El Hijo del Hombre Que Acabó con el Che Guevara Revela el Secreto de Su Padre 50 Años Después...
Nadie podía imaginarlo, y quizá por eso dolió tanto: aquella noche no solo se cerró una vida, también se abrió una herida que tardaría medio siglo en pronunciarse. En los libros, todo quedó reducido a una escena rápida, casi mecánica: una escuela de adobe, un prisionero famoso, un soldado con órdenes claras. Pero las historias que marcan generaciones nunca son tan simples. Siempre hay alguien que carga con lo que el resto convierte en consigna. Siempre hay una familia que aprende a respirar alrededor del silencio.
Mario Terán fue, para el país, un nombre útil. Para unos, el soldado que cumplió su deber. Para otros, el verdugo que apagó un símbolo. Y para su hijo, Miguel, fue algo mucho más difícil de explicar: un hombre que regresó a casa con medallas en el pecho y una sombra en los ojos, como si hubiera traído a un fantasma escondido entre los pliegues del uniforme.
Miguel creció en Santa Cruz con un apellido que abría puertas y levantaba cejas. “Ahí va el hijo del héroe”, decían en la calle, y a veces lo decían con orgullo, como si aquel nombre viniera con un brillo propio. Pero puertas adentro, la casa no brillaba. Allí no vivía un héroe, vivía un hombre que miraba el vacío durante horas, que bajaba el volumen de la radio cuando sonaba cierto nombre, que bebía “para dormir” y aun así despertaba empapado, golpeado por sueños que no le pedían permiso.
La primera vez que Miguel sintió que algo estaba roto, no lo entendió con la cabeza, sino con el cuerpo. Tenía catorce años, y la noche de octubre de 1967 se le quedó pegada a la piel como un frío raro. Su padre acababa de regresar de La Higuera. El pueblo lo recibió con aplausos. La radio lo llamó patriota. Un vecino llevó pan. Otro, una botella para celebrar. Todos querían tocarle el hombro, como si el valor fuera contagioso.
Pero esa misma noche, cuando la casa quedó en calma, Miguel escuchó un sonido que no encajaba en la idea de “héroe”: sollozos. Se levantó descalzo, caminó por el pasillo con el corazón apretado, y se quedó quieto frente a la puerta del dormitorio. No pretendía espiar. Solo quería comprobar que todo estaba bien. Y entonces oyó la voz de su padre, quebrada, como si le costara existir.
“No puedo, Rosa… no puedo cerrar los ojos sin verlo.”
La voz de su madre respondió bajito, intentando sostener el mundo con palabras: “Tienes que intentarlo. Cumpliste con tu deber.”
Y Mario, casi gritando, dijo algo que Miguel jamás olvidaría: “¡Me miró con compasión! ¿Entiendes? Con compasión… como si él sintiera pena por mí.”
Miguel retrocedió como si lo hubieran empujado. En la escuela le habían enseñado que los soldados no lloran, que la patria se defiende con firmeza, que el deber se cumple sin temblar. Pero su padre temblaba. Su padre lloraba. Y ese contraste —el hombre aplaudido afuera y derrumbado adentro— fue la primera grieta del mito.
Los días pasaron y el país siguió su rito: discursos, desfiles, aniversarios. Mario posaba erguido cuando se lo pedían, saludaba con rigidez, aceptaba felicitaciones. Y en casa, el silencio crecía como una humedad. Si alguien mencionaba al Che en una conversación, Mario cambiaba de tema o se levantaba y se iba al patio...
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