viernes, 22 de mayo de 2026

Isaac Peral

 El 22 de mayo de 1895 murió Isaac Peral, científico, marino, militar e inventor del primer submarino torpedero a propulsión eléctrica y plenamente funcional, conocido como el submarino Peral.



Decidió trasladarse a Berlín con el fin de someterle a una operación de tumor cerebral en la clínica del doctor Bergman. Allí recibió toda clase de atenciones, entre ellas las constantes visitas del ayudante del emperador Guillermo, preocupado por su salud. En principio se estimó que la operación tuvo éxito, pero una inesperada infección dio lugar a una meningitis que acabó con su vida el 22 de mayo de 1895. Embalsamado su cadáver, se le trasladó a la Embajada de España en Berlín, donde desfilaron representantes del Imperio alemán, cuerpo diplomático, autoridades de Marina y numerosas personalidades que quisieron ofrecerle tributo de admiración y respeto al inventor español. Durante el viaje de regreso en tren a España se repitieron estas muestras de reconocimiento en el trayecto. Al llegar a la Estación del Norte de Madrid y “como paradoja del destino”, diría su hijo, sólo le esperaban los empleados de su fábrica y algunos íntimos amigos.


La familia de Peral, con cargo a sus limitados recursos, construyó una modesta tumba en el cementerio de Nuestra Señora de la Almudena en espera de que se desarrollaran los penosos y macabros episodios que todavía sufrirían los restos del inventor. Inesperadamente Beranger consultaba a la viuda de Peral si no tenía inconveniente en que fueran trasladados al panteón de Marinos Ilustres de Cádiz por haber sido profesor de la Escuela de Ampliación y posteriormente por “sus trabajos científicos acerca de la navegación submarina”. La viuda Carmen Cencio dio su conformidad y la de la familia al día siguiente, rogando hicieran llegar su gratitud a Su Majestad la Reina. Transcurridos dos años, Beranger no había tenido tiempo de llevar a término su ofrecimiento.


Quizás los últimos coletazos de la oposición a su obra o un incalificable intento de justificar lo injustificable impidieron que se depositaran sus restos en el Panteón de Marinos Ilustres. Su familia renunció a este honor y aceptó el consejo del entonces director de ABC: “La mejor sepultura para un hombre es la que constituye el amor de un pueblo”, y por ello aceptaron el vehemente clamor de Cartagena para acogerlos en su seno. A su exhumación en Madrid asistieron el alcalde de la capital y miembros de la Corporación, el ministro de Marina envió a su ayudante y representaciones de los cuerpos de Marina. Por carecerse de presupuesto formal para el envío del cadáver a Cartagena hubo de hacerse mediante paquete postal (en “bulto conteniendo los restos de Isaac Peral”, según se especifica en el correspondiente resguardo conservado en el Museo Naval de dicha ciudad). El tren hubo de hacer una parada antes de la llegada a esta capital del departamento marítimo para que el cadáver de Peral recibiera el multitudinario homenaje del barrio de su nombre, rebautizado en vida del inventor. Cartagena le tributó un impresionante recibimiento, pueblo y autoridades le acompañaron hasta su sepultura provisional en el Cementerio de Nuestra Señora de los Remedios. Más tarde, ya sus restos en el sobrio y bello mausoleo, constituye lugar de peregrinaje de las dotaciones de buques que visitan Cartagena y que iniciara la Escuadra de Instrucción de Alemania.


Los desastres de Cuba y Filipinas de 1898 salpicaron a los responsables del fallo adverso de la Junta Técnica que impidió la realización del submarino Peral. Como quedó de manifiesto en los posteriores conflictos mundiales, a España se le privó de un importante medio defensivo con los que otros países, como Alemania entre ellos, utilizaron después con todo éxito.


El prominente papel que desempeñaron los submarinos en la contienda de 1914-1918 tuvo un hondo eco en la opinión española. No obstante, los recalcitrantes adversarios de Peral y de su submarino afirmaron que “la supuesta invención, ni es invención, ni novedad, ni descubrimiento, ni otra cosa que una especie de recopilación, a bordo de un casco de acero, de aparatos, invenciones y sistemas tan conocidos como vulgares y hartos de correr por libros, folletos y monografías”. A tal fin, Echegaray fue comparando cada uno de los ingenios submarinos con el prototipo “Peral”, poniendo de manifiesto que, considerados científicamente, no tenían coincidencias algunas entre sus elementos esenciales. Con fines no ciertamente científicos se intentó equiparar las prestaciones del “Peral” con el “Ictinio” (1859) de Monturiol, cuando en tiempos de dicho ingeniero catalán no se disponía ni de acumuladores, ni dinamos, la industria no podía construir depósitos para contener aire a cien atmósferas, ni aún el vapor podía manejarse bajo el agua.


Esta “arma secreta” que España no supo aprovechar ni usar fue un submarino que funcionaba y del que disponía este país hacia el año 1890, como recordaba el capitán de navío Carl H. Hilton, en Unite States Naval Institute Proceedings en noviembre de 1956. Y añadía: “Fue el prototipo de todos los submarinos que ambas guerras mundiales hasta la época del snorkel y del radar”. En tal criterio coincidía Anthony Preston en “Sea Power, a Modern Illustrated Military History” (1970): “El submarino propulsado eléctricamente de Peral fue construido en 1888, pero no fue nunca aceptado por la Armada Española a causa de la obstrucción oficial”. El casco vacío del submarino “Peral” permanece todavía en Cartagena, como un frustrado monumento de sí mismo, esperando su traslado al Museo Naval de la Ciudad para ser restaurado, devolviéndole los elementos fundamentales que documentan la autenticidad de este ingenio submarino. Significativamente, en uno de los cerros que abrigan las dársenas de Cartagena se encuentra el mausoleo de Peral. Próximo a él, los astilleros planifican la nueva y sofisticada serie de los sumergibles españoles S-80, que habrán de recibir la próxima Base y Escuela de Submarinos de Cartagena.


Obras de ~: Un marino fuera de su tiempo [biografía], s. l., Edic. España, ¿1945?; La Memoria del Submarino Peral, intr., est. prelim., notas y apéndice de A. R. Rodríguez González, Cartagena, Aglaya, 2003.

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