viernes, 6 de febrero de 2026

En 1187, el desierto fue testigo de una victoria que cambiaría el curso de la historia.

 En 1187, el desierto fue testigo de una victoria que cambiaría el curso de la historia. Saladino, el sultán kurdo que unificó a los pueblos musulmanes, derrotó a los cruzados en la batalla de Hattin, abriendo el camino hacia la reconquista de Jerusalén. Con esa hazaña, puso fin a casi un siglo de dominio cristiano y devolvió la ciudad santa al Islam.



Pero su mayor conquista no fue solo militar. A diferencia de los cruzados de 1099, que tomaron Jerusalén entre masacres, Saladino eligió la clemencia. Permitió que los cristianos abandonaran la ciudad mediante un rescate justo y garantizó la protección de los templos y lugares sagrados. Su gesto sorprendió a sus enemigos y lo elevó como un símbolo de honor y humanidad en tiempos de guerra.


Su triunfo provocó la Tercera Cruzada, encabezada por Ricardo Corazón de León. Las batallas fueron feroces, las negociaciones tensas, pero Jerusalén permaneció en manos musulmanas. Lo que comenzó como un enfrentamiento religioso se transformó en una guerra de respeto mutuo entre dos grandes líderes.


Con el paso de los siglos, muchos imperios gobernaron Jerusalén, pero el nombre de Saladino sigue brillando entre las arenas del tiempo: el del líder que conquistó sin destruir, que venció sin odiar y que dejó una lección eterna sobre el poder de la dignidad y la misericordia.


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Tomado de:

TESOROS DE LA HISTORIA

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