martes, 7 de abril de 2026

Compuesto como los tollos

 

Compuesto como los tollos




En su publicación Cómo hablan los canarios, editada por el Cabildo de Gran Canaria en 1922, el académico Agustín Millares Cubas hacía una refundición del léxico de la isla incluyendo, entre muchas, la palabra tollos aportando la siguiente información: 

«Las tiras del negro cazón, secas y endurecidas por la acción del sol y del aire, se convierten en recios vergajos, los tollos del léxico canario. Se venden por las puertas, reunidos en manojos que tienen la aspereza y la contundencia de unas disciplinas. Divididos en trozos y cocinados de diversas maneras forman un plato característico de la cocina isleña semejante, pero inferior, al bacalao.»

Aunque todos mayoritariamente sabemos de lo que se trata, por completar dicha información mencionemos que el DRAE dice del cazón que es un «Pez selacio del suborden de los Escuálidos, de unos dos metros de largo, de cuerpo esbelto y semejante al del marrajo, pero la aleta caudal no es semilunar y la cola carece de quillas longitudinales en su raíz. Tiene los dientes agudos y cortantes».

Tal como cuenta Millares Cubas esos "recios vergajos de tiras secas y endurecidas al sol", así conservados en los tiempos que no existían las neveras, y el hielo de los neveros traído en asnos desde los pozos de las nieves en la Cumbre, era un artículo de lujo al alcance de muy pocos, tenían y tienen una poca agradable presencia. Para cualquiera que desconociera su uso culinario, la simple contemplación de los secos tollos no despertaría apetencia alguna, más bien repugnancia, e incluso podría pensar que se trata de algún tipo de fusta para atizar a las bestias, eso sí muy tosca y fea sin ninguna trencilla decorativa.

Pero todos ya sabemos, que desde este estado de fealdad, cuando los tollos se trocean en pedazos medianos, y después de dejarlos en remojo en agua y sal de un día para otro, se lavan, se guisan con agua para que se ablanden, se escurre parte del agua, se añade aceite, vino, el vinagre, y ese majado del mortero tan de las islas, de ajos, pimienta roja, comino, azafrán, pimentón, la sal y migas de pan, al cuarto de hora tenemos ese compuesto, con una presencia, con una vista usted, que la lengua humedece los labios antes de llegar a saborear olor y sabor, para terminar chupándonos los dedos y no perder nada de nada.

Es este cambio de la vulgaridad y poco atractivo del tollo seco, a la exquisitez visual y gustativa del compuesto de tollos el origen de este decir aplicado a los humanos desaliñados que se vuelven aliñados como por arte de magia.

Es uno de los decires más recurridos por Pancho Guerra en su publicación Las memorias de Pepe Monagas, desde sus primeros cuentos cuando dice «... el abuelo Lucas se compuso como los tollos -flus nuevo, hecho para el caso en la Ciudad por una costurera de La Portadilla, camisa de mucho almidón, rizada pechera, con botones refiladitos de colorado y zapatos a medida- y se hincó de rodillas a la banda de María, la jacarandosa romera de la cachetada en la taifa de Tunte, que iba . también hecha un pino de oro, con todos sus alfileres, repulida y pasamaneada ...».

Pero no es atributo o piropo exclusivo dedicado al género masculino, pues dice también de las féminas «Quitábanse, por último, el medio pañuelo anudado bajo el quejo, se ponían las mantillas de franela blanca o negra y, ya compuestas como los tollos, tiraban para misa a tiempo "de dejar"».

Pancho Guerra nos define también el decir en su tratado sobre el léxico y lo resume «Compuesto como los tollos: Se dice de quien va extremadamente elegante, emperifollado, repulido, de punta en blanco».

Pero es en boca de su personaje Pepe Monagas como mejor nos describe la expresión, aquello de lo que también se decía "el traje de los entierros" cuando se iba en primera fila con cara de mucha pena. Así nos describe el lujo extremo del vestuario:

«El padrino era don Benito Arocena, un caballero del Casino, de blanca y acicalada barbita, pantalón acañado sin vuelto, zapatos color avellana altitos de talón y finitos de puntera, bastón repulido de leña buena y un callo de los que esta gente medio muerta de las fuerzas vivas administra como si fuera un don, hasta el punto de que no sólo no les descompone el tipo, sino que les arrima prestigio, por meterles el andar en un respetable compás de trono.
(iTenia usted que haberlos visto pasar Vegueta transformando el juanete en señorío!) El señor de Arocena, que estaba siempre compuesto como los tollos, pero que iba en la ocasión así como de "mírame y no me toques", andaba por dentro igual de esmerilado. No le extrañará, pues, que se quedara más tieso que un difunto ante el sorprendente espantón de su ahijada».



Pa'lante con los faroles

 

Pa'lante con los faroles




Este decir manifiesta claramente un mensaje de ánimo para iniciar o continuar con unas decisión tomada, un negocio o una actividad emprendida. Es la versión al léxico de las islas del castellano ¡Adelante con los faroles!, por la contracción de la añadida preposición "para" y el adverbio "adelante"decir recogido por Pancho Guerra.

Del modismo original castellano es interesante remitirnos al artículo que sobre el mismo publicó Arturo Montenegro (Rinconete/Centro Virtual Cervantes), que nos acerca a su significado y de las distintas hipótesis del origen que parecen guardar relación con las anécdotas por las paradas procesionales, dado que en la  cabecera va la "cruz" acompañada a ambos lados de dos "faroles", protegidos de lluvia y viento con cristal plomado; tal orden suponía el reinicio de la marcha.

«Los más osados, emprendedores o de intelecto más liberal se reconocerán en la declaración que figura en el título. Por supuesto, no es lo mismo exclamar ¡Adelante con los faroles! (una expresión con la que se indica el firme propósito de iniciar o continuar algo, a pesar de las dificultades y de las molestias) que marcarse o tirarse un farol (esto es, hacer algo para deslumbrar a otros o para salir airoso de una situación complicada). No es lo mismo, pero es lógico que, en ciertas ocasiones, la segunda frase sea una consecuencia de la primera. Al fin y al cabo, la valentía ha conducido a las personas que se mueven bajo su influjo a esperar demasiado de la vida, forzando la suerte hasta el extremo de necesitar algún truco, alguna estratagema para salir del paso.

Todo ello trae hasta nosotros una consideración etimológica de José María Sbarbi. En su Gran diccionario de refranes de la lengua española (1943), este erudito menciona el rotundo modismo ¡Adelante con los faroles, que atrás vienen los cargadores!, idóneo para manifestar "que se está resuelto a animar a otro a continuar o perseverar a todo trance en lo ya comenzado, particularmente cuando es una empresa muy arriesgada o que no parece posible llevarla a cabo".

Con un espíritu comparable al de un científico, Luis Montoto y Rautenstrauch rastrea los orígenes de la frase en "Un paquete de cartas de modismos, locuciones, frases hechas, frases proverbiales y frases familiares" (1888). Sus conclusiones fueron recogidas por José María Iribarren, sin duda consciente de que, a través de la cita de los faroles y los cargadores, nos llega el rastro de una vieja anécdota. No en vano, el asunto parece referirse a alguna procesión religiosa que topó con cierto obstáculo en su trayecto.

Montoto se pregunta si el dicho nació con ocasión del Rosario de Espera o del de la Aurora. Resulta difícil saberlo. Imposible, añadirán algunos. Otra frase familiar, ¡Adelante con la cruz!, contribuye a establecer un razonamiento parejo en el plano etimológico y ceremonial. Ambos modismos se basan, al fin y al cabo, en una tendencia animosa, que nos empuja a sobreponernos, especialmente cuando hay que evitar una estrella de mal augurio».

Qué alto queda el gofio

 

Qué alto queda el gofio





La realidad tradicional canaria es que el gofio de trigo o millo es el sustitutivo del pan, como elemento presente de alguna forma en todas las comidas de cada día, huella imborrable del costumbrismo prehistórico aborigen.

Metafóricamente es por tanto el "pan de cada día", de donde si trabajamos para ganar el pan de cada día, el gofio en versión de las islas es el objetivo principal del trabajo. En la construcción de este decir, el campesino ha querido hablar de la altura, como dificultad para obtener el gofio.

Habla pues de las dificultades derivadas del esfuerzo, abuso y tesón en el trabajo para conseguir el alimento diario representado por el gofio. Siglos y siglos, el campesino que trabajaba por cuenta propia o el mal llamado siglos atrás colono que trabajaba para el propietario de las tierras, lo hacían de sol a sol sin pausa, sin descanso, rompiendo la tierra para poner la semilla, una a una, levantarse y volverse a agachar, sin tiempo para secar el sudor, limpiando la atarjea para traer el agua, un día tras otro comiendo de la talega y mirando al cielo para adivinar si lloverá.

Uno lo hará por mantener viva su preciada libertad como individuo, por la familia que mantiene con orgullo en su cacho de tierra. El otro, tendrá que compartir su fruto con el rico patrón que no lo ha sudado. Habrán recogido la cosecha, el grano a la era dando vueltas y vueltas para después aventarlo, quitando alguna que otra peligrosa pargana de los ojos; cada día, cada estación, siempre en el duro trabajo para alcanzar el gofio.

Siglos después el colono, se llamará aparcero o jornalero, ambos sometidos a una total desregulación en su relación con el patrón, de sus inexistentes condiciones labores, sin protección de ningún tipo. Carentes de bienes quieren y desean seguir trabajando, porque es su sustento, su gofio, y el de su familia, aunque lo tengan que estar prácticamente mendigando del cacique de turno, se lo habrán ganado muy justamente con su sudor, con su esfuerzo.

El cacique terrateniente estaba acomodado con el jornalero de sol a sol, al pago de un mísero salario, y como patrono no venía obligado a responder por los accidentes laborales. Pérdidas de vidas debidas a envenenamiento por gases o desprendimientos como cabuqueros de pozos y galerías, ni tan siquiera, por las mutilaciones y pérdidas de visión o audición debidas a las luces de carburo o los cartuchos de dinamita, o la temprana artrosis de caderas o cervicales derivadas de los continuos esfuerzos en las faenas por la ausencia de todo tipo de maquinaria agrícola para la construcción de cadenas y bancales cargando grandes piedras o las remudas de tierras, como bestias.

Algo cambió en sus condiciones cuando la República obligó a los patronos a protegerlos, a darles seguridad social. Menos es nada, aunque no lograron mejoras en sus jornales, tuvieron que aguantar en silencio apaleados por la dictadura franquista. Muchos años después habló y eligió a sus representantes democráticos, que comenzaron por dar libertad, trabajo y bienestar, hasta que llegaron los nuevos depredadores financieros que ponían de rodillas a los representantes políticos del pueblo, provocando crisis y subyugando estados de libertad para ganar más dineros recortando bienestar y expulsando a millones al paro.

Retrocedemos cincuenta años y desgraciadamente para muchos hoy, no sólo está alto el gofio, es inalcanzable con sus recursos y únicamente lo alcanzarán con la solidaridad de sus vecinos. Hace ya unos cuantos años escribió Sindo Saavedra la siguiente copla, que sigue teniendo actualidad:

Trabajar por trabajar
eso es lo que estoy haciendo.
Yo me llevo cuatro cuartos
y el patrón enriqueciendo.
Y lo vuelvo a repetir
por si queda alguna duda:
el que más llena la tripa
es el que menos la suda.  



En cualquier piedra sacas filo

 

En cualquier piedra sacas filo




Este decir hace referencia al arte que se adjudicaba a las mujeres de pararse en cualquier esquina para ejercer el oficio de "alegantinas", si bien no eran pocos los hombres que entre pizco y garbanzas "meneaban" con soltura la lengua para darle cuerda al reloj y "no dejar santa sin velas".

El origen metafórico del decir guarda relación con el tradicional campesino canario que siempre llevaba en la faja su cuchillo, quien en el trayecto de ida y vuelta a sus cachos de tierra, aprovechaba cualquier piedra que remataban muchos muros -preferiblemente de "cantería de Arucas"- para afilarlo y así tenerlo siempre listo para cortar un "rolo" de platanera, cualquier retama o hierba para los animales que tenía en el alpendre.

En tiempos más recientes, este arte era conocido como "chismiar", lo mismo que "contar chismes". Del "chisme" dice el DRAE: «Noticia verdadera o falsa, o comentario con que generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras o se murmura de alguna».

Sin embargo el léxico canario va mucho más allá, y así Agustín Millares Cubas en el siglo XIX nos decía que «Alegar, es hablar más de la cuenta, con perjuicio tal vez de la honra o de la tranquilidad ajenas», y el sujeto de la acción verbal era la "alegantina".

En el siglo siguiente, Pancho Guerra  trata de profundizar en su definición: «ALEGAR.- Practicar la charla ligera, la conversación intrascendente. También se emplea con sentido de murmuración. (El “tempo lento”, que hasta ahora ha marcado el ritmo de la vida insular, permite al ciudadano canario alegar en todos lados, incluso en las esquinas, tan socorridas siempre para esta feliz pérdida de tiempo. En cuanto a la segunda acepción puede ilustrarse diciendo que hay personas a las que se convida a un casorio -“un suponer”- y arriba de sacar la panza de mal año, salen alegando».

Cuando habla de la "alegantina" conecta con el moderno entender y dice que es «Mujer murmuradora, chismosa, maldiciente, que practica como por oficio lo de poner al projimo “de caldo y cocina”, haciendo una sama de una escama, o cosas semejantes. (Como sus víctimas suelen ser cluecas del mismo gallinero, la “alegantina” alcanza la réplica de acuerdo con la refranera recomendación: “A lengua ligera, tijera”. Sobreviniendo el escobonazo, las grandes trifulcas, las sonadas peloteras de los Riscos, siempre tienen por protagonista una alegantina)».

Hay que destacar la gran diferencia semántica que la palabra "ALEGAR" tiene en el léxico canario con la lengua española. Veamos en primer lugar, la entrada y acepciones que recoge el Diccionario de Canarismos de la Academia Canaria de la Lengua (DBC), con sus expresiones orales recogidas; y en segundo lugar, la entrada y acepciones del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE):

DBC«1. v. Conversar, hablar sin objeto determinado y por mero pasatiempo. 'Nos pasábamos toda la tarde ahí al soquito, alegando hasta la hora de la cena'. 2. v. Conversar en perjuicio de un ausente, censurando sus acciones. 'Lo que no me gusta de él es que alega de todo el mundo'. 3. v. Protestar, disputar, altercar. 'Yo no me voy a poner ahora a alegar con el policía'».

DRAE«1. tr. Dicho de una persona: Citar, traer a favor de su propósito, como prueba, disculpa o defensa, algún hecho, dicho, ejemplo, etc. 2. tr. Exponer méritos, servicios, etc., para fundar en ellos alguna pretensión. 3. intr. Der. Dicho del interesado o de su abogado: Argumentar oralmente o por escrito, hechos y derechos en defensa de su causa».

Como diría Pepe Monagas "De perales a morales, verdes son las plataneras". Cualquier parecido pura coincidencia.

¡En piedras de ocho!

 

¡En piedras de ocho!




Se cuenta que en los tiempos tradicionales de nuestra historia cuando alguien conocido se cruzaba con alguna mujer embarazada, se intercambiaban las consabidas pregunta y respuesta:


 Qué, ¿robando sandías?
        ─ ¡En piedras de ocho!


Si bien la pregunta es figurada y relativa al volumen que ya tiene la mujer embarazada, la respuesta asegura que está en el octavo mes de embarazo y guarda relación con el argot del juego de cartas canario del Envite, concretamente con el  momento en que uno de los dos equipos con un "envido" puede ganar la animada partida, cuyos triunfos parciales se anotan con las "piedras", usándose en muchos casos como tales garbanzos, judías o millos.


En el juego, con diferentes reglas según la isla, se dice que se está en tumbo cuando se tienen once piedras. Pero si un equipo tiene diez piedras y gana dos más, no se llega a doce, sino a once pues se resta una al pasar por las once piedras. Por esta regla, antiguamente cuando un equipo tenía ocho piedras y triunfos para enviar, lo advertía cantando ¡En piedras de ocho!, pues si ganara el "envido" que tiene un valor de tres piedras, se quedaría en once piedras y no doce.


Pancho Guerra cuando habla del CHICO lo explica así: «Conjunto de las nueve bazas que componen cada uno de los dos tiempos del juego de naipes llamado envite. ¡Chico primero!: locución con que se denota el éxito parcial de una empresa o negocio. (“¡Chico primero!” exclamaba en los tiempos del tímido amor el pretendiente tenaz, y en vilo el día que ella alumbraba la primera lánguida y honesta esperanza.


¡Chico primero!: el profesor Corominas parece hallar el origen de la voz. Dice el gran lingüista: “En la lengua arcaica castellana se empleo 'chico' con el valor sustantivo de 'un poco'. El 'chico' de la baraja es 'un poco' del total éxito de la partida.


¿Y hay, acaso, alguna relación entre las nueve piedras del chico y los nueve meses del embarazo femenino? En el mismo juego del envite se dice que se está "en piedras de ocho” cuando las bazas, alcanzando este número, hacen inminente el desenlace parcial o total del partido. Por extensión se aplica a las mujeres en vísperas de alumbrar)».


En la compilación que se hizo de la obra de Pancho Guerra en 1977, se incluyó la información que sigue con la expresión recogida en los textos de su obra: Los asuntos maduros, en sazón, los tiene el isleño "en piedras de ocho", y las hembras insulares en estado muy avanzado están también "en piedras de ocho".


─ ¿Cómo va eso, usté, Micaelita?

─ En piedras de ocho, quería.





¡Amargos chochos!

 

¡Amargos chochos!




Decía Agustín Millares Cubas que ¡AMARGOS CHOCHOS! era una «Exclamación expresiva de lástima, de compasión por la desgracia o contratiempo sufridos por persona no unida a nosotros por lazos de familia o de verdadero cariño. Por ejemplo, se deshace un matrimonio en proyecto o se pierde un destino o colocación que se tenía por seguros: ¡Amargos chochos!».

Con posterioridad Pancho Guerra nos ampliaba la información aportando el origen de la expresión y las variaciones que se incorporaban como decires: «CHOCHO.- Altramuz. (El altramuz recibe este nombre en diversos lugares de la Península, pero por falta de fortuna popular, o por una suerte de pudor ante sentidos figurados del vocablo, apenas tiene uso allí.

En Gran Canaria, por el contrario, es de aplicación constante y exclusiva, pese a que también se le conoce con ulteriores intenciones. La razón puede estar en que es fruto de mucho consumo, especialmente como tapa o enyesque. ¡Amargos chochos!: locución con que se expresa el acento singular de un dolor o un mal trance.

Estar más amargo que los chochos: pasar por una pena grande. (El mareante isleño y la madre primeriza, que cuenten que rebasaron una brava zarabanda de las aguas y un parto de los de palmo a palmo y mucha quejumbre, matizarán así el relato de la crujía: “iAmargos chochos, usté!”)».

Ya en este siglo XXI la Academia Canaria de la Lengua en su entrada al diccionario de canarismo nos aporta dos acepciones a CHOCHO«1. m. (Lupinus albus) Planta de la familia de las leguminosas, de poco más de medio metro de alto, flores blancas y fruto en legumbre o vaina, que contiene cinco o seis granos redondos, chatos y muy amargos. 2. m. Cada uno de los granos del fruto de esta planta, altramuz. 'Los chochos se meten en charcos de agua salada para endulzarlos'».

Cuando con una cerveza, o sin ella, degustamos los salados Chochos estamos hablando de la legumbre llamada en otras partes altramuz, fruto de la planta llamada Lupinus que por su belleza se comercializa como planta ornamental. Por su apariencia, sabemos que tiene forma redondeada y bastante plana, con una piel lisa y de color amarillento que se separa al apretar con el pulgar y el índice.

En las tierras donde se les conoce como altramuces, como otras hortalizas secas en estado crudo, suelen cocerse para elaborar sopas y potajes, u obtener otros  derivados como harina, sustitutos de café, aceites e incluso paté.

Los chochos en su estado natural tienen un notable sabor amargo debido a los alcaloides. Contienen aproximadamente un 15% de grasa, por lo que sólo es superado por la soja y el maní (cacahuete), de tipo insaturada, es decir, considerada grasa saludable. Junto con la soja es de las fuentes más ricas en proteína vegetal: 39 por ciento, frente al 25 de otras legumbres. Como semilla oleaginosa concentra cantidades importantes de vitaminas del grupo B y vitamina E, además de cinc, potasio, fósforo y magnesio.

Pero todas las bondades de los chochos que los especialistas equiparan a las de la soja, se han minimizado por su notable amargor en estado natural, por lo que se realiza un proceso para endulzarlos y puedan ser consumidos. Son distintas las recetas que se han seguido para ello, todas fundamentadas en el tiempo de remojo en agua y el guisado. La más tradicional era dejarlos medio día en agua fría, después guisarlos a fuego lento, para después volverlos dejar en agua fría y sal marina durante una semana, eso sí, cambiando el agua dos veces al día para eliminar las espumas y suciedades que se desprenden. Una regla sagrada: se prohibía usar recipientes o cubiertos de metal para no corromper el agua. Se recomendaba la madera natural.

Las "penalidades" de los "amargos chochos" nacieron en la necesidad y costumbre de irlos probando a partir del tercer día de remojo, para así conocer de su punto de amargor y de su salado, para que estén al gusto deseado, pues si se dejaban más tiempo, se volvían "momios" o "abobados", desagradables de comer. De aquí el amargo tormento de los primeros días de probanza culinaria.

En las islas, además de las plantaciones de chochos se tenía la costumbre de endulzarlos en el litoral, en los charcos inter-mareales, dado que las propias mareas se encargaban de renovar el agua. De los cultivos, de su transporte, de su lavado en barrancos o en la orilla del mar, muchos son los lugares de las islas que su nombre, en singular o en plural, lo conforman asociado el cuerpo del topónimo. Así tenemos huellas toponímicas en muchas bajas y charcos en el litoral, o en barrancos, cercados, cuevas, charcas, gollada, hoyas, hoyeta, joya, ladera, lomos, llanos, maretas, paso, piedra, pileta, risco,  secadero y vereda, en el interior. Todo el lujo de una interminable lista de lugares que salpican nuestras islas del recuerdo amargo que se volvió dulce. 

Echarle un puño a la baifa

 

Echarle un puño a la baifa




Los canarios de las todas las islas tenemos heredado de la lengua de nuestros prehistóricos antepasados dos hermosas palabras que son buena parte de nuestro mejor tesoro: gofio y baifo, y ambas contienen bien flanqueadas y protegidas la letra "efe" de Felicidad, indiscutibles voces supervivientes de aquel perdido lenguaje.

El gofio es para el canario el pan nuestro de cada día, es objetivo y meta del trabajo, es por tanto porción inseparable de su felicidad.

La baifa o el baifo, da igual el género, es igualmente símbolo de ternura, de amor, de responsabilidad.


Cuando la cabra está de parto, cuando sabe que llegan las últimas contracciones y se ha dilatado, momento en que asoma la cabeza del baifo, con mucha delicadeza se tumba sobre su costado en el suelo y empuja con fuerza para que salga la cabeza y las patitas delanteras de su hijo; después, suavemente la madre se levanta estirando primero sus patas delanteras para así dar el último impulso a la salida de su hijo y ponerlo en el suelo.


Inmediatamente, la cabra ejerce su papel de madre, comienza a lamer y limpiar el cuerpo del baifo, acariciándolo como si lo estuviera auscultando, hasta que el baifo ha llenado sus pulmones por primera vez de aire y empieza a berrear con fuerza.


Nos acerca a aquel instante en que los padres oyen por primera vez el llanto de su hijo recién nacido, cuando dos lágrimas descienden por nuestras mejillas y decimos en señal de la ansiada tranquilidad ¡Berrea como un baifo!, porque mientras más fuerte lo hace, más se llenan sus pulmones de aire.


Pero no queda ahí toda la pericia de la madre cabra, y después de haber cortado con sus dientes el cordón umbilical que le unía a su hijo, al poco nace otro baifo, y después otro. La buena madre después de haberlos limpiados a todos, se come las placentas y deja el corral inmaculado. En unos minutos, los baifos ya están saltando de alegría por su nueva vida en libertad. Al igual que decimos cuando vemos a los niños jugando con alegría ¡Saltan como un baifo chico!. No es para menos.


Jamás olvidaré la expresión en el rostro de mi hijo, niño de pocos años, cuando vivió a un escaso metro de distancia este hermoso acontecimiento. En unos pocos minutos había disfrutado lo más grande, de cómo era la llegada de un ser vivo. Se podrá explicar con mil palabras, se podrá ver en una película, pero nada como la realidad misma: imagen, sonido, color, olor, ... pero sobre todo, esas discretas y tiernas miradas que la cabra dedicaba a cada una de sus crías. Un bellísimo espectáculo para él, y una maravillosa sensación para mí como padre.


Este cariño, esta ternura que los canarios sentimos por el baifo, es ilimitado. Ningún canario diría "voy a comer baifo". Siempre diría "voy a comer cabrito". La distinción no es por su edad, ni porque estuviera mamando o no leche materna, ni porque fuera asado o adobado. La distinción la hacemos por esa ternura con la que decimos las palabras baifo o baifa porque nos ubica en nuestra más tierna infancia.


Así también cuando un padre observa que su hijo adulto ha tomado decisiones erróneas, es muy contundente y le dice ¡Eres un cabrito!. Nunca lo comparará con el baifo.

Muy distinto es cuando alguien dice o comete disparates, de comportamientos alocados o meteduras de pata, entonces dirá ¡Se le fue el baifo!. Sencillamente porque recuerda el comportamiento de locura temporal de la cabra cuando pierde uno de sus baifos. Porque la cabra asume su responsabilidad máxima como madre, porque ella lo es todo para sus crías. Y por esto se dice también ¡Es la madre de la baifa!, porque es lo importante de lo que nos pasa, el punto final, como dice Pancho Guerra: «el intríngulis, el busilis».



El campesino canario cuando educaba a su hijo no tenía entonces a su disposición de los consejos de la psicología infantil, ni tan siquiera libros temáticos. Igual que se lo enseñó su padre, él enseñó a su hijo que en la vida hay que tener responsabilidades, y así desde pequeño lo mandaba al traspatio diciéndole ¡Échale un puño a la baifa! porque así se acostumbraría a tener responsabilidades.



De ahí que cuando estaba entretenido y animado entre amigos, nuestro joven hombre en época de enamoramiento, sabía de sus responsabilidades en la vida, que primero es la novia y después los amigos, y, se escapaba diciendo que iba a ¡Echarle un puño a la baifa!, decisión que era respetada por todos, porque todos eran practicantes de la máxima. Nada despectivo en comparar la novia con la baifa; muy al contrario, la baifa es el símbolo de su amor, de su ternura, de su responsabilidad con su propio futuro de hombre y padre. El recurrido Pancho Guerra lo decía convenciendo: «platicar el mozo amorosamente con la mujer querida, en general propuesta para esposa».


Conoce a la burra por los peos

 

Conoce a la burra por los peos




A lo largo de la historia de siglos se fue forjando el campesinado canario. Vivía de las labores del campo, de su "cacho de tierra", como campesino independiente enarbolando su espíritu de libre iniciativa que tanto molestó a las élites dominantes insulares que en muchas ocasiones intentaron doblegarla. Fue ese espíritu de libre iniciativa el que le impulsó en los tiempos difíciles a buscarse la vida más allá de los mares, trabajando duro en la emigración "llenando la bolsa", con el constante recuerdo de aquello que en las islas había dejado para volver como indiano.

Pocos conocieron del alfabeto, por su baja condición social, y todo el peso de su cultura fue oral. Trabajaba la tierra de sol a sol, sin levantar la cabeza, escuchaba los sonidos de la naturaleza, de los animales, para conocer si venían las lluvias o los calores. En la soledad del campo llegó a distinguir a sus vecinos por su "cloquío", pues además del mestizaje de lenguas, su paciente escuchar  le permitía conocer el timbre de la voz de cada uno de ellos, porque distinta era la caja de resonancia de cada uno. Como buen observador sabía que el "cloquío" de un hijo o hija se parecía al de su padre o madre, porque adivinaba que también se parecerían sus cajas de resonancia.

Y la influencia de su campesinado la trasladó a este decir, pues llegó a conocer de su inestimable compañera en las labores: la burra. Si padecía de mal de amores por falta de compañía, o de ardores por su inflamada panza llena de lombrices que necesita purgar, o si rebuznaba cuando sus dientes ya no trituraban la paja.

Pancho Guerra contó muy bien lo que significaba: «CLOQUIDO.- Se dice del metal timbre de voz de una persona. (El isleño que oye hablar a alguien y sin verlo lo descubre por su acento peculiar, “lo ha sacado por el cloquido”. También se dice, que “conoce a la burra por los peos”. El antecedente de esta voz es, sin duda, el “cloquear” castellano)». 

Y así fue como nuestro campesino, conocía por las ventosidades a su burra, y por el "cloquío" a las personas que le hablaban mientras el no levantaba la cabeza para no dejar de trabajar la tierra, o quién era "el padre de la criatura" con aquel igual "cloquío".
 

Tanto daño me hagas, como chirgo de miedo te tengo

 

Tanto daño me hagas, como chirgo de miedo te tengo




Este decir guarda relación con las amenazas recibidas de los tradicionales que "se la "echaban", o lo que es lo mismo, el castellano "fanfarrón", voz prácticamente no usada en las islas y sustituida por "echón", y es así como compara el daño que le pueda hacer con el miedo que le pueda tener: ninguno.

Las voces "chirgo" y "chilgo" son una derivación o variante de "chingar", más concretamente referida a la expresión "mearse de miedo en los pantalones".

Agustín Millares Cubas recogió la voz «CHIRGO.- Chorro delgado, sutil, que sale con ímpetu, como el de un surtidor. "Chirgarse de miedo" es humedecer las ropas interiores involuntaria y vergonzosamente».

Con posterioridad Pancho Guerra recoge la variante «CHILGO.- Miedo. También se aplica al chingo o chorro, especialmente al de la orina. (La segunda acepción habrá nacido al calor de ese reflejo del pánico que consiste en mearse en los pantalones. Cuando el isleño está “chilgado de miedo”, si no se ha orinado por los pies abajo, está a punto. Suele oírse también “chirgo”.)»

En relación con la primera expresión aludida que en las islas sustituía a la palabra "fanfarrón" también Pancho Guerra nos da cuenta de este verbo con un lujo de detalles y ejemplos: «ECHÁRSELA.- Presumir vanamente de galanura o de riquezas; fanfarronear de valiente. ("Se la estaba echando en el Parque como si tuviera fanegadas en Arucas o tomates en el Sur, sin darse cuenta de que es un jediondo”). “Desde 'que lo “jisieron sosio” del Casino, pegó a echársela con tales buches, que daba de cara."

En castellano hay la locución familiar “echar de”, equivalente a presumir, a jactarse de algo. Esta debe ser la fuente de la voz isleña. En su estudio del término “echar”, el profesor Corominas señala su origen del latín “jactare”, indicando que en esta lengua “se empleaba “jactare” en el sentido figurado de "alabar”, de donde el cultismo castellano “jactar”. Cita también los derivados “jactancia”, “jactancioso”, “jactante”. Echársela es, pues, jactancia, y el echón un jactancioso.)».

Está templao como un piojo

 

Está templao como un piojo




Esta expresión coloquial solía usarse cuando algún conocido tenía una "borrachera bonita", en un estado de mucha alegría, muy contento y sin la pérdida total del equilibrio.

La Academia Canaria de la Lengua incluye la voz "templado" con  el significado de «Ebrio, borracho», pero es Agustín Millares Cubas quien define el verbo del que deriva la acción con mayor esplendor, añadiendo las expresiones encontradas:

«TEMPLARSE.—No es emborracharse totalmente, sino estar alegre, en buenas piedras, con un cargamento razonable de alcohol.
— ¿Cómo pudo Frasquito deslenguarse de esa manera?
— Estaba templado.
— Me encontré hoy en la calle a Maita.
— ¡Fuerte templadera llevaba!»

La comparación que incluye el decir alusiva al piojo, se debe al Ron de Quinquina cubano que era utilizado para eliminar el parásito dando frotaciones en el pelo. Se trata de un aguardiente que era elaborado a partir de la corteza del árbol americano llamada Quino, de donde su corteza recibe igual nombre en femenino, y tenía propiedades febrífugas, eficaz contra la fiebre.

Se descubrió que era bueno para la higiene del cabello, al tiempo que su alta graduación favorecía las desaparición del piojo. Con iguales fines en Canarias se utilizó el ron de la tierra con algún añadido de semillas recomendadas a tal fin. Del  uso del ron para higienizar el pelo, coloquialmente se dijo que "templaba" a los piojos.

Pancho Guerra nos acerca al paso inmediato cuando el alcohol tomado era ya excesivo: «TEMPLADO.- Borracho, con una "cogorza" encima de no te menees. Se pone con comparación: "Está templao como un requinto"».

De la voz "requinto", el DRAE da como quinta acepción «Guitarrillo que se toca pasando el dedo índice o el mayor sucesivamente y con ligereza de arriba abajo, y viceversa, rozando las cuerdas», y la Academia Canaria de la Lengua nos dice «Guitarra algo pequeña, afinada a una cuarta más alta que la normal y con la que se suele puntear la melodía. 'Sabía tocar el timple y el requinto'».

Es conocido que los instrumentos de cuerda precisan de tiempo y uso frecuente para que tanto sus cuerdas como la caja de resonancia estén "templadas" para que alcancen su buen sonido.