Mi bisabuelo emigró a Venezuela. Canarias no debería olvidar lo que fuimos, para entender lo que somos hoy.
Esta fotografía es de mi bisabuelo en Venezuela, nunca tuve la oportunidad de conocerlo, y me hubiese encantado, desgraciadamente cuando nací, él ya no estaba entre nosotros y, al verla pienso en todo lo que cabe dentro de una sola imagen.
Un hombre mayor, serio, con sombrero en la mano y bastón para sostenerse, lejos de su tierra. Como tantos canarios de su generación, tuvo que marcharse buscando una vida mejor. Detrás de aquella emigración había hambre, falta de oportunidades y una necesidad sencilla y universal: sobrevivir y dar futuro a la familia.
Canarias fue durante décadas tierra de emigrantes.
Nuestros abuelos y bisabuelos cruzaron el Atlántico hacia Cuba, Venezuela o Uruguay con la incertidumbre de no saber si volverían a ver las islas. Muchos salieron prácticamente con lo puesto. Otros trabajaron durante años en condiciones durísimas para poder enviar dinero a casa. En Venezuela, por ejemplo, los canarios ayudaron a levantar negocios, barrios y familias enteras. Allí encontraron acogida, oportunidades y también dificultades. Pero sobre todo encontraron una posibilidad de empezar de nuevo.
Por eso creo que Canarias no puede afrontar la inmigración desde el olvido de su propia historia.
Hoy vivimos una realidad distinta, pero conectada con aquella memoria. Canarias ya no es solamente un lugar del que la gente se marcha; es también un territorio al que muchas personas llegan buscando exactamente lo mismo que buscaron nuestros familiares hace décadas: seguridad, estabilidad y esperanza. Algunos llegan en avión con contratos de trabajo o proyectos de vida. Otros llegan en patera o cayuco jugándose la vida en el mar. Y esa realidad no va a desaparecer porque alguien decida ignorarla.
A veces tengo la sensación de que el debate público se mueve entre dos extremos igual de inútiles. Por un lado, quienes convierten a cada inmigrante en un problema. Por otro, quienes hablan del fenómeno migratorio desde una visión tan abstracta que parece desconectada de los problemas reales que viven muchos barrios y municipios de Canarias. Yo creo que hace falta una mirada más serena, más humana y también más responsable.
La inmigración necesita gestión. Y la integración no ocurre sola.
No basta con recibir personas; hay que crear condiciones para la convivencia. Eso implica escuelas preparadas, servicios públicos reforzados, políticas de vivienda, aprendizaje del idioma, acceso al empleo y espacios donde las personas puedan sentirse parte de una comunidad. También implica exigir respeto hacia la sociedad que acoge. Integrarse no significa renunciar a las raíces propias, pero sí comprender y respetar las normas, costumbres y valores democráticos del lugar al que uno llega.
Y aquí hay algo importante que muchas veces olvidamos: defender la integración no significa renunciar a la identidad canaria.
Yo quiero que Canarias siga siendo Canarias. Quiero seguir escuchando nuestras palabras, nuestras expresiones, nuestra música, nuestras romerías y nuestra manera de entender la vida. Quiero que nuestras tradiciones sigan vivas. Pero también creo que una identidad fuerte no necesita encerrarse ni vivir con miedo al otro. La cultura canaria siempre ha sido mestiza, abierta y atlántica. Nuestra historia está hecha de encuentros, viajes e intercambios humanos.
Eso no significa negar los problemas. Claro que existen tensiones derivadas del aumento poblacional, de la presión sobre los servicios públicos o de la falta de planificación política. Hay vecinos que sienten preocupación y tienen derecho a expresarla. Pero culpar únicamente al inmigrante de todos los males de Canarias es una simplificación injusta y peligrosa. Muchos de los problemas actuales vienen de mucho antes: precariedad laboral, dependencia económica, dificultades de acceso a la vivienda y décadas de políticas insuficientes.
Cuando veo la foto de mi bisabuelo pienso que él también fue extranjero en otro lugar. También dependió de la acogida de otras personas. También tuvo que adaptarse a otra sociedad sin dejar de ser canario. Y seguramente también hubo quien lo miró con desconfianza.
Por eso creo que Canarias necesita memoria.
Memoria para entender que emigrar nunca ha sido fácil. Memoria para no deshumanizar a quien llega. Y memoria también para exigir a nuestras instituciones políticas de integración reales y eficaces, en lugar de limitarse a gestionar emergencias permanentes.
Canarias es hoy un lugar de encuentro entre continentes. Lo es por geografía, por historia y por destino. La pregunta no es si queremos convivir con distintas culturas, porque esa convivencia ya forma parte de nuestra realidad. La verdadera cuestión es cómo queremos hacerlo.
Yo quiero una Canarias capaz de integrar sin perderse. Una Canarias humana, segura de sí misma y orgullosa de su identidad. Una Canarias que recuerde de dónde viene antes de señalar a quienes hoy llaman a nuestras puertas buscando una oportunidad, igual que un día hicieron nuestros abuelos al otro lado del océano.