Durante el siglo XVI, el café se convirtió en una bebida extremadamente popular en el Imperio Otomano. Las cafeterías no eran simples lugares para beber: eran espacios donde se hablaba de política, se discutían ideas, se contaban historias y se cuestionaba el poder. Y precisamente por eso, el café terminó siendo visto como una amenaza.
Algunos líderes religiosos afirmaban que el café alteraba la mente y estimulaba comportamientos peligrosos. Otros, más cercanos al poder político, temían algo peor: que las cafeterías se transformaran en focos de conspiración. En un imperio donde la estabilidad era clave, reunir a hombres despiertos, hablando libremente durante horas, era algo inquietante.
En varios momentos, los sultanes ordenaron prohibir el café. Durante el reinado de Murad IV, la prohibición fue especialmente dura. Se cerraron cafeterías, se destruyeron utensilios y quienes desobedecían podían ser castigados severamente. Algunas fuentes relatan que el propio sultán recorría la ciudad disfrazado para sorprender a los infractores.
Sin embargo, el café ya estaba demasiado arraigado en la vida cotidiana. A pesar de las prohibiciones, la gente siguió bebiéndolo en secreto. Las cafeterías reaparecían una y otra vez, demostrando que una costumbre social es difícil de erradicar cuando cumple una función más profunda que el simple placer.
Con el tiempo, las autoridades cedieron. El café dejó de verse como una amenaza y pasó a ser parte de la identidad cultural del imperio. Irónicamente, aquello que fue prohibido por peligroso terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más duraderos de la vida social otomana.
La historia del café demuestra que no siempre se teme a la bebida… sino a las conversaciones que nacen alrededor de ella.


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