En la antigua Roma, el poder no solo controlaba territorios… también emociones.
El emperador Calígula (siglo I d.C.), conocido por su carácter impredecible y autoritario, convirtió el miedo en herramienta política. Las fuentes antiguas relatan que durante su gobierno el ambiente en la corte era tan tenso que reír en el momento equivocado podía interpretarse como burla o traición.
No existía un “decreto oficial” que prohibiera la risa en todo el Imperio, pero en la práctica, reír en público frente al emperador podía costarte la vida. Una sonrisa mal entendida era vista como falta de respeto. Una carcajada podía considerarse conspiración.
En un sistema donde el emperador era la máxima autoridad —casi una figura divina— cualquier gesto ambiguo resultaba peligroso. La gente aprendió a contener expresiones, a vigilar sus rostros, a medir sus reacciones.
Imagínalo: vivir en una ciudad donde incluso la risa debía reprimirse por miedo.
Este episodio refleja algo inquietante: cuando el poder se vuelve absoluto, hasta las emociones más humanas pueden ser vistas como amenaza. Y en ese tipo de gobiernos, no solo se controlan las acciones… también los gestos, las palabras y hasta las carcajadas.


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