BELGRANO VISTO DE CERCA
Por Revisionismo Historico Argentino
QUIÉN LO CUENTA Y POR QUÉ IMPORTA
Cuando José Celedonio Balbín escribe en 1860 sus cartas recordando a Manuel Belgrano, no lo hace como historiador ni como político. Lo hace como testigo. Era comerciante, proveedor del Ejército del Norte, hombre que trató al general en Tucumán y también en Buenos Aires. No habla de oídas. Lo vio caminar, lo vio mandar, lo vio pasar necesidades. Entró en la casa que Belgrano mandó edificar en la Ciudadela tucumana. Le vendió mercancías. Le prestó dinero. Esa cercanía convierte su relato en algo vivo, incómodo incluso, porque no encaja del todo ni con la versión fría del bronce ni con ciertas caricaturas posteriores.
EL GENERAL QUE NO DESCANSABA
Balbín comienza describiéndolo físicamente, casi como quien pinta a un conocido: “de regular estatura, pelo rubio, cara y nariz fina, color muy blanco…”. Hasta menciona una pequeña fístula bajo un ojo. No hay idealización, hay detalle humano. Pero lo que realmente lo impresiona no es el aspecto sino el ritmo. Y allí deja una frase que lo retrata entero:
“No se le podía acompañar por la calle porque su andar era casi corriendo; no dormía más que tres o cuatro horas, montando a caballo a medianoche, que salía de ronda a observar el ejército, acompañado solamente de un ordenanza.”
No es una escena menor. El general en jefe saliendo casi solo en la noche, vigilando su propio campamento. No delegaba lo esencial. No dormía lo suficiente. La revolución no era para él un discurso sino una carga personal.
LA VIDA POBRE DEL JEFE DEL EJÉRCITO
Balbín se detiene en algo que desarma cualquier sospecha de ambición: la pobreza material en la que vivía Belgrano. Describe su vivienda sin adornos: “techo de paja, dos bancos de madera, una mesa ordinaria, un catre pequeño de campaña con delgado colchón que siempre estaba doblado.”
Esa imagen es fuerte. El hombre que comandaba el Ejército del Norte habitaba una casa humilde, casi precaria. Y no se trata solo del mobiliario. Balbín cuenta que al poco tiempo el general se hallaba sin camisas y le pidió que le hiciera traer desde Buenos Aires dos piezas de irlanda de hilo. Agrega algo todavía más duro:
“Se hallaba siempre en la mayor escasez… muchas veces me mandó pedir cien o doscientos pesos para comer. Lo he visto… con las botas remendadas.”
La escena es brutal en su sencillez. El jefe del ejército necesitando dinero prestado para alimentarse. No acumuló fortuna. No se enriqueció con la guerra. Mientras otros hacían negocios al amparo del poder, él remendaba sus botas.
LA HONRADEZ SIN CONCESIONES
Esa austeridad personal iba acompañada de una rectitud inflexible en el manejo de los fondos públicos. Belgrano perseguía el juego y el robo en su ejército. No toleraba abusos ni sobreprecios. Balbín recuerda con precisión una advertencia que lo pinta entero:
“Amigo Balbín, necesito tal cantidad de efectos, tráigame las muestras y el último precio, en la inteligencia de que, a igual precio e igual calidad usted es preferido a todos, pero a igual calidad y un centavo menos, cualquier otro.”
No hay privilegios ni acomodos. Si otro ofrecía mejor precio, el contrato era para él. Así entendía el servicio público. Esa frase explica muchas cosas, incluso su pobreza final.
EL HOMBRE CULTIVADO Y SENSIBLE
Balbín también deja ver un costado menos rígido. Belgrano gustaba del trato social y decía algo que lo revela:
“Me lleno de placer cuando voy de visita a una casa y encuentro… en sociedad con las señoras, a los oficiales de mi ejército… en fin, el hombre que gusta de la sociedad de ellas, nunca puede ser un malvado.”
No es una ocurrencia ligera. Es la convicción de que la cultura, la educación y el trato civilizado formaban parte del carácter. No quería oficiales rudos y embrutecidos, sino hombres formados, sensibles, capaces de representar a una Nación que aspiraba a ser algo más que un territorio en armas.
LO QUE ESTE TESTIMONIO NOS DEJA
El Belgrano que surge de las palabras de Balbín no es una figura abstracta. Es un hombre que camina rápido, que duerme poco, que vigila de noche, que vive con lo justo, que pide dinero prestado para comer y que, al mismo tiempo, no permite que se le robe un centavo al Estado.
Hay una coherencia profunda entre su discurso y su conducta. No predicó sacrificio desde la comodidad; lo practicó. No habló de moral pública mientras hacía negocios privados; se empobreció sirviendo. Por eso el relato de Balbín es importante. Porque devuelve a Belgrano su dimensión humana y, al hacerlo, lo engrandece más que cualquier estatua.
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Titular: Damian Leandro Zanni


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