UNA BELLA HISTORIA DE AMOR. Sacado del libro MEMORIAS DE UN DIABLO.
Al poco topé con un señor caballero de edad mediana con la enorme desgracia de ser ciego, si bien, bien sonriente que se encontraba, bien lustrosa que la cara tenía, bien lujosas que eran las magníficas prendas con las que adornaba su cuerpo, incluida una esplendorosa gabardina, bien coquetas que eran las gafas con la que se cubría, y bien abultado que era el taco de cupones que condecoraba su pecho y que en buen seguro, buenas perras le harían llenar el bolso. Y a él pregunté sobre el Negrete.
-¿El Negrete? –me dijo.
-Sí, el Negrete –le dije.
-¿No será por casualidad un muchacho rubito muy pecoso con una pequeña cicatriz en la mejilla izquierda fruto de una pedrada remitida con muy mala uva, y ello como consecuencia de su desmedida afición a hurgar entre la ropa interior de los vestuarios de señoritas en la piscina municipal? –me preguntó-.
-Puede ser, ya que yo no tengo el gusto de conocerle –le contesté.
-Pues es una lástima que no conozca a ningún muchacho rubito muy pecoso con gustos libidinosos por ropa interior femenina, ya que sin duda, si lo conociera, le diría donde encontrarlo –me dijo.
-¡Qué lástima!, ese muchacho rubito me habría venido de perlas –le dije-.
-Pues sí, es una lástima…¡Un momento!... recuerdo… -me dijo.
-¿Sí? –le dije-.
-Recuerdo… -me dijo-
-¿Sí? –le dije-.
-Pues… -me dijo-.
-¿Sí? –le dije-.
-Conocí una vez a un señor, que se llamaba Ortega… ¿Le sirve de algo? –me dijo, esta vez sonriendo-.
Me turbé. ¿Me serviría de algo?... ¿Me encontraba ante un nuevo enigma?... ¿O el caballero señor ciego era un simple cachondo mental que me estaba tomando el pelo?…
Fui directamente al grano:
-¿Me puede conseguir el Ortega Mierda de la buena?
El caballero señor ciego, se puso serio de repente.
-¿Quién le manda?
-El Sr. Pernía, del Vacie…
-¿Del Vacie me dice?... ahora no caigo, pero… ¿Del Vacie?... ¿Conoce al Tomás?...
-Sí, claro, si él me metió en esto junto al Pernía y al Heredia,- le dije yo.
-Conozco al Tomás… Nunca tiene un duro, pero bien dura que siempre la tiene.
-¿Cómo?-dije con ingenuidad-
-Come –dijo palpándose su sexo.
No entendiendo ese esotérico gesto, torné a meditar profundamente su significado, por lo que al poco hubo un silencio sepulcral, silencio que fue roto por la continuación el señor ciego.
-Hijo, no pillas una. Me refería a que el Tomás siempre suele estar… alegre... y de camino, alegra a los demás, si bien, habrá que decir, que además de la falta de líquido monetario, algo falto de higiene también anda, digámoslo de una exquisita manera, porque buen palpo que tiene su sexo, más no así su sabor... Pero dejemos esas mundanas cuestiones, no vayan a ir diciendo por ahí que soy homosexual, que una es muy hombre. Si lo que quiere es mierda, yo no tengo, que con los cupones no mal me gano la vida sin necesidad de ir metiéndome en líos y acabar en la cárcel, si bien es cierto que allí, según dicen, te violan si estás de buen ver. ¿Usted cree que a mí me violarían? –me dijo levantándose, dejando el bastón y la gabardina que le cubría en la silla, y dando una pequeña vuelta para que pudiese apreciar su cuerpo, ello enderezado con coquetuelos saltitos. Lo aprecié sexualmente, y no tuve más remedio que reconocer que a falta de otra cosa, un revolcón con el caballero señor ciego, podría resultar grato y deleitable a los sentidos, y aún más se confirmó mi primera impresión cuando noté una incipiente erección, por lo que le dije:
-¡Basta ya señor ciego!... ¡Que uno no es de piedra!... ¿Es que acaso quiere que peque de pensamiento palabra y obra? ¿Es que acaso quiere destruir mi virtud? ¿No se da cuenta que soy un pobre doncel que no conoce ni a hembra ni a varón y que esas insinuaciones le van a llevar a aumentar considerablemente el número de pajas necesarias para calmar su líbido?... –No pude continuar, porque me interrumpió con esas palabras:
-¡¡Pequemos entonces, coronilla loca!!...¡¡Ven para acá lagartón!!... ¡¡Que te voy a comer el…
-Paco, dame un numerito, de los que tocan –nos interrumpió una señora cargada con dos enormes cestas plenas de deliciosos manjares mirándonos algo raro-.
-¿Le doy uno terminado en el siete?... Hace ya tiempo que no sale.
-No, ese no, que tiene muchos ceros, dame mejor este otro, a ver que yo te lo coja.
-Cójalo, cójalo.
-Ahí tienes el euro y medio.
-Que tenga suerte, a ver si le cae el cuponazo.
-No caerá esa breva.
-Señora que eso nunca se sabe…Que la veo en Cancún con su marido…
-¡Vamos que si me toca el cuponazo voy a llevarme al cabrón del Manolo a Cancún con la de negros que hay por ahí!... ¡Ay Paco, que poca vista tienes!... ¡Coño, que me ha salido eso gracioso!... ¡Que tienes muy poca vista Paco!...¡Que poca vista tienes Paco!....¡Que vista…-seguía diciendo la buena señora con grandes risotadas mientras se alejaba-.
Retomando el señor ciego su compostura preguntó con voz media:
-¿Señor?
-Pánfilo Expósito es mi gracia, -contesté yo.
-No vaya a tomar mis palabras por algo que no lo son, ni interpretar mis intenciones por otras que pudieran ofenderle, pero creo que nuestra anterior conversación bien podría iniciar una agradable y amena amistad que quizás pudiere terminar como terminan dos perros, a veces, tras olerse repetidamente sus anos. –Me dijo, dejándome profundamente turbado, ya que jamás nadie había acariciado mis oídos con tales sutilezas y zalamerías.
-¡Por dios, caballero! ¡Que ni tan siquiera somos novios! Deje, al menos que medite sus hermosas palabras antes de contestarle.
-Venga, te doy diez euros por una mamada –me dijo con pasión.
-Me arroba con su impaciencia… No vaya a creer que soy un chico fácil…
-Paco… ¿Cuál fue el numerito de ayer? –Nos volvió a interrumpir esta vez un abuelete-.
-El doce mil cuatrocientos quince.
-¡Me cago en la leche!... ni uno, ni un número. ¡Me voy a tener que cambiar de ciego, que no das una!...
- ¡No diga eso!, que seguro que si se cambia aquí cae el cuponazo…
-No, si con la suerte que tengo, tienes razón. Me voy y todo el barrio millonario menos yo. Anda dame uno terminado en tres.
-Tome este, que va a tocar…
-Como no me toque los huevos… Anda toma el euro y medio.
-Gracias, y hasta mañana, Felipe.
Eso de Felipe, me dejó turbado: ¿Sería ciego o no sería ciego el señor ciego? ¿Sería un simple cliente o algo más? ¿A qué venían tantas familiaridades? ¿Estaría el señor ciego jugando con mis sentimientos?... ¿Sería un agente secreto sobre los que me advirtió mamá?... Esperé a que se fuese el tal Felipe, y le dije mimosón:
-Yo soy hombre de un solo amor.
-Veinte euros –me dijo caliente el señor ciego.
Y oye, que ya sé que esto es demasiado largo… Si quieres seguir leyendo, pídeme el libro que te lo mando gratis en formato digital, o por 15 leuretes en papel…


No hay comentarios:
Publicar un comentario