La expresión “Imperio Bizantino”, usada por muchos en el presente, fue creada por el historiador alemán Hieronymus Wolf, quien en 1557 -un siglo después de la caída de Constantinopla- lo utilizó en su obra “Corpus Historiae Byzantinae” para designar este período de la historia en contraste con las culturas griega y romana de la Antigüedad clásica. El término no se hizo de uso frecuente sino hasta el siglo XVIII, cuando fue popularizado durante la Ilustración por los franceses.
El éxito en la difusión del término guarda relación con el rechazo histórico de Occidente o negacionismo a reconocer al Imperio Romano de Oriente o Medieval como continuación legítima de Roma, al menos desde que, en el siglo IX, Carlomagno y sus sucesores esgrimieron el documento apócrifo conocido como “Donación de Constantino” para proclamarse, con la complicidad del papado, emperadores romanos.
Durante la Edad Media, en Europa occidental el título Imperator Romanorum quedó reservado para los soberanos del Sacro Imperio Romano Germánico, mientras que el Emperador de Constantinopla era llamado, de manera un tanto despectiva, Imperator Graecorum (Emperador de los Griegos), y sus dominios, Imperium Graecorum, Graecia, Terra Graecorum o incluso Imperium Constantinopolitanus.
En Oriente, Diyār-i Rūm (persa), Bilād al-Rūm (árabe) y Romaniyah (hebreo) se refieren al mismo Estado, a saber, el Estado Romano con capital en Constantinopla, o en su idioma materno la Romania, y a sus habitantes como romis.
Por su parte, para los habitantes del Imperio, desde los tiempos de Heraclio hasta poco después de su desaparición el Estado al que pertenecían siempre fue el Imperio Romano (Basileía Rhōmaíōn o Imperium Rōmānum) y ellos mismos se denominaban romioi (romanos) y está identificación continuo incluso en épocas de dominación otomana.


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