jueves, 29 de enero de 2026

Francia

 Sabías que Francia es uno de los países más influyentes del mundo, un lugar donde la historia, el arte y la elegancia se combinan con paisajes que van desde los Alpes nevados hasta los viñedos más famosos del planeta 🇫🇷🌍? Su identidad cultural ha marcado profundamente la literatura, la gastronomía, la moda y la política global.



Sabías que además de ser la cuna de monumentos icónicos como la Torre Eiffel y el Monte Saint-Michel, Francia destaca por su enorme diversidad regional, su legado revolucionario y su papel clave en la construcción de la Europa moderna.


📍 Datos generales de Francia

• 🌍 Ubicación: Europa Occidental

• 🏙️ Capital: París

• 👥 Población: ~67 millones de habitantes

• 💶 Moneda: Euro (€)

• 🌤️ Clima: Oceánico, mediterráneo y continental según la región

• 🗺️ Punto destacado: País más visitado del mundo por turismo

• 🍇 Regiones célebres: Provenza, Normandía, Borgoña, Riviera Francesa


📍 5 datos curiosos de Francia

 1. La Torre Eiffel iba a ser desmontada tras la Exposición Universal de 1889.

 2. Francia posee más de 45 sitios Patrimonio de la Humanidad.

 3. El TGV fue el primer tren comercial en superar los 500 km/h en pruebas.

 4. Es el país con más premios Michelin en gastronomía.

 5. El Museo del Louvre es el más visitado del mundo, con más de 7 millones de turistas anuales.

Cadiz

 Sabías que Cádiz, en España 🇪🇸, es considerada una de las ciudades más antiguas de Europa occidental, fundada por los fenicios hace más de 3,000 años. Su ubicación en una estrecha península la ha convertido en un enclave estratégico entre el océano Atlántico y el mar Mediterráneo, con una fuerte tradición marítima.



Cádiz destaca por su casco histórico, sus playas, su ambiente alegre y su legado cultural, además de ser un punto clave en la historia de España, especialmente durante la Constitución de 1812.


📍 Datos generales de Cádiz

• 🌍 Continente: Europa

• 🇪🇸 País: España

• 🏙️ Comunidad Autónoma: Andalucía

• 🏛️ Provincia: Cádiz

• 👥 Población: Aproximadamente 116,000 habitantes

• 🌦️ Clima: Mediterráneo con influencia atlántica

• 🌊 Ubicación: Costa suroeste de España, en una península del océano Atlántico


📍 Datos curiosos de Cádiz

 1. ⚓ Fue fundada por los fenicios con el nombre de Gadir.

 2. 🏛️ Aquí se promulgó la Constitución española de 1812, conocida como “La Pepa”.

 3. 🏖️ Sus playas, como La Caleta y la Victoria, son de las más famosas de España.

 4. 🎭 Su Carnaval es uno de los más importantes y originales del mundo.

 5. 🌍 Es considerada una de las ciudades más antiguas habitadas de Europa.


#questionfacts

TLAXCALTECAS FIELES A ESPAÑA

 TLAXCALTECAS FIELES A ESPAÑA


La historia que muchos quieren borrar es clara.

Los indios tlaxcaltecas dieron las gracias al rey de España porque, gracias a la alianza con España, recuperaron las tierras que los mexicas les habían arrebatado tras décadas de guerras, sometimiento y opresión.

Tlaxcala nunca fue aliada de los mexicas.

Fue su enemiga histórica.

Y por eso vio en España una oportunidad de liberarse.

Gracias a España se puso fin a prácticas brutales que dominaban gran parte de Mesoamérica:

la esclavitud sistemática, los sacrificios humanos y el canibalismo ritual.

España no llegó sola.

Llegó aliada de miles de indígenas, y entre ellos, los tlaxcaltecas ocuparon un papel decisivo.

El pueblo de Tlaxcala fue leal a España, y esa fidelidad fue reconocida durante siglos con privilegios, escudos y reconocimiento real.

No fueron conquistados: fueron aliados.

Mientras unos pueblos sometían a otros,

España trajo leyes, fe, escritura y una nueva organización social que acabó con el terror imperial mexica.

Negar el papel de Tlaxcala es traicionar su propia historia.

Negar la alianza con España es falsear el pasado.

La verdad es incómoda para algunos,

pero sigue siendo verdad:

TLAXCALTECAS FIELES A ESPAÑA

EL NEGRO FALUCHO

 EL NEGRO FALUCHO



Por Revisionismo Historico Argentino 


¿EXISTIÓ O FUE UNA INVENCIÓN DE BARTOLOMÉ MITRE?


¡MALO ES SER REVOLUCIONARIO, PERO PEOR ES SER TRAIDOR! (Frase inventada por Mitre)


La noche del 4 al 5 de febrero de 1824 se sublevó la guarnición patriota del Callao, integrada por los restos del Ejército de los Andes: el regimiento Río de la Plata, los batallones 2º y 5º de Buenos Aires y los artilleros de Chile, a los que se sumaron dos escuadrones amotinados del regimiento de Granaderos a Caballo. Aquellos soldados, lejos de cualquier conspiración ideológica o traición consciente, se levantaron empujados por una situación límite: se les adeudaban cinco meses de paga, mientras que el día anterior habían sido abonados los sueldos de jefes y oficiales. A ello se agregaba el deseo de regresar a su patria —Buenos Aires o Chile— y la repugnancia de ser embarcados hacia el norte para engrosar el ejército de Bolívar, al que no sentían como propio. No hubo allí un alzamiento antipatriota, sino un motín de tropas exhaustas, olvidadas y utilizadas como fuerza prescindible por los mismos gobiernos que decían representar la causa de la independencia.


Este episodio debe comprenderse en el contexto del colapso político y militar que siguió al retiro de José de San Martín del escenario americano tras la entrevista de Guayaquil en 1822. Para 1823–1824, el Ejército de los Andes se encontraba virtualmente disuelto, sin conducción estratégica clara, sin respaldo financiero estable y atrapado en una transición de poder entre autoridades peruanas débiles y la creciente presión del proyecto bolivariano. El motín del Callao no fue un hecho aislado ni anómalo, sino uno de los últimos y más dramáticos capítulos de la descomposición de aquella fuerza que había sido decisiva en la emancipación sudamericana.


El movimiento fue encabezado por los sargentos Dámaso Moyano y Francisco Oliva, ambos del Regimiento Río de la Plata. La disciplina se desmoronó rápidamente y la tropa se entregó a excesos. En ese contexto, el mulato Moyano aceptó la sugerencia de Oliva de consultar al coronel realista José María Casariego, que se encontraba prisionero en la fortaleza. Casariego advirtió de inmediato la oportunidad política que se abría ante él y aconsejó desplazar a los jefes patriotas para reemplazarlos por oficiales españoles. Mientras las autoridades peruanas dilataban el pago de los sueldos atrasados, Casariego convencía a los sublevados de pasarse a las filas realistas, prometiéndoles recompensas y protección, en contraste con los castigos que —según él— les aguardarían si permanecían en el bando patriota.


ANTONIO RUIZ Y SU TRAYECTORIA MILITAR


Antonio Ruiz fue natural de Buenos Aires. Hombre de color, había sido liberto del vecino de esta capital Antonio Ruiz, de quien tomó nombre y apellido, conforme a una práctica extendida en la época. El apodo con el que pasó a la historia, “Falucho”, le fue aplicado por sus compañeros a raíz del especial cuidado que consagraba a su gorro de cuartel, denominado precisamente falucho.


Ingresó a las fuerzas armadas en 1813 como soldado del Batallón Fijo de la Libertad y participó en las acciones de Vilcapugio y Ayohuma. Incorporado luego al Ejército de los Andes, asistió a la campaña restauradora de Chile, hallándose en las jornadas decisivas de Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú. Formó parte más tarde del Ejército Libertador del Perú, señalándose por su valor en combate y por su lealtad al pabellón patrio durante toda la campaña emancipadora. Esta trayectoria, extensa y documentada, lo convirtió en un veterano conocido por sus jefes y camaradas, muy lejos de la figura anónima y circunstancial que luego se le atribuiría en el relato mitrista.


EL RELATO DE MITRE Y LA CONSTRUCCIÓN DEL HÉROE


En medio de ese desorden se sitúa el episodio que daría origen a una de las leyendas más difundidas de la historiografía argentina: la muerte del negro Falucho. Para narrarlo, Bartolomé Mitre recurrió por primera vez a la prensa en el periódico Los Debates del 14 de mayo de 1857, y luego lo reiteró y fijó definitivamente en La Nación y en su Historia de San Martín y de la emancipación americana.


Según Mitre, la noche del 6 de febrero de 1824 se encontraba de guardia en el torreón del Rey Felipe un soldado negro del Regimiento Río de la Plata, conocido por el apodo de Falucho, porteño de nacimiento y célebre entre sus camaradas por su valentía y patriotismo. Como muchos otros, había quedado envuelto en el motín, que hasta entonces no había pasado de ser una rebelión de cuartel. Mientras aquel “oscuro centinela”, en palabras de Mitre, velaba junto al asta donde pocas horas antes flameaba la bandera argentina, Casariego persuadía a los sublevados de enarbolar el estandarte español en la oscuridad de la noche.


Cuando los soldados se presentaron ante Falucho con la bandera realista, contra la que había combatido durante catorce años —desde las campañas iniciales de la independencia rioplatense hasta las jornadas decisivas de Chile y Perú—, el centinela se negó a creer lo que veía. Humillado, se arrojó al suelo y rompió en llanto. Al ordenársele que presentara armas al pabellón del rey, respondió que no podía rendir honores a la bandera contra la que había peleado siempre. Tildado de “revolucionario”, habría contestado, según Mitre, la frase que atravesó generaciones de manuales escolares: “Malo es ser revolucionario, pero peor es ser traidor”. Luego, tomando su fusil por el cañón, lo hizo pedazos contra el asta. Inmediatamente fue reducido, obligado a arrodillarse frente al mar y fusilado por cuatro tiradores. Entre el humo de los disparos, siempre según el relato mitrista, resonó un último grito: “¡Viva Buenos Aires!”.


Mitre identificó a este soldado como Antonio Ruiz, apodado Falucho, nacido en Buenos Aires.


LAS FUENTES DE MITRE Y SUS CONTRADICCIONES


Para sostener su relato, Mitre invocó testimonios verbales del general Enrique Martínez, jefe de la División de los Andes; de los coroneles Pedro José Díaz y Pedro Luna; y el testimonio escrito del coronel Juan Espinosa. Años más tarde, frente a las críticas crecientes, introdujo una explicación que resultó más confusa que aclaratoria: afirmó que habían existido dos soldados negros apodados Falucho, insinuando incluso que el apodo funcionaba como una denominación genérica aplicada a soldados de color particularmente valientes.


Desde fines del siglo XIX comenzaron a alzarse objeciones documentales serias. En 1899, Manuel J. Mantilla, en su obra Los Negros Argentinos, examinó la documentación disponible y señaló una contradicción insalvable: existía constancia fehaciente de un Falucho vivo en Lima en 1830. En una carta del general William Miller dirigida a San Martín el 20 de agosto de ese año, se mencionaba expresamente al “morenito Falucho, de la compañía de cazadores del número 8, que tomó una bandera en Maipú”, enviando saludos al Libertador. Este Falucho era además conocido por Tomás Guido y por el propio San Martín, lo que descarta cualquier confusión circunstancial.


Mantilla halló también en listas militares de fines de 1819 a un cabo segundo Antonio Ruiz en la compañía del capitán Manuel Díaz, perteneciente al Batallón N.º 8 del Ejército de los Andes. En cambio, en la compañía de Pedro José Díaz —a la que Mitre adscribía al Falucho fusilado— no figuraba ningún Antonio Ruiz. Todo ello indica que Falucho fue uno solo, y que ese Falucho no murió en el Callao.


EL HECHO REAL DETRÁS DEL MITO


El motín y el fusilamiento deben situarse, por tanto, en el tramo final de las guerras de independencia sudamericanas, cuando entre 1823 y 1824 se superponen el agotamiento militar, las disputas políticas y la redefinición del liderazgo continental tras la retirada de San Martín y la consolidación de Bolívar. En ese marco preciso ocurrió la muerte del soldado negro que se negó a rendir honores a la bandera realista. La documentación existente no permite establecer con certeza absoluta la fecha exacta de su fusilamiento, que oscila entre el 4 y el 7 de febrero de 1824, lo que no altera la naturaleza del hecho ni su significado político y simbólico.


A la luz de los testimonios existentes, la conclusión es clara aunque incómoda para la historiografía liberal. En el Callao murió fusilado, heroicamente, un soldado negro que se negó a rendir honores a la bandera realista. Ese hecho existió y está suficientemente acreditado. Lo que no puede sostenerse con igual certeza es que ese soldado haya sido Antonio Ruiz, apodado Falucho. El Falucho histórico, combatiente del Batallón 8º, veterano del Ejército de los Andes y protagonista en Maipú, sobrevivió y vivía en Lima varios años después.


Bartolomé Mitre no inventó el acto de lealtad, pero sí lo transformó. Tomó un hecho real y lo convirtió en una escena ejemplar, moralizante y cerrada, adjudicándole un nombre conocido, una frase perfecta y una muerte funcional a su proyecto historiográfico. No se trató de un error inocente, sino de una operación política: Mitre necesitaba un héroe popular que muriera obedientemente, no un soldado negro vivo, consciente de sus derechos, con trayectoria propia y memoria incómoda.


MITRE, EL PUEBLO Y LOS HÉROES QUE DEBEN MORIR


El Falucho mitrista cumple una función precisa dentro del relato liberal de la historia nacional. Es un héroe sin voz política, sin reclamos, sin descendencia simbólica. No protesta por sueldos impagos, no cuestiona a los jefes, no participa del motín, no vuelve a Buenos Aires a exigir reconocimiento. Su misión es morir bien, solo y a tiempo, para que otros escriban su historia. De ese modo, la historiografía oficial celebra el sacrificio popular mientras excluye al pueblo real de toda participación posterior en el poder.


Negar el hecho heroico por la confusión del nombre es un recurso habitual de esa misma historiografía para borrar la presencia popular y negra en las guerras de la independencia. No se discute el acto: se discute el nombre para vaciar el sentido. Así se pretende convertir una lealtad extrema en una anécdota dudosa, y una muerte ejemplar en un simple error historiográfico.


TRADICIÓN, MEMORIA Y VERDAD HISTÓRICA


No importa, en última instancia, que el soldado fusilado en el Callao no se haya llamado Falucho. La tradición lo seguirá nombrando así porque lo que se honra no es un registro administrativo, sino un gesto fundante. Lo verdaderamente intolerable para la historia oficial no es la imprecisión nominal, sino que un soldado negro, pobre y sin grado haya demostrado una fidelidad a la patria que muchos ilustrados de salón, prolijos redactores de constituciones y comerciantes de principios jamás estuvieron dispuestos a asumir.


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ATILA EL HUNO Y EL PAPA LEÓN I

 ATILA EL HUNO Y EL PAPA LEÓN I 



En el año 452, Atila, el rey de los hunos, al que muchos llamaban «el azote de Dios», irrumpió en Italia sin que los debilitados ejércitos romanos del general Aecio y sus aliados bárbaros pudieran hacer algo. El año anterior una gran coalición de romanos, visigodos, burgundios, francos y alanos, habían logrado que se retirara de la Galia, pero el caudillo no se dió por vencido y volvió con renovadas fuerzas. Le animaba además la promesa de matrimonio realizada por Honoria, hermana del Emperador. La ciudad de Aquilea fue completamente devastada y Valentiniano III abandonó la corte de Rávena para refugiarse en Roma.


Si bien en el siglo V la figura del papa aún no alcanzaba el poder que tendría en los siglos posteriores, la población de Roma, recurrió a él  como último recurso dada la incapacidad evidente de su Emperador.


Los relatos contemporáneos nos dicen que León I, entonces papa, salió de Roma y se dirigió al norte para encontrar a Atila cerca de la ciudad de Mantua, lo acompañaban Avieno, un hombre de rango consular, y el prefecto Trigecio.


No hay registro fidedigno de las palabras que pudieron intercambiar en su reunión, pero después de ella, Atila ordenó a sus tropas levantar su campamento y retirarse hacia sus bases en Panonia.


Por alguna razón, hay varias hipótesis, incluida la aparición de la peste en el ejército huno, una hambruna el año anterior en los territorios del Imperio, que puede haber impedido la capacidad de los hunos de obtener suministros, y el ataque del emperador oriental contra las tierras hunas más allá del Danubio, que Atila se alejó de Italia y retorno a su base de operaciones (en la actual Hungría) a cambio del pago de un tributo, que al final no se habría llegado a efectuar.


El historiador Prisco, contemporáneo de esos hechos, señala que fueron sus propios hombres quienes disuadieron a Atila de atacar Roma porque temían que tuviera el mismo destino del rey visigodo Alarico, quien falleció poco después de saquear la ciudad en el año 410.


Sin embargo, la gente en ese entonces creyó que León, además de la gracia divina, era la razón por la que Atila se había retirado. A partir de entonces lo llamaron León el Grande y el pontífice logró no solo una victoria para Roma sino también para su Iglesia. En los años futuros, a medida que el poder secular de Roma continuó desvaneciéndose, el poder de la Iglesia romana y el del papa, aumentó considerablemente.


Algunos años más adelante, en el 455, León I se enfrentó con otra invasión. Esta vez, fueron los vándalos los que amenazaron Roma. Pero en esa oportunidad no hubo milagro y el papa no pudo impedir que los bárbaros entraran en la ciudad, pero sí consiguió –y fue un logro importante– convencer a su rey Genserico que no la arrasara.


Los hunos por su parte, regresaron a casa. Según Sidonio, Atila bromeó diciendo que sabía cómo conquistar hombres, pero el león (papa León) y el lobo (San Lupus de Troyes) eran demasiado fuertes para él.


El siguiente objetivo de Atila fue el Imperio Romano de Oriente. Sin embargo, nunca tuvo la oportunidad de iniciar esta empresa. Constantinopla sobreviviría durante mil años más, pero la vida de Atila pronto terminaría.


Aunque ya tenía varias esposas, Atila tomó otra tras retornar de Italia. Celebrando el evento, en algún momento durante los primeros meses de 453, bebió mucho y falleció en su noche de bodas. La mayoría de los historiadores dicen que la causa fue una hemorragia nasal, tal vez por una arteria reventada. El poderoso rey huno había gobernado sólo ocho años pero su fama ha perdurado hasta nuestros días.


Gracias por su lectura y difusión 👍 


🎨 “Atila y León el Grande”, ilustración de Ugo Pinson.

Un 28 de enero de 1547, Enrique VIII murió

 Un 28 de enero de 1547, Enrique VIII murió en el Palacio de Whitehall, en Londres, a los 55 años. Pero su final no comenzó ese día. Llevaba más de una década apagándose lentamente… mientras todos fingían que seguía siendo eterno.



En 1536, once años antes de su muerte, sufrió un grave accidente en una justa. Un caballo le cayó encima y lo dejó inconsciente durante horas. Desde entonces, su cuerpo nunca volvió a ser el mismo. Desarrolló heridas crónicas en las piernas que jamás sanaron, dolores constantes y una movilidad cada vez más limitada.


Con el paso de los años, Enrique aumentó drásticamente de peso. En sus últimos años apenas podía caminar sin ayuda y necesitaba ser levantado con poleas. El rey que había sido atlético y carismático en su juventud terminó atrapado en su propio cuerpo.


Para 1546, con 54 años, ya pasaba la mayor parte del tiempo en cama. Sus médicos sabían que estaba muriendo, pero no se atrevían a decírselo. En la Inglaterra Tudor, anunciar la muerte del rey antes de tiempo podía considerarse traición.


Así que todos guardaron silencio.


Durante sus últimos meses, Enrique seguía firmando documentos, recibiendo consejeros y dando órdenes, aunque muchas veces apenas tenía fuerzas para sostener una pluma. En enero de 1547 revisó su testamento y dejó claro que su heredero sería su hijo Eduardo, de apenas nueve años.


A veces parecía mejorar. Hablaba con embajadores. Sonreía. Fingía control. Pero eran solo pausas antes del colapso final.


La noche del 27 de enero estaba gravemente debilitado. Apenas podía hablar. Un religioso fue llamado para acompañarlo. En la madrugada del 28, su cuerpo simplemente se rindió.


Murió sin discursos.

Sin multitudes.

Sin gloria.


El hombre que rompió con el Papa, que tuvo seis esposas y transformó Inglaterra, terminó sus días rodeado de silencios, miedo y secretos.


A veces, el poder no te salva de nada.

Ni siquiera de no saber que ya te estás yendo.