martes, 31 de marzo de 2026

El 31 de marzo de 1621 tras la muerte de su padre, se convertía en rey Felipe IV

 El 31 de marzo de 1621 tras la muerte de su padre, se convertía en rey Felipe IV, llamado «el Grande» o «el Rey Planeta», que reinará hasta 1665. Su reinado de 44 años y 170 días fue el más largo de la casa de Austria y el tercero de la historia española, siendo superado solo por Felipe V y Alfonso XIII, aunque los primeros dieciséis años del reinado de este último fueron bajo regencia.




En 1619 Felipe III y el Príncipe de Asturias viajaron a Portugal, acompañados por Zúñiga y Olivares, para celebrar una reunión de las Cortes en Lisboa, en la que los portugueses juraron lealtad al heredero al trono. En el viaje de vuelta a Madrid el Rey cayó enfermo en Casarrubios del Monte y, aunque se recuperó de la enfermedad, su salud quedó mermada de ahí en adelante. Cayó de nuevo enfermo a comienzos del mes de marzo de 1621 y murió el 31 de ese mismo mes a los cuarenta y dos años de edad.


Al Príncipe de Asturias, ya Felipe IV, le quedaban unos días para cumplir dieciséis años cuando su confesor dominico, fray Antonio de Sotomayor, entró en su habitación para decirle que su padre había fallecido.


Tras Sotomayor entró el conde de Olivares e inmediatamente se canalizaron los cambios necesarios tanto en la administración real como en el séquito.


El control de los despachos pasó de Uceda a Baltasar de Zúñiga, mientras que Olivares reemplazó a Uceda como sumiller de corps, puesto que permitía el máximo acceso a la persona del Rey. Estos dramáticos cambios en palacio, relatados por Francisco de Quevedo en sus Grandes anales de quince días, anunciaban la llegada de un nuevo régimen y, con él, el triunfo de la alianza familiar Guzmán-Zúñiga-Haro frente a las amistades y los parientes de los duques de Lerma y Uceda.


El comienzo del reinado fue aclamado por los contemporáneos de la época como indicador del principio de un nuevo “siglo de oro”, mientras que los nuevos ministros pretendían purgar la vieja administración y emprender un ambicioso programa de reformas. Aunque a Baltasar de Zúñiga se le habían entregado los despachos, el poder en la sombra era Olivares, a quien se reconocía ya como el nuevo valido del Rey. Tras la muerte de Zúñiga en octubre de 1622, Olivares comenzó a cobrar protagonismo en la escena política hasta que, con el tiempo, consiguió erigirse como el principal ministro del Rey y la figura dominante de la administración real. Durante veintidós años, hasta su caída del poder en enero de 1643, apenas se movió de la vera del Rey y la primera mitad del reinado de Felipe IV fue claramente la era del conde-duque de Olivares. Durante el transcurso de esos veintidós años, sin embargo, la relación entre el Rey y el valido iría desarrollándose y cambiando, conforme el Rey iba madurando y ambos se convertían en eficaces compañeros en la labor de gobernar.


Olivares albergaba las más grandes aspiraciones para su real señor. Como rey de España estaba llamado a ser el Monarca más grande del mundo, supremo tanto en el arte de la guerra como en las artes de la paz. Si bien no menos piadoso que su padre, Felipe III, Felipe IV tenía que ser un Rey activo que siguiera la gloriosa tradición establecida por Fernando el Católico, Carlos V y Felipe II. Se había descuidado su educación en muchos sentidos, pero Olivares estaba decidido a remediar las posibles deficiencias y a equipar a su señor para la grandeza que le esperaba.


El inicio de su reinado prometía mucho y los exitosos primeros años de su reinado auguraban la restauración de la preeminencia universal de los Habsburgo, pero la guerra constante de la Europa protestante y la católica Francia contra España condujeron al declive y ruina de la Monarquía española, que hubo de ceder la hegemonía en Europa a la pujante Francia de Luis XIV, así como reconocer la independencia de Portugal y las Provincias Unidas.

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