jueves, 15 de enero de 2026

Prusia: de tierras paganas a cimiento de Alemania

 Prusia: de tierras paganas a cimiento de Alemania



Cuando hoy hablamos de Alemania, pocas personas recuerdan que su nacimiento como Estado moderno no fue obra de “Alemania” en sí misma, sino de un reino más antiguo, más disciplinado y más ambicioso: Prusia.


Los orígenes de Prusia no están en Berlín ni en Viena, sino en las costas del Báltico. Allí, siglos antes de la existencia de Alemania, vivían los prusianos bálticos, un pueblo pagano emparentado cultural y lingüísticamente con lituanos y letones. Sus bosques estaban llenos de santuarios naturales, y su religión rendía culto a fuerzas invisibles: el fuego, los ríos, los árboles y los dioses del cielo.


Todo cambió en el siglo XIII con la llegada de los Caballeros Teutónicos. Invitados inicialmente por los reyes polacos para cristianizar la región, estos monjes-guerreros terminaron construyendo un Estado propio. A través de conquistas, castillos y colonización germánica, transformaron las tierras bálticas en un territorio feudal cristiano y militarizado que comenzó a conocerse como Prusia.


Con el tiempo, el orden teutónico se secularizó y dio paso al Ducado de Prusia en el siglo XVI. Este ducado pasó luego a manos de la dinastía Hohenzollern, que gobernaba también Brandeburgo. Esa unión sería decisiva: de allí surgiría el corazón del futuro poder prusiano.


En los siglos XVII y XVIII, Prusia dejó de ser un territorio periférico y se convirtió en una potencia europea. Reyes como Federico Guillermo I y Federico II “el Grande” construyeron un Estado obsesionado con la eficiencia: administración rigurosa, ejército profesional y una cultura política basada en el deber y la disciplina.


Mientras el Sacro Imperio Romano Germánico se fragmentaba en cientos de pequeños estados, Prusia crecía en fuerza y ambición. Y en el siglo XIX apareció la figura que cambiaría el destino de Europa Central: Otto von Bismarck.


A través de tres guerras cuidadosamente calculadas —contra Dinamarca, Austria y Francia—, Prusia logró lo impensable: unificar los territorios alemanes bajo su liderazgo. En 1871, en el Salón de los Espejos de Versalles, el rey de Prusia fue proclamado emperador de Alemania.


Así nació el Imperio Alemán, pero su ADN no era genéricamente “alemán”: era profundamente prusiano.


La estructura del Estado, el peso del ejército, la idea de autoridad y el sentido de organización moderna provenían directamente de Prusia. En otras palabras: Alemania fue, en gran medida, una creación prusiana.


Sin los antiguos pueblos bálticos, sin los Caballeros Teutónicos, sin los Hohenzollern y sin Bismarck, la Alemania que conocemos jamás habría existido.


La historia de Prusia es, en realidad, la historia del nacimiento de Alemania.

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