jueves, 5 de febrero de 2026

Craso: el romano más rico de la historia y la ambición que lo llevó a la ruina”

 “Craso: el romano más rico de la historia y la ambición que lo llevó a la ruina”


Marco Licinio Craso (c. 115–53 a. C.) fue una de las figuras decisivas del final de la República romana. Político, general y empresario, su trayectoria muestra hasta qué punto la riqueza privada podía convertirse en una fuerza estructural dentro del Estado romano.


Orígenes y contexto


Miembro de la gens Licinia, Craso creció en un ambiente político marcado por las guerras civiles del siglo I a. C. Estas experiencias tempranas le enseñaron que, en una república sacudida por la violencia interna, el poder no se sostenía solo con cargos públicos, sino con recursos económicos y redes de influencia.


La construcción de una fortuna sin precedentes


Durante la dictadura de Sila, Craso aprovechó las proscripciones y la inestabilidad urbana para adquirir propiedades confiscadas o incendiadas a precios mínimos. Organizó un sistema empresarial basado en:


Bienes inmuebles,


Esclavos especializados (arquitectos, contables, artesanos),


Préstamos y operaciones financieras.


Las fuentes antiguas coinciden en que fue, con diferencia, el hombre más rico de Roma, y que su fortuna condicionó decisiones políticas de alto nivel.


Craso y la guerra contra Espartaco


Entre 73 y 71 a. C., Roma enfrentó la gran rebelión esclava encabezada por Espartaco. Tras varios fracasos, Craso asumió el mando.

Impuso una disciplina extrema en las legiones —incluida la decimatio— y logró derrotar a los rebeldes. Aun así, el prestigio de la victoria fue disputado por Pompeyo, reforzando la sensación de que Craso nunca recibía el reconocimiento que deseaba.


El Primer Triunvirato


Hacia 60 a. C., Craso selló una alianza informal con Julio César y Pompeyo Magno.

En este acuerdo:


Craso aportaba dinero y apoyo financiero,


Pompeyo aportaba prestigio militar,


César aportaba liderazgo político y popularidad.


El equilibrio fue efectivo, pero frágil. Craso seguía aspirando a una gloria militar propia que equilibrara su peso económico.


Carras y el final


En 53 a. C., como procónsul de Siria, Craso lanzó una campaña contra el Imperio parto. La batalla de Carras terminó en desastre: las legiones romanas fueron vencidas por la caballería y los arqueros partos. Craso murió durante negociaciones posteriores a la derrota.

La tradición relata que sus vencedores vertieron oro fundido en su boca, una imagen simbólica que resume cómo fue percibida su ambición.

CANARIAS LIBRE, CHAXIRAXI, GUANCHE, CANDELARIA,

 CANARIAS LIBRE, CHAXIRAXI, GUANCHE, CANDELARIA,

Yo, Guanche de la isla alta, hijo del viento y del sol, alzo mi voz como se alzan los riscos cuando habla el cielo. 


Desde antes de que los hombres de hierro llegaran en casas flotantes, mirábamos a Chaxiraxi, la estrella que arde baja y firme sobre el mar oscuro. 


Cuando aparecía, sabíamos que nos miraba: madre luminosa, guardiana de los nacimientos y de las aguas, vientre del tiempo. No era ídolo de piedra, sino presencia viva, fuego frío que ordena las estaciones y sostiene el paso de los rebaños.


Decíamos que Chaxiraxi descendía en esa luz para oír nuestros juramentos.


En noches claras, parecía detenerse sobre la costa, y allí, donde la espuma besa la arena, dejábamos leche. Así aprendimos que la madre camina entre mundos: del cielo al mar, del mar a la cueva, del sueño al despertar.


Luego vino el tiempo del quiebre. Los nuevos hombres trajeron cruces y palabras duras, y nombraron lo que ya tenía nombre. Vieron en Chaxiraxi a su "virgen" colonial.


Pero la luz no se ofende por los nombres: se deja decir. Así, nuestra madre se volvió "Candelaria", portadora de llama, y la estrella siguió marcando el rumbo. 


Cambió el canto, no el pulso; cambió el gesto, no la promesa.


Yo lo sé porque mis ojos vieron ambos amaneceres. Chaxiraxi aún sube desde el mar y aún sostiene a los hijos de esta tierra, aunque la llamen de otra manera. 


El culto no murió: mudó de piel. La madre permanece, la estrella vela, y nosotros, los Guanches, seguimos caminando bajo su luz.


NOTA: Hoy, 2 de febrero, se celebra una festividad que hunde sus raíces en el mundo Guanche. Que se sepa. Que se cuente. Que se comparta…


#guanches #patrimonio_cultural #islascanarias #chaxiraxi #canopo #identidad #indigenas_canarios #memorias guanches


Un 30 de enero de 1948, Mahatma Gandhi fue asesinado en Nueva Delhi, a los 78

 Un 30 de enero de 1948, Mahatma Gandhi fue asesinado en Nueva Delhi, a los 78 años.

Pero su muerte no comenzó ese día.

Llevaba meses caminando hacia ella… mientras el país que ayudó a independizar se rompía por dentro.


En agosto de 1947, la India obtuvo su independencia del Imperio británico. No fue una celebración limpia. La partición con Pakistán provocó una de las migraciones forzadas más grandes del siglo XX y una ola de violencia religiosa que dejó más de un millón de muertos.


Gandhi se opuso públicamente a la partición. Para muchos nacionalistas hinduistas, eso lo convirtió en un obstáculo. Lo acusaban de favorecer a los musulmanes y de debilitar a la nueva nación india en nombre de principios morales que ya no parecían prácticos.


En los meses posteriores a la independencia, Gandhi pasó más tiempo intentando frenar la violencia interna que celebrando la libertad. Realizó ayunos extremos para presionar a líderes políticos y comunidades enteras. Sus métodos, que antes habían sido símbolo de resistencia, ahora eran vistos por muchos como chantaje moral.


Las amenazas comenzaron a acumularse.

Las autoridades lo sabían.

La tensión era evidente.


El 30 de enero de 1948, Gandhi caminaba hacia una reunión de oración cuando Nathuram Godse, un extremista hinduista, se acercó y le disparó a quemarropa. No fue un soldado extranjero. No fue un agente colonial. Fue un ciudadano indio convencido de que Gandhi estaba dañando al país.


Murió casi de inmediato.


La independencia no lo protegió.

Su figura tampoco.


Gandhi quedó convertido en símbolo global. Pero su asesinato dejó claro algo incómodo:

la libertad política no resolvió los conflictos religiosos, sociales ni nacionales de la India. Solo los hizo imposibles de ignorar.


A veces, el problema no es el imperio que se va.

Es todo lo que queda cuando ya no hay a quién culpar.