“Yahvé se creía único y no gustaba de juntarse con los demás Dioses.
Por eso, se aburría.
Yahvé se aburría y creó al mundo.
Se aburría y creó al hombre.
Se aburría y favoreció a una tribu en detrimento de todas las demás.
Y vio como la perla de la creación, su figura y semejanza calcada en la tierra, en vez de adorarle a Él, desviaba a la competencia sabrosas loas y magníficos rezos que como cualquier cosa que halaga a la vanidad, siempre eran gratos a sus oídos.
Y al igual que cuando descubrió el error de crear sólo al hombre lo arregló creando a la mujer, optó por crear una religión que eclipsase a las demás Deidades. Una religión que pudiese ser seguida por toda la humanidad, que no sólo por aquella tribu pendenciera y salvaje que únicamente, y solo a ratos, le hacía caso.
Y como tenía tiempo, se puso a pensar.
Esta vez lo haría bien. Perfecto.
Espiritual.
Simbólico.
Místico.
Chocante.
Contradictorio…
Pero real y tangible.
Necesitaba un símbolo. Un símbolo necesario, sutil, cotidiano y digno. Algo que recordase a la Divinidad cada vez que se realizase. Un oculto simbolismo de la creación del mundo a través de algún acto cotidiano que maravillara a cualquiera que estuviese y conociese el misterio.
¿Qué símbolo?
¡El Símbolo!:
Una Mierda.
Ver en La Mierda la sutileza de la imagen y la grandiosidad de un Dios tan fascinante y superior que su creación, la tierra, el hombre y todo lo que contiene, es para Él una enorme Mierda, y la creación, una Gran Defecada.
Sí… El cielo, el mar, una flor o la sonrisa de un niño, son una simple Mierda maloliente comparado con ese Dios. Con Él. Con Yahvé.
Ya veía grandes templos donde toda la comunidad llegaría al éxtasis ante una gran imagen en cuclillas realizando la labor, con algunos nichos donde respetuosamente se custodiaran orinales con resecos restos de excrementos de algún que otro santo varón, siendo el momento culminante cuando todos los fieles al unísono se pusiesen en cuclillas a imagen y semejanza de su Dios rememorando el acto de la creación, entre nubes de incienso, música de órgano apagando otros ruidos menos celestiales, moscas y esponjillas higiénicas.
Los demás Dioses se horrorizaron. Conociendo, como conocían, la mentalidad humana, no podían permitir la existencia de esa religión que con seguridad sería abrazada por todos ellos y les privaría de su merecido culto, las agradables loas y los susurrantes rezos.
Fueron inflexibles en su prohibición. No podían permitir que aquel pequeño Dios, por muy único que se creyese, tomase como propias una simbología que bien pudiese servir a cualquiera, y que fuese por ahí con unos mitos tan atractivos que a buen seguro les dejarían sin clientela.
Yahvé quedó muy abatido.
Otra vez había fallado.
Y tan apenado le vio el buen Dyonisios, que ofreciéndole su Vaso le dijo:
-Toma Yahvé esta Copa, y bebe un buen trago de ella, que el corazón se te alegrará al hacerlo, y con ello, se abrirá tu mente a la verdadera sabiduría.
-No es néctar y ambrosía lo que necesito, sino que se reconozca mi poder entre vosotros. –Contestó iracundo Yahvé.
-¡Ay Yahvé, Yahvé! ¿Por qué no dejas de mirarte el ombligo y te decides a compartir lo que manifiestamente es plural? Quédate con El Grial, que vida eterna y Sabiduría otorga a los puros de corazón, y aunque eres Dios e inmortalidad no necesitas, lo segundo sí que lo precisas a buen seguro más que Yo y mal alguno no te va a hacer, aunque dudo cómo sea tu corazón. Inventa algún otro mito similar al que tenemos todos los Dioses. Déjate de soledades que a ningún buen sitio llevan y búscate una pareja o un trío, un hijo, unos diocesillos servidores, haz milagros, no te encierres en una perdida tribu de bárbaros...
Yahvé lo miró desafiante. Dyonisios le devolvió la mirada con tristeza y como lo suyo no era la congoja, reanudó a sus alegres quehaceres. Pero Yahvé sabía que tenía razón.
Tenía que crear un nuevo mito. Buscarse una pareja, un hijo, hacer milagros…Y algo que repugnara de verdad. No una simple Mierda. Algo mucho peor. Un ahorcado. Que se adorase a alguien al que se le estuviese arrancando un ojo. A alguien devorado por un león. Una madre que matase a su hijo para salvar a su espíritu… Tenía que pensar... Pensar en algo que chocara... En algo repugnante… Algo absurdo y sin sentido… Algo que atrajese irresistiblemente al morboso, retorcido y tarado engendro que había creado, al hombre…”
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