nadie la oía, intentando ensuciar una intimidad que ni le pertenecía ni comprendía.

​La saga, por supuesto, ha tenido continuidad. Ahora el protagonismo recae en su Heredero Laboral, su yerno un hombre de contrastes: por la mañana me confesaba con aparente amargura lo mucho que odiaba a su propia suegra y, por la tarde, parece haber heredado su talento para el teatro más rancio. Su última actuación ha sido memorable: inventarse una agresión con la intensidad de una estrella de cine mudo, gritando al vacío mientras intentaba adjudicarme un estado de embriaguez que solo existía en su desesperado guion por salvar la cara.

​Y como en toda buena comedia de barrio, nunca falta el Invitado de Piedra. En este caso, el portero de la finca de al lado, que en un alarde de generosidad vecinal, se permite sugerirme que venda mi casa. Es enternecedor que alguien que ni siquiera trabaja en mi portal esté tan preocupado por mi mudanza. Quizá es que mi "yate imaginario" le quita espacio para aparcar su propia discreción, o quizá, simplemente, no soporta ver a un propietario que no se pliega a sus impertinencias.

​La realidad detrás de tanto ruido es vieja como el mundo: la envidia. Les duele el Juramelón porque es el espejo donde se refleja su propia amargura. Les molesta que uno habite su vida con la naturalidad de quien no debe nada a nadie. Pero lo que resulta más poético, más fascinante si cabe, es que mientras ellos invierten sus horas en fabricar estos sainetes de planta baja, a nosotros nos la repanfinfla

​Es el contraste definitivo: frente a la estrechez de miras del que solo sabe calumniar desde el rincón de una portería, la amplitud de un horizonte lleno de éxitos y proyectos brillantes. Quizá por eso les urge tanto que venda; porque mi presencia, mi seguridad y mi triunfo son el recordatorio constante de que, mientras ellos se quedan estancados en el rencor de su cortijo particular, el Juramelón y su dueño no hacen más que crecer.

​Lamento decepcionar a los guionistas de esta función barata, pero no acepto el papel de figurante. No vendo, no me rindo y, sobre todo, no dejo de brillar. Estoy demasiado ocupado disfrutando de la cima como para preocuparme por los que ladran en el portal.

​En el Juramelón, la realidad es nuestra; la ficción se la dejamos a la envidia.

ADIÓS, MAMÁ CARLOTA

 ADIÓS, MAMÁ CARLOTA



Durante años, en México hemos dicho “adiós, mamá Carlota” para referirnos a algo que ya se perdió, a un plan que fracasó, a una ilusión que se cayó. Lo decimos en broma, con resignación, sin pensar demasiado en su origen. Pero esta frase no nació como chiste. Nació como una canción política, como una burla directa al poder, en uno de los momentos más tensos de nuestra historia.


En el siglo XIX, cuando el país estaba bajo el Segundo Imperio, gobernado por Maximiliano de Habsburgo y su esposa Carlota de Bélgica, México vivía una imposición extranjera sostenida por tropas francesas. Era un proyecto frágil, rechazado por buena parte de la población y enfrentado por los liberales. Para 1866, el Imperio ya estaba cayendo. Francia retiró su apoyo, los republicanos avanzaban y el final se acercaba.


En ese contexto, Vicente Riva Palacio —escritor, militar y opositor al Imperio— escribió una canción satírica titulada “Adiós, mamá Carlota”. No era una pieza elegante ni solemne. Era una canción hecha para cantarse en la calle, en reuniones, en espacios populares. Su función era clara: ridiculizar al Imperio, anunciar su derrota y quitarle toda aura de respeto. Decir “mamá Carlota” no era cariño: era una forma de infantilizar al poder, de volverlo objeto de burla.


En una época donde muchos no leían periódicos, las canciones eran armas políticas. Se memorizaban rápido, circulaban sin imprenta y transmitían mensajes claros. “Adiós, mamá Carlota” funcionó como propaganda cantada: le decía al pueblo que el Imperio estaba perdido y que ya no había por qué temerle.


Mientras la canción se hacía popular, Carlota viajaba desesperada a Europa buscando ayuda. No la encontró. Sufrió un colapso mental, nunca volvió a México y pasó más de medio siglo recluida. Poco después, Maximiliano fue capturado y fusilado en Querétaro. El Imperio desapareció. La canción se volvió realidad.


Con el tiempo, la melodía se fue perdiendo, pero la frase sobrevivió. Pasó por el teatro, la comedia, el cine y terminó instalada en el lenguaje cotidiano. Ya sin contexto histórico, “adiós, mamá Carlota” se convirtió en una forma ligera de decir: “ya valió”, “ya se acabó”, “no hay remedio”.


Lo irónico es que detrás de esa frase casual hay una historia de derrota política, propaganda, exilio, locura y tragedia personal. Una emperatriz convertida en símbolo del fracaso. Un país usando el humor para procesar una imposición extranjera. Una canción que se volvió memoria colectiva.


Hoy repetimos esas palabras sin saber que nacieron como un acto de resistencia cultural.


Porque en México, incluso las frases más simples… suelen venir de guerras, imperios caídos y canciones olvidadas.


Y tú, ¿sabías de dónde venía “adiós, mamá Carlota”… o también la usabas sin conocer su historia?

La ejecución de György Dózsa (1470-1514) es

 🔥 La ejecución de György Dózsa (1470-1514) es uno de los episodios más brutales de la historia de Hungría, el líder campesino lideró una rebelión contra la nobleza húngara en busca de justicia y mejores condiciones de vida para los campesinos, la rebelión comenzó en mayo de 1514, tras el fracaso de la convocatoria a la Cruzada Campesina convocada por el papa León X, y se extendió por toda la región, sin embargo, la rebelión fracasó y Dózsa fue capturado el 15 de julio de 1514 y sometido a una tortura atroz, sentado en un trono de hierro al rojo vivo, con una corona incandescente y un cetro ardiente, mientras sus seguidores eran obligados a comer su carne para salvar sus vidas, esta escena de horror se convirtió en un símbolo de la brutalidad de la nobleza húngara y convirtió a Dózsa en un mártir, su legado ha perdurado hasta la actualidad como un símbolo de resistencia contra el poder opresor, la crueldad de su ejecución ha sido recordada y conmemorada en la historia húngara y sigue siendo un tema de reflexión y debate en la actualidad.



📌 La ejecución de Dózsa y la brutal represión de los campesinos contribuyeron enormemente a la invasión otomana de 1526 , ya que los húngaros ya no eran un pueblo políticamente unido y los campesinos rechazaban el servicio militar contra los otomanos. Cómo consecuencia, el reino de Hungría, hasta entonces el bastión contra el islam, fue destruído.

Esclavos en la Revolución de 1810: murieron por una bandera que no los incluyó

 Esclavos en la Revolución de 1810: murieron por una bandera que no los incluyó


Uno de cada cuatro habitantes de Buenos Aires era esclavo.

Negros. Silenciosos. Invisibles.

Lavaban la ropa de los que hablaban de libertad.

Cocinaban el asado de la revolución.

Acarreaban agua para los discursos.

Y sin embargo, nadie los nombró.

Estaban en las calles cuando vinieron los ingleses.

Peleando con palos, piedras y coraje.

Estaban en los ejércitos cuando llegó la independencia.

En el Regimiento de Castas, en los batallones de pardos y morenos.

Tocando tambores en Salta.

Muriendo en Vilcapugio.

Desapareciendo en el hielo de los Andes.

A algunos les prometieron libertad.

A cambio de sangre, claro.

Más de 1.500 cruzaron la cordillera con San Martín.

Volvieron pocos.

Y la mayoría, sin nombre.

Las mujeres también estuvieron.

Lavaban. Curaban. Criaban.

Nadie las vio.

María Remedios del Valle peleó junto a Belgrano.

La nombraron “Capitana”.

Terminó mendigando.

Solo Viamonte la reconoció en 1827.

Le dieron una pensión.

Y la historia volvió a olvidarla.

Después vino lo peor: el olvido.

Epidemias. Censura. Blanqueamiento.

Durante décadas, el Estado no los contó en los censos.

No preguntar es no querer saber.

Y si no están en el papel, no existen.

Recién en 2010 los volvieron a nombrar.

Pero siempre estuvieron.

En los huesos bajo el empedrado.

En el candombe que se niega a morir.

En la sangre que todavía late sin monumentos.

No fueron libres.

Pero pelearon por la libertad.

Y esa, lector, es la verdad que escuece:

la patria también la hicieron los que no sabían si algún día serían parte de ella.

Lee el articulo completo en: 

https://www.robertoarnaiz.com/post/los-invisibles-del-25-de-mayo

Hernán Cortés no era un ignorante

 Hernán Cortés no era un ignorante



Durante siglos nos han contado la Conquista como si hubiera sido obra de hombres brutales, sin educación, guiados solo por la ambición y la violencia. Pero la historia real es más compleja. Hernán Cortés no llegó a América como un improvisado sin formación: llegó con estudios, lectura y una preparación que marcaría su forma de actuar.


Desde muy joven fue enviado a estudiar a la Universidad de Salamanca, uno de los centros más importantes de Europa en su tiempo. Ahí aprendió latín, gramática y nociones de derecho. No terminó la carrera, es cierto, pero eso no significa que abandonara sin aprender nada. Al contrario: adquirió herramientas clave para entender leyes, contratos, jerarquías y estrategias políticas.


Ese conocimiento le sirvió más tarde en México. Cortés no solo peleó con armas: peleó con documentos, alianzas, discursos y argumentos legales. Sabía escribir cartas al rey, justificar sus actos, negociar con aliados indígenas y usar el lenguaje jurídico para protegerse. Mientras otros conquistadores actuaban por impulso, él pensaba como estratega.


También era lector, observador y calculador. Estudió las divisiones internas del imperio mexica, entendió los intereses de cada grupo y supo cómo aprovecharlos. No fue solo fuerza: fue información, análisis y frialdad política.


Nada de esto justifica la violencia ni el dolor que provocó la Conquista. Pero sí rompe un mito: Cortés no era un hombre sin preparación. Era producto de su tiempo, de una educación europea y de una mentalidad entrenada para dominar con algo más que espadas.


A veces, los personajes más oscuros de la historia no fueron ignorantes.

Fueron inteligentes.

Y justo por eso, tan peligrosos.

lunes, 2 de febrero de 2026

El 2 de febrero de 1592 murió recluida en su palacio de Pastrana, Ana Hurtado de Mendoza de la Cerda y de Silva y Álvarez de Toledo,

 El 2 de febrero de 1592 murió recluida en su palacio de Pastrana, Ana Hurtado de Mendoza de la Cerda y de Silva y Álvarez de Toledo, conocida coloquialmente como la princesa de Éboli, noble cabecilla del partido pacifista de la corte, que propugnaba una salida negociada al problema de Flandes, junto a Antonio Pérez, el secretario del rey. Su estrecha relación con Antonio Pérez, de quien quizás era la amante, la acabó mezclando en los turbios sucesos que provocaron la caída del secretario real. Así, cuando Pérez fue acusado de instigar el asesinato de Rafael de Escobedo, secretario de Juan de Austria y antiguo colaborador suyo, para que no descubriese sus contactos secretos con los rebeldes holandeses, la princesa de Éboli se vio implicada y fue arrestada. Privada de la tutela de sus hijos, fue exiliada a Pastrana, donde falleció.



Perteneciente a una de las más importantes familias de la nobleza castellana, Ana Mendoza de la Cerda era la única hija de Diego Hurtado de Mendoza, virrey de Perú, príncipe de Mélito y duque de Francavilla, y de Catalina de Silva, hermana del conde de Cifuentes.


A los doce años, en 1552, el príncipe Felipe (futuro rey Felipe II) y los padres de la novia firmaron las capitulaciones para la boda de Ana con Ruy Gómez de Silva, amigo de la infancia del príncipe Felipe. Ruy era príncipe de Éboli, ciudad ubicada en el Reino de Nápoles y ministro del rey, pero los compromisos de Ruy motivaron su presencia en Inglaterra y el matrimonio no se celebró hasta aproximadamente 1557. Durante su estancia en la Corte entabló una estrecha amistad con la reina Isabel de Valois.


Fue una de las mujeres de más talento de su época y considerada una de las damas más hermosas de la corte española. Respecto a la pérdida de su ojo derecho, la teoría más respaldada asegura que la princesa fue dañada por la punta de un florete manejado por un paje durante su infancia. Pero este dato no es claro, quizá en realidad sufriese estrabismo, aunque hay pocos datos que mencionen dicho defecto físico. Este defecto únicamente aparece citado en la documentación escrita (y muy veladamente) a partir del siglo XVIII. Al parecer, Ana Mendoza se expresaba de forma populachera, y en sus escritos solía hacer crítica del aplebeyamiento de la aristocracia española.


Poseedora de una de las mayores fortunas de España, a la muerte de su esposo en 1573 se retiró al convento de carmelitas de Pastrana, casa que había sido fundada a expensas suyas por Santa Teresa, y con la que tuvo muchos conflictos. Entorpeció las obras porque quería que se construyesen según sus dictados, lo que provocó numerosos conflictos con monjas, frailes, y sobre todo con Teresa de Jesús, fundadora de la orden. La princesa quería ser monja y que todas sus criadas también lo fueran. Le fue concedido a regañadientes por Teresa de Jesús y se la ubicó en una celda austera.


Pronto se cansó de la celda y se fue a una casa en el huerto del convento con sus criadas. Allí disponía de armarios para guardar vestidos y joyas, además de tener comunicación directa con la calle y poder salir a voluntad. Ante esto, por mandato de Teresa, todas las monjas abandonaron Pastrana y dejaron sola a Ana. Esta llegaría a publicar una biografía tergiversada de Teresa. Después de seis meses de agitada vida conventual fue obligada por el rey a renunciar a los hábitos y a hacerse cargo, en conformidad con el testamento de su esposo, de la tutoría de sus hijos y de la administración de los bienes heredados por éstos.


A raíz de su regreso a la Corte comenzó una etapa de su vida caracterizada por la intriga y el escándalo, fruto de su personalidad caprichosa y voluble y de las supuestas relaciones amorosas (no han sido aceptadas por todos los historiadores) con el propio monarca, con Juan de Escobedo, secretario de Juan de Austria, y con Antonio Pérez (este último, el amorío más creible), quien era secretario real y cabeza visible de la facción pacifista. Antonio tenía la misma edad que ella y no se sabe realmente si lo suyo fue simplemente una cuestión de amor, de política o de búsqueda de un apoyo que le faltaba desde que muriera su marido.


Parece probable que la princesa de Éboli y Antonio Pérez mantuvieran negociaciones secretas con los rebeldes flamencos, hecho del que habría tenido conocimiento Juan de Escobedo; para evitar que Escobedo revelase el secreto se le acusó de una grave conspiración política pretendidamente urdida con Juan de Austria. En 1578, Escobedo fue asesinado por orden de Antonio Pérez, seguramente con el consentimiento real.


La princesa de Éboli aprovechó la influencia de Pérez y su conocimiento de los secretos de Estado para satisfacer sus ambiciones políticas y sus necesidades económicas. La concesión de dignidades eclesiásticas y la venta de información política reservada figuran entre los negocios más fructíferos en que ambos intervinieron. A la muerte del rey Sebastián de Portugal (1578), la princesa volvió a colaborar con Pérez con el fin de apoyar la candidatura de la duquesa de Braganza al trono portugués, oponiéndose así a las pretensiones dinásticas de Felipe II en este mismo sentido.


Al tener conocimiento de estas intrigas y al percatarse de que había sido engañado en el asunto de Escobedo, el monarca se vio en la necesidad de ordenar el encarcelamiento de la princesa de Éboli y de Antonio Pérez, hecho que dio lugar al episodio más importante de las llamadas Alteraciones de Aragón al escapar Pérez. La princesa fue encerrada por orden del rey, primero en el Torreón de Pinto, luego trasladada en febrero de 1580 a la fortaleza de Santorcaz y privada de la tutela de sus hijos y de la administración de sus bienes, para ser trasladada en 1581 a su Palacio Ducal de Pastrana, donde estuvo acompañada y atendida por su hija menor y tres criadas.


Es muy conocido en dicho palacio el balcón enrejado que da a la plaza de la Hora, llamada así porque era donde se permitía a la princesa asomarse una hora al día. Felipe II mandó poner rejas en puertas y ventanas del Palacio Ducal.


No está tampoco muy claro el porqué de la actitud cruel de Felipe II para con Ana, quien en sus cartas llamaba «primo» al monarca y le pedía en una de ellas «que la protegiese como caballero». Felipe II se referiría a ella como «la hembra» o «la marrana». Mientras la actitud de Felipe hacia Ana era dura y desproporcionada, siempre protegió y cuidó de los hijos de esta y su antiguo amigo Ruy Gómez de Silva.


Con todo, las dolencias de Ana Mendoza fueron creciendo sin que nadie las remediase y durante el invierno de 1591-1592 quedó tullida, sin poder salir de la habitación ni siquiera levantarse de la cama, muriendo a los cincuenta y dos años de edad.

domingo, 1 de febrero de 2026

El 1 de febrero de 1758 nació en Puerto de la Cruz (Tenerife) Agustín de Betancourt

 El 1 de febrero de 1758 nació en Puerto de la Cruz (Tenerife) Agustín de Betancourt, ingeniero civil y militar, arquitecto, ensayista, precursor de la radio, telegrafía y la termodinámica. Su trabajo varió desde las máquinas de vapor y los globos aerostáticos hasta la ingeniería estructural y el planeamiento urbanístico.



Nacido en el seno de una familia acomodada canaria. Su apellido desciende de Jean IV de Béthencourt, que participó en la conquista de Canarias, aunque éste nunca tuvo descendencia (su apellido siendo heredado por los nativos convertidos por él en Lanzarote y Fuerteventura).


Su padre, Agustín de Betancourt y Castro, pertenecía a la pequeña nobleza insular. Su madre, Leonor de Molina y Briones, le proporcionó una educación esmerada. A despertar su interés por la mecánica contribuyó la excelente biblioteca familiar.


Su primer diseño lo presentó siendo joven en la Real Sociedad Económica de Amigos del País, una máquina epicilíndrica para el hilado de la seda, realizada en colaboración con su padre y su hermana. Con esta invención, se dio a conocer y ese mismo año el gobierno ilustrado de Carlos III le concedió una ayuda para ampliar sus estudios en Madrid. Sus primeros encargos para el Conde de Floridablanca en 1783 fueron la inspección del Canal Imperial de Aragón y el estudio de las minas de Almadén, sobre cuyo estado redactó tres detalladas memorias; en este mismo año y ante la Corte Real elevó, por primera vez en España, un globo aerostático.


Recomendado por Floridablanca, viajó a Paris con el fin de ampliar sus estudios. Allí dirigió un importante grupo de pensionados españoles que en pocos años reunieron la mejor colección de memorias, planos y documentos relacionados con la ingeniería civil de toda Europa, y que constituirá el fundamento del Real Gabinete de Máquinas. Redactó una Memoria sobre la purificación del carbón de piedra, y el modo de aprovechar las materias que contiene, que se envió a Oviedo para que la nueva tecnología se aprovechara en las minas de hulla asturianas. Además de sus trabajos de investigación y recopilación llevados a cabo en París, Betancourt llevó a cabo en Inglaterra labores de espionaje industrial al servicio de España. En su viaje a Inglaterra, en noviembre de 1788, Betancourt visitó Birmingham, la capital de la Revolución Industrial, para conocer al inventor Watt y a su socio, el constructor de maquinaria Boulton. Ante la negativa de mostrarle las nuevas máquinas de vapor (de las que existían rumores en Francia), Betancourt regresó a Londres y allí pudo observar fugazmente una de estas nuevas máquinas en los Albion Mills de Blackfriars. Fue suficiente para percatarse de que el pistón trabajaba en ambos sentidos, como delataba la ausencia de las cadenas de transmisión que unen el pistón con el balancín, dando a conocer la máquina de vapor de doble efecto, y a incorporarla a las colecciones del Real Gabinete de Máquinas de Madrid.


Un gran invento suyo de gran relevancia fue un nuevo telégrafo óptico, muy superior al que había implantado en Francia el ingeniero Claude Chappe. Lo desarrolló Betancourt con la colaboración de su amigo el renombrado relojero Abraham Louis Breguet. Francia solicitó un informe a la Academia de Ciencias para que dictaminara sobre las ventajas del nuevo telégrafo; un comité de sabios se pronunció por la superioridad del nuevo telégrafo sobre el de Claude Chappe. El telégrafo Betancourt-Breguet no se estableció en Francia, pero sí en España, funcionando ya en 1800 una línea entre Madrid y Aranjuez, donde residía la Corte en verano.


Otra actividad notable del ingeniero canario guarda relación con la ilustración científica de libros y el dibujo técnico de planos, campos en los que era un consumado maestro.


En su segundo viaje a Inglaterra, Betancourt se hizo acompañar por Bartolomé Sureda, un joven mallorquín de temperamento artístico y notable talento para las artes mecánicas. Allí Sureda aprendió la técnica para grabar láminas a la “aguatinta”, más sencilla y fácil de rectificar que el grabado tradicional. De regreso a España, Sureda puso en práctica la nueva técnica. Betancourt y Sureda enseñaron la nueva técnica (hasta entonces desconocida en España) a Goya, con quien Betancourt coincidía en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. El genial pintor aragonés la utilizará en los célebres los Caprichos.


Con el fin de mejorar en España los transportes terrestres y fluviales, se creó en 1799 la Inspección General de Caminos y Canales, cuyo primer titular fue el conde de Guzmán. En diciembre de 1801, le sucedió en el cargo Agustín de Betancourt, quien en pocos años reorganizó el Cuerpo y dio un nuevo impulso a la construcción de caminos más funcionales y baratos, ocupándose asimismo de la conservación de los ya existentes. En el campo educativo, la catastrófica rotura de la presa de Puentes, que causó más de seiscientas víctimas mortales en Lorca (Murcia), fue aprovechada por Betancourt para vencer las últimas resistencias y crear un nuevo centro especializado en formar técnicos en ingeniería civil, fundándose en 1802 la actual Escuela de Caminos, Canales y Puertos.


En 1803, el entonces todopoderoso Manuel Godoy encargó a Betancourt la regulación de las aguas del río Genil a su paso por Granada, para evitar que se inundara el Soto de Roma, la extensa y fértil finca de regadío que Carlos IV había regalado a Godoy. Ese mismo año Betancourt realizó un reconocimiento del río y redactó un informe técnico que constituye un paradigma de la ingeniería respetuosa con la naturaleza. Recomendaba prohibir los cultivos en el curso alto del Genil (para evitar deforestaciones que agravaran la erosión), plantar franjas de arbolado paralelo a las orillas y construir el sifón de Jotáyar eliminando rústicos azudes que obstaculizan el flujo de las aguas. Estas obras de corrección de las márgenes del río Genil, que hubieran dado su fruto a largo plazo, exasperaron a Godoy (que buscaba evitar la inundación de su finca inmediatamente) hasta el punto de retirar su confianza a Betancourt (en octubre de 1805) poniendo al frente de las obras a ingenieros militares, más dóciles y disciplinados.


El deterioro de las relaciones entre Betancourt y el poderoso valido Godoy y el cariz sombrío que tomaban los acontecimientos políticos en el ámbito internacional, hicieron que el ingeniero español madurara la idea de abandonar España. Acabó en San Petersburgo, donde fue recibido por el zar Alejandro I en audiencia privada, y entró a su servicio como ingeniero.


A lo largo de los dieciséis años de su estancia en Rusia alternó la dirección académica del Instituto de Ingenieros con numerosas obras públicas, como el puente sobre el Málaya Nevka, la modernización de la fábrica de armas de Tula o la fábrica de cañones de Kazán, la draga de Kronstadt, los andamiajes para la Catedral de San Isaac o la Columna de Alejandro I, el canal Betancourt de San Petersburgo, la Catedral de la Transfiguración de Nizni Nóvgorod, la fábrica de papel moneda, el picadero de Moscú, la navegación a vapor en el río Volga, sistemas de abastecimiento de aguas, ferrocarriles, etc.