martes, 7 de abril de 2026

Echarle un puño a la baifa

 

Echarle un puño a la baifa




Los canarios de las todas las islas tenemos heredado de la lengua de nuestros prehistóricos antepasados dos hermosas palabras que son buena parte de nuestro mejor tesoro: gofio y baifo, y ambas contienen bien flanqueadas y protegidas la letra "efe" de Felicidad, indiscutibles voces supervivientes de aquel perdido lenguaje.

El gofio es para el canario el pan nuestro de cada día, es objetivo y meta del trabajo, es por tanto porción inseparable de su felicidad.

La baifa o el baifo, da igual el género, es igualmente símbolo de ternura, de amor, de responsabilidad.


Cuando la cabra está de parto, cuando sabe que llegan las últimas contracciones y se ha dilatado, momento en que asoma la cabeza del baifo, con mucha delicadeza se tumba sobre su costado en el suelo y empuja con fuerza para que salga la cabeza y las patitas delanteras de su hijo; después, suavemente la madre se levanta estirando primero sus patas delanteras para así dar el último impulso a la salida de su hijo y ponerlo en el suelo.


Inmediatamente, la cabra ejerce su papel de madre, comienza a lamer y limpiar el cuerpo del baifo, acariciándolo como si lo estuviera auscultando, hasta que el baifo ha llenado sus pulmones por primera vez de aire y empieza a berrear con fuerza.


Nos acerca a aquel instante en que los padres oyen por primera vez el llanto de su hijo recién nacido, cuando dos lágrimas descienden por nuestras mejillas y decimos en señal de la ansiada tranquilidad ¡Berrea como un baifo!, porque mientras más fuerte lo hace, más se llenan sus pulmones de aire.


Pero no queda ahí toda la pericia de la madre cabra, y después de haber cortado con sus dientes el cordón umbilical que le unía a su hijo, al poco nace otro baifo, y después otro. La buena madre después de haberlos limpiados a todos, se come las placentas y deja el corral inmaculado. En unos minutos, los baifos ya están saltando de alegría por su nueva vida en libertad. Al igual que decimos cuando vemos a los niños jugando con alegría ¡Saltan como un baifo chico!. No es para menos.


Jamás olvidaré la expresión en el rostro de mi hijo, niño de pocos años, cuando vivió a un escaso metro de distancia este hermoso acontecimiento. En unos pocos minutos había disfrutado lo más grande, de cómo era la llegada de un ser vivo. Se podrá explicar con mil palabras, se podrá ver en una película, pero nada como la realidad misma: imagen, sonido, color, olor, ... pero sobre todo, esas discretas y tiernas miradas que la cabra dedicaba a cada una de sus crías. Un bellísimo espectáculo para él, y una maravillosa sensación para mí como padre.


Este cariño, esta ternura que los canarios sentimos por el baifo, es ilimitado. Ningún canario diría "voy a comer baifo". Siempre diría "voy a comer cabrito". La distinción no es por su edad, ni porque estuviera mamando o no leche materna, ni porque fuera asado o adobado. La distinción la hacemos por esa ternura con la que decimos las palabras baifo o baifa porque nos ubica en nuestra más tierna infancia.


Así también cuando un padre observa que su hijo adulto ha tomado decisiones erróneas, es muy contundente y le dice ¡Eres un cabrito!. Nunca lo comparará con el baifo.

Muy distinto es cuando alguien dice o comete disparates, de comportamientos alocados o meteduras de pata, entonces dirá ¡Se le fue el baifo!. Sencillamente porque recuerda el comportamiento de locura temporal de la cabra cuando pierde uno de sus baifos. Porque la cabra asume su responsabilidad máxima como madre, porque ella lo es todo para sus crías. Y por esto se dice también ¡Es la madre de la baifa!, porque es lo importante de lo que nos pasa, el punto final, como dice Pancho Guerra: «el intríngulis, el busilis».



El campesino canario cuando educaba a su hijo no tenía entonces a su disposición de los consejos de la psicología infantil, ni tan siquiera libros temáticos. Igual que se lo enseñó su padre, él enseñó a su hijo que en la vida hay que tener responsabilidades, y así desde pequeño lo mandaba al traspatio diciéndole ¡Échale un puño a la baifa! porque así se acostumbraría a tener responsabilidades.



De ahí que cuando estaba entretenido y animado entre amigos, nuestro joven hombre en época de enamoramiento, sabía de sus responsabilidades en la vida, que primero es la novia y después los amigos, y, se escapaba diciendo que iba a ¡Echarle un puño a la baifa!, decisión que era respetada por todos, porque todos eran practicantes de la máxima. Nada despectivo en comparar la novia con la baifa; muy al contrario, la baifa es el símbolo de su amor, de su ternura, de su responsabilidad con su propio futuro de hombre y padre. El recurrido Pancho Guerra lo decía convenciendo: «platicar el mozo amorosamente con la mujer querida, en general propuesta para esposa».


Conoce a la burra por los peos

 

Conoce a la burra por los peos




A lo largo de la historia de siglos se fue forjando el campesinado canario. Vivía de las labores del campo, de su "cacho de tierra", como campesino independiente enarbolando su espíritu de libre iniciativa que tanto molestó a las élites dominantes insulares que en muchas ocasiones intentaron doblegarla. Fue ese espíritu de libre iniciativa el que le impulsó en los tiempos difíciles a buscarse la vida más allá de los mares, trabajando duro en la emigración "llenando la bolsa", con el constante recuerdo de aquello que en las islas había dejado para volver como indiano.

Pocos conocieron del alfabeto, por su baja condición social, y todo el peso de su cultura fue oral. Trabajaba la tierra de sol a sol, sin levantar la cabeza, escuchaba los sonidos de la naturaleza, de los animales, para conocer si venían las lluvias o los calores. En la soledad del campo llegó a distinguir a sus vecinos por su "cloquío", pues además del mestizaje de lenguas, su paciente escuchar  le permitía conocer el timbre de la voz de cada uno de ellos, porque distinta era la caja de resonancia de cada uno. Como buen observador sabía que el "cloquío" de un hijo o hija se parecía al de su padre o madre, porque adivinaba que también se parecerían sus cajas de resonancia.

Y la influencia de su campesinado la trasladó a este decir, pues llegó a conocer de su inestimable compañera en las labores: la burra. Si padecía de mal de amores por falta de compañía, o de ardores por su inflamada panza llena de lombrices que necesita purgar, o si rebuznaba cuando sus dientes ya no trituraban la paja.

Pancho Guerra contó muy bien lo que significaba: «CLOQUIDO.- Se dice del metal timbre de voz de una persona. (El isleño que oye hablar a alguien y sin verlo lo descubre por su acento peculiar, “lo ha sacado por el cloquido”. También se dice, que “conoce a la burra por los peos”. El antecedente de esta voz es, sin duda, el “cloquear” castellano)». 

Y así fue como nuestro campesino, conocía por las ventosidades a su burra, y por el "cloquío" a las personas que le hablaban mientras el no levantaba la cabeza para no dejar de trabajar la tierra, o quién era "el padre de la criatura" con aquel igual "cloquío".
 

Tanto daño me hagas, como chirgo de miedo te tengo

 

Tanto daño me hagas, como chirgo de miedo te tengo




Este decir guarda relación con las amenazas recibidas de los tradicionales que "se la "echaban", o lo que es lo mismo, el castellano "fanfarrón", voz prácticamente no usada en las islas y sustituida por "echón", y es así como compara el daño que le pueda hacer con el miedo que le pueda tener: ninguno.

Las voces "chirgo" y "chilgo" son una derivación o variante de "chingar", más concretamente referida a la expresión "mearse de miedo en los pantalones".

Agustín Millares Cubas recogió la voz «CHIRGO.- Chorro delgado, sutil, que sale con ímpetu, como el de un surtidor. "Chirgarse de miedo" es humedecer las ropas interiores involuntaria y vergonzosamente».

Con posterioridad Pancho Guerra recoge la variante «CHILGO.- Miedo. También se aplica al chingo o chorro, especialmente al de la orina. (La segunda acepción habrá nacido al calor de ese reflejo del pánico que consiste en mearse en los pantalones. Cuando el isleño está “chilgado de miedo”, si no se ha orinado por los pies abajo, está a punto. Suele oírse también “chirgo”.)»

En relación con la primera expresión aludida que en las islas sustituía a la palabra "fanfarrón" también Pancho Guerra nos da cuenta de este verbo con un lujo de detalles y ejemplos: «ECHÁRSELA.- Presumir vanamente de galanura o de riquezas; fanfarronear de valiente. ("Se la estaba echando en el Parque como si tuviera fanegadas en Arucas o tomates en el Sur, sin darse cuenta de que es un jediondo”). “Desde 'que lo “jisieron sosio” del Casino, pegó a echársela con tales buches, que daba de cara."

En castellano hay la locución familiar “echar de”, equivalente a presumir, a jactarse de algo. Esta debe ser la fuente de la voz isleña. En su estudio del término “echar”, el profesor Corominas señala su origen del latín “jactare”, indicando que en esta lengua “se empleaba “jactare” en el sentido figurado de "alabar”, de donde el cultismo castellano “jactar”. Cita también los derivados “jactancia”, “jactancioso”, “jactante”. Echársela es, pues, jactancia, y el echón un jactancioso.)».

Está templao como un piojo

 

Está templao como un piojo




Esta expresión coloquial solía usarse cuando algún conocido tenía una "borrachera bonita", en un estado de mucha alegría, muy contento y sin la pérdida total del equilibrio.

La Academia Canaria de la Lengua incluye la voz "templado" con  el significado de «Ebrio, borracho», pero es Agustín Millares Cubas quien define el verbo del que deriva la acción con mayor esplendor, añadiendo las expresiones encontradas:

«TEMPLARSE.—No es emborracharse totalmente, sino estar alegre, en buenas piedras, con un cargamento razonable de alcohol.
— ¿Cómo pudo Frasquito deslenguarse de esa manera?
— Estaba templado.
— Me encontré hoy en la calle a Maita.
— ¡Fuerte templadera llevaba!»

La comparación que incluye el decir alusiva al piojo, se debe al Ron de Quinquina cubano que era utilizado para eliminar el parásito dando frotaciones en el pelo. Se trata de un aguardiente que era elaborado a partir de la corteza del árbol americano llamada Quino, de donde su corteza recibe igual nombre en femenino, y tenía propiedades febrífugas, eficaz contra la fiebre.

Se descubrió que era bueno para la higiene del cabello, al tiempo que su alta graduación favorecía las desaparición del piojo. Con iguales fines en Canarias se utilizó el ron de la tierra con algún añadido de semillas recomendadas a tal fin. Del  uso del ron para higienizar el pelo, coloquialmente se dijo que "templaba" a los piojos.

Pancho Guerra nos acerca al paso inmediato cuando el alcohol tomado era ya excesivo: «TEMPLADO.- Borracho, con una "cogorza" encima de no te menees. Se pone con comparación: "Está templao como un requinto"».

De la voz "requinto", el DRAE da como quinta acepción «Guitarrillo que se toca pasando el dedo índice o el mayor sucesivamente y con ligereza de arriba abajo, y viceversa, rozando las cuerdas», y la Academia Canaria de la Lengua nos dice «Guitarra algo pequeña, afinada a una cuarta más alta que la normal y con la que se suele puntear la melodía. 'Sabía tocar el timple y el requinto'».

Es conocido que los instrumentos de cuerda precisan de tiempo y uso frecuente para que tanto sus cuerdas como la caja de resonancia estén "templadas" para que alcancen su buen sonido.

No me chingues la borrega

 

No me chingues la borrega




Este decir se acostumbra a usar cuando la persona con la que se habla pronuncia palabras o comentarios que pueden ofender, o al menos disgustar a quien las escucha.

Analicemos para su mejor comprensión las palabras que se utilizan. Del conocido verbo "chingar" la Academia Canaria de la Lengua nos aporta dos acepciones y sus expresiones recopiladas: «1. Mojar o manchar repentinamente con un líquido que salpica. 'El coche pasó rápido y chingó a los que estaban en la acera'. 2. Mojar a alguien con un chorro delgado de agua que sale a presión. 'Con la pistola de agua que tenía lo chingó en los ojos'».

En relación con la voz "borrega", Pancho Guerra nos dice que es una «Especie de petaca de goma, en forma de bolsa aplastada, que cierra enroscándose sobre si misma por la acción de unos pliegue dispuestos en espiral en la parte donde forma cuello. Es utensilio casi exclusivamente usado por los campesinos para guardar su tabaco fuerte, el virginio de hebra, que se conserva en la borrega inalterablemente fresco».

El DRAE del femenino "borrega" nos aporta como primera acepción «1. Cordera de uno a dos años». También nos da una sutil segunda acepción: «Mujer que se somete gregaria o dócilmente a la voluntad ajena».

Resulta un tanto difícil tratar de encontrar el origen de este decir, que aparentemente tomando la semántica e intencionalidad del léxico canario podría ser porque se "chingara la borrega" en el momento del ordeño, lo que estropearía el tabaco contenido en la misma.

También lo pudiera ser por el daño al mojar a la joven cordera, dado que en las costumbres pastoriles se sustenta que no se pueden bañar, pues podría matarlas al desprotegerlas frente a las garrapatas. 

No parece, aún pensando de verdadera mala fe por la ofensa o disgusto, que guarde relación con la segunda acepción que da el DRAE. Por otro lado, Juan Maffiote en su Glosario de Canarismos, incluye la voz "chingo", de la cual dice es «La chorretada que sale violentamente por el cañoncito de la chiringa», llamando así a la jeringa. 
 

De las doce a la una corre la mala fortuna

 

De las doce a la una corre la mala fortuna




Los decires también contaban y advertían sobre las antiguas creencias sobre brujería, adivinación y sortilegio que se dieron particularmente entre 1550 y 1750, alcanzando su esplendor en el siglo XVI según se desprende de los archivos del Tribunal de la Inquisición. No parece que tengan su sustento en las costumbres indígenas canarias, que pudieran circunscribirse a los "tibicenas" que pueden tener sus raíces en los ogros o "bestias salvajes de carácter caníbal" de los bereberes.

Si parece que la brujería canaria es marginal, a pesar del número de causas abiertas por la Inquisición, más debidas a su secular obstinación por este tema que a la realidad, y si parece fue consecuencia de la propia subordinación a la cultura introducida por los conquistadores y en particular de las traídas por los esclavos negros. No se trataba por tanto de aquelarres, ni cultos al demonio, no considerando como tales las invocaciones demoníacas sobre ciertas jerarquías como brujas, maestras, oficialas, neófitas, etc., alusivas a reuniones nocturnas, sobre "volar de noche" después de untarse el cuerpo o los sobacos con extraños ungüentos.

El conocimiento más o menos profundo por la población de las islas, sí motivó determinadas precauciones y temores fundamentados en lo que se contaba boca a boca y en el temor de los acontecimientos vividos por vecinos, más producto del miedo y la imaginación que de la realidad vivida, pues no resultaría extraño que en determinados casos estuvieran asociados a las propias indigestiones por el consumo de extraños órganos o vísceras sanitariamente no recomendadas, o por los efectos alucinógenos de algunas desconocidas semillas.

Quizás lo que más trascendió fue el respeto a las llamadas "brujas" por sus influencias malignas sobre las personas, pues los conjuros benignos para obtener riqueza, amores y salud eran bien aceptados y guardados en el más absoluto de los secretos. El musicólogo Lothar Siemens comenta en uno de sus estudios que este antiguo decir llevado a una copla guarda relación con esas antiguas creencias malignas y sus salvoconductos en los caminos de las Tirajanas.

«La creencia general es que las brujas realizan sus actividades maléficas entre las doce en punto de la noche y la una de la madrugada. Quienes entre doce y una se encuentran aún en camino, están sujetos al riesgo de perderse, de despeñarse o de ser testigos de escenas diabólicas producidas por las brujas, que a esas horas se reúnen.

Con relación a esta creencia vale la pena entrar en detalles. Cuando un individuo, a la hora de las brujas, se encuentra con algún impedimento en el camino (que su burro no quiere seguir andando, que ha perdido inexplicablemente su rumbo, etc.) y oye unas burlas y carcajadas que llenan el aire, ha de marcar una cruz en el suelo y clavar en el centro un cuchilloal punto aparecerá allí presa, desnuda como Dios la trajo al mundo, la hechicera que le está impidiendo su camino. Con ella ha de negociar, y no soltarla hasta haberle arrancado la promesa de que lo dejará tranquilo».

Paja y pajullo, todo es entullo

 

Paja y pajullo, todo es entullo





La riqueza del léxico canario en cuanto a la intencionalidad y significado de las palabras tomadas prestadas de las distintas lenguas que antiguamente se hablaron en las islas, no debiera dejar de sorprendernos. Es el caso de la palabra "entullo", que en la actualidad más se relaciona con las dos últimas acepciones que aporta el Diccionario de Canarismos de la Academia Canaria, probablemente conservadas al uso por estar vinculadas al recetario de la comida canaria.

Así tenemos las acepciones «2. m. En una comida, vianda de menor  calidad que el conduto y que se toma en mayor cantidad que este. 'Primero nos comíamos el gofio, de entullo como quien dice, y después atrás venía el fisquito de carne'» «3. m. Parte sólida de una comida frente a la parte líquida. 'Unos prefieren el entullo, y otros, el caldo'».

Significado distinto es la acepción primera «1. m. Escombro, material de relleno. 'Todo el entullo que sacaron de esa cantera sirvió de relleno en las obras del puerto'», que tiene este primer numeral al coincidir con el portuguesismo "entulhar", del que quedó "entullir", del que Cristóbal Corrales y Dolores Corbella en su Diccionario Histórico del Español de Canarias nos dicen que es «Rellenar, cubrir o taponar con escombros, tierra y otro material».

Es a este último significado al que se aproxima en este decir, uno más de los tantos que hacen alusión a los comportamientos de las personas, calificados como indecentes o indecorosos por la propia actividad que estas personas podrían desempeñar o desarrollar. Puede entenderse que la intencionalidad en este decir de la voz "entullo" guarda relación con su consideración como residuo o escombro, si bien puede ser ambivalente, utilizada con doble sentido, bien lo sea por su condición despectiva de desecho o por su minusvaloración, estimando su escaso valor, lo que resulta agravado en el escenario del campesinado en el que surge, al enmarcarse entre "paja y pajullo".

Posiblemente, si hoy estuviera al uso, el refrán se lo adjudicarían algunos muchos políticos, por la generalización que la sociedad ha realizado dada la ausencia de sus soluciones justas a la crisis económica que padecemos.