El 31 de marzo de 1621 murió el rey Felipe III, llamado «el Piadoso».
La muerte de su padre Felipe II, a quien sucedió en el trono en 1598, marcó el fin de un sistema político y el inicio de otro régimen de gobierno. Los reyes españoles del siglo XVII se limitaron a cumplir los deberes burocráticos de la Corona, dejando el poder en manos de personas de su absoluta confianza, los validos. Su padre Felipe II expresó gran preocupación por la capacidad de su hijo y heredero, Felipe III, para gobernar. Se le atribuye la célebre frase: «Dios, que me ha dado tantos reinos, me ha negado un hijo capaz de gobernarlos. Temo que me lo gobiernen».
Con Felipe III revivieron las luchas cortesanas entre favoritos, ávidos de poder. De este modo, la introducción del régimen de privados permitió a la alta nobleza usufructuar el poder que desde comienzos del siglo XVI, dado el prestigio de la monarquía, habían visto reducido. Pudo ser necesario para suplir la insuficiencia personal del monarca, y ciertamente Felipe III, místico e indolente, no brilló por su inteligencia ni por su energía; lo lamentable fue la escasa altura de los privados, quienes decididos a conservar el dominio político a toda costa, toleraban la venalidad de los funcionarios en grave detrimento de la Corona, pues para los cargos no se nombraba a los mejores, sino a los que más pagaban.
Aficionado al teatro, a la pintura y -sobre todo- a la caza, Felipe III delegó los asuntos de gobierno en manos de su valido, el duque de Lerma; por influencia de éste, la corte española se trasladó temporalmente a Valladolid (1601), volviendo luego a su sede de Madrid (1606). Al retirarse Lerma en 1619, le sucedió en el valimiento su hijo, el duque de Uceda, si bien el rey impidió que alcanzara un poder tan ilimitado como había tenido su padre. Ambos gobernantes, predispuestos exclusivamente a enriquecerse, aumentaron considerablemente los gastos suntuarios de la Corte, mientras se manifestaban los primeros síntomas de una grave y larga crisis económica puesta en evidencia por los escritos de los arbitristas, entre ellos González de Alfango y Sancho de Moncada.
A lo largo del reinado se sucedieron las reformas institucionales para solucionar los problemas de corrupción e inoperancia que aquejaban a la administración de la Monarquía: aparte de los cambios introducidos en el tradicional sistema de Consejos, se extendió cada vez más el recurso a las Juntas, órganos destinados a mermar el poder de aquéllos en favor de un gobierno más ágil y coherente, pero que no produjeron el resultado apetecido (Junta de Guerra de Indias, Junta de Desempeño, Junta de Hacienda de Portugal…).
Paralelamente, se adoptaron disposiciones para aliviar la crisis de la Hacienda. A pesar de que los caudales que llegaban de Indias seguían siendo numerosos, se realizaron continuas manipulaciones de la moneda de cobre (vellón) por sucesivas acuñaciones y resellos, que motivaron que desapareciese de la circulación la moneda de buena ley y provocaron una inflación de precios que agravó la depresión económica.
Los problemas financieros, que se arrastraban desde el reinado anterior, hicieron al rey dependiente de las Cortes, a las que hubo de reunir con más frecuencia que sus antecesores para que le otorgaran los recursos imprescindibles para mantener la acción exterior de la Monarquía (servicios de millones). Por último, en la política interior de Felipe III hay que destacar la expulsión de los moriscos (1610), que liquidó el problema creado en tiempos de Felipe II, al esparcir por toda la Península a los musulmanes granadinos derrotados en la Guerra de las Alpujarras; dicha expulsión tuvo efectos económicos muy negativos.
Con Felipe III se inicia la serie de los llamados «Austrias menores», monarcas de la Casa de Habsburgo en el siglo XVII, bajo los cuales se produjo la decadencia del poderío español en Europa. Los inicios del reinado se caracterizaron por una línea pacifista, obligada por las dificultades financieras: en 1604 se firmó la Paz de Londres con Inglaterra; en 1609 la Tregua de los Doce Años con las Provincias Unidas de los Países Bajos; la paz con Francia, que Felipe II había concertado en sus últimos momentos (Vervins, 1598) quedó consolidada en 1615, mediante sendos matrimonios del rey francés con una infanta española y del príncipe heredero de España (el futuro Felipe IV) con una infanta francesa; y los éxitos militares conseguidos en el norte de Italia parecieron abrir también allí un periodo de tranquilidad (Convenio de Pavía, 1617).
Esa situación se rompió cuando los conflictos internos de los Habsburgo arrastraron a toda Europa a la Guerra de los Treinta Años (1618-48). Iniciada a propósito del enfrentamiento entre católicos y protestantes en Bohemia, la primera fase de la guerra (la correspondiente al reinado de Felipe III) enfrentó a España, aliada de Austria y de Baviera (que encabezaba a los príncipes alemanes de la Liga Católica), contra los protestantes bohemios apoyados por el Palatinado (que encabezaba a los príncipes alemanes de la Unión Protestante).
Se le considera el primero de los Austrias menores, dada la grandeza de Carlos I y Felipe II; sin embargo durante su reinado España incorporó algunos territorios en el norte de África y en Italia, y alcanzó niveles de esplendor cultural. A la muerte del rey, la monarquía española conservaba íntegro su prestigio exterior, que gracias a la Pax Hispanica, permitieron que España ejerciera su hegemonía sin guerras, aunque en el orden interior se había afianzado la crisis económica, que se manifestaría plenamente en tiempos de su sucesor, Felipe IV.
En 1619 Felipe III y el Príncipe de Asturias viajaron a Portugal para celebrar una reunión de las Cortes en Lisboa y mejorar las relaciones con los nobles portugueses. Esto fue aplaudido por el nuevo ministro y valido, el duque de Uceda, hijo del duque de Lerma.
Fue recibido con entusiasmo, y los consejos y corporaciones gastaron enormes sumas durante su recepción. Se le sugirió convertir Lisboa en la capital de la monarquía española. Nobles y jurisconsultos se quejaron de no recibir favores ni trabajar en tribunales, embajadas ni universidades españolas. El duque de Uceda trató con dureza a Teodosio II, duque de Braganza, un posible líder de la oposición al dominio español, que había venido a rendirle homenaje.
Después de meses en Lisboa, Felipe se fue en octubre, dejando el país insatisfecho, especialmente después de la reelección del marqués de Alenquer como virrey. Su hijo, el futuro Felipe IV, fue jurado como heredero legítimo por los portugueses. En el resto de dominios de Portugal, los holandeses habían intentado tomar las Molucas, Malaca y Mozambique, siendo derrotados. Al salir de Portugal enfermó gravemente en Covarrubias de fiebres y erisipela y nunca se recuperó, falleciendo al cabo de un año. Durante 53 días, permaneció postrado en cama, cubierto de llagas y abscesos. Falleció a los 42 años debido a una tromboembolia pulmonar causada por una inmovilización prolongada.
Se dice que sus últimas palabras fueron: "¡Oh! ¡Si en aquel entonces hubiera estado en un desierto para convertirme en santo! ¡Ahora comparecería con más confianza ante el tribunal de Jesucristo!".


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