En el nacimiento de Santiago de Chile hubo una mujer cuyo coraje fue decisivo, a pesar de haber permanecido parcialmente oculta bajo la luz del relato oficial. Se trata de Inés Suárez, e hizo mucho más que acompañar a un conquistador: organizó la salvación de una ciudad entera.
Costurera de origen humilde y extremeña de nacimiento, Inés de Suárez fue mucho más que la amante del gran conquistador Pedro de Valdivia; fue la única mujer española presente en la expedición fundacional de Chile, una viajera tenaz y una estratega en tiempos donde la espada y la palabra daban vida a las fronteras del Nuevo Mundo.
Nacida en Plasencia (Cáceres) en 1507, Inés Suárez tenía poco a su favor en un mundo que no contemplaba liderazgos femeninos. Aprendió el oficio de costurera de su madre y se casó con tan solo 19 años con un soldado llamado Juan de Málaga. Sin embargo, en 1527, su marido partió hacia América con la promesa de forjar fortuna, pero pasaban los años y Juan de Málaga no volvía. Inés esperó y esperó durante años, sin tener noticias claras de su paradero… hasta saber que había muerto en la Batalla de las Salinas (1538), durante las luchas civiles entre pizarristas y almagristas en Perú, aunque eso lo averiguaría en periplo buscando noticias de su esposo.
Lo que que tendría que haber sido el final de la historia, para Inés fue la chispa de un nuevo inicio. Fue en 1537 y tras obtener una licencia real que la autorizaba a cruzar el Atlántico 'en búsqueda de su esposo', cuando se embarcó sola hacia el Nuevo Mundo. Una vez en Cuzco, fue cuando recibió la noticia de su muerte y una pequeña encomienda como viuda de un soldado. Pero en vez de volver a España, decidió asentarse allí y fue en esas tierras andinas donde conoció al que sería su segundo gran amor, Pedro de Valdivia, uno de los principales capitanes de Francisco Pizarro y hombre clave en la futura campaña chilena. El vínculo sentimental entre ambos surgió bastante rápido, y su complicidad llevó a Valdivia a pedir permiso a la Corona para que ella le acompañara 'como sirvienta doméstica' en la expedición hacia el sur. Pizarro aprobó la solicitud e Inés Suárez se unió a la tripulación de una de las expediciones más duras e inciertas del continente.
Junto a unos 150 hombres, Inés recorrió miles de kilómetros a través del desierto de Atacama, uno de los más áridos del planeta. Según varias crónicas, fue ella quien en un momento crítico halló un manantial oculto, salvando a la tropa de la muerte por sed. Este acontecimiento fue el inicio de su leyenda como mujer aguerrida y resolutiva. Finalmente, en 1541, la expedición fundó una ciudad a orillas del río Mapocho. La bautizaron como Santiago de la Nueva Extremadura (futura Santiago, capital de Chile), siendo Inés la única mujer europea presente.
Pedro de Valdivia abandonó la ciudad con un pequeño grupo para sofocar una rebelión, dejando apenas a 55 soldados y algunos esclavos indígenas para defender Santiago. No extrañó que los indios mapuches, alertados de esta debilidad, aprovecharan para organizar un asalto masivo. El 10 de septiembre por la noche, miles de guerreros mapuches rodeaban la empalizada de la ciudad; los asaltantes exigían la liberación de varios caciques prisioneros pero Inés Suárez se opuso frontalmente en un improvisado consejo de guerra y su intervención, fue determinante.
Al amanecer del día siguiente, tras otra lluvia de flechas incendiarias, la situación era delicada. Según las fuentes, ordenó la decapitación de los siete caciques capturados, y sus cabezas fueron lanzadas por encima de las murallas. Y parece que el golpe psicológico surtió efecto. La confusión se apoderó de los agresores, momento que aprovechó para organizar una salida armada y romper el cerco. Con espada en mano, como si de una capitana se tratara, Inés alentó a los defensores a luchar y su valor cambió el rumbo de la batalla. Santiago no cayó ese día.
Años después, varios testimonios recogidos por cronistas de la época coinciden en un mismo punto: el liderazgo de Inés sobrepasó las expectativas de su tiempo. Un testigo escribió: “Se presentó en la plaza como capitán de armas, arengando con tanto corazón a los soldados, que parecía ella misma un general vestido de cota de hierro”. Y no fue ninguna metáfora. Inés también curó heridos, cogió agua en cubos, distribuyó provisiones, y coordinó la defensa, mientras los hombres combatían desde las empalizadas. Murió en Santiago hacia 1580, y está enterrada en la Basílica de la Merced, templo que ella misma ayudó a fundar.


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