EL NEGRO FALUCHO
Por Revisionismo Historico Argentino
¿EXISTIÓ O FUE UNA INVENCIÓN DE BARTOLOMÉ MITRE?
¡MALO ES SER REVOLUCIONARIO, PERO PEOR ES SER TRAIDOR! (Frase inventada por Mitre)
La noche del 4 al 5 de febrero de 1824 se sublevó la guarnición patriota del Callao, integrada por los restos del Ejército de los Andes: el regimiento Río de la Plata, los batallones 2º y 5º de Buenos Aires y los artilleros de Chile, a los que se sumaron dos escuadrones amotinados del regimiento de Granaderos a Caballo. Aquellos soldados, lejos de cualquier conspiración ideológica o traición consciente, se levantaron empujados por una situación límite: se les adeudaban cinco meses de paga, mientras que el día anterior habían sido abonados los sueldos de jefes y oficiales. A ello se agregaba el deseo de regresar a su patria —Buenos Aires o Chile— y la repugnancia de ser embarcados hacia el norte para engrosar el ejército de Bolívar, al que no sentían como propio. No hubo allí un alzamiento antipatriota, sino un motín de tropas exhaustas, olvidadas y utilizadas como fuerza prescindible por los mismos gobiernos que decían representar la causa de la independencia.
Este episodio debe comprenderse en el contexto del colapso político y militar que siguió al retiro de José de San Martín del escenario americano tras la entrevista de Guayaquil en 1822. Para 1823–1824, el Ejército de los Andes se encontraba virtualmente disuelto, sin conducción estratégica clara, sin respaldo financiero estable y atrapado en una transición de poder entre autoridades peruanas débiles y la creciente presión del proyecto bolivariano. El motín del Callao no fue un hecho aislado ni anómalo, sino uno de los últimos y más dramáticos capítulos de la descomposición de aquella fuerza que había sido decisiva en la emancipación sudamericana.
El movimiento fue encabezado por los sargentos Dámaso Moyano y Francisco Oliva, ambos del Regimiento Río de la Plata. La disciplina se desmoronó rápidamente y la tropa se entregó a excesos. En ese contexto, el mulato Moyano aceptó la sugerencia de Oliva de consultar al coronel realista José María Casariego, que se encontraba prisionero en la fortaleza. Casariego advirtió de inmediato la oportunidad política que se abría ante él y aconsejó desplazar a los jefes patriotas para reemplazarlos por oficiales españoles. Mientras las autoridades peruanas dilataban el pago de los sueldos atrasados, Casariego convencía a los sublevados de pasarse a las filas realistas, prometiéndoles recompensas y protección, en contraste con los castigos que —según él— les aguardarían si permanecían en el bando patriota.
ANTONIO RUIZ Y SU TRAYECTORIA MILITAR
Antonio Ruiz fue natural de Buenos Aires. Hombre de color, había sido liberto del vecino de esta capital Antonio Ruiz, de quien tomó nombre y apellido, conforme a una práctica extendida en la época. El apodo con el que pasó a la historia, “Falucho”, le fue aplicado por sus compañeros a raíz del especial cuidado que consagraba a su gorro de cuartel, denominado precisamente falucho.
Ingresó a las fuerzas armadas en 1813 como soldado del Batallón Fijo de la Libertad y participó en las acciones de Vilcapugio y Ayohuma. Incorporado luego al Ejército de los Andes, asistió a la campaña restauradora de Chile, hallándose en las jornadas decisivas de Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú. Formó parte más tarde del Ejército Libertador del Perú, señalándose por su valor en combate y por su lealtad al pabellón patrio durante toda la campaña emancipadora. Esta trayectoria, extensa y documentada, lo convirtió en un veterano conocido por sus jefes y camaradas, muy lejos de la figura anónima y circunstancial que luego se le atribuiría en el relato mitrista.
EL RELATO DE MITRE Y LA CONSTRUCCIÓN DEL HÉROE
En medio de ese desorden se sitúa el episodio que daría origen a una de las leyendas más difundidas de la historiografía argentina: la muerte del negro Falucho. Para narrarlo, Bartolomé Mitre recurrió por primera vez a la prensa en el periódico Los Debates del 14 de mayo de 1857, y luego lo reiteró y fijó definitivamente en La Nación y en su Historia de San Martín y de la emancipación americana.
Según Mitre, la noche del 6 de febrero de 1824 se encontraba de guardia en el torreón del Rey Felipe un soldado negro del Regimiento Río de la Plata, conocido por el apodo de Falucho, porteño de nacimiento y célebre entre sus camaradas por su valentía y patriotismo. Como muchos otros, había quedado envuelto en el motín, que hasta entonces no había pasado de ser una rebelión de cuartel. Mientras aquel “oscuro centinela”, en palabras de Mitre, velaba junto al asta donde pocas horas antes flameaba la bandera argentina, Casariego persuadía a los sublevados de enarbolar el estandarte español en la oscuridad de la noche.
Cuando los soldados se presentaron ante Falucho con la bandera realista, contra la que había combatido durante catorce años —desde las campañas iniciales de la independencia rioplatense hasta las jornadas decisivas de Chile y Perú—, el centinela se negó a creer lo que veía. Humillado, se arrojó al suelo y rompió en llanto. Al ordenársele que presentara armas al pabellón del rey, respondió que no podía rendir honores a la bandera contra la que había peleado siempre. Tildado de “revolucionario”, habría contestado, según Mitre, la frase que atravesó generaciones de manuales escolares: “Malo es ser revolucionario, pero peor es ser traidor”. Luego, tomando su fusil por el cañón, lo hizo pedazos contra el asta. Inmediatamente fue reducido, obligado a arrodillarse frente al mar y fusilado por cuatro tiradores. Entre el humo de los disparos, siempre según el relato mitrista, resonó un último grito: “¡Viva Buenos Aires!”.
Mitre identificó a este soldado como Antonio Ruiz, apodado Falucho, nacido en Buenos Aires.
LAS FUENTES DE MITRE Y SUS CONTRADICCIONES
Para sostener su relato, Mitre invocó testimonios verbales del general Enrique Martínez, jefe de la División de los Andes; de los coroneles Pedro José Díaz y Pedro Luna; y el testimonio escrito del coronel Juan Espinosa. Años más tarde, frente a las críticas crecientes, introdujo una explicación que resultó más confusa que aclaratoria: afirmó que habían existido dos soldados negros apodados Falucho, insinuando incluso que el apodo funcionaba como una denominación genérica aplicada a soldados de color particularmente valientes.
Desde fines del siglo XIX comenzaron a alzarse objeciones documentales serias. En 1899, Manuel J. Mantilla, en su obra Los Negros Argentinos, examinó la documentación disponible y señaló una contradicción insalvable: existía constancia fehaciente de un Falucho vivo en Lima en 1830. En una carta del general William Miller dirigida a San Martín el 20 de agosto de ese año, se mencionaba expresamente al “morenito Falucho, de la compañía de cazadores del número 8, que tomó una bandera en Maipú”, enviando saludos al Libertador. Este Falucho era además conocido por Tomás Guido y por el propio San Martín, lo que descarta cualquier confusión circunstancial.
Mantilla halló también en listas militares de fines de 1819 a un cabo segundo Antonio Ruiz en la compañía del capitán Manuel Díaz, perteneciente al Batallón N.º 8 del Ejército de los Andes. En cambio, en la compañía de Pedro José Díaz —a la que Mitre adscribía al Falucho fusilado— no figuraba ningún Antonio Ruiz. Todo ello indica que Falucho fue uno solo, y que ese Falucho no murió en el Callao.
EL HECHO REAL DETRÁS DEL MITO
El motín y el fusilamiento deben situarse, por tanto, en el tramo final de las guerras de independencia sudamericanas, cuando entre 1823 y 1824 se superponen el agotamiento militar, las disputas políticas y la redefinición del liderazgo continental tras la retirada de San Martín y la consolidación de Bolívar. En ese marco preciso ocurrió la muerte del soldado negro que se negó a rendir honores a la bandera realista. La documentación existente no permite establecer con certeza absoluta la fecha exacta de su fusilamiento, que oscila entre el 4 y el 7 de febrero de 1824, lo que no altera la naturaleza del hecho ni su significado político y simbólico.
A la luz de los testimonios existentes, la conclusión es clara aunque incómoda para la historiografía liberal. En el Callao murió fusilado, heroicamente, un soldado negro que se negó a rendir honores a la bandera realista. Ese hecho existió y está suficientemente acreditado. Lo que no puede sostenerse con igual certeza es que ese soldado haya sido Antonio Ruiz, apodado Falucho. El Falucho histórico, combatiente del Batallón 8º, veterano del Ejército de los Andes y protagonista en Maipú, sobrevivió y vivía en Lima varios años después.
Bartolomé Mitre no inventó el acto de lealtad, pero sí lo transformó. Tomó un hecho real y lo convirtió en una escena ejemplar, moralizante y cerrada, adjudicándole un nombre conocido, una frase perfecta y una muerte funcional a su proyecto historiográfico. No se trató de un error inocente, sino de una operación política: Mitre necesitaba un héroe popular que muriera obedientemente, no un soldado negro vivo, consciente de sus derechos, con trayectoria propia y memoria incómoda.
MITRE, EL PUEBLO Y LOS HÉROES QUE DEBEN MORIR
El Falucho mitrista cumple una función precisa dentro del relato liberal de la historia nacional. Es un héroe sin voz política, sin reclamos, sin descendencia simbólica. No protesta por sueldos impagos, no cuestiona a los jefes, no participa del motín, no vuelve a Buenos Aires a exigir reconocimiento. Su misión es morir bien, solo y a tiempo, para que otros escriban su historia. De ese modo, la historiografía oficial celebra el sacrificio popular mientras excluye al pueblo real de toda participación posterior en el poder.
Negar el hecho heroico por la confusión del nombre es un recurso habitual de esa misma historiografía para borrar la presencia popular y negra en las guerras de la independencia. No se discute el acto: se discute el nombre para vaciar el sentido. Así se pretende convertir una lealtad extrema en una anécdota dudosa, y una muerte ejemplar en un simple error historiográfico.
TRADICIÓN, MEMORIA Y VERDAD HISTÓRICA
No importa, en última instancia, que el soldado fusilado en el Callao no se haya llamado Falucho. La tradición lo seguirá nombrando así porque lo que se honra no es un registro administrativo, sino un gesto fundante. Lo verdaderamente intolerable para la historia oficial no es la imprecisión nominal, sino que un soldado negro, pobre y sin grado haya demostrado una fidelidad a la patria que muchos ilustrados de salón, prolijos redactores de constituciones y comerciantes de principios jamás estuvieron dispuestos a asumir.
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