Hay empresas que tienen un extraño concepto del talento.
Premian al que siempre está disponible.
Al que nunca dice que no.
Al que trabaja fuera de horario.
Al que acepta más de lo que puede asumir.
Al que nunca se queja.
Y mientras tanto, van colocando trofeos en una vitrina imaginaria:
🏆 «Empleado ejemplar».
🏆 «Siempre disponible».
🏆 «Nunca se queja».
🏆 «Trabaja fuera de horario».
Como si sacrificarse fuera una virtud profesional.
Hasta que un día, esa persona se marcha.
Y entonces llegan las preguntas:
«¿Cómo no lo vimos venir?»
Quizá porque confundimos compromiso con sacrificio.
Quizá porque nos acostumbramos tanto a que alguien lo dé todo, que dejamos de preguntarnos cuánto le está costando.
Porque una persona no debería tener que romperse para demostrar que es buena profesional.
El compromiso no debería medirse por las horas que regalas.
Ni la lealtad por todo aquello a lo que renuncias.
Una empresa saludable no debería necesitar empleados agotados para funcionar.
Porque si para que una empresa funcione necesitas que alguien se sacrifique constantemente, quizá el problema no sea esa persona.
Quizá el problema sea la empresa.
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