¿Por qué el Vaticano es un país?
Porque en 44 hectáreas, el territorio soberano más pequeño del planeta, existe un Estado completo, con bandera cuadrada adoptada en 1929, himno, sistema legal propio basado en el derecho canónico, pasaportes, sellos postales, banco propio y relaciones diplomáticas con decenas de naciones. Todo eso encerrado dentro de otra ciudad: Roma.
La historia empieza en la colina al oeste del Tíber ya tenía asentamientos romanos antes de Cristo. Entre los años 37 y 41 d.C., Calígula mandó construir ahí un circo privado, y décadas después, bajo Nerón, ese mismo sitio fue escenario del suplicio de numerosos cristianos. En una necrópolis cercana quedó sepultado san Pedro, el primer papa. En el siglo IV, tras el Edicto de Milán, Constantino ordenó levantar una basílica sobre esa tumba; la actual se construyó entre los siglos XVI y XVII.
Hasta 1870 el papa no solo era líder espiritual: gobernaba los Estados Pontificios, una franja territorial extensa en el centro de Italia. La unificación italiana lo cambió todo. Roma fue anexada al nuevo reino y los territorios papales desaparecieron. En 1871 el Parlamento italiano aprobó la llamada Ley de Garantías, que ofrecía al papa privilegios de jefe de Estado y el uso, no la propiedad, de los palacios vaticanos. Pío IX la rechazó y se declaró prisionero dentro de sus propios muros.
Esto duró más de medio siglo, con cuatro papas manteniendo la misma postura de rechazo: León XIII, Pío X, Benedicto XV y Pío XI. Hasta que n 1929 con los Pactos de Letrán, firmados entre la Santa Sede e Italia, que crearon el Estado de la Ciudad del Vaticano como entidad soberana de derecho internacional, distinta de la Santa Sede.
Hoy funciona como monarquía absoluta: el papa concentra los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Cuando muere o renuncia, esas facultades pasan temporalmente al Colegio Cardenalicio. Tiene apenas 673 ciudadanos, de los cuales 458 viven dentro de los muros. Usa el euro, no produce ni comercia, y se sostiene con donaciones, inversiones, sellos y souvenirs.
Entrar es muy fácil: basta estar legalmente en Italia y caminar hasta la plaza de San Pedro. No hay visa, ni frontera marcada. Solo reglas de vestimenta, controles de seguridad y la prohibición de fotografiar la Capilla Sixtina.


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