En España, el burro acompañó a pastores, arrieros y labradores durante siglos. Cargaba grano, leña y cosechas por veredas donde ningún carro pasaba, y seguía los rebaños en la trashumancia por las cañadas reales
Lo que parece terquedad es en realidad prudencia. Ante un peligro, el caballo huye; el burro se para y evalúa. Si percibe un riesgo, se niega a avanzar, y esa cautela le permite pisar seguro donde otros animales de carga tropiezan. Su memoria hace el resto: recuerda lugares, caminos y caras durante años.
Sus orejas no son decorativas. Captan sonidos a gran distancia y disipan el calor a través de una red de vasos sanguíneos, herencia de sus ancestros de las zonas áridas de África. Su pelaje es espeso en invierno y más corto en verano, pero no es impermeable: con lluvia necesita un cobertizo seco.
La mecanización del campo hundió sus censos en el siglo XX. El burro catalán, el andaluz, el zamorano-leonés, el majorero de Canarias y el balear son hoy razas en peligro sostenidas por criadores comprometidos. El burro vuelve al campo como aliado en ecopastoreo, donde controla matorrales y pastos, y en terapia asistida, donde su temperamento tranquilo transmite calma a niños y adultos 🌿


No hay comentarios:
Publicar un comentario