El dodo desapareció para siempre por culpa humana, y lo hizo en un tiempo sorprendentemente corto. En menos de un siglo, una especie que había vivido durante miles de años fue borrada del planeta.
El dodo era un ave que habitaba únicamente en la isla de Mauricio, en el océano Índico. No volaba, no temía a los humanos y nunca había conocido depredadores naturales. Esa combinación fue su condena. Cuando los primeros navegantes europeos llegaron a la isla en el siglo XVII, encontraron un animal grande, lento y fácil de capturar. Para ellos, el dodo no representaba un símbolo de fragilidad, sino comida fácil.
Pero la caza directa no fue el único problema. Los humanos llevaron consigo cerdos, ratas y perros, animales que comenzaron a comerse los huevos del dodo, que eran puestos en el suelo y sin protección. El ave no tenía defensas contra amenazas nuevas. Su evolución nunca la preparó para eso.
Además, los colonos destruyeron gran parte del bosque donde el dodo vivía y se reproducía. Cada árbol talado y cada asentamiento humano reducía su espacio vital. El dodo no podía adaptarse lo suficientemente rápido a un mundo que cambiaba por completo.
Hacia 1681, el dodo ya no volvió a ser visto. No hubo ceremonias ni advertencias. Simplemente dejó de existir. Durante años, incluso se dudó de que el dodo hubiera sido real, hasta que restos fósiles confirmaron su historia.
Hoy, el dodo se convirtió en un símbolo mundial de la extinción causada por el ser humano. Su imagen aparece en libros, museos y advertencias ambientales, recordándonos algo incómodo: no siempre necesitamos grandes catástrofes para destruir una especie. A veces basta con llegar, consumir y marcharse.
El dodo no murió por ser débil. Murió porque nunca tuvo oportunidad frente a nosotros. Y su historia sigue siendo una advertencia silenciosa para el presente.




