Durante 2.800 años hemos leído la epopeya más famosa del mundo creyendo que entendíamos a su héroe.
No era así.
La Odisea comienza con una sola palabra: polýtropos.
Es lo primero que Homero dice de Odiseo. Su rasgo esencial.
Durante siglos, los traductores la suavizaron: “ingenioso”, “astuto”, “versátil”. Palabras cómodas. Heroicas. Aceptables.
Hasta que alguien decidió leer el griego sin adornos.
Emily Wilson tradujo polýtropos como “complicado”.
No brillante.
No admirable.
Complicado.
De pronto, Odiseo dejó de ser un héroe limpio. Apareció como alguien moralmente ambiguo, manipulador, capaz de mentir incluso cuando no lo necesita. Un superviviente que paga su regreso con el sufrimiento de otros.
Eso es lo que decía Homero.
Eso es lo que se había estado ocultando.
Y esa palabra fue solo el comienzo.
Wilson descubrió algo más inquietante: durante siglos, las traducciones habían reescrito silenciosamente todo lo relacionado con las mujeres.
Cuando Odiseo regresa a Ítaca, su hijo Telémaco ejecuta a las mujeres de la casa que habían sido usadas por los pretendientes. Homero las llama dmôai.
La palabra significa mujeres esclavizadas.
Pero los traductores no se atrevieron a decirlo.
Las convirtieron en “criadas”, “sirvientas”, “doncellas”.
Algunos incluso añadieron insultos que no existen en el texto original.
Wilson no añadió nada. Tampoco suavizó nada.
Las llamó por lo que eran: esclavas.
Y la escena cambió por completo.
Ya no era un castigo moral.
Era una ejecución de mujeres sin poder, asesinadas por un sistema que nunca las dejó elegir.
Otro ejemplo: Calipso.
Durante siglos fue descrita como una amante apasionada que “retenía” a Odiseo por amor. Wilson tradujo el verbo con precisión brutal:
“Lo tenía cautivo.”
No era romance.
Era encierro.
Eso estaba en Homero.
Lo romántico vino después.
Emily Wilson dedicó cinco años a una regla sencilla y radical:
traducir lo que el griego dice, no lo que generaciones posteriores quisieron que dijera.
Si una palabra significa esclava, es esclava.
Si hay cautiverio, no se disfraza de amor.
Si el original no juzga, el traductor no añade juicio.
El resultado fue una Odisea más clara, más incómoda y más honesta.
Odiseo ya no es un héroe noble, sino un hombre peligroso y brillante.
Penélope deja de ser pasiva y se revela como estratega.
Las mujeres esclavizadas dejan de ser culpables.
La violencia deja de ser decorativa.
Cuando se publicó en 2017, muchos lectores sintieron que estaban leyendo otra historia. Algunos académicos protestaron. Dijeron que era “demasiado moderna”.
La respuesta fue simple:
Lean el griego.
Wilson no modernizó a Homero.
Lo despojó de siglos de maquillaje.
Se convirtió en la primera mujer en traducir La Odisea al inglés y demostró algo inquietante:
A veces, lo más revolucionario no es cambiar una historia.
Es decir, por fin, lo que siempre estuvo ahí.


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