Islas que no se rindieron
Puerto Rico y Filipinas ante el Imperio (1898)
En 1898 la guerra fue breve.
¿Una guerra pactada?
Demasiado breve para llamarla epopeya, demasiado rápida para permitir decisiones propias.
Para Washington fue una victoria relámpago; para las islas, el inicio de una sombra larga.
Cuba, Puerto Rico y Filipinas, territorios separados por océanos pero unidos por el destino, fueron entregados como botín de guerra sin ser consultados, sin plebiscitos, sin voz. No se les venció en batalla decisiva: se les transfirió en un tratado.
Estados Unidos emergía como potencia imperial.
España, debilitada y en retirada, firmaba el Tratado de París.
En ese documento no aparecían los nombres de quienes habitaban las islas, ni sus lenguas, ni sus aspiraciones. Solo figuraban como “territorios”.
Para el Imperio naciente, la guerra había terminado.
Para los pueblos, apenas comenzaba.
Victoria rápida para Washington
La Guerra Hispano-Estadounidense duró apenas unos meses.
Fue presentada como una cruzada de liberación, como el fin de un imperio viejo y el inicio de una era moderna.
La narrativa estadounidense hablaba de progreso, orden y civilización.
Pero esa victoria fue rápida precisamente porque no enfrentó la complejidad de los pueblos que decía liberar.
Filipinas ya estaba en plena lucha independentista contra España cuando llegaron las tropas estadounidenses.
Puerto Rico no fue un campo de grandes batallas: fue ocupado.
En ambos casos, el resultado fue el mismo: cambio de amo. La bandera se sustituyó, pero el control externo permaneció.
Territorios entregados sin ser consultados.
Ningún filipino firmó el tratado. Ningún puertorriqueño fue llamado a decidir su futuro.
Las islas pasaron de un imperio a otro como piezas en un tablero geopolítico.
La autodeterminación fue un concepto ausente en 1898.
En Filipinas, la decepción se convirtió pronto en resistencia armada contra el nuevo poder.
La guerra filipino-estadounidense fue brutal, prolongada y silenciada durante décadas.
En Puerto Rico, la dominación tomó una forma distinta: legal, administrativa, cultural. Pero no por ello menos profunda.
Puerto Rico: resistencia larga para los pueblos
Si en Filipinas la resistencia fue inmediata y militar, en Puerto Rico fue extensa y múltiple. No se trató de una victoria bélica, sino de una defensa persistente de la dignidad.
Resistieron los campesinos desplazados, los obreros, los intelectuales, los educadores.
Resistieron las lenguas, las costumbres, las memorias.
La imposición de nuevas estructuras políticas y económicas transformó la isla, muchas veces en beneficio de intereses externos.
Sin embargo, bajo esa presión surgió una conciencia crítica: escritores, periodistas y pensadores cuestionaron el nuevo orden, denunciaron la condición colonial y defendieron la identidad puertorriqueña.
No fue una resistencia uniforme ni siempre visible.
Fue cotidiana.
Fue cultural.
Fue social.
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