jueves, 28 de mayo de 2026

El 28 de mayo de 1785 la actual bandera de España (también conocida como la rojigualda)

 El 28 de mayo de 1785 la actual bandera de España (también conocida como la rojigualda) fue adoptada como pabellón nacional mediante real decreto del rey Carlos III, en donde ya se referencia como «bandera nacional». El 28 de mayo de 1785 la actual bandera de España (también conocida como la rojigualda) fue adoptada como pabellón nacional mediante real decreto del rey Carlos III, en donde ya se referencia como «bandera nacional». El 28 de mayo de 1785 la actual bandera de España (también conocida como la rojigualda) fue adoptada como pabellón nacional mediante real decreto del rey Carlos III, en donde ya se referencia como «bandera nacional».



Las más tempranas divisas asimilables a primigenias banderas de carácter «nacional» de España son los modelos que se utilizaron tanto como torrotitos, pabellones y, banderas de Tierra en el siglo XVI tras el matrimonio de Juana I de Castilla (hija de los Reyes Católicos) con el archiduque de Austria Felipe «el Hermoso». Se introdujo entonces un elemento común en las banderas españolas de la época: la cruz de Borgoña, que, aunque sufriendo ligeras variaciones con cada rey (como en el caso de Felipe II, quien dispuso que el paño blanco donde se situaba la cruz se cambiara al color amarillo), se convirtió en el símbolo vexilológico por excelencia de España.
Con el advenimiento al trono español de la casa de Borbón con Felipe V, se sustituyó el anterior diseño por otro: las armas reales sobre paño blanco. El blanco, propio de los Borbones, era el paño utilizado en el siglo XVIII por las distintas ramas borbónicas que reinaban en Francia, Nápoles, Toscana, Parma o Sicilia, además de en España. Este hecho comprometía y dificultaba la distinción de las respectivas banderas nacionales de los buques, por lo que, en algún momento (probablemente, tras alguna equivocación fatídica) comenzó a barajarse un cambio de la bandera de los buques de guerra de España. Apunta a ello el hecho de que en un artículo de las Ordenanzas de 1748, Fernando VI establecía que:
“Por ahora, usarán todos los navíos de la Armada la bandera ordinaria nacional blanca con el escudo de mis armas, hasta que yo tenga a bien disponer otra cosa. Y, entre tanto, no arbolarán otra sino en las ocasiones en que es permitido según estilo de mar”.
Más adelante, el rey Carlos III encargó al entonces secretario de Estado y del Despacho Universal de Marina (ministro de Marina), Antonio Valdés y Fernández Bazán, el diseño de una nueva bandera para la Armada de fácil identificación, esto es, que no se confundiera con el velamen, que se distinguiera de los colores del cielo y del mar, que se apreciara con meteorología desfavorable y que no se confundiera con las de otras naciones. El gabinete de Valdés elaboró una propuesta con doce versiones diferentes.
En la lámina que recoge estas doce versiones, las banderas se agrupan en tres filas de cuatro banderas cada una, presentando distintas combinaciones de colores y formatos de escudo. En la primera fila, los colores escogidos para las variantes usan el rojo y amarillo. En la segunda fila, las banderas son idénticas a las de la primera, pero sustituyendo el amarillo por el blanco. En la tercera, predominan versiones crucíferas de las banderas.
Finalmente, Carlos III, mediante el ya mencionado Real Decreto de 28 de mayo de 1785, dispuso un nuevo pabellón nacional:
“Para evitar los inconvenientes, y perjuicios, que ha hecho ver la experiencia puede ocasionar la Bandera nacional, de que usa mi Armada naval, y demas Embarcaciones Españolas, equivocándose á largas distancias, ó con vientos calmosos con las de otras Naciones; he resuelto, que en adelante usen mis Buques de guerra de Bandera dividida á lo largo en tres listas, de las que la alta, y la baxa sean encarnadas, y del ancho cada una de la quarta parte del total, y la de en medio amarilla, colocándose en esta el Escudo de mis Reales Armas reducido á los dos quarteles de Castilla, y Leon con la Corona Real encima; y el Gallardete con las mismas tres listas, y el Escudo á lo largo, sobre quadrado amarillo en la parte superior: Y de las demas Embarcaciones usen, sin Escudo, los mismos colores, debiendo ser la lista de en medio amarilla, y del ancho de la tercera parte de la Bandera, y cada una de las restantes partes dividida en dos listas iguales encarnada, y amarilla alternativamente, todo con arreglo al adjunto diseño. No podrá usarse de otros pavellones en los Mares del Norte por lo respectivo á Europa hasta el paralelo de Tenerife en el Océano, y en el Mediterraneo desde primero del año de mil setecientos ochenta y seis: en la América Septentrional desde principio de Julio siguiente; y en los demas Mares desde primero del año de mil setecientos ochenta y siete. Tendréislo entendido para su cumplimiento”.
El diseño seleccionado por el monarca se corresponde con las versiones de la propuesta de Valdés que usan los colores rojo y amarillo; concretamente, con la que presenta tres franjas horizontales de color, respectivamente, rojo, amarillo y rojo, si bien, varía en lo relativo a la franja central, que pasa a tener doble anchura que la superior e inferior, con el objeto de que el escudo pueda tener un mayor tamaño. Con este mismo fin, el escudo queda simplificado a únicamente los cuarteles partidos de Castilla y León, en círculo u óvalo. Asimismo, el escudo se sitúa desplazado hacia el mástil o driza (no centrado horizontalmente en la franja central) para facilitar su identificación y visibilidad cuando la bandera no ondee totalmente.
Además de conseguir una mejor identificación en la mar y de marcar distancia con otros reinos borbónicos (particularmente, Francia) al desechar de la bandera nacional el color blanco dinástico, hay autores que consideran que el diseño de la bandera basado en los colores rojo y amarillo, con el escudo, obedece también a una fusión de la simbología de los reinos que conformaron originariamente España, resultando así un símbolo nacional común: colores procedentes de la bandera aragonesa, escudo castellano y el todo, español.
En 1793, a través de las Ordenanzas Generales de la Armada Naval, se ordenó que el pabellón nacional ondeara en las plazas marítimas, sus castillos u otros de las costas, así como en arsenales, astilleros y cuarteles de la Armada. Ya en el siglo XIX, la bandera rojigualda empezó a utilizarse igualmente en campamentos del Ejército de Tierra y en fortificaciones fronterizas, si bien, las banderas del Ejército se diferenciaban de las de la Armada en la representación del escudo: cuartelado en el primer caso y partido en el segundo.
A partir de 1808, dada la explosión del sentimiento patriótico durante la guerra de Independencia, los colores rojo y gualda fueron empleados por el pueblo y para banderas de enganche de voluntarios, y fueron oficializados como colores de las Cortes de Cádiz y de la Milicia Nacional. En 1843, el decreto de 13 de octubre, del II Gobierno de Joaquín María López, expone la necesidad de suprimir las diferencias entre el pabellón nacional y las particulares de los cuerpos del ejército, ordenando la unificación de todas las banderas y estandartes de las fuerzas armadas.
El empleo de la bandera ha sido continuado hasta la actualidad, a excepción de los años de la Segunda República (1931-1939), cuando fue sustituida por la bandera tricolor. Pero el escudo que se incluye en la bandera ha sufrido modificaciones a lo largo de la historia.
Las más tempranas divisas asimilables a primigenias banderas de carácter «nacional» de España son los modelos que se utilizaron tanto como torrotitos, pabellones y, banderas de Tierra en el siglo XVI tras el matrimonio de Juana I de Castilla (hija de los Reyes Católicos) con el archiduque de Austria Felipe «el Hermoso». Se introdujo entonces un elemento común en las banderas españolas de la época: la cruz de Borgoña, que, aunque sufriendo ligeras variaciones con cada rey (como en el caso de Felipe II, quien dispuso que el paño blanco donde se situaba la cruz se cambiara al color amarillo), se convirtió en el símbolo vexilológico por excelencia de España.
Con el advenimiento al trono español de la casa de Borbón con Felipe V, se sustituyó el anterior diseño por otro: las armas reales sobre paño blanco. El blanco, propio de los Borbones, era el paño utilizado en el siglo XVIII por las distintas ramas borbónicas que reinaban en Francia, Nápoles, Toscana, Parma o Sicilia, además de en España. Este hecho comprometía y dificultaba la distinción de las respectivas banderas nacionales de los buques, por lo que, en algún momento (probablemente, tras alguna equivocación fatídica) comenzó a barajarse un cambio de la bandera de los buques de guerra de España. Apunta a ello el hecho de que en un artículo de las Ordenanzas de 1748, Fernando VI establecía que:
“Por ahora, usarán todos los navíos de la Armada la bandera ordinaria nacional blanca con el escudo de mis armas, hasta que yo tenga a bien disponer otra cosa. Y, entre tanto, no arbolarán otra sino en las ocasiones en que es permitido según estilo de mar”.
Más adelante, el rey Carlos III encargó al entonces secretario de Estado y del Despacho Universal de Marina (ministro de Marina), Antonio Valdés y Fernández Bazán, el diseño de una nueva bandera para la Armada de fácil identificación, esto es, que no se confundiera con el velamen, que se distinguiera de los colores del cielo y del mar, que se apreciara con meteorología desfavorable y que no se confundiera con las de otras naciones. El gabinete de Valdés elaboró una propuesta con doce versiones diferentes.
En la lámina que recoge estas doce versiones, las banderas se agrupan en tres filas de cuatro banderas cada una, presentando distintas combinaciones de colores y formatos de escudo. En la primera fila, los colores escogidos para las variantes usan el rojo y amarillo. En la segunda fila, las banderas son idénticas a las de la primera, pero sustituyendo el amarillo por el blanco. En la tercera, predominan versiones crucíferas de las banderas.
Finalmente, Carlos III, mediante el ya mencionado Real Decreto de 28 de mayo de 1785, dispuso un nuevo pabellón nacional:
“Para evitar los inconvenientes, y perjuicios, que ha hecho ver la experiencia puede ocasionar la Bandera nacional, de que usa mi Armada naval, y demas Embarcaciones Españolas, equivocándose á largas distancias, ó con vientos calmosos con las de otras Naciones; he resuelto, que en adelante usen mis Buques de guerra de Bandera dividida á lo largo en tres listas, de las que la alta, y la baxa sean encarnadas, y del ancho cada una de la quarta parte del total, y la de en medio amarilla, colocándose en esta el Escudo de mis Reales Armas reducido á los dos quarteles de Castilla, y Leon con la Corona Real encima; y el Gallardete con las mismas tres listas, y el Escudo á lo largo, sobre quadrado amarillo en la parte superior: Y de las demas Embarcaciones usen, sin Escudo, los mismos colores, debiendo ser la lista de en medio amarilla, y del ancho de la tercera parte de la Bandera, y cada una de las restantes partes dividida en dos listas iguales encarnada, y amarilla alternativamente, todo con arreglo al adjunto diseño. No podrá usarse de otros pavellones en los Mares del Norte por lo respectivo á Europa hasta el paralelo de Tenerife en el Océano, y en el Mediterraneo desde primero del año de mil setecientos ochenta y seis: en la América Septentrional desde principio de Julio siguiente; y en los demas Mares desde primero del año de mil setecientos ochenta y siete. Tendréislo entendido para su cumplimiento”.
El diseño seleccionado por el monarca se corresponde con las versiones de la propuesta de Valdés que usan los colores rojo y amarillo; concretamente, con la que presenta tres franjas horizontales de color, respectivamente, rojo, amarillo y rojo, si bien, varía en lo relativo a la franja central, que pasa a tener doble anchura que la superior e inferior, con el objeto de que el escudo pueda tener un mayor tamaño. Con este mismo fin, el escudo queda simplificado a únicamente los cuarteles partidos de Castilla y León, en círculo u óvalo. Asimismo, el escudo se sitúa desplazado hacia el mástil o driza (no centrado horizontalmente en la franja central) para facilitar su identificación y visibilidad cuando la bandera no ondee totalmente.
Además de conseguir una mejor identificación en la mar y de marcar distancia con otros reinos borbónicos (particularmente, Francia) al desechar de la bandera nacional el color blanco dinástico, hay autores que consideran que el diseño de la bandera basado en los colores rojo y amarillo, con el escudo, obedece también a una fusión de la simbología de los reinos que conformaron originariamente España, resultando así un símbolo nacional común: colores procedentes de la bandera aragonesa, escudo castellano y el todo, español.
En 1793, a través de las Ordenanzas Generales de la Armada Naval, se ordenó que el pabellón nacional ondeara en las plazas marítimas, sus castillos u otros de las costas, así como en arsenales, astilleros y cuarteles de la Armada. Ya en el siglo XIX, la bandera rojigualda empezó a utilizarse igualmente en campamentos del Ejército de Tierra y en fortificaciones fronterizas, si bien, las banderas del Ejército se diferenciaban de las de la Armada en la representación del escudo: cuartelado en el primer caso y partido en el segundo.
A partir de 1808, dada la explosión del sentimiento patriótico durante la guerra de Independencia, los colores rojo y gualda fueron empleados por el pueblo y para banderas de enganche de voluntarios, y fueron oficializados como colores de las Cortes de Cádiz y de la Milicia Nacional. En 1843, el decreto de 13 de octubre, del II Gobierno de Joaquín María López, expone la necesidad de suprimir las diferencias entre el pabellón nacional y las particulares de los cuerpos del ejército, ordenando la unificación de todas las banderas y estandartes de las fuerzas armadas.
El empleo de la bandera ha sido continuado hasta la actualidad, a excepción de los años de la Segunda República (1931-1939), cuando fue sustituida por la bandera tricolor. Pero el escudo que se incluye en la bandera ha sufrido modificaciones a lo largo de la historia.
Las más tempranas divisas asimilables a primigenias banderas de carácter «nacional» de España son los modelos que se utilizaron tanto como torrotitos, pabellones y, banderas de Tierra en el siglo XVI tras el matrimonio de Juana I de Castilla (hija de los Reyes Católicos) con el archiduque de Austria Felipe «el Hermoso». Se introdujo entonces un elemento común en las banderas españolas de la época: la cruz de Borgoña, que, aunque sufriendo ligeras variaciones con cada rey (como en el caso de Felipe II, quien dispuso que el paño blanco donde se situaba la cruz se cambiara al color amarillo), se convirtió en el símbolo vexilológico por excelencia de España.
Con el advenimiento al trono español de la casa de Borbón con Felipe V, se sustituyó el anterior diseño por otro: las armas reales sobre paño blanco. El blanco, propio de los Borbones, era el paño utilizado en el siglo XVIII por las distintas ramas borbónicas que reinaban en Francia, Nápoles, Toscana, Parma o Sicilia, además de en España. Este hecho comprometía y dificultaba la distinción de las respectivas banderas nacionales de los buques, por lo que, en algún momento (probablemente, tras alguna equivocación fatídica) comenzó a barajarse un cambio de la bandera de los buques de guerra de España. Apunta a ello el hecho de que en un artículo de las Ordenanzas de 1748, Fernando VI establecía que:
“Por ahora, usarán todos los navíos de la Armada la bandera ordinaria nacional blanca con el escudo de mis armas, hasta que yo tenga a bien disponer otra cosa. Y, entre tanto, no arbolarán otra sino en las ocasiones en que es permitido según estilo de mar”.
Más adelante, el rey Carlos III encargó al entonces secretario de Estado y del Despacho Universal de Marina (ministro de Marina), Antonio Valdés y Fernández Bazán, el diseño de una nueva bandera para la Armada de fácil identificación, esto es, que no se confundiera con el velamen, que se distinguiera de los colores del cielo y del mar, que se apreciara con meteorología desfavorable y que no se confundiera con las de otras naciones. El gabinete de Valdés elaboró una propuesta con doce versiones diferentes.
En la lámina que recoge estas doce versiones, las banderas se agrupan en tres filas de cuatro banderas cada una, presentando distintas combinaciones de colores y formatos de escudo. En la primera fila, los colores escogidos para las variantes usan el rojo y amarillo. En la segunda fila, las banderas son idénticas a las de la primera, pero sustituyendo el amarillo por el blanco. En la tercera, predominan versiones crucíferas de las banderas.
Finalmente, Carlos III, mediante el ya mencionado Real Decreto de 28 de mayo de 1785, dispuso un nuevo pabellón nacional:
“Para evitar los inconvenientes, y perjuicios, que ha hecho ver la experiencia puede ocasionar la Bandera nacional, de que usa mi Armada naval, y demas Embarcaciones Españolas, equivocándose á largas distancias, ó con vientos calmosos con las de otras Naciones; he resuelto, que en adelante usen mis Buques de guerra de Bandera dividida á lo largo en tres listas, de las que la alta, y la baxa sean encarnadas, y del ancho cada una de la quarta parte del total, y la de en medio amarilla, colocándose en esta el Escudo de mis Reales Armas reducido á los dos quarteles de Castilla, y Leon con la Corona Real encima; y el Gallardete con las mismas tres listas, y el Escudo á lo largo, sobre quadrado amarillo en la parte superior: Y de las demas Embarcaciones usen, sin Escudo, los mismos colores, debiendo ser la lista de en medio amarilla, y del ancho de la tercera parte de la Bandera, y cada una de las restantes partes dividida en dos listas iguales encarnada, y amarilla alternativamente, todo con arreglo al adjunto diseño. No podrá usarse de otros pavellones en los Mares del Norte por lo respectivo á Europa hasta el paralelo de Tenerife en el Océano, y en el Mediterraneo desde primero del año de mil setecientos ochenta y seis: en la América Septentrional desde principio de Julio siguiente; y en los demas Mares desde primero del año de mil setecientos ochenta y siete. Tendréislo entendido para su cumplimiento”.
El diseño seleccionado por el monarca se corresponde con las versiones de la propuesta de Valdés que usan los colores rojo y amarillo; concretamente, con la que presenta tres franjas horizontales de color, respectivamente, rojo, amarillo y rojo, si bien, varía en lo relativo a la franja central, que pasa a tener doble anchura que la superior e inferior, con el objeto de que el escudo pueda tener un mayor tamaño. Con este mismo fin, el escudo queda simplificado a únicamente los cuarteles partidos de Castilla y León, en círculo u óvalo. Asimismo, el escudo se sitúa desplazado hacia el mástil o driza (no centrado horizontalmente en la franja central) para facilitar su identificación y visibilidad cuando la bandera no ondee totalmente.
Además de conseguir una mejor identificación en la mar y de marcar distancia con otros reinos borbónicos (particularmente, Francia) al desechar de la bandera nacional el color blanco dinástico, hay autores que consideran que el diseño de la bandera basado en los colores rojo y amarillo, con el escudo, obedece también a una fusión de la simbología de los reinos que conformaron originariamente España, resultando así un símbolo nacional común: colores procedentes de la bandera aragonesa, escudo castellano y el todo, español.
En 1793, a través de las Ordenanzas Generales de la Armada Naval, se ordenó que el pabellón nacional ondeara en las plazas marítimas, sus castillos u otros de las costas, así como en arsenales, astilleros y cuarteles de la Armada. Ya en el siglo XIX, la bandera rojigualda empezó a utilizarse igualmente en campamentos del Ejército de Tierra y en fortificaciones fronterizas, si bien, las banderas del Ejército se diferenciaban de las de la Armada en la representación del escudo: cuartelado en el primer caso y partido en el segundo.
A partir de 1808, dada la explosión del sentimiento patriótico durante la guerra de Independencia, los colores rojo y gualda fueron empleados por el pueblo y para banderas de enganche de voluntarios, y fueron oficializados como colores de las Cortes de Cádiz y de la Milicia Nacional. En 1843, el decreto de 13 de octubre, del II Gobierno de Joaquín María López, expone la necesidad de suprimir las diferencias entre el pabellón nacional y las particulares de los cuerpos del ejército, ordenando la unificación de todas las banderas y estandartes de las fuerzas armadas.
El empleo de la bandera ha sido continuado hasta la actualidad, a excepción de los años de la Segunda República (1931-1939), cuando fue sustituida por la bandera tricolor. Pero el escudo que se incluye en la bandera ha sufrido modificaciones a lo largo de la historia.

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