viernes, 20 de febrero de 2026

Durante siglos, la ropa no fue solo una cuestión de moda:

 Durante siglos, la ropa no fue solo una cuestión de moda: era una ley. En muchas sociedades, especialmente en la Europa medieval y moderna, existieron las leyes suntuarias, normas que regulaban estrictamente qué colores, telas y adornos podía usar cada persona según su clase social.



El objetivo era claro: marcar visualmente la jerarquía. Colores como el púrpura, el carmesí o ciertos tonos intensos de azul estaban reservados casi exclusivamente para la realeza y la alta nobleza, porque sus tintes eran extremadamente caros y difíciles de producir. Vestirlos sin permiso podía considerarse una ofensa al orden social… e incluso un delito.


Los comerciantes acomodados tenían acceso a algunos colores intermedios, pero con límites precisos. Los campesinos y clases bajas, en cambio, debían conformarse con tonos apagados como marrones, grises o verdes simples, derivados de tintes naturales baratos. No era una elección estética: era una imposición legal.


Estas leyes no solo controlaban la apariencia, sino también la ambición. Impedían que alguien “pareciera” más poderoso de lo que era, manteniendo intactas las distancias sociales. Vestirse por encima de tu clase podía acarrear multas, confiscación de ropa o humillación pública.


Hoy elegimos colores libremente, pero durante siglos, el color que llevabas puesto decía exactamente quién eras… y quién nunca podrías ser.