jueves, 2 de octubre de 2025

José Ortega y Gasset

 


José Ortega y Gasset

Ortega y Gasset, José. Madrid, 9.V.1883 – 18.X.1955. Intelectual, filósofo, ensayista y gran emprendedor cultural.

Fue el segundo hijo del matrimonio formado por Dolores Gasset y Chinchilla y José Ortega Munilla, quien por aquellos años dirigía la hoja literaria Los Lunes de El Imparcial, el principal periódico de la época, fundado por su suegro Eduardo Gasset y Artime en 1867, que había sido ministro de Ultramar en la efímera Monarquía de Amadeo de Saboya y fue miembro de la primera junta directiva de la Institución Libre de Enseñanza, fundada por Francisco Giner de los Ríos. Cuando murió Eduardo, dos años después de nacer su nieto, su joven hijo Rafael heredó la gestión de El Imparcial, desde donde dio el salto a la política como ministro de Fomento en nueve ocasiones, primero con gabinetes regeneracionistas conservadores tras el Desastre de 1898 y más tarde con gobiernos liberales. Las ocupaciones políticas de Rafael Gasset hicieron que Ortega Munilla asumiera un papel cada vez mayor en El Imparcial. A partir de 1900, dirigió el diario y desde su fundación en 1906 jugó un papel principal en la Sociedad Editorial de España, conocida como el trust de la prensa porque unía los intereses de algunos de los principales diarios liberales. El padre de Ortega también se vinculó al proyecto político de su cuñado Rafael y fue diputado cunero en varias legislaturas por el distrito coruñés de Padrón. Ortega Munilla fue además un literato reconocido e ingresó en la Real Academia Española en 1902. Sus hijos dispusieron de una buena biblioteca y entraron en contacto con los más conocidos intelectuales y políticos de la época.

José Ortega y Gasset aprendió pronto a leer y devoraba todos los libros que caían en sus manos. Estudió el bachillerato entre 1891y 1897 en el internado jesuita de San Estanislao de Kotska, en la población malagueña de Miraflores de El Palo, donde fomentó su prodigiosa memoria, aprendió latín, se introdujo en el conocimiento del griego y de la historia universal con el padre Gonzalo Coloma, se interesó por la filosofía y perdió la ingenua fe de la infancia. Toda su vida se esforzó por que sus actos privados y públicos tuviesen un marcado carácter acatólico.

En 1897 empezó sus estudios universitarios de Filosofía y Letras y de Derecho en el Internado de Estudios Superiores de Deusto, también con los jesuitas.

En 1902 se licenció en Filosofía, ya en la Universidad Central de Madrid, donde había ingresado en 1899.

Por otro lado, nunca concluyó sus estudios de Derecho, carrera a la que le había guiado su padre para abrirle las puertas de la política.

El año que terminó su carrera inició su relación con Rosa Spottorno, que en 1910 se convirtió en su mujer.

Asimismo, este año empezó a ver su letra impresa al publicar en el Faro de Vigo una “Glosa” dedicada a Ramón del Valle-Inclán. En 1904, se doctoró en Filosofía con una tesis “Sobre los legendarios terrores del año mil” y empezó a publicar en El Imparcial, su “casa solariega”.

Entre 1905 y 1911 pasó tres largas temporadas en Alemania para completar sus estudios filosóficos. Primero acudió a Leipzig y Berlín (1905-1906) y más tarde a Marburgo (1906-1907 y 1911). En esta ciudad, encontró el idealismo objetivo que iba buscando para corregir el subjetivismo español. Las clases de Hermann Cohen y Paul Natorp le cautivaron, aunque siempre mantuvo una distancia crítica y poco a poco se fue distanciando del neokantismo y se aproximó, ya en su último viaje, a la fenomenología de Edmund Husserl, a quien no conoció personalmente hasta muchos años después, pero a quien leyó intensamente desde 1911.

Sus artículos en El Imparcial, tras el férreo análisis a que los sometió su padre, fueron haciéndose cada vez más frecuentes. A los artículos de corte literario se sumaron pronto los políticos y mantuvo sonadas disputas periodísticas con Miguel de Unamuno, Ramiro de Maeztu y Azorín, al tiempo que discutía epistolarmente con la generación anterior a éstos, la de Francisco Giner de los Ríos y Joaquín Costa, y dialogaba con su propia generación, sobre la que ya empezaba a ejercer un influyente liderazgo. Con Gabriel Maura discutió en 1908 desde las páginas de la revista Faro, que había contribuido a fundar, sobre el sentido del liberalismo político, que entendía que debía ir transformándose en socialismo sin abandonar sus principios esenciales.

Otra fuente candente de disputas intergeneracionales fue el europeísmo. Ortega quería europeizar España no sólo trasladando a territorio patrio los inventos de la ciencia que habían permitido un bienestar material y político allende los Pirineos, sino haciendo ciencia desde España, porque, para Ortega, Europa era principalmente ciencia. Su disputa a este respecto con Unamuno fue bastante agria.

Ortega obtuvo en 1909 la plaza de profesor de Psicología, Lógica y Ética en la Escuela Superior del Magisterio de Madrid y al año siguiente consiguió la Cátedra de Metafísica de la Universidad Central. En ella sistematizó el bagaje filosófico de sus muchas lecturas y pronto adquirió fama de buen profesor. Sus actividades en la Cátedra y en la prensa se completaron con su activa presencia en los centros neurálgicos de la vida intelectual y política española como el Ateneo de Madrid, la Sociedad El Sitio de Bilbao, la Casa del Pueblo de Madrid y la Residencia de Estudiantes, cuyo proyecto le era muy afín.

Sus críticas al liberalismo dinástico, por ser incapaz de llevar a cabo la transformación que Ortega consideraba necesaria para superar las anquilosadas estructuras de la Restauración, supusieron su ruptura con El Imparcial en 1913. Años atrás se había aproximado al socialismo y al republicanismo de Alejandro Lerroux. Ahora se movía en el entorno del Partido Republicano Reformista de Melquíades Álvarez y Gumersindo de Azcárate, fundado en 1912 con la intención de convertirse en una tercera vía de la política dinástica a pesar de definirse como republicano.

En este ambiente nació la Liga de Educación Política Española, que reunía a lo más granado de la joven generación intelectual (Manuel Azaña, Luis Araquistáin, Ramón Pérez de Ayala, Fernando de los Ríos, etc.) y algunos representantes de la generación anterior, como Antonio Machado y Ramiro de Maeztu, capitaneados por Ortega, quien la presentó en marzo de 1914 con una conferencia titulada “Vieja y nueva política”, una dura diatriba contra el régimen, al que calificaba de “fantasmagoría”. A la España oficial, vieja e impotente, había que imponer una España naciente, germinal, viva, que, bajo los principios de “liberalismo” y “nacionalización”, fuese capaz de llevar a cabo el proyecto de modernización y europeización de la política y de la sociedad española.

Las ideas de “Vieja y nueva política” las reiteró Ortega en su primer libro, Meditaciones del Quijote (1914), donde quedó plasmada su preocupación por el ser de España.“Dios mío, ¿qué es España?”, se preguntó en sus páginas. Su preocupación nacional, menos angustiada que la de los regeneracionistas y noventaiochos, tenía un fondo netamente proyectivo. En la pregunta iba implícita una respuesta. Ortega, que empezaba a ser consciente de la crisis de la modernidad, matizaba su europeísmo idealista de años atrás. No se trataba sólo de importar el método científico para hacer ciencia a la española, sino que España podía ofrecer en el nuevo tiempo su mirada histórica para profundizar en el ser de Europa y superar la modernidad. Suenan todavía en Meditaciones del Quijote resabios neokantianos, pero ya se muestra claramente la influencia que la fenomenología ejerció sobre la incipiente filosofía de Ortega. El perspectivismo le permitió ir más allá de la epistemología kantiana sin caer en el relativismo. Para Ortega toda realidad está integrada en una perspectiva, que a su vez forma parte de la misma realidad. La conexión de perspectivas —la filosofía, afirma, es “la ciencia del amor” que une las cosas— es la manera de llegar al conocimiento de la verdad.

El impulso de la Liga de Educación Política, la cual se diluyó sin dejar rastro, lo heredó la revista España, fundada en enero de 1915 y dirigida por Ortega durante el primer año. La revista fue el mejor compendio de los proyectos políticos de la Generación del 14: crítica a la vieja política, propuestas de reforma del liberalismo, análisis de la realidad social española y atención a Europa.

A finales de 1915 Ortega se sintió cansado por el esfuerzo que había hecho para transformar la realidad política y abandonó la dirección de España contrariado por la ayuda económica recibida de los servicios secretos ingleses para que apoyaran la causa aliada en la Gran Guerra, a pesar de que él prefería la victoria de los aliados frente a Alemania. Unos meses después aparecía el primer número de El Espectador, que nacía con la intención de convertirse en una revista unipersonal, la cual buscaba sus lectores entre aquellos que conservasen, “como el autor, [...] un trozo de alma antipolítico”. La activa vocación intelectual que le llevaba a actuar en el devenir de los acontecimientos públicos luchó siempre, no sin dificultades, con su vocación filosófica. Ortega impartió durante los últimos meses de 1915 y los primeros de 1916 un curso con el título “Sistema de psicología” en el Centro de Estudios Históricos. Se presentaba a sí mismo como el padre de una nueva filosofía que llamaba “sistema de la razón vital” y que definía como una ciencia fenomenológica descriptiva que vendría a superar el idealismo y el realismo.

En julio de 1916, viajó por primera vez a Argentina invitado por la Institución Cultural Española de Buenos Aires. Aunque Ortega había publicado algunos artículos años atrás en el diario porteño La Prensa, su nombre era muy poco conocido, mas pronto se convirtió en una celebridad y a sus lecciones sobre “Los problemas actuales de la filosofía” acudió abundante público. Impartió también un seminario sobre Kant en la Facultad de Filosofía y fue requerido para dar varias conferencias en Buenos Aires y en provincias, lo que le obligó a prolongar su viaje hasta enero de 1917.

A su vuelta a España, el éxito obtenido en América le animó a unirse al empresario Nicolás María de Urgoiti en su intento de hacerse con El Imparcial, que atravesaba dificultades económicas. Urgoiti, vinculado a los intereses papeleros vascos, quería lanzar grandes medios de comunicación que generasen una importante demanda de papel, al tiempo que creía en una prensa libre de intereses políticos. Rafael Gasset puso en sus manos el periódico y Ortega volvió a su “casa solariega”, pero su artículo “Bajo el arco en ruina”, en el que pedía la convocatoria de Cortes Constituyentes ante el levantamiento de las Juntas de Defensa, la previsible huelga obrera y la desarticulación de los partidos del turno, echó al traste el acuerdo. El fracaso de este proyecto hizo que el empresario vasco fundase en diciembre El Sol, que se convirtió en referencia de los sectores modernizadores del país. Ortega se incorporó al mismo desde el primer momento y fue durante tres años la pluma anónima que marcaba la pauta editorial. Desde las páginas de El Sol, defendió un proyecto político reformista basado en tres pilares: reforma constitucional que profundizase en el liberalismo y avanzase hacia la democracia; políticas sociales que beneficiasen a los más pobres, financiadas con impuestos sobre los más pudientes; y reestructuración territorial del Estado con mayor autonomía para las regiones.

Ortega utilizó frecuentemente hasta 1931 los “Folletones” de El Sol, un espacio en el faldón del periódico que le permitía exponer temas filosóficos, literarios, políticos y sociológicos con mayor extensión.

Aquí aparecieron como artículos antes de convertirse en libros algunos de los títulos más famosos de su producción: España invertebrada (1922), El tema de nuestro tiempo (1923), La deshumanización del arte e Ideas sobre la novela (1925) y La rebelión de las masas (1930).

Ortega hizo en España invertebrada un análisis histórico para interpretar la realidad presente de su país.

Había dos problemas principales: el primero que España no existía como nación porque no estaba constituido un cuerpo orgánico en el que las partes se sintiesen solidarias del todo. Esto no afectaba sólo al particularismo regionalista, sino que cada grupo social se comportaba como todo independiente sin pensar en los demás. Para Ortega, una nación es sobre todo un proyecto activo de convivencia hacia el futuro, y eso precisamente es lo que faltaba en España.

El otro problema era la ausencia de los mejores, producida por una ancestral selección inversa que había permitido que se prefiriese habitualmente a los peores frente a los mejores, porque el pueblo español estaba enfermo de aristofobia.

Las críticas de Ortega a los gobiernos constitucionales de la Restauración durante estos años fueron muy severas —sólo recibió con cierto entusiasmo el gobierno de concentración nacional de Maura (1918)—, por lo que su silencio ante el golpe de Estado del general Miguel Primo de Rivera en septiembre de 1923 extrañó a muchos. Ortega se había distanciado de la lucha política desde años atrás, cansado de las tensiones que le provocaba su posición en El Sol y, además, creía con Urgoiti que lo que venía a hacer Primo de Rivera era la destrucción de la vieja política, proyecto que a la postre ellos compartían aunque prefirieran que fuese por métodos constitucionales.

Una muestra de la nueva distancia que Ortega mantenía con el mundo político es el editorial que puso al frente de la que sería su mayor fundación cultural, la Revista de Occidente. Los “Propósitos” de la misma eran atraer a los más lúcidos intelectuales nacionales y extranjeros para que iluminaran el futuro. Su lema era “¡claridad!” y, por eso, pretendían vivir “de espaldas a toda política, ya que la política no aspira nunca a entender las cosas”. La revista se publicó desde julio de 1923 hasta el comienzo de la Guerra Civil y reunió a los más prestigiosos intelectuales, científicos y literatos nacionales y extranjeros. Fue considerada una de las mejores revistas de su tiempo y fue también muy seguida fuera de España, especialmente en Hispanoamérica.

En 1924 nació la Editorial Revista de Occidente, que publicó obras muy relevantes del pensamiento y de la literatura, labor que el filósofo fomentó también desde la editorial Espasa Calpe. En torno a la revista se montó asimismo una famosa tertulia.

Ortega se dio cuenta pronto de que la dictadura no era la solución contra la vieja política y empezó a aconsejar desde las páginas de El Sol el paso a una situación constitucional. Sus análisis políticos de estos años se centraron sobre todo en la necesidad de poner fin al localismo caciquil por medio de grandes regiones autónomas que asumiesen poderes políticos y administrativos.

Durante la década de 1920, Ortega maduró su filosofía.

En diciembre de 1923 publicó El tema de nuestro tiempo, basado en la idea de que “la razón pura t[enía] que ceder su imperio a la razón vital” para superar el idealismo de la modernidad. El perspectivismo volvía a ser el punto de apoyo, pero ahora se añadía la idea de que la perspectiva también es histórica, reflejada a través de las generaciones. Cada una de ellas se enfrenta a las ideas de su tiempo y las acepta o las rechaza, y así se mueve la historia.

Para el desarrollo de esta filosofía le faltaba a Ortega una ontología de la vida humana, en la que profundiza a finales de la década de 1920, y la categoría de la razón histórica que empezará a desplegar en textos de 1924 como “El sentido histórico” y Las Atlántidas, pero que no completará hasta las décadas de 1930 y 1940 cuando exponga su teoría de las generaciones (En torno a Galileo, 1933), sus conceptos de “Ideas y creencias” (1936) y el propio concepto de razón histórica (“La situación de la ciencia y la razón histórica”, 1934, publicado casi íntegramente en inglés en 1936 como “Historia como sistema”, y los cursos “Sobre la razón histórica” de Buenos Aires, 1940, y Lisboa, 1944).

La razón vital se fundamenta en que la vida humana de cada cual es la realidad radical, aquella enque radican las otras realidades. “Yo soy yo y mi circunstancia”, como dijo en Meditaciones del Quijote.

La vida humana es una fatalidad, pero es al mismo tiempo un quehacer libre, puesto que, aunque nos es dada sin que ninguno la pidamos, no nos es dada hecha sino que cada uno tiene que hacerse la suya.

Por tanto, la vida humana no es un ser estático y suficiente como el que ha buscado siempre la filosofía, sino un “ser indigente”, que necesita de la circunstancia, una vis activa, un “siendo”, “un ir haciéndose”. Si ese hacerse se lleva a cabo desde el cumplimiento de la vocación que cada uno siente ser, esa vida es auténtica; si no, es falsa.

La primera exposición desarrollada de estas ideas aparece en dos cursos que dio Ortega en Buenos Aires en 1928, titulados “Meditación de nuestro tiempo” y “¿Qué es la ciencia, qué la filosofía?”. El filósofo había dejado en Argentina una grata impresión. Además, publicaba desde 1923 en La Nación de Buenos Aires con bastante asiduidad, y la Revista de Occidente y sus libros también llegaban al país de La Pampa. Esta notoriedad hizo que la palabra y hasta los gestos de Ortega fueran ahora analizados con mayor suspicacia, y que el ambiente fuese menos receptivo. En torno a su figura, a su obra y a sus palabras surgieron varias polémicas, tanto durante los meses que pasó allí como a su vuelta, cuando se atrevió a opinar sobre los argentinos desde las páginas de El Espectador con dos artículos: “La Pampa, promesas” y “El hombre a la defensiva”.

Algunas de sus amistades argentinas, como Victoria Ocampo, salieron en su defensa.

Otro de los temas esbozados en sus conferencias bonaerenses lo desarrolló Ortega al regresar a España a principios de 1929. Durante este año y el siguiente aparecieron en El Sol los artículos que luego compusieron La rebelión de las masas, el libro más famoso del autor, traducido inmediatamente a muchas lenguas y convertido en un best-seller en Estados Unidos y Alemania. Ortega había abordado el tema de la relación minorías/masas desde sus primeros artículos, pero ahora lo exponía dentro del debate de la crisis de Europa. Para el filósofo, el hecho de la presencia de las masas en la vida pública ofrecía dos caras: una positiva, el aumento del nivel de vida de una gran parte de la población, y una negativa, el predominio de un tipo de hombre, el hombre-masa, que era un bárbaro en medio de un mundo civilizado porque no era consciente del esfuerzo de generaciones que suponían los dos avances que habían permitido su situación histórica: el desarrollo tecnológico e industrial nacido de la ciencia, y la democracia liberal, base de cualquier régimen político futuro según el filósofo.

Para salir de la situación en que se encontraba Europa, ésta necesitaba un proyecto esperanzador de futuro, que Ortega piensa que es la fundación de un Estado supranacional.

Una muestra de la rebelión de las masas era cómo el hombre-masa recibía el nuevo arte que Ortega calificó de deshumanizado, un arte que no buscaba mover los sentimientos sino la pura expresión estética.

El filósofo había expuesto esta idea en una serie de artículos publicada en 1924 en El Sol, recogida al año siguiente en el libro La deshumanización del arte, que se convirtió en una referencia dentro del debate internacional sobre el arte nuevo.

En 1929, Ortega reiteró y amplió los fundamentos de su filosofía en el curso “¿Qué es filosofía?”, que empezó en la Universidad Central pero concluyó en la Sala Rex y en el Teatro Infanta Beatriz tras dimitir de su Cátedra por la dura represión que la dictadura ejerció contra los estudiantes que protestaban por su legislación universitaria. Un año después, al caer la dictadura, Ortega fue repuesto en su Cátedra.

Muchos jóvenes le tenían como guía y querían que se implicase más políticamente, lo que en 1930 quería decir que se declarase republicano. Ortega deseaba centrarse en la construcción de su filosofía, que abordó en varios cursos durante estos años, y recelaba de una nueva implicación política. A los que le presionaban para que se definiese, les decía que el intelectual no podía ser “hombre de partido”, y que eran fechas propicias para que los intelectuales pensasen las ideas que reclamaba el nuevo tiempo, y eso requería la calma que necesita la ciencia y no la agitación que exige la política. Pero Ortega, al final, ante la situación de derrumbe de la Monarquía, dio el paso que le exigían los jóvenes y en un artículo que se hizo famosísimo, “El error Berenguer”, publicado en noviembre de 1930, apostó por la República: “¡Españoles —concluía el artículo—, vuestro estado no existe! ¡Reconstruidlo! Delenda est Monarchia”. Si su artículo “Bajo el arco en ruina” echó al traste el intento de Urgoiti de hacerse con El Imparcial, este nuevo artículo supuso unos meses después la salida de Urgoiti y del filósofo del diario El Sol.

Ortega, junto a Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala, fundó a principios de 1931 la Agrupación al Servicio de la República (ASR) para crear el clima propicio que permitiese la proclamación de la República.

Proclamada ésta tras las elecciones del 12 de abril de 1931, la ASR se transformó en partido político y se presentó a las elecciones a Cortes Constituyentes del mes de junio. Ortega fue diputado por León y pronunció en las Cortes varios importantes discursos. En ellos defendió la idea de que España se constituyese como un Estado autonómico y no como una federación, porque pensaba que esta última opción era ir contra la historia al poner en cuestión la soberanía indivisa del pueblo español.

El filósofo se sintió pronto incómodo con el rumbo que tomaba la República y en septiembre de 1931 intentó dar “Un aldabonazo” al expresar en la prensa lo que ya había dicho antes en privado: ‘“¡No es esto, no es esto!’. La República es una cosa, el “radicalismo” es otra. Si no, al tiempo”. Y en diciembre dio una conferencia con el significativo título de “Rectificación de la República” y lanzó la idea de fundar un gran partido nacional centrista. La ausencia de apoyos hizo que Ortega se distanciase nuevamente de la política y en el otoño de 1932 dio por concluida la labor de la ASR. Desde entonces apenas participó en la vida parlamentaria y dejó de publicar artículos políticos. Sólo levantó su voz tras las elecciones de noviembre de 1933 ante el triunfo de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), cuando quiso dejar clara su fe republicana y la necesidad histórica de que la República pudiese llevar a cabo su proyecto. Publicó entonces dos artículos titulados “¡Viva la República!” y “En nombre de la nación, claridad”.

Ortega era consciente desde mucho tiempo atrás de la necesidad que sentía de desarrollar su pensamiento filosófico. El libro de Martin Heidegger, Sein und Zeit, publicado en 1927, en el que encontró expuestas muchas ideas que él había expresado hacía tiempo o que le rondaban en la cabeza, le espoleó para emprender lo que él mismo llamó “la segunda navegación”.

Si en su juventud había pensado que la mejor manera de introducir la filosofía en España era a través de la plazuela pública de la prensa, a estas alturas creía que era tiempo de construir libros filosóficos, porque, gracias en parte a la labor orteguiana, había un nuevo ambiente intelectual del que era reflejo lo que más tarde se conocería como “Escuela de Madrid”, un excelente grupo de filósofos reunidos en torno a la Facultad de Filosofía y Letras: Xavier Zubiri, Manuel García Morente, José Gaos, María Zambrano...

La producción intelectual de Ortega entre 1932 y el comienzo de la Guerra Civil fue notable: puso un extenso prólogo autobiográfico a una recopilación de sus Obras (1932); reunió casi todas sus publicaciones de Revista de Occidente en Goethe desde dentro (1932); desarrolló la idea de la vida como realidad radical en su curso “Principios de metafísica según la razón vital” (1932-1933), publicado después de su muerte como Unas lecciones de metafísica (1966); expuso su visión de la ciencia en un curso titulado “Meditación de la técnica” (1933); y esbozó ampliamente en varios cursos y series de artículos, como ya se ha dicho, las ideas centrales de lo que denominó razón histórica, desarrollo de la razón vital sobre la idea de que “el hombre no tiene naturaleza, sino que tiene... historia.

O, lo que es igual: lo que la naturaleza es a las cosas, es la historia —como res gestae— al hombre”.

Al estallar la Guerra Civil, Ortega huyó del Madrid republicano temeroso del peligro que podía correr su vida, a pesar de su compromiso con la República, la cual temía que pudiese convertirse en un régimen comunista totalitario. Aunque las noticias que le llegaban del autoproclamado bando nacional no le gustaban, se inclinó privadamente a favor de este bando, pero no quiso implicarse de forma pública en ninguna estrategia frentista. Vivió durante la guerra entre Francia, Holanda y Portugal. Al terminar la misma, era consciente de que no sería bien recibido en la España franquista y, ante el temor de que estallase la guerra en Europa, como así fue, emigró a Argentina.

No encontró allí el ambiente receptivo de las ocasiones anteriores, y sólo pudo sobrevivir gracias algunos cursos y conferencias, a sus colaboraciones en La Nación, a la reedición de sus libros y a la composición de algunos nuevos en Espasa Calpe.

A principios de 1942 se instaló en Portugal y desde el verano de 1945 frecuentó España, aunque simbólicamente quiso mantener su residencia en Lisboa. En 1946 aceptó reinaugurar el Ateneo de Madrid con una conferencia sobre “Idea del teatro”. En 1948 fundó con su discípulo Julián Marías el Instituto de Humanidades. Bajo su rótulo impartió dos cursos que le pusieron nuevamente en contacto con la sociedad española: “Sobre una interpretación de la historia universal”, un comentario a la obra de Arnold Toynbee que le permitió ahondar en sus propias concepciones históricas, y “El hombre y la gente”, que era un tema que le ocupaba desde los años treinta y del que había dado un curso en Buenos Aires en 1939-1940. El filósofo, que pensó publicar con este título un libro simultáneamente en varias lenguas aunque no llegó a hacerlo, expuso su idea de lo social, como aquello que va más allá de lo individual y de lo interindividual, una “cuasi naturaleza” que conforma buena parte de la vida del hombre.

Tras las dos experiencias del Instituto de Humanidades, Ortega no quiso continuar la labor del mismo por el ambiente hostil que encontraba, especialmente en la prensa católica. Sus estancias en España solían saldarse con un profundo descontento que le hacía recluirse en Portugal, donde trabajaba intensamente en varios manuscritos, muchos de los cuales no vieron la luz hasta después de su muerte, como La idea de principio en Leibniz, un amplio recorrido crítico por la historia de la filosofía.

En los últimos años de su vida, el éxito que su obra había tenido internacionalmente se concretó en su presencia en numerosos países. En 1949 acudió a los actos del bicentenario del nacimiento de Goethe en Estados Unidos y Alemania, donde pronunció también una famosa conferencia en la Universidad Libre de Berlín con el título “De Europa meditatio quaedam” para reiterar la necesidad de construir unos Estados Unidos de Europa. El filósofo pasó largas temporadas en la República Federal Alemana entre 1949 y 1954. Resonó internacionalmente su encuentro con Heidegger en los “Coloquios de Darmstadt” de 1951 para debatir sobre “el hombre y la técnica”. Ortega recibió los doctorados honoris causa por las Universidades de Glasgow y Marburgo mientras que muchos en España querían silenciar su voz, si bien en 1953, en vísperas de la jubilación de Ortega, Pedro Laín Entralgo, rector de la Universidad Complutense —como recuerda en su Descargo de conciencia—, le visitó para “hacerle esta súplica: que sólo para dar en ella [en la Universidad] un cursillo, o incluso una simple conferencia, vuelva usted a su antigua Facultad”; petición que Ortega agradeció, pero no aceptó.

El 21 de mayo de 1955 Ortega pronunció su última conferencia. Tuvo lugar en Venecia y versó sobre “La Edad Media y la idea de nación”. Pocos meses después, el 18 de octubre de 1955, murió en su Madrid natal.

Celia Gámez Carrasco

 Gámez Carrasco, Celia. Celia Gámez. Buenos Aires (Argentina), 25.VIII.1905 – 10.XII.1992. Cantante, vedette, estrella de la revista musical.

BIOGRAFÍA

Celia Gámez Carrasco

Hija de padres malagueños recién emigrados a América, aunque de desahogada posición, nació en la calle de la Esmeralda de la capital argentina. Ella daba la falsa fecha de nacimiento de 1908. Con gran vocación artística desde niña, debutó a los catorce años en el teatro de la Comedia de su ciudad natal, como comparsa en Las corsarias, pieza en la que ya al año siguiente interpretó el papel principal. Pasó después al teatro Porteño sustituyendo a Josephine Baker y, posteriormente, al Maipú. En diciembre de 1925, con ocasión de la recogida de una herencia, viajó a España acompañando a su padre. Durante un viaje en tren, la marquesa de la Corona la oyó cantar tangos y le propuso que actuara en un festival benéfico que iba a celebrarse en el teatro Pavón. Presentada por Fleta y con la presidencia de los Reyes, interpretó varios tangos que le valieron un contrato con el empresario del teatro Romea. Se insinuó que entonces empezó su relación con Alfonso XIII.

Celia debutó en el Romea (14 de enero de 1926) y, pese a su voz algo gatuna, su rotunda belleza, con unas piernas que se hicieron míticas, el desparpajo en escena y la furia por el tango le depararon el triunfo rápidamente. En 1927 participó en la revista musical con Las burladoras del amor y El carnet del Eslava y un mes después (13 de mayo) obtuvo un gran éxito con Las castigadoras, que, durante varios años, paseó por España. A partir de aquí, se convirtió en la figura estelar del género, categoría que mantuvo hasta su retirada.

Entre los títulos más populares que interpretó, en una época en que la revista estaba en su máximo esplendor, hay que citar Las guapas (1930), ¡Me acuesto a las ocho! (1930), Las mimosas (1931), Las tentaciones (1932), Las de Villadiego (1933), pero sin duda su mayor éxito fue Las Leandras (1931), con números ocurrentes e imperecederos como el chotis El Pichi, el pasacalle Los nardos y muchos más. Su dedicación a la revista no le impidió grabar entre 1925 y 1935 casi un centenar de tangos, amén de otros estilos.

En la cima de su popularidad se pasó a la opereta, estrenando El baile del Savoy (1934), obra que había triunfado en Londres. En España era la primera vez que se presentaban bailarines en escena. Durante la Guerra Civil actuó en el programa que dio inicio a Radio Nacional y en festivales patrióticos, pero en 1937 logró marcharse a Argentina, donde montó varios espectáculos. Volvió a finales de 1938 para hacer varias giras por la zona nacional. Al final de la guerra se hizo famoso su chotis ¡Ya hemos pasao!, réplica del lema “¡No pasarán!” de la resistencia madrileña.

Durante la posguerra siguió siendo uno de los personajes más famosos y admirados del país. Los éxitos se sucedieron con La duquesa del Tabarín, La cenicienta del Palace, Yola, Si Fausto fuera Faustina... El 1 de julio de 1944 su boda con el dentista José Manuel Goenaga, apadrinada por el general Millán Astray, fue un acontecimiento nacional. Nueve años después se separaban.

Aún casó en París por lo civil con el periodista Francisco Lucientes, con el que también rompió tras una temporada de convivencia y retirada del escenario.

Durante los años cuarenta, Hoy como ayer (1945), Gran Revista (1946), Vacaciones forzosas (1946), La estrella de Egipto (1947) fueron espectáculos que se eternizaron en los carteles y dieron cauce a numerosos cantables que todavía se recuerdan. Probablemente, el mayor éxito de esta etapa fue La hechicera en palacio (1950). En 1957 reapareció con otro triunfo, El águila de fuego. Al año siguiente estrenó S. E. la embajadora, pero se iniciaba el declive de su género, aunque en los años sesenta Celia todavía conservaba un amplio público. A raíz de algún montaje fracasado fue perdiendo su fortuna, a lo que colaboró su antigua afición al juego. Finalmente, se pasó a la comedia y en los setenta reapareció formando parte del espectáculo Fiesta y protagonizando el film Mi hijo no es lo que parece (Angelino Fons, 1973). De nuevo volvió a Buenos Aires, donde trabajó en algunas comedias y una película, y todavía regresó a España en 1984, para cantar con Sara Montiel y otros artistas menores en un espectáculo musical, Nostalgia. Fue su último trabajo en escena. Los años finales de su vida, afectada del mal de Alzheimer y sin muchos posibles, los pasó en Buenos Aires, donde reposan sus restos.


Abad Fernandez, Maria Antonia. Sara Montiel. Campo de Criptana (Ciudad Real), 10.III.1928

 


María Antonia Abad Fernández  SARA MONTIEL


En la ciudad manchega donde nació vivió poco tiempo. Sus padres se trasladaron a Orihuela (Alicante) donde cursó sus primeros estudios escolares. Desde muy niña quiso ser artista. Le deslumbraba el cine. Gracias a la familia Ezcurra, que editaba la revista Triunfo, dedicada al mundo del espectáculo en su primera época y al productor Vicente Casanova, de Cifesa, pudo debutar en la pantalla, tras participar en un concurso de aspirantes a estrellas. Sus dos primeras películas están fechadas en 1944: Te quiero para mí, de Ladislao Vajda y Empezó en boda, de Raffaello Matarazzo. Entonces apareció con el sobrenombre artístico de María Alejandra.

Su nuevo representante artístico, el pintor, cartelista, dibujante de humor y relaciones públicas Enrique Herreros la bautizó como Sara Montiel. Hasta 1950 rodó una quincena de títulos, entre ellos: Bambú, y Mariona Rebull, de José Luis Sáenz de Heredia; Don Quijote de la Mancha, de Rafael Gil; Locura de amor, de Juan de Orduña (donde se lució en el personaje de la mora Aldara), que también la dirigió en Pequeñeces [...] En 1951 se instaló en México, un tanto desilusionada por su lenta carrera en el cine español. En tierras aztecas rodó cintas de aventuras y cantó en la banda sonora de algunas películas, varias de ambiente charro, caso de Ahí viene Martín Corona, de Miguel Zacarías. El Indio Fernández la dirigió en 1953 en Reportaje.

En 1954 dio el salto a Hollywood para rodar Veracruz, de Robert Aldrich, junto a dos celebrados actores, Gary Cooper y Burt Lancaster. En 1956 rodó Serenade, conocida en España como Dos pasiones y un amor, junto a Joan Fontaine, quienes se disputaban el corazón del personaje encarnado por Mario Lanza, el gran tenor de ópera. Con ser importante esa oportunidad en la meca del cine, en el plano personal más lo fue para ella conocer al director del filme, el prestigioso Anthony Mann, con quien se casó in artículo mortis el 30 de marzo de 1957. Ya recuperado Mann del infarto sufrido, celebraron la boda civil el 26 de agosto. El tercer filme de la entonces llamada familiarmente Sarita Montiel en Los Ángeles fue Yuma, de Samuel Fuller.

En un paréntesis de su carrera en México aceptó regresar a España para ser la protagonista de El último cuplé. Su director, Juan de Orduña, empeñó todo su capital para producir la película, que recreaba las dos primeras décadas del siglo XX, cuando La Chelito, La Fornarina y Raquel Meller triunfaban con sus pícaros y románticos cuplés. Orduña tuvo finalmente que ceder los derechos de la película a una importante productora. Y El último cuplé se convirtió en 1957 en todo un récord de taquilla. En Madrid permaneció en cartel más de un año. Sara Montiel pasó a ser la gran estrella del cine español de su tiempo. Con el apoyo del maestro Juan Solano, responsable de la banda sonora del filme, salió airosa de la arriesgada prueba de interpretar los cuplés del pasado. Gracias a ella hubo un resurgimiento del género. De ahí que en sus siguientes películas, La violetera y Carmen la de Ronda volviera a recrear más cuplés y canciones andaluzas, lo que también hizo en posteriores cintas. En 1973 rodó Cinco almohadas para una noche, su último filme. Después, presentó espectáculos musicales en diferentes temporadas, hasta finalizar la década de los años noventa.

Rosalía de Castro de Murguía

 


Rosalía de Castro de Murguía

BIOGRAFÍA

Quien había de ser figura fundamental del Rexurdimento o renacimiento literario gallego de la segunda mitad del siglo XIX, para elevarse después a la categoría de símbolo de Galicia y del sentir del pueblo gallego, nació a las cuatro de la madrugada del 24 de febrero de 1837 en una casa de la zona del llamado Camino Nuevo, lindante con Conxo y situado en la periferia de Santiago de Compostela. Fue bautizada en la iglesia del Hospital Real a las pocas horas de nacer.

Fue su madrina María Francisca Martínez, que se hizo cargo de la niña, a la que se le pusieron los nombres de María Rosalía Rita. El parto fue atendido por el ilustre doctor Varela de Montes. En la partida de bautismo figura como hija de “padres incógnitos” con la indicación de que “no pasó a la Inclusa”. Estas dos precisiones del documento bautismal se explican por la situación y condición de sus padres.

Su madre, María Teresa de Castro y Abadía (1804-1862), procedía de hidalga familia que residía en el Pazo de Arretén, en Iria Flavia, municipio de Padrón (La Coruña). Su padre, José Martínez Viojo (1798-1870), era clérigo de menores de la colegiata de Santa María de Iria Flavia, de la que fue también presbítero y beneficiado. Algunos estudiosos identificaron la “negra sombra” rosaliana con la figura del padre, pero otros biógrafos apuntan al recuerdo sentimental del joven poeta Aurelio Aguirre (1833-1858). Mayor verosimilitud tienen las tesis que afirman que esa negra sombra que acosa y persigue es una metáfora del origen desdichado de la escritora o, más genéricamente, la expresión de su radical angustia frente a la vida.

Fue su tía paterna, Teresa Martínez Viojo, quien la cuidó y acompañó en su infancia, que transcurrió en una modesta casa —la Casa del Castro— de la aldea de Ortoño, cerca de Santiago; posteriormente, tal vez en 1850, llega su madre a Padrón para vivir con ella. Casi nada se sabe de esos años salvo el contacto de la niña con las gentes del medio rural y la familiarización con el idioma gallego que sobrevivía entre labradores y campesinos desde hacía siglos, ajeno al ámbito urbano y a las esferas de prestigio social y cultural.

Entre 1850 y 1856 vive con su madre en Santiago de Compostela. En la Sociedad Económica de Amigos del País, instalada en el edificio del Colegio de San Clemente (Instituto Rosalía de Castro, desde hace varias décadas) estudia francés, dibujo y música.

Participa en las actividades literarias del Liceo de la Juventud (instalado en el antiguo convento de San Agustín) —al que acudían Aurelio Aguirre, Eduardo Pondal, Manuel Murguía y otros jóvenes intelectuales— y en 1854, con sólo diecisiete años, muestra cualidades como actriz en la representación de Rosamunda, drama de Gil y Zárate. En 1853 viaja a la costa, a Muxía, donde se celebra la romería de la Virgen de la Barca. Allí contrae el tifus, del que muere su amiga Eduarda Pondal, hermana del que será gran poeta gallego Eduardo Pondal. Ese mismo año contempla conmovida la llegada a Santiago de cientos de gentes que vienen huyendo del hambre y de la enfermedad al perderse las cosechas. Finalmente, entre 1854 y 1856, pasa con su madre algunas temporadas en Padrón, aunque sigue residiendo en Santiago.

Escasamente fundamentados resultan los comentarios de algunos biógrafos sobre la relación sentimental de la joven Rosalía con el poeta Aurelio Aguirre, que en sus Ensayos poéticos (1858) le dedica un soneto a Rosalía. Cuando, a los veinticinco años, muere el poeta, Rosalía colabora con el poema “Lágrima triste en mi dolor vertida” en la Corona fúnebre que, dedicada a Aguirre, aparece en Santiago en 1859.

El deseo de triunfar como actriz o el intento de iniciarse en la actividad literaria o, simplemente, la necesidad de un nuevo horizonte fuera del ambiente de Santiago —ciudad pequeña, clerical y provinciana en la que no faltarían comentarios maledicentes contra quien, además de hija de soltera e ilegítima, era hija de cura—, llevan a Rosalía a Madrid, donde reside ya en abril de 1856, en una casa de la calle de la Ballesta, junto a Josefa Carmen García-Lugín y Castro, prima de su madre. Al año de llegar a la capital publica La flor (1857), su primer poemario. La prensa se hace eco del libro y una de las recensiones va firmada por Manuel Murguía (1833-1920), con quien Rosalía se casa el 10 de octubre de 1858 en la madrileña iglesia de San Ildefonso. Tuvo el matrimonio siete hijos. La primogénita, Alejandra, nació en Santiago en 1859; luego vinieron Aura, los gemelos Gala y Ovidio (que destacó como pintor), Amara, Adriano Honorato (que muere antes de cumplir los dos años) y Valentina, que nace muerta.

Rosalía encuentra en Madrid no sólo a Manuel Murguía, a quien pudo haber conocido en los locales del Liceo de la Juventud en Santiago —si bien Murguía negó reiteradamente tal circunstancia—, sino también a un grupo de escritores que trataban de abrirse paso en la capital. Uno de aquellos escritores era Gustavo Adolfo Bécquer. En 1870, cuando muere el poeta sevillano, Rosalía estaba en Madrid y residía en la calle de Claudio Coello, donde vivía también Bécquer, que no pudo pagarle el artículo que ella había enviado a la Ilustración Española. Seguramente se conocieron, aunque no se tratasen, y desde luego la métrica y la imaginería de algunas composiciones de la autora gallega son de sabor becqueriano.

Al poco de llegar a Madrid, conoció a Eulogio Florentino Sanz, con quien se entrevistó en más de una ocasión. Está probado que Rosalía leyó al poeta alemán Heinrich Heine a través de la traducción de Florentino Sanz al castellano aparecida en las páginas de El Museo Universal de Madrid en 1857, y leyó también los versos de Heine en una traducción francesa.

La veta subjetiva, intimista que aparece en varios delos poemas breves de Follas Novas procede de la influencia del lied alemán y, en particular, del lirismo de Heine, que también brota en los “suspirillos germánicos” de Bécquer.

Un significativo apartado de la biografía rosaliana está protagonizado por la figura de Manuel Murguía, historiador e ilustre polígrafo gallego. En el matrimonio fueron muy frecuentes las estrecheces y problemas económicos y tampoco faltaron las desavenencias personales, fruto probablemente de la marcada personalidad de los cónyuges. Importa sobre todo destacar la intervención de Murguía en la actividad literaria de su esposa, a quien introdujo en los círculos literarios, conectó con los editores e impresores y animó a publicar sus poemas, muchos de los cuales pasaron por las páginas de la prensa gallega o madrileña en la que Murguía tenía contactos e influencia. Intervino también en la edición de los textos rosalianos con correcciones, añadidos y enmiendas. Valga como ejemplo el hecho de que, en la segunda edición (1909) de En las orillas del Sar, es Murguía el responsable del añadido de doce poemas que no figuraban en la primera (1884), además de correcciones de algunos versos y cambios de lugar de algunas composiciones, con la consiguiente alteración de la estructura del libro.

El cuidado de los hijos, la actividad literaria, la correspondencia epistolar y el seguimiento de los cambiantes destinos de la carrera de su marido (que origina constantes viajes y traslados de la residencia familiar) ocupan la vida de Rosalía, que pasa por etapas de precariedad y dificultades diversas y reside por temporadas en Santiago, Madrid, La Coruña, Padrón, Simancas, etc. En 1860, en Santiago, actúa en la representación —de nuevo en el Liceo de la Juventud— de Antonio de Leiva, drama histórico de Juan de Ariza. En 1861, en las páginas de El Museo Universal, publica “Adiós, ríos; adiós, fontes”, su primer poema en lengua gallega. Al año siguiente, el Álbum de la Caridad, publicado en La Coruña, ofrece nuevos poemas rosalianos en gallego y castellano. En este mismo año de 1862 muere su madre y el sentir de Rosalía encuentra de nuevo cauce en los versos de su segundo poemario, A mi madre (Vigo, 1863), desbordado de amor y ternura y dolor filial.

En 1863, aparece el primer gran título de la poesía rosaliana: Cantares Gallegos. Inspirado, según confesión de la autora, en el Libro de los Cantares de Antonio Trueba, es un ejemplo de poesía folclórico-costumbrista.

Va dedicado a Fernán Caballero y lleva un importante prólogo de la misma Rosalía, que reivindica y defiende la imagen de Galicia, a su entender, ignorada, maltratada y despreciada en el contexto español.

Se escriben estos poemas cuando Rosalía vive en Castilla y siente saudade de su Galicia natal; son también, en lo que a su origen se refiere, un intento de la escritora por superar defectos y torpezas de quienes la precedieron en su tentativa de recrear la poesía popular en lengua gallega. Rosalía defiende la dignidad de Galicia, conecta fácilmente con el sentir y decir populares, se funde en íntima comunión con la vida campesina y sus gentes, es compasiva con el historial de maltratos y marginaciones que el pueblo humilde sufre y eleva su voz en la alabanza de la belleza de su tierra por la que siente un amor hondo y radical. La sencillez y riqueza expresivas, la fuerza e intensidad descriptivas, la gracia y viveza al cantar, la diversidad métrica, la variedad sentimental y la mirada idealizadora contrapunteada de elementos realistas son otras tantas claves de este libro en el que se ven motivos líricos y formas retóricas ya presentes en la lírica de los Cancioneros gallego portugueses de la Edad Media, lírica que se divulgaba entre eruditos por aquel entonces y que Rosalía no llegó a conocer.

El empleo de la lengua gallega (el “dialecto gallego” oral, hablado, que había oído en su niñez y que fijó en sus versos con naturalidad y espontaneidad) en los versos rosalianos, hace de Cantares Gallegos un libro histórico para la literatura gallega, un “libro auroral” (Alonso Montero), un texto pionero en un renacer literario del que, además de Rosalía, serán grandes figuras Manuel Curros Enríquez y Eduardo Pondal.

La publicación de Cantares Gallegos representó, pues, un hito en la literatura gallega. De ahí que el año conmemorativo de su centenario, 1963, fuese oportunamente aprovechado para instaurar el Día das Letras de Galicia, que se viene celebrando el día 17 de mayo de acuerdo con la fecha de la dedicatoria escrita por Rosalía a Fernán Caballero (17 de mayo de 1863) en el citado poemario, que en 1872 era editado por segunda vez, pero con el añadido de cuatro nuevos poemas.

Pero la obra rosaliana se desarrolla paralelamente —aunque con menos fortuna— en el terreno de la narrativa y en castellano. Así, bajo el influjo del romanticismo y en clave fantástico-simbólica van apareciendo sus novelas, La hija del mar (1859), Flavio (1861), Ruinas (1866), El caballero de las botas azules (1867) y El primer loco (1881).

En 1864, un grupo de seminaristas de Lugo apedrea la imprenta de Soto Freire para impedir la publicación en el Almanaque de Galicia de un artículocostumbrista titulado “El codio” del que Rosalía es autora. Tal artículo finalmente quedó sin publicar.

Sin embargo, el prestigio de la escritora es cada vez mayor y en 1867 es invitada a los Juegos Florales de Barcelona, aunque no acude a ellos. Entre 1869 y 1870, en Simancas, donde Murguía ocupa el puesto de director del Archivo, escribe Rosalía los poemas de Follas Novas, segundo y último de sus poemarios en lengua gallega y libro que se publicará años después, en 1880, con prólogo de Emilio Castelar. Graves problemas de orden social que sufre Galicia (miseria, emigración, injusticia histórica), solidaridad con el sufrimiento de la mujer gallega y ahondamiento en la angustia del vivir, son las líneas fundamentales de este libro en el que convergen la intimidad de la escritora y los temas de carácter comunitario, pero enraizadamente gallegos.

Follas novas es, por más de un motivo, un libro excepcional en la literatura gallega y en particular en la poesía. Por primera vez, la escritora trasciende lo local gallego, lo folclórico, el popularismo, para elevarse a la expresión lírica del dolor y la angustia existencial del ser humano. A partir del influjo de un lirismo intimista de influencia alemana que halla en Bécquer su manifestación más depurada, Rosalía supera la pureza estética, la delicada visión de la naturaleza o el intimismo sentimental para plantear los más graves interrogantes existenciales y metafísicas de alcance universal, para revelar la soledad antológica del ser a través de la saudade. Enraizadamente pesimista, la poeta se abre a la visión del existir con el desolador cortejo de la pena, el sufrimiento, la desgracia, la soledad, la felicidad imposible, la muerte y la tentación del abismo del suicidio. Todo lo cual inunda muchos de sus poemas de esa “negra sombra” que aparece como inevitable presencia de su existencia y llena su canto de desesperanza y desolación. Todo lo cual nos lleva a un libro de una densidad humana, de una profundidad de pensamiento y de una dimensión filosófica ciertamente insólitos, máxime en una escritora del siglo XIX reducida por algunos a mujer iletrada y simbólica madre compasiva de la Galicia de la pobreza y el llanto.

En 1881, uno de los artículos de la serie “Costumbres gallegas”, que aparece en Los lunes del Imparcial de Madrid, es objeto de críticas contra su autora, Rosalía.

Conviene decir que tal artículo se refiere a ciertos hábitos de hospitalidad lugareña en Galicia para con los viajeros o huéspedes, hospitalidad cercana a la prostitución. La escritora, en carta a su esposo (26 de julio de 1881), se duele de los injustos ataques recibidos por tal escrito, al tiempo que renuncia a seguir escribiendo en lengua gallega. Cumple su propósito y en 1884 publica, en castellano, En las orillas del Sar, con el que ocupa un puesto de privilegio en la lírica española de la segunda mitad del siglo XIX.

En 1883, vive en su casa de La Matanza, en Padrón (Casa-museo Rosalía de Castro desde 1972). Enferma de cáncer, viaja a Carril, cercano pueblo pesquero, porque quiere ver el mar. Muere en la citada casa de La Matanza el día 15 de julio de 1885 y es enterrada en el cementerio de Adina, en Iria Flavia. El día en que Rosalía muere llega a su casa la reseña italiana de su libro En las orillas del Sar firmada con las iniciales S. P. M. y publicada en La Rassegna Nazionale, de Florencia, el 1 de julio de 1885. El día 25 de mayo de 1891 sus restos mortales fueron trasladados a Santiago de Compostela y depositados en el Panteón de Gallegos Ilustres de la iglesia del convento de Santo Domingo de Bonaval, donde reposan actualmente.

La vida de Rosalía sigue presentando varias lagunas.

Algunos datos circunstanciales no están documentados y los biógrafos se mueven en el terreno de lo posible o probable. Victoriano García Martí, José Caamaño Bournacell, Ricardo Carballo Calero, Xesús Alonso Montero, Marina Mayoral, Catherine Davies, Claude H. Poullain, Fermín Bouza Brey, Augusto González Besada o Juan Naya Pérez han hecho contribuciones muy meritorias —en la totalidad o en aspectos concretos y parciales— a la biografía y obra literaria de la Cantora del Sar.

Seguramente, con sobrada razón tituló Victoriano García Martí Rosalía de Castro o el dolor de vivir su estudio biográfico publicado en 1944. En la misma línea cabe recordar Rosalía de Castro en el llanto de su estirpe (1968) de José Caamaño Bournacell. No es extraño que las circunstancias de su nacimiento pesaran dolorosamente en Rosalía a lo largo de su vida y acaso el infortunio de su origen —en la época que le tocó vivir— explica un rasgo de su carácter en el que reparan los biógrafos: su sensibilidad para con el dolor de los demás, su capacidad para hacer propio el sufrimiento ajeno. Tal modo de sentir no deja de resonar en los versos rosalianos, inundados a veces de desesperanza, de angustia, de pesimismo y también de ironía y sarcasmo en ocasiones. Pero hay que decir también que en algunas de las cartas que escribe a Murguía revela su difícil carácter, consecuencia, en parte, de las enfermedades que la aquejaron. Con frecuencia presentía la amenaza de la muerte y todo ello daba lugara la manifestación de un temperamento desabrido, dado a la reconvención y la queja, que desahogaba con su marido. Ante la adversidad o la injusticia, reaccionaba con vehemencia, con rebeldía y hasta con aspereza.

En todo caso, la identificación de Rosalía con el sentir de su pueblo no ha hecho sino acrecentarse con el paso del tiempo. Tal identificación se sublimó en veneración, por ejemplo, entre los cientos de miles de gallegos emigrantes en Cuba, Argentina o Uruguay, para quienes Rosalía era el más puro símbolo de Galicia.

El tópico de una Rosalía aldeana, sencilla e inculta, agobiada por el llanto y la saudade, mitificada como madre bondadosa de los gallegos está basado en una lectura superficial de algunos poemas rosalianos. La dimensión existencial y metafísica —llena de intensidad, de densidad conceptual y emotiva— de algunas memorables composiciones de Follas Novas lo desmienten.

Por otra parte, Rosalía fue una autodidacta forjada en lecturas ciertamente abundantes. Conocía los versos gallegos de Alberto Camino y Francisco Añón. Otras voces, como las de Aurelio Aguirre, Espronceda, Zorrilla, José Selgas o Bécquer resuenan en sus versos. Leyó también a Campoamor, Ventura Ruiz Aguilera, Fernán Caballero, Byron, Camoes, Heine y Hoffmann. Otras lecturas e influencias literarias han sido detectadas por el profesor Carballo Calero en distintos estudios sobre la escritora.

La bibliografía suscitada por Rosalía de Castro —sobre su vida y su obra— es ciertamente impresionante.

Sus versos están traducidos a numerosísimos idiomas y, hasta hoy, es sin discusión la poetisa más universal que ha dado Galicia. Azorín primero, y después Juan Ramón Jiménez (que tradujo “Negra sombra” al castellano), Unamuno, Enrique Díez-Canedo o Luis Cernuda reivindicaron su obra, que en el terreno poético anticipa hallazgos que luego divulgará el modernismo. El feminismo tuvo y tiene en ella un sólido referente, pues en los versos rosalianos palpita una apasionada defensa de la mujer gallega, enfrentada secularmente al trabajo en el campo, a la imperiosa necesidad de sacar adelante a la familia en sustitución del marido ausente en la emigración, a la soledad, la pobreza y el abandono. Todo ello late dolorosamente en diversos poemas de Follas novas, libro reivindicativo, solidario, testimonial, combativo.

En fin, la atención de críticos y estudiosos por la lírica rosaliana se mantiene hasta hoy mismo con nuevos enfoques metodológicos, nuevos motivos de análisis y nuevas interpretaciones que exceden lo puramente literario.