El 12 de marzo de 1673 murió Margarita Teresa de Austria, infanta de España y emperatriz del Sacro Imperio Romano Germánico por su matrimonio con su tío y a la vez primo, el emperador Leopoldo I.
El cuadro Las Meninas es posiblemente la obra más conocida de Diego Velázquez. Y todo el mundo que lo haya visto alguna vez tiene grabado el personaje central de la pintura: una niña vestida de blanco, de cabellos rubios y mirada serena. Sin embargo, muchos ignoran quién era esa niña y su importante papel en la historia de la monarquía española.
Se trata de la infanta Margarita Teresa de Austria, primera hija del rey Felipe IV y su segunda esposa, la archiduquesa Mariana de Austria. No era la primogénita, ya que el rey tenía ya una hija de su primer matrimonio, pero iba a cumplir un papel muy importante en la monarquía española en un momento crucial, en que el país buscaba aliados fuertes enfrente del poder creciente de sus rivales europeos.
Antes siquiera de aprender a caminar, fue prometida a su tío Leopoldo I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y heredero de la rama austríaca de los Habsburgo. El matrimonio, celebrado cuando ella tenía solo 15 años y él 26, buscaba reforzar la unidad entre las dos potencias emparentadas y consolidar la alianza imperial.
Educada en la corte madrileña del siglo XVII, Margarita no creció como una infanta cualquiera: era una niña refinada, inquieta y con una gran sensibilidad artística. Su nacimiento en 1651 fue muy celebrado ya que, de los siete hijos e hijas que había tenido Felipe IV de su primera esposa, solo una había llegado a adulta: María Teresa de Austria, que se convertiría en reina de Francia a través de su matrimonio con Luis XIV.
A medida que crecía, Margarita se convirtió una figura muy popular dentro de la corte española gracias a su carisma, inteligencia y cercanía con su padre, quien la adoraba profundamente. Era una niña encantadora y muy educada, cualidades muy valoradas en la refinada corte de los Austrias. Diego Velázquez, el pintor más importante del momento, la retrató en cinco ocasiones, la segunda de las cuales la convertiría en un icono del arte: se trata de la obra titulada La familia de Felipe IV, conocida popularmente como Las meninas.
En este cuadro, pintado en 1656, la infanta de apenas cinco años aparece acompañada de sus damas de compañía o meninas, como se las llamaba, y que dan nombre a la obra. Lejos de ser un recuerdo familiar, el cuadro estaba destinado a ser un regalo para la corte de Viena, donde vivía el príncipe Leopoldo, su prometido: aunque era once años mayor que ella y pueda parecer extraño (incluso perturbador) mandarle el retrato de una niña, era costumbre en los enlaces reales de la época ir enviando retratos de los prometidos a las respectivas familias a medida que crecían, ya que en muchos casos no se verían hasta su boda.
Esta notoriedad artística contribuyó a crear una imagen pública de ella, al contrario de la habitual distancia que solía rodear a los miembros de la familia real sin un papel público. Aunque el contacto de las infantas con el pueblo era muy limitado, en el caso de Margarita su imagen viajó por Europa y también circulaba en grabados y copias, que ayudaron a construir una percepción positiva de ella tanto en España como en el Sacro Imperio Romano Germánico.
Margarita fue bastante más conocida de lo que solían ser las infantas españolas en aquella época. Aunque estaba destinada a un matrimonio diplomático, estos retratos la acercaron al pueblo y su figura se hizo conocida más allá de los muros de palacio. Su nombre se hizo conocido en las cortes europeas gracias a las cartas de los diplomáticos, que la describían como una joven llamada a renovar el poder del imperio habsbúrguico en Europa; en Viena, particularmente, era vista como una promesa de esperanza y continuidad para la dinastía.
La esperada boda, celebrada en 1666, consolidó temporalmente la alianza entre las dos ramas de los Habsburgo, que compartían intereses estratégicos y religiosos, en un momento en que el auge del protestantismo en sus diversas ramas era visto con mucha preocupación. Margarita era un símbolo de la unidad católica y dinástica y había grandes esperanzas depositadas en ella. Sin embargo, la ilusión duró pocos años.
Y es que la infanta murió en 1673, con solo 21 años, a consecuencia de las complicaciones en el parto de su cuarta hija: trágicamente, la presión por dar herederos que garantizasen la continuidad de esta alianza fue lo que la truncó. Leopoldo I volvió a casarse y la alianza hispano-austríaca nunca recuperó el mismo impulso que tuvo con Margarita, la infanta que viviría eternamente en los trazos de Velázquez.
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