martes, 20 de enero de 2026

Frente a la iglesia, un español de 2,35 tumba de un solo golpe al herrero del pueblo y grita,

 Frente a la iglesia, un español de 2,35 tumba de un solo golpe al herrero del pueblo y grita, "Cuando caiga villa, su destino será un ejemplo para todos. El miedo manda, pero ese día el miedo encontró su final. Bienvenido al canal Cuentos de Villa. Dinos desde dónde nos estás escuchando, compadre.


Déjanos tu like y agárrate, porque lo que viene te va a herizar hasta los huesos. Cuentan los viejos de Valle de Allende que por el verano de 1914, cuando el aire olía a pólvora y promesas rotas, llegó al pueblo una sombra que caminaba en dos patas. Lo llamaban el gigante y no era nombre puesto a la ligera. media más de dos varas de alto.
Tenía espaldas anchas como yugo de bueyes y puños del tamaño de martillos de herrero. Había venido del sur, dicen, contratado por el coronel Esteban Mondragón, un huertista de los bravos que se había hecho fuerte en las lomas de Parral, con la promesa de limpiar Chihuahua de villistas de una vez por todas.
El español, porque español era, aunque hablaba cristiano, como si hubiera mamado en pechos mexicanos, tenía una misión que iba más allá de la simple matanza. No se trataba no más de matar a Villa, sino de quebrarlo como símbolo. Mondragón lo sabía bien. Mientras el centauro del norte siguiera cabalgando por estas tierras, la gente humilde no perdería la esperanza.
Y un pueblo con esperanza es pueblo que no se rinde. Necesito que lo hagas públicamente, le había dicho el coronel la noche en que cerraron el trato contando monedas de oro sobre la mesa de una cantina en Santa Rosalía. Que lo vean caer todos. Que sepan que Pancho Villa no es más que un hombre y que los hombres mueren igual que las moscas.
El gigante había asentido sin más palabras. No era hombre de muchas, pero cuando hablaba la tierra parecía temblar. Su voz salía de adentro como trueno distante y sus ojos, pequeños y negros como frijoles quemados. Tenían esa frialdad que solo se veen los que han matado tanto que ya no cuentan. Los primeros días de su llegada a Valle de Allende fueron como los primeros días de una tormenta.
Se sentía el peligro en el aire, pero todavía no se veía de dónde vendría el rayo. El gigante se instaló en la cantina de don Aurelio, un lugar pequeño pero céntrico, donde todos los hombres del pueblo se juntaban al caer la tarde para hablar de la cosecha, del clima y en voz baja de la guerra que les comía a los hijos uno por uno.
La primera señal de lo que venía pasó el martes por la mañana. Don Crisanto, el herrero del pueblo, hombre recio que había forjado herraduras para los caballos de villa más de una vez entró a la cantina buscando nada más que un trago de mezcal para quitarse el sabor amargo de la madrugada. El gigante estaba solo en una mesa del rincón desayunando huevos y machaca con tortillas del tamaño de sombreros.
Usted es el que anda preguntando por Villa", dijo don Crisanto sin malicia, no más por curiosidad. El gigante alzó la vista despacio. Sus ojos encontraron los del herrero y don Aurelio, que limpiaba vasos detrás de la barra, sintió que el aire se espesaba como antes de granizar. "¿Y si fuera?", contestó el español sin dejar de masticar.
Pues no más por saber, siguió don Crisanto, que era hombre de ley, pero también de valor. Villa es gente querida por aquí. Sería una lástima que alguien viniera a buscarlo para hacerle daño. El gigante se puso de pie lentamente, como montaña que decide moverse. Don Crisanto era hombre alto, pero junto al español parecía niño.
La diferencia no era solo de estatura, sino de presencia. Donde Don Crisanto irradiaba la fuerza honesta del trabajo, el gigante emanaba algo oscuro, algo que helaba la sangre. Escúchame bien, herrero, dijo, y su voz llenó el cuarto pequeño como agua que se desborda. Yo no vengo a hacerle daño a Villa, vengo a matarlo y cuando lo haga voy a exhibir su derrota ahí enfrente de la iglesia para que todos los insolentes como tú vean qué les pasa a los que se meten con gente que no deben.
Don Crisanto sintió que la boca se le secaba, pero no retrocedió. era hombre de honor, y el honor no se negocia ni ante gigantes. Será si puede, murmuró, más para sí mismo que para el español. El puñetazo llegó tan rápido que don Aurelio no lo vio venir. Solo escuchó el golpe seco y terrible como hacha contra tronco.
Y luego vio a don Crisanto en el suelo con sangre saliéndole de la boca y los ojos vidriosos. El gigante se quedó parado sobre él. respirando apenas como si acabara de espantar una mosca. "Si Villa tiene huevos, que venga a buscarme", dijo en voz alta para que todos en el pueblo lo oyeran.
"Estaré esperándolo aquí, en esta plaza de cuando se le hinchen las pelotas de enfrentarme." Don Aurelio corrió a ayudar al herrero que respiraba con dificultad. Cuando logró incorporarlo, don Crisanto escupió sangre y dos dientes. "Vámonos de aquí, don Crisanto", susurró el cantinero. "Este cabrón no está acuerdo, pero donCrisanto, aunque dolido, no había perdido la dignidad.
No", dijo con voz ronca. Mi pueblo es mi pueblo. Aquí nací y aquí me van a enterrar. Pero este hijo de no va a durar mucho. Villa va a venir y cuando venga este va a conocer lo que es la tierra de Chihuahua. El gigante se rió. Una risa que sonaba como piedras rodando por un barranco. Villa repitió saboreando el nombre.
Villa es puro cuento, un bandido con suerte que se cree general. Yo he matado 20 como él y todos murieron igual, de rodillas pidiendo perdón. Las palabras del español corrieron por el pueblo como reguero de pólvora. Para el atardecer no había quien no supiera que había llegado un demonio con figura de hombre, buscando pelea con el mismísimo Pancho Villa.
Los hombres caminaban con la cabeza agachada, las mujeres encerraban a sus hijos temprano y hasta los perros parecían ladrar más que dito. Esta noche en la casa de don Evaristo, el hombre más viejo del pueblo y por eso el más respetado, se juntaron los principales para decidir qué hacer. Hay que mandar aviso a Villa dijo doña Carmen, la partera que tenía más arrestos que muchos hombres.
No podemos dejar que este animal ande suelto por aquí. ¿Y si villa no viene? preguntó don Baristo preocupado. Y si decide que no vale la pena arriesgar su gente por nosotros. Villa siempre viene, contestó don Crisanto, que había llegado con la cara hinchada, pero con los ojos claros. Ese hombre no deja votado a su pueblo, nunca lo ha hecho.
Pero este no es cualquier insistió don Aurelio. Este cabrón es peligroso, de verdad. Lo vi mover la mano y ni tiempo tuve de parpadear. Don Crisanto estaba en el suelo antes de que yo pudiera respirar. El silencio cayó sobre el grupo como manta húmeda. Todos sabían que el cantinero tenía razón. El gigante no era de los matones comunes que habían visto pasar por el pueblo durante la guerra.
Era algo distinto, algo que ponía los nervios de punta solo con verlo caminar. Ni modo," dijo finalmente doña Carmen. Sea como sea, hay que mandar el recado. Villa tiene derecho a saber que lo andan buscando y nosotros tenemos derecho a pedirle ayuda. Don Evaristo asintió despacio.
"Está bien, ¿quién se avienta el viaje?" "Yo voy,", dijo una voz desde la puerta. Todos voltearon. Era Miguelito, el hijo menor de don Evaristo, un chamaco de 15 años que tenía la mala costumbre de aparecer donde no lo llamaban. "Tú ni madres", contestó su padre. "Esto es cosa de hombres. Soy más rápido que cualquiera de ustedes", insistió el muchacho.
"Conozco todas las veredas de la sierra y mi caballo no le pide nada al de nadie. Puedo llegar al campamento de villa y regresar antes de que se den cuenta de que me fui. Los hombres se miraron entre sí. El chamaco tenía razón, pero mandarlo era arriesgado. Si lo agarraban los federales o los rurales, no nomás lo matarían.
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