sábado, 30 de mayo de 2026

ADARGOMA, GUAYRE DE GÁLDAR

ADARGOMA, GUAYRE DE GÁLDAR


De los guayres de Gáldar (Gran Canaria), destacó por su fama Adargoma. El nombre de este noble capitán venía a decir "espalda de risco". Los canarios lo admiraban por su valor, fuerza y resistencia.


Se cuenta que en cierta ocasión sostuvo un combate singular con un guayre de Telde. En medio de la lucha, Adargoma cayó en posición de derrota bajo su adversario. Pero entonces, el de Gáldar lo oprimió entre los brazos con tanta fuerza que, faltándole la respiración, se declaró vencido. Sin embargo Adargoma nunca se proclamó ganador, pues antes había caído bajo su rival.


En la batalla de Guiniguada, Adargoma fue herido, apresado y enviado a España, donde no tardó en propagarse la noticia de su extraordinaria fuerza. Cuenta Abreu Galindo que, estando en el palacio del arzobispo de Sevilla, se presentó ante Adargoma un robusto joven manchego que le invitó a luchar. Adargoma le dijo: "razón será que brindemos primero". Y llenando un vaso de vino, añadió: "sujétame el brazo con los dos tuyos y si me impides que lo beba me declaro vencido". El manchego se le agarró fuertemente al brazo, mas no pudo impedir que Adargoma se bebiera el vaso entero sin derramar ni una gota.


En la imagen, escultura al guayre Adargoma en Vegueta, Las Palmas de Gran Canaria


 “Yahvé se creía único y no gustaba de juntarse con los demás Dioses. 


Por eso, se aburría.

Yahvé se aburría y creó al mundo. 

Se aburría y creó al hombre. 

Se aburría y favoreció a una tribu en detrimento de todas las demás. 

Y vio como la perla de la creación, su figura y semejanza calcada en la tierra, en vez de adorarle a Él, desviaba a la competencia sabrosas loas y magníficos rezos que como cualquier cosa que halaga a la vanidad, siempre eran gratos a sus oídos.

Y al igual que cuando descubrió el error de crear sólo al hombre lo arregló creando a la mujer, optó por crear una religión que eclipsase a las demás Deidades. Una religión que pudiese ser seguida por toda la humanidad, que no sólo por aquella tribu pendenciera y salvaje que únicamente, y solo a ratos, le hacía caso. 

Y como tenía tiempo, se puso a pensar.

Esta vez lo haría bien. Perfecto. 

Espiritual.

Simbólico.

Místico.

Chocante.

Contradictorio…

Pero real y tangible.

Necesitaba un símbolo. Un símbolo necesario, sutil, cotidiano y digno. Algo que recordase a la Divinidad cada vez que se realizase. Un oculto simbolismo de la creación del mundo a través de algún acto cotidiano que maravillara a cualquiera que estuviese y conociese el misterio.

¿Qué símbolo?

¡El Símbolo!: 

Una Mierda.

Ver en La Mierda la sutileza de la imagen y la grandiosidad de un Dios tan fascinante y superior que su creación, la tierra, el hombre y todo lo que contiene, es para Él una enorme Mierda, y la creación, una Gran Defecada.

Sí… El cielo, el mar, una flor o la sonrisa de un niño, son una simple Mierda maloliente comparado con ese Dios. Con Él. Con Yahvé.

Ya veía  grandes  templos  donde toda la comunidad  llegaría  al éxtasis  ante  una  gran imagen en cuclillas  realizando  la labor,  con   algunos   nichos   donde   respetuosamente  se custodiaran orinales  con resecos restos de  excrementos de  algún  que otro santo varón, siendo el momento culminante  cuando todos  los  fieles  al unísono se pusiesen  en  cuclillas  a imagen  y  semejanza de su Dios rememorando el acto  de  la creación,  entre  nubes  de   incienso,   música  de  órgano apagando  otros  ruidos  menos celestiales, moscas  y  esponjillas higiénicas.

Los demás Dioses se horrorizaron. Conociendo, como conocían, la mentalidad humana, no podían permitir la existencia de esa religión que con seguridad sería abrazada por todos ellos y  les privaría de su merecido culto, las agradables loas y los susurrantes rezos.

Fueron inflexibles en su prohibición. No podían permitir que aquel pequeño Dios, por muy único que se creyese, tomase como propias una simbología que bien pudiese servir a cualquiera, y que fuese por ahí con unos mitos tan atractivos que a buen seguro les dejarían sin clientela.

Yahvé quedó muy abatido. 

Otra vez había fallado.

Y tan apenado le vio el buen Dyonisios, que ofreciéndole su Vaso le dijo:

-Toma Yahvé esta Copa, y bebe un buen trago de ella, que el corazón se te alegrará al hacerlo, y con ello, se abrirá tu mente a la verdadera sabiduría. 

-No es néctar y ambrosía lo que necesito, sino que se reconozca mi poder entre vosotros. –Contestó iracundo Yahvé.

-¡Ay Yahvé, Yahvé! ¿Por qué no dejas de mirarte el ombligo y te decides a compartir lo que  manifiestamente es plural? Quédate con El Grial, que vida eterna y Sabiduría otorga a los puros de corazón, y aunque eres Dios e inmortalidad no necesitas, lo segundo sí que lo precisas a buen seguro más que Yo y mal alguno no te va a hacer, aunque dudo cómo sea tu corazón.  Inventa algún otro mito similar al que tenemos todos los Dioses. Déjate de soledades que a ningún buen sitio llevan y búscate una pareja o un trío, un hijo, unos diocesillos servidores,  haz milagros, no te encierres en una perdida tribu de bárbaros...

Yahvé lo miró desafiante. Dyonisios le devolvió la mirada con tristeza y como lo suyo no era la congoja, reanudó a sus alegres quehaceres. Pero Yahvé sabía que tenía razón.

Tenía que crear un nuevo mito. Buscarse una pareja, un hijo, hacer milagros…Y algo que repugnara de verdad. No una simple Mierda. Algo mucho peor. Un ahorcado. Que se adorase a alguien al que se le estuviese arrancando un ojo. A alguien devorado por un león. Una madre que matase a su hijo para salvar a su espíritu… Tenía que pensar... Pensar en algo que chocara... En algo repugnante… Algo absurdo y sin sentido… Algo que atrajese irresistiblemente al morboso, retorcido y tarado engendro que había creado, al hombre…”


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