El 1 de febrero de 1758 nació en Puerto de la Cruz (Tenerife) Agustín de Betancourt, ingeniero civil y militar, arquitecto, ensayista, precursor de la radio, telegrafía y la termodinámica. Su trabajo varió desde las máquinas de vapor y los globos aerostáticos hasta la ingeniería estructural y el planeamiento urbanístico.
Nacido en el seno de una familia acomodada canaria. Su apellido desciende de Jean IV de Béthencourt, que participó en la conquista de Canarias, aunque éste nunca tuvo descendencia (su apellido siendo heredado por los nativos convertidos por él en Lanzarote y Fuerteventura).
Su padre, Agustín de Betancourt y Castro, pertenecía a la pequeña nobleza insular. Su madre, Leonor de Molina y Briones, le proporcionó una educación esmerada. A despertar su interés por la mecánica contribuyó la excelente biblioteca familiar.
Su primer diseño lo presentó siendo joven en la Real Sociedad Económica de Amigos del País, una máquina epicilíndrica para el hilado de la seda, realizada en colaboración con su padre y su hermana. Con esta invención, se dio a conocer y ese mismo año el gobierno ilustrado de Carlos III le concedió una ayuda para ampliar sus estudios en Madrid. Sus primeros encargos para el Conde de Floridablanca en 1783 fueron la inspección del Canal Imperial de Aragón y el estudio de las minas de Almadén, sobre cuyo estado redactó tres detalladas memorias; en este mismo año y ante la Corte Real elevó, por primera vez en España, un globo aerostático.
Recomendado por Floridablanca, viajó a Paris con el fin de ampliar sus estudios. Allí dirigió un importante grupo de pensionados españoles que en pocos años reunieron la mejor colección de memorias, planos y documentos relacionados con la ingeniería civil de toda Europa, y que constituirá el fundamento del Real Gabinete de Máquinas. Redactó una Memoria sobre la purificación del carbón de piedra, y el modo de aprovechar las materias que contiene, que se envió a Oviedo para que la nueva tecnología se aprovechara en las minas de hulla asturianas. Además de sus trabajos de investigación y recopilación llevados a cabo en París, Betancourt llevó a cabo en Inglaterra labores de espionaje industrial al servicio de España. En su viaje a Inglaterra, en noviembre de 1788, Betancourt visitó Birmingham, la capital de la Revolución Industrial, para conocer al inventor Watt y a su socio, el constructor de maquinaria Boulton. Ante la negativa de mostrarle las nuevas máquinas de vapor (de las que existían rumores en Francia), Betancourt regresó a Londres y allí pudo observar fugazmente una de estas nuevas máquinas en los Albion Mills de Blackfriars. Fue suficiente para percatarse de que el pistón trabajaba en ambos sentidos, como delataba la ausencia de las cadenas de transmisión que unen el pistón con el balancín, dando a conocer la máquina de vapor de doble efecto, y a incorporarla a las colecciones del Real Gabinete de Máquinas de Madrid.
Un gran invento suyo de gran relevancia fue un nuevo telégrafo óptico, muy superior al que había implantado en Francia el ingeniero Claude Chappe. Lo desarrolló Betancourt con la colaboración de su amigo el renombrado relojero Abraham Louis Breguet. Francia solicitó un informe a la Academia de Ciencias para que dictaminara sobre las ventajas del nuevo telégrafo; un comité de sabios se pronunció por la superioridad del nuevo telégrafo sobre el de Claude Chappe. El telégrafo Betancourt-Breguet no se estableció en Francia, pero sí en España, funcionando ya en 1800 una línea entre Madrid y Aranjuez, donde residía la Corte en verano.
Otra actividad notable del ingeniero canario guarda relación con la ilustración científica de libros y el dibujo técnico de planos, campos en los que era un consumado maestro.
En su segundo viaje a Inglaterra, Betancourt se hizo acompañar por Bartolomé Sureda, un joven mallorquín de temperamento artístico y notable talento para las artes mecánicas. Allí Sureda aprendió la técnica para grabar láminas a la “aguatinta”, más sencilla y fácil de rectificar que el grabado tradicional. De regreso a España, Sureda puso en práctica la nueva técnica. Betancourt y Sureda enseñaron la nueva técnica (hasta entonces desconocida en España) a Goya, con quien Betancourt coincidía en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. El genial pintor aragonés la utilizará en los célebres los Caprichos.
Con el fin de mejorar en España los transportes terrestres y fluviales, se creó en 1799 la Inspección General de Caminos y Canales, cuyo primer titular fue el conde de Guzmán. En diciembre de 1801, le sucedió en el cargo Agustín de Betancourt, quien en pocos años reorganizó el Cuerpo y dio un nuevo impulso a la construcción de caminos más funcionales y baratos, ocupándose asimismo de la conservación de los ya existentes. En el campo educativo, la catastrófica rotura de la presa de Puentes, que causó más de seiscientas víctimas mortales en Lorca (Murcia), fue aprovechada por Betancourt para vencer las últimas resistencias y crear un nuevo centro especializado en formar técnicos en ingeniería civil, fundándose en 1802 la actual Escuela de Caminos, Canales y Puertos.
En 1803, el entonces todopoderoso Manuel Godoy encargó a Betancourt la regulación de las aguas del río Genil a su paso por Granada, para evitar que se inundara el Soto de Roma, la extensa y fértil finca de regadío que Carlos IV había regalado a Godoy. Ese mismo año Betancourt realizó un reconocimiento del río y redactó un informe técnico que constituye un paradigma de la ingeniería respetuosa con la naturaleza. Recomendaba prohibir los cultivos en el curso alto del Genil (para evitar deforestaciones que agravaran la erosión), plantar franjas de arbolado paralelo a las orillas y construir el sifón de Jotáyar eliminando rústicos azudes que obstaculizan el flujo de las aguas. Estas obras de corrección de las márgenes del río Genil, que hubieran dado su fruto a largo plazo, exasperaron a Godoy (que buscaba evitar la inundación de su finca inmediatamente) hasta el punto de retirar su confianza a Betancourt (en octubre de 1805) poniendo al frente de las obras a ingenieros militares, más dóciles y disciplinados.
El deterioro de las relaciones entre Betancourt y el poderoso valido Godoy y el cariz sombrío que tomaban los acontecimientos políticos en el ámbito internacional, hicieron que el ingeniero español madurara la idea de abandonar España. Acabó en San Petersburgo, donde fue recibido por el zar Alejandro I en audiencia privada, y entró a su servicio como ingeniero.
A lo largo de los dieciséis años de su estancia en Rusia alternó la dirección académica del Instituto de Ingenieros con numerosas obras públicas, como el puente sobre el Málaya Nevka, la modernización de la fábrica de armas de Tula o la fábrica de cañones de Kazán, la draga de Kronstadt, los andamiajes para la Catedral de San Isaac o la Columna de Alejandro I, el canal Betancourt de San Petersburgo, la Catedral de la Transfiguración de Nizni Nóvgorod, la fábrica de papel moneda, el picadero de Moscú, la navegación a vapor en el río Volga, sistemas de abastecimiento de aguas, ferrocarriles, etc.