El cártel detuvo un autobús de peregrinos — sin imaginar que el chofer ya los estaba esperando...
Tres, no… cuatro camionetas venían comiéndose la carretera federal rumbo a Guadalajara, con las luces altas y el motor rugiendo como si la noche les perteneciera. A esa hora, el aire era frío y la niebla se pegaba al parabrisas como un vidrio opaco. El autobús avanzaba firme, pesado, cargado de silencio y de gente dormida.
Ernesto no apretó el volante de más. No tragó saliva. No miró hacia atrás para asegurarse de que los 62 peregrinos siguieran dormidos. Solo respiró, lento, como quien ya vio esta película antes… y como quien ya sabe el final.
Porque lo cierto era que Ernesto llevaba tres días esperándolos.
Y lo que el CJNG estaba por descubrir esa madrugada iba a cambiar para siempre la forma en que operaban en esa ruta… aunque ninguno de ellos lo supiera todavía.
Cinco días antes, Ernesto había recibido una llamada.
Número desconocido. Voz distorsionada. Sin saludo, sin amenazas largas, sin presentación.
—El autobús que sale el viernes a las tres de la mañana rumbo a la basílica… va a tener problemas en el kilómetro 47. Dile a tu jefe que busque otro chofer. O mejor… cancelen el viaje.
Clic.
Ernesto se quedó viendo la pantalla del celular como si fuera una mala broma. No lo soltó. No se persignó. No le marcó a su esposa. No gritó.
Se quedó ahí, sentado en la cocina, con el café enfriándose a un lado y el ruido del refrigerador como única compañía.
Pasaron cinco minutos completos.
Y luego hizo algo que nadie esperaría.
Sonrió.
Una sonrisa chiquita, cansada. La sonrisa de alguien que no está contento… sino que acaba de confirmar algo que ya intuía desde hacía años.
Porque Ernesto Villarreal no era un chofer cualquiera.
Tenía 63 años. Y 42 de esos años los había pasado manejando la misma ruta: Guadalajara, Zapopan, San Juan de los Lagos… la ruta de los peregrinos, de las promesas, de los “si se salva mi hijo, yo camino”, de los “Virgencita, te lo debo”.
Esa carretera lo había visto crecer, envejecer, llorar y reír. Lo había visto manejar con lluvia, con granizo, con calor que partía el asfalto, con neblina tan cerrada que parecía que el mundo terminaba a dos metros del cofre.
Y en 42 años, Ernesto había visto de todo.
Retenes militares verdaderos y falsos. Policías con hambre de mordida. Jóvenes jugando a ser valientes con una pistola recién comprada. Bandas que desaparecían y otras que llegaban con nombres nuevos, con más armas, con menos paciencia.
Pero lo que Ernesto hizo después de esa llamada… fue distinto.
No le dijo nada a su jefe de la cooperativa. No llamó a las autoridades. No lo comentó en el mercado. Ni siquiera se lo contó a su esposa, Marta, que llevaba treinta y siete años despertándose con él a las dos de la mañana para hacerle café.
Durante tres días, Ernesto guardó silencio.
Y en lugar de eso, se preparó.
El martes fue a ver a don Jacinto, el mecánico del pueblo. Un hombre flaco, bigote blanco, manos negras de grasa y corazón grande.
—Quiero que revises todo —le dijo Ernesto—. Cada tornillo, cada manguera, cada cable. Que este viaje salga perfecto.
Don Jacinto lo miró raro. Ernesto nunca pedía “perfecto”. Ernesto pedía “que aguante”. Pero ese día lo pidió con una seriedad que no dejaba espacio para bromas.
—¿Todo bien, compadre?
—Todo bien… solo quiero que salga perfecto —repitió Ernesto.
El miércoles pasó por la iglesia del pueblo. Entró sin prisa, se sentó hasta atrás y se quedó ahí… dos horas completas.
El padre Damián, que lo conocía desde joven, lo vio de reojo y se preocupó. Ernesto no era de los que se quedaban tanto tiempo sin razón.
—¿Todo bien, Ernesto?
Ernesto levantó la vista.
—Todo bien, padre… nomás me estoy preparando.
El jueves fue lo más extraño.
Ernesto agarró la lista de pasajeros registrada para el viaje y empezó a marcarles… uno por uno.
—¿Está seguro de que quiere ir?
—¿Su familia sabe?
—¿Trae sus medicinas?
—¿Está comiendo bien?
—¿Va a poder aguantar el camino?
...Lea la historia completa debajo del enlace en los comentarios 


No hay comentarios:
Publicar un comentario