Napoleón III creía ser DUEÑO de México, hasta que Juárez FUSILÓ a su Emperador
La mañana del 19 de junio de 1867, bajo el cielo despejado y cruel del verano mexicano, tres hombres de pie frente a un muro de adobe en el cerro de las campanas esperaban el final de sus vidas. En el centro alto, con la barba rubia partida cuidadosamente peinada y la mirada azul fija en el horizonte, se encontraba Fernando Maximiliano de Absburgo, archiduque de Austria y, hasta ese preciso instante, emperador de México.
No había tronos dorados ni guardias imperiales a su alrededor, solo el polvo seco de Querétaro y una línea de fusileros republicanos con el dedo en el gatillo. Cuando la descarga de plomo rompió el silencio del valle, no solo cayó un cuerpo aristocrático al suelo, se desplomó con él el sueño geopolítico más ambicioso y delirante del siglo XIX.
La ejecución de Maximiliano no fue un simple acto de guerra, fue un mensaje sangriento y definitivo enviado desde una colina olvidada en América directamente a los palacios de las Tullerías, Viena y Londres. El nuevo mundo no era tierra de conquista para los viejos imperios. Detrás de esta tragedia personal, moviendo los hilos desde la seguridad de París, se encontraba la verdadera mano ejecutora.
Napoleón I, el sobrino del gran Bonaparte, embriagado por la nostalgia de la gloria imperial y convencido de su genio estratégico, había diseñado esta invasión creyendo que México era una fruta madura, lista para caer en sus manos. Con el mínimo esfuerzo. Napoleón IO imaginó la creación de un imperio satélite latino y católico que frenara la expansión del protestantismo estadounidense y devolviera a Francia su hegemonía global.
Calculó los costos financieros, movió sus legiones y colocó a un títere romántico en el trono, pero cometió un error de cálculo fatal que le costaría el prestigio y la corona. subestimó la voluntad de acero de un abogado zapoteca llamado Benito Juárez. Esta es la historia de cómo la potencia militar más grande de la época fue humillada por un gobierno errante que se negó a morir y de cómo la obsesión de un emperador europeo por ser el dueño de México, terminó condenando a otro a morir frente a un pelotón de fusilamiento, cerrando para siempre la
era del colonialismo en América del Norte. Para desentrañar la cadena de eventos que llevó a un Absburgo al paredón en Querétaro, es imperativo retroceder las manecillas del reloj hasta julio de 1861, un momento en que México no era un imperio, sino una república en ruinas. Benito Juárez acababa de entrar triunfante en la Ciudad de México tras la guerra de Reforma.
un conflicto civil brutal de 3 años que había enfrentado a liberales y conservadores, dejando al país no solo dividido ideológicamente, sino económicamente exangüe. Cuando el presidente y sus ministros abrieron la caja fuerte de la Tesorería Nacional, encontraron una realidad contable, aterradora. No había dinero. El Estado mexicano estaba en bancarrota absoluta, incapaz de financiar los servicios básicos, pagar a su propio ejército o cubrir los intereses de la deuda externa acumulada durante décadas de caos post independencia. Ante esta asfixia
financiera, Juárez tomó una decisión pragmática, dolorosa y arriesgada. Decretó la suspensión de pagos de la deuda externa por un periodo de 2 años. No era una negativa a pagar. ni un repudio de las obligaciones, sino una pausa desesperada para reorganizar la economía interna y poder cumplir en el futuro.




