miércoles, 31 de diciembre de 2025

Hasta hace sorprendentemente poco, al casarse muchas mujeres quedaban legalmente absorbidas en la identidad de su marido en Estados Unidos

 Hasta hace sorprendentemente poco, al casarse muchas mujeres quedaban legalmente absorbidas en la identidad de su marido en Estados Unidos… y los restos de esa lógica todavía influyen en tu vida hoy.



La doctrina jurídica se llamaba “coverture”.


Bajo la coverture, que Estados Unidos heredó del derecho consuetudinario inglés, la identidad legal de una mujer casada podía quedar subordinada y fusionada, en gran medida, con la de su esposo.


Al nacer, una niña estaba bajo la autoridad legal de su padre. Al casarse, su personalidad jurídica podía quedar “cubierta” por la de su marido: su identidad quedaba subsumida en la de él.


El marido y la mujer pasaban a ser “una sola persona” ante la ley.

Y, en la práctica, esa “persona” era el marido.


No era una metáfora. Era una realidad jurídica con consecuencias devastadoras.


Porque, con ese marco, muchas mujeres casadas no podían:


Tener propiedad a su nombre

Firmar contratos

Gestionar negocios

Demandar o ser demandadas en su propio nombre

Conservar íntegramente sus salarios

Hacer testamentos con plena autonomía

Servir en jurados en igualdad de condiciones


Una mujer casada podía no poseer nada. Ni su ropa. Ni sus joyas. Ni el dinero que ganaba. Ni la herencia de su familia. Legalmente, todo podía quedar bajo control del esposo.

Si trabajaba y cobraba un salario, él podía reclamarlo. Si heredaba bienes, podían pasar a su esfera en el momento del matrimonio, según las normas vigentes en cada lugar y época.


También podía perder casi por completo el control sobre su vida familiar. Si se iba de casa —por cualquier motivo, incluso por maltrato— podía quedarse sin ver a sus hijos. Durante mucho tiempo, la custodia y la autoridad paterna se inclinaban de forma abrumadora hacia el marido.


Y había algo todavía peor: derechos limitados sobre su propio cuerpo.

Durante siglos, el matrimonio se entendió como una autorización permanente al acceso sexual del marido. Retirar el consentimiento no se reconocía como un derecho propio. Con esa lógica, la violación dentro del matrimonio fue durante mucho tiempo una “imposibilidad” legal en distintos estados: si la ley no reconocía la negativa, tampoco reconocía el delito.


El control del marido sobre su esposa, en algunos contextos, solo se detenía ante la muerte. No se reconocía que pudiera matarla, pero sí se toleraban formas de “corrección” o violencia doméstica bajo argumentos de autoridad marital, incluso cuando hoy nos parecen inaceptables y brutales.


Una mujer casada podía ser golpeada, violentada, despojada de su salario y herencia, y separada de sus hijos, todo dentro de un sistema que la trataba como una persona de segunda.

Porque, para la ley, su identidad podía no ser plenamente independiente.


Y esto no es historia antigua. Esto fue derecho en Estados Unidos.


Entonces, ¿cuándo terminó?

La respuesta corta: no terminó de golpe, y sus efectos no desaparecieron por completo.


La coverture empezó a desmoronarse a mediados del siglo XIX con las Leyes de Propiedad de las Mujeres Casadas, que permitieron a muchas mujeres casadas poseer bienes en determinadas circunstancias. A comienzos del siglo XX, la mayoría de los estados ya habían reformado algunas de las disposiciones más extremas.


Pero el reconocimiento pleno y práctico llegó mucho más tarde de lo que mucha gente imagina.


En el acceso a jurados, por ejemplo, durante décadas se excluyó a las mujeres o se les permitió participar solo con excepciones, exenciones o registros especiales. En muchos lugares, esa normalización de la presencia femenina en jurados no se consolidó hasta los años 60 y 70, cuando se fueron derribando políticas y prácticas que las mantenían fuera.


En el crédito, 1974 marcó un punto de inflexión: se prohibió la discriminación por sexo o estado civil en operaciones de crédito, lo que redujo barreras que durante años habían hecho común exigir la firma o el respaldo de un hombre.


En cuanto a la violencia sexual dentro del matrimonio, el cambio fue todavía más reciente: en 1993, la violación conyugal pasó a estar tipificada como delito en los 50 estados, al menos en alguna parte de sus códigos penales, aunque no siempre con el mismo trato o las mismas condiciones que fuera del matrimonio.


Y en anticoncepción, el Tribunal Supremo de Estados Unidos protegió el acceso para parejas casadas en 1965, invalidando leyes estatales que lo prohibían.


Y el “fantasma” de la coverture todavía se nota hoy.


Cuando compras una vivienda o firmas ciertos documentos como mujer casada, puedes encontrarte con reglas antiguas sobre consentimiento del cónyuge o firmas obligatorias que no siempre se aplican de forma simétrica.


El sistema fiscal también conserva ecos: la presunción de declarar conjuntamente y las penalizaciones o complicaciones asociadas reflejan una historia en la que el matrimonio se trató como una sola unidad legal.


Derecho laboral, prestaciones, administración de beneficios, decisiones médicas: el marco histórico de la coverture influyó en todo esto, y su sombra permanece en normas, formularios y costumbres.


¿La suposición automática de que una mujer toma el apellido del marido? Eso es un símbolo heredado de aquella lógica. Nunca fue una obligación universal por ley: fue una señal social de “unidad” entendida como absorción, tan normalizada que se volvió costumbre.


Incluso cuando un formulario te pide identificar al “jefe del hogar”, estás viendo lenguaje que presupone que una sola persona representa legalmente a la familia.


Piénsalo: durante gran parte de la historia de Estados Unidos, millones de mujeres casadas no fueron tratadas como personas plenamente independientes ante la ley.


Su trabajo, su cuerpo, sus hijos, sus bienes… quedaban subordinados a la autoridad del marido.


Y esto no era una rareza. Era lo aceptado. Lo “natural”. Así funcionaba el matrimonio en términos jurídicos.


Cuando las sufragistas lucharon por el voto, también luchaban contra un sistema que asumía que las mujeres casadas no podían sostener opiniones políticas separadas de las de sus maridos.


Cuando las mujeres lucharon por la propiedad, por sus salarios, por la custodia, por negarse dentro del matrimonio, por firmar contratos, por crédito a su nombre, por ser reconocidas como personas… estaban desarmando, pieza por pieza, siglos de doctrina que las había reducido.


Ninguno de esos derechos “se regaló”. Se ganó.

Y algunos se ganaron hace muy poco.


Si eres una mujer nacida antes de 1974, naciste en un país donde el acceso al crédito podía estar condicionado por tu estado civil y por la aprobación masculina.

Si naciste antes de 1993, naciste en un país donde la violación dentro del matrimonio todavía no estaba reconocida como delito en todos los estados.


La “no existencia” legal plena de las mujeres casadas no es historia remota. Es la vida de tu abuela. Es la vida de tu madre. Para algunas, es su propia vida.


La coverture explica mucho de por qué la desigualdad persiste. Si la ley negó durante siglos la independencia jurídica de las mujeres, y eso cambió de forma gradual y reciente, ¿es raro que las actitudes sociales vayan por detrás?


Si durante tanto tiempo las mujeres casadas no pudieron emprender o poseer bienes con libertad, ¿es raro que aún haya brechas en propiedad y liderazgo?

Si el control sobre los salarios llegó tarde y con obstáculos, ¿es raro que persistan desigualdades económicas?

Si la violencia sexual en el matrimonio fue tolerada por el sistema durante tanto tiempo, ¿es raro que todavía nos cueste construir una cultura de consentimiento clara?


El fantasma de la coverture sigue rondando. Moldea leyes, instituciones y expectativas sobre matrimonio, familia y roles de género.

Vivimos en su sombra aunque la mayoría ni conozca el nombre ni lo reciente de su erosión.


De la absorción legal a la personalidad parcial, y de ahí a una igualdad todavía en construcción: la caída de la coverture es la historia de mujeres luchando por ser reconocidas como seres humanos ante la ley.


Y esa lucha no está cerrada. Porque la coverture no se abolió con un solo decreto: se fue desarmando con reformas, sentencias y derechos conquistados, uno por uno.


Sus restos siguen incrustados en sistemas legales, expectativas sociales y prácticas institucionales.


La próxima vez que veas un formulario que presupone un “jefe del hogar”, o un trámite que exige firmas conyugales, o una presión social para cambiar el apellido al casarte, estás viendo esa herencia.


El fantasma de la doctrina que trató a las mujeres como “no personas” jurídicas plenas.


Hoy es más tenue. Pero todavía está ahí.

Y reconocerlo es el primer paso para, por fin, dejarlo atrás.


Fuente: Encyclopaedia Britannica ("Coverture", s. f.)

Al findador de Dubái, el jeque Rashid, una vez le preguntaron cómo veía el futuro de su país. Él respondió:

 Al fundador de Dubái, el jeque Rashid, una vez le preguntaron cómo veía el futuro de su país. Él respondió:fu


«Mi abuelo viajaba en camello, y mi padre también. Yo me muevo en un Mercedes. Mi hijo anda en un Land Rover. Mi nieto probablemente también usará un Land Rover. Pero mi bisnieto, muy seguramente, volverá a subirse a un camello…»

—¿Por qué piensa eso? —le preguntaron.

Él contestó:

«Existen leyes eternas  que rigen la vida. Dicho de forma sencilla: los tiempos difíciles forman personas fuertes. Las personas fuertes crean tiempos buenos. Los tiempos buenos producen personas débiles. Y las personas débiles vuelven a llevarnos a tiempos difíciles. No todos lo entienden, pero la abundancia en nuestro país está creando consumidores y parásitos, no luchadores de la vida…»

Lo mismo pasa cuando a un hijo se le da todo sin esfuerzo ni límites, cuando no se le exige nada y pasa los días durmiendo o sin hacer nada útil.

~ tomado de la red

En la Barcelona medieval, la palabra "bancarrota" no era una simple metáfora financiera.

 En la Barcelona medieval, la palabra "bancarrota" no era una simple metáfora financiera.



Los banqueros no tenían oficinas ni escritorios, sino bancos de madera colocados en medio del mercado. Desde allí prestaban dinero, firmaban contratos y ofrecían crédito. Pero si uno de ellos no podía pagar sus deudas, no era solo el prestigio lo que perdía: era la cabeza.


La ley era clara y despiadada. Si un banquero caía en insolvencia, el castigo no era una multa ni la cárcel. Era la decapitación pública con un hacha. Luego, como símbolo de la ruina total, su banco era destruido a golpes frente a todos. Banca rota. El origen literal de la palabra que usamos hoy.


La imagen es brutal, pero su mensaje era directo: quien se hiciera responsable del dinero ajeno debía responder con su vida si fallaba.


Hoy, cuando escuchamos la palabra "bancarrota", pocos imaginan que alguna vez fue una sentencia de muerte

San Fernando III

 

San Fernando III

PFA89439Rey de Castilla y León, miembro de la Tercera Orden de San Francisco, nacido en 1198 cerca de Salamanca; murió en Sevilla, el 30 de mayo de 1252. Fue hijo de Alfonso IX, Rey de León y de Berenguela, hija de Alfonso III, Rey de Castilla, a su vez hija de Blanca, la madre de San Luis IX.

En 1217 Fernando fue coronado Rey de Castilla, la corona que su madre había renunciado a favor de él; y en 1230 heredó la corona de León, aunque sin poder evitar una guerra civil, ya que muchos se oponían a la unión de los dos reinos. Eligió como consejeros a los hombres más sabios del Estado, se ocupó de administrar estrictamente la justicia y tenía mucho cuidado en no sobrecargar a sus vasallos con impuestos, por temer más, según decía, la maldición de una vieja pobre que a un ejército entero de sarracenos.

Siguiendo el consejo de su madre, Fernando se casó con Beatriz, la hija de Felipe de Suabia, Rey de Alemania, una de las princesas más virtuosas de la época. Dios bendijo la unión con siete hijos: seis príncipes y una princesa.

Las metas más altas en la vida de Fernando fueron la propagación de la fe y la liberación de España del yugo sarraceno. De aquí sus guerras continuas contra los sarracenos. Él les quitó territorios vastos, solo los reinos de Granada y Alicante quedaron en el poder de ellos a su muerte.

En las ciudades más importantes fundó obispados, restableció el culto católico por todas partes, construyó iglesias, fundó monasterios y hizo donaciones a hospitales. Los mayores gozos de su vida fueron las conquistas de Córdoba (1236) y Sevilla (1248).

Convirtió en catedrales las grandes mezquitas de esos lugares, dedicándolas a la Santa Virgen. Vigilaba la conducta de sus soldados, confiando más en la virtud que en el valor de ellos, ayunando estrictamente él mismo; siempre llevaba un cilicio áspero, y a menudo se pasaba la noche rezando, sobre todo antes de las batallas. En medio del tumulto del campamento vivía como un religioso en el claustro. La gloria de la Iglesia y la felicidad de su gente eran los motivos que guiaban su vida.

Fundó la Universidad de Salamanca, la Atenas de España. Fernando fue enterrado en la gran catedral de Sevilla ante la imagen de la Santa Virgen, vestido, según su propia petición, con el hábito de la Tercera Orden de San Francisco.

Ocurrieron muchos milagros junto a su sepulcro, y Clemente X lo canonizó en 1671. Su cuerpo sigue incorrupto, pudiéndose contemplar en el 30 de mayo, la fiesta particular de San Fernando que se celebra en España y entre los minoritas.

FERDINAND HECKMANN Traducido por Ryan D. Giles (Fuente: Enciclopedia Católica)

Cuando se rompió la palabra: Crónica narrativa de las rebeliones apaches en el México del siglo XIX.

 🌵 🏹  Cuando se rompió la palabra: Crónica narrativa de las rebeliones apaches en el México del siglo XIX.



En los últimos años del dominio español, la frontera norte era un territorio duro, pero no ingobernable. Entre desiertos interminables, sierras abruptas y ríos que aparecían y desaparecían como espejismos, los comandantes virreinales habían aprendido una verdad simple: nadie sobrevivía en aquellas tierras sin acuerdos.


Por eso, a finales del siglo XVIII, los presidios de Sonora, Nueva Vizcaya y Coahuila se convirtieron en puntos de encuentro. Allí, bajo el sol implacable, jefes apaches (y comanches) y oficiales españoles se reunían para sellar pactos. No eran tratados escritos en pergamino, sino acuerdos vivos, sostenidos por la reciprocidad: raciones a cambio de paz, protección a cambio de lealtad, comercio a cambio de respeto.


Los españoles llamaban a estos grupos “naciones amigas”. Y aunque la paz era frágil, funcionaba. Los apaches recibían maíz, tabaco, mantas y herramientas; los españoles ganaban rutas seguras, menos ataques y la posibilidad de expandir sus asentamientos. Era un equilibrio imperfecto, pero era equilibrio al fin.


En 1821: el viento cambia. Cuando México proclamó su independencia, ese sistema —tan delicado como una vasija de barro— se resquebrajó de inmediato. El nuevo país nació pobre, dividido y sin un plan claro para la frontera. Los presidios quedaron sin paga, los soldados desertaron, las raciones dejaron de llegar.


En los campamentos apaches, la noticia corrió como un rumor inquietante: “Los nuevos gobernantes no cumplen la palabra de los antiguos.”


Para los apaches, la palabra era ley. Un acuerdo roto no era un simple error administrativo: era una afrenta, una traición. Y la traición exigía respuesta.


La frontera se enciende: Los primeros ataques no fueron grandes incursiones, sino golpes quirúrgicos: robo de caballos, emboscadas a caravanas, recuperación de territorios que consideraban suyos. Pero la violencia creció como crece un incendio en la hierba seca.


Los pueblos del norte —Arizpe, Janos, Fronteras, Santa Cruz, Chihuahua— comenzaron a vivir con el sobresalto permanente. Las campanas de alarma sonaban de madrugada, los caminos se vaciaban, las haciendas se fortificaban. Familias enteras abandonaron sus tierras, dejando atrás casas que pronto serían ruinas.


Mientras tanto, en la Ciudad de México, los gobiernos cambiaban con la rapidez de las estaciones. Ninguno tenía recursos para reconstruir el sistema virreinal de pactos. En su lugar, enviaban órdenes de “castigo”, “persecución” y “guerra total”.


Pero la guerra total en el desierto era una ilusión.

Los apaches conocían cada cañón, cada manantial, cada sombra.


Los jefes de la resistencia; En este escenario surgieron figuras que hoy parecen casi legendarias:

Cochise, Mangas Coloradas, Delgadito, Ponce, Victorio.


No eran “bandidos”, como los describían los partes militares, sino líderes que defendían a su gente en un mundo donde los acuerdos habían sido borrados de un plumazo. Para ellos, la guerra no era un capricho: era la única respuesta posible cuando la diplomacia había sido destruida.


México lucha… y se desgasta: El gobierno mexicano intentó responder con milicias locales, recompensas por cabelleras y campañas militares improvisadas. Pero cada ofensiva terminaba igual: soldados exhaustos, recursos agotados, territorios perdidos.


Mientras tanto, desde el norte, Estados Unidos avanzaba. Sus propias guerras contra los apaches empujaron a muchos grupos hacia Sonora y Chihuahua, intensificando aún más la presión sobre México.


La frontera se convirtió en un torbellino de fuerzas que el joven país no podía controlar.


Un siglo de heridas: Así, las rebeliones apaches del siglo XIX no fueron un estallido espontáneo ni un conflicto “eterno”. Fueron la consecuencia directa de un sistema de acuerdos que había funcionado —con dificultades, sí, pero funcionado— y que México no pudo sostener.


Cuando se rompió la palabra, se rompió la paz.

Y la frontera norte pagó el precio durante casi cien años.


©2025 (cc) Genealogía Sonorense ✍️


Referencias:


• Velasco Ávila, C. (2009). Los tratados de paz con los apaches. UNAM.

• Weber, D. J. (1982). The Mexican Frontier, 1821–1846: The American Southwest Under Mexico. University of New Mexico Press.

• Radding, C. (1997). Wandering Peoples: Colonialism, Ethnic Spaces, and Ecological Frontiers in Northwestern Mexico, 1700–1850. Duke University Press.

•Registros históricos de AGES, AGN y PARES

La división de España en proviñ

 TAL DÍA COMO HOY... En 1833 se establece la división de España en 49 provincias que siguen vigentes en la actualidad (con la excepción de Canarias, que era una y posteriormente se dividió en dos) y que se agrupaban en 15 regiones, en parte teniendo en cuenta la historia y en parte no. Casi todas las provincias recibieron el nombre de sus capitales (excepto algunas que conservaron sus antiguas denominaciones, como Navarra, Álava, Guipúzcoa, Vizcaya) y desaparecieron algunas que habían existido en la división de 1822, como la de Calatayud.



Respecto a los límites de las provincias, aunque a veces pueden parecer arbitrarios siguen criterios racionales: extensión (desde el punto más alejado de la provincia debería poder llegarse a la capital en un día), población (las provincias deberían tener una población entre 100.000 y 400.000 habitantes) y coherencia geográfica. Eso sí, persistieron algunos enclaves que tenían su origen en la historia, como el Rincón de Ademuz (un trozo de Valencia incrustado en Teruel) o Treviño.


A lo largo de este tiempo ha habido algunas modificaciones (p.ej., la comarca de Caspe pasó de Teruel a Zaragoza, y la de Calamocha hizo lo contrario), pero estas provincias son asumidas tanto por la Primera como por la Segunda República y por la Constitución de 1978, en la que las regiones pasaron a llamarse Comunidades Autónomas y cambiaron algunas de ellas (p.ej., Santander se convirtió en Cantabria, y antes pertenecía a Castilla la Vieja).

29 DE DICIEMBRE DE 1853

 29 DE DICIEMBRE DE 1853 



FUSILAMIENTO DE LEANDRO ANTONIO ALÉN Y DEL CORONEL CIRIANO CUITIÑO


Por Revisionismo Historico Argentino 


LA JUSTICIA DE LOS VENCEDORES


El 29 de diciembre de 1853 quedó inscripto como una fecha amarga en la historia argentina. Aquella mañana, en la plaza de la Concepción, ante una multitud convocada como testigo y advertencia, fueron fusilados Leandro Antonio Alén y el coronel Ciriaco Cuitiño. No se trató de un simple acto judicial, sino del cierre sangriento de una guerra civil que continuó, aun después de Caseros, por otros medios. El nuevo poder necesitaba escarmentar, y lo hizo sobre los cuerpos de dos hombres que no habían renegado de su pasado federal.


DOS TRAYECTORIAS, UNA MISMA CONDENA


Leandro Antonio Alén encarnaba al federal plebeyo, al hombre del Buenos Aires popular, formado en el trabajo y no en los salones. Pulpero, matarife, herrador, pequeño propietario y miliciano, su vida fue la de tantos hombres comunes que acompañaron las puebladas que llevaron a Dorrego al poder y luego sirvieron al gobierno de Juan Manuel de Rosas desde funciones modestas pero constantes. Su adhesión política no fue oportunista ni tardía: fue coherente y pública, incluso cuando esa fidelidad dejó de ser conveniente.


Ciriaco Cuitiño representaba otro rostro del mismo proceso histórico. Mendocino de origen, con extensa trayectoria en milicias y policía, fue alcalde de Quilmes, comandante de partidas rurales y jefe del cuerpo de serenos en Buenos Aires. Integrante activo de la Sociedad Popular Restauradora, fue durante años una pieza central del dispositivo de orden rosista. Esa misma función, que bajo un gobierno constituía autoridad legal, se transformó tras la derrota federal en prueba suficiente para la condena.


Incluso adversarios ideológicos dejaron testimonios que matizan la imagen demonizada. José María Ramos Mejía, crítico feroz del rosismo, admitió que “un amigo de cuya sinceridad no puedo dudar me ha referido que Cuitiño era un hombre ejemplar; su moralidad y buenas costumbres como empleado y como hombre le granjearon el aprecio de sus superiores”.


DEL SERVICIO AL DELITO RETROACTIVO


Tras la caída de Rosas y el fracaso de la sublevación federal encabezada por Hilario Lagos, Alén y Cuitiño regresaron a Buenos Aires. No huyeron ni buscaron ocultarse. Fueron arrestados y sometidos a un proceso judicial que, desde su inicio, estuvo marcado por la excepcionalidad. Las causas no podían ser consultadas libremente, los cargos se acumularon sin pruebas documentales accesibles y el expediente terminó desapareciendo.


Durante las audiencias de diciembre de 1853, las actitudes de los acusados quedaron registradas por la crónica. Cuitiño escuchó los cargos en absoluto silencio. Alén, en cambio, interrumpía una y otra vez con desesperación: “Eso es falso, no ha sucedido tal cosa, yo no dije eso”. No era una estrategia defensiva, sino la reacción de quien comprendía que el juicio no buscaba esclarecer hechos, sino sancionar una pertenencia política.


El doctor Marcelino Ugarte asumió la defensa y desplegó argumentos sólidos. Nada fue suficiente. La sentencia parecía escrita de antemano y fue confirmada sin oír apelación.


LA MIRADA REVISIONISTA: JUSTICIA O VENGANZA


La historiografía revisionista ha sido clara al interpretar estos hechos. Autores como José María Rosa, Fermín Chávez y Vicente Sierra coincidieron en señalar que los procesos de 1853 no constituyeron juicios ordinarios, sino tribunales de excepción. Para José María Rosa, se trató de “una justicia aplicada con retroactividad política, donde se juzgó como crimen lo que había sido ejercicio de autoridad bajo un gobierno legítimo”.


Fermín Chávez sostuvo que el fusilamiento de Alén y Cuitiño fue “una advertencia simbólica”, un mensaje dirigido tanto a los federales sobrevivientes como al pueblo: la derrota debía ser completa, moral además de militar. Vicente Sierra, por su parte, remarcó que la desaparición de los expedientes judiciales no fue un accidente administrativo, sino “la prueba más elocuente de que no se quería dejar rastros de un procedimiento que no resistía el examen histórico”.


Desde esta perspectiva, no se niega la violencia del período rosista, pero se subraya la hipocresía de un orden que castigó selectivamente a los vencidos mientras absolvió, integró o recicló a muchos responsables que supieron adaptarse al nuevo régimen.


EL PATÍBULO COMO ESCENA DE PODER


La ejecución fue cuidadosamente escenificada. Alén, quebrado física y anímicamente tras meses de prisión, no pudo caminar hacia el paredón y debió ser llevado en brazos. Cuitiño, firme hasta el final, lo alentó a levantar la cabeza y enfrentar la muerte con dignidad. Según los testigos, le dijo que no tuviera miedo, que “una sola vez se moría”.


Cuando un oficial le preguntó por su último deseo, Cuitiño respondió con serenidad: “Denme una aguja y un hilo”. Se cosió el pantalón a la camisa y explicó: “Como después de fusilados nos van a colgar, no quiero que a un federal ni de muerto se le caigan los pantalones”. Rechazó la venda, abrió su camisa y señaló el pecho. Protestó en voz alta que había servido a una autoridad legal y obedecido órdenes de un gobernador legítimo. “Muero inocente”, afirmó, “y muero como buen federal”.


MULTITUD, SERMONES Y OLVIDO


Miles de vecinos presenciaron la escena. Un sermón expiatorio intentó dotar de sentido moral cristiano a lo que era, en esencia, un acto político. Los cuerpos permanecieron colgados durante horas como advertencia pública. Luego fueron arrojados a una fosa común, sin tumba ni señal. El silencio debía completar lo que el fusil había iniciado.


Para la historiografía revisionista, ese ocultamiento posterior fue parte del castigo. No bastaba con matar: era necesario borrar.


LA HERENCIA DEL ESTIGMA


La muerte de Leandro Antonio Alén proyectó una sombra duradera. Su hijo, Leandro Nicéforo Alem, cargaría durante años con el rótulo de “hijo del fusilado”. Cambió una letra de su apellido para atenuar una marca que la sociedad no estaba dispuesta a olvidar. Paradójicamente, esa herida sería uno de los motores de su vida política y del radicalismo naciente.


Cuitiño, en cambio, quedó reducido durante décadas a caricatura o demonización. Sin embargo, como señaló José María Rosa, “el silencio que se impuso sobre su tumba dice más sobre los vencedores que sobre el vencido”.


EFEMÉRIDE Y MEMORIA HISTÓRICA


Recordar el 29 de diciembre de 1853 no implica absolver ni idealizar. Implica comprender. Alén y Cuitiño murieron no solo por lo que hicieron, sino por lo que representaban en una Argentina que no supo cerrar sus conflictos sin sangre. Su fusilamiento fue el cierre brutal de una guerra civil prolongada y el inicio de una memoria oficial construida sobre el olvido selectivo.


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FUENTES


Rosa, José María. Historia Argentina. Buenos Aires,


Chávez, Fermín. Civilización y barbarie.


Chávez, Fermín. El revisionismo histórico argentino. 


Saldías, Adolfo. Historia de la Confederación 


Sierra, Vicente D. Historia de la Argentina.


Palacio, Ernesto. Historia de la Argentina 1515-1938. 


Galasso, Norberto. Vida de Leandro N. Alem.

El Cruzado o Peregrino


 🇸🇯 Sigurd I Magnusson, también conocido como Sigurd el Cruzado o el Peregrino, fue un monarca noruego que desempeñó un papel significativo en la historia medieval escandinava. Nació alrededor del año 1090 y ascendió al trono en 1103, su reinado estuvo marcado por su participación en la Cruzada de 1107-1110, convirtiéndose así en el primer monarca europeo en emprender una.


Sigurd, con solo 18 años, lideró la expedición que duró tres años (1108-1111). Pasó el invierno en el sur de Inglaterra, donde se entrevistó con el rey Enrique I. En la primavera de 1109 continuó el viaje a lo largo de la costa francesa y el norte de la península ibérica. El jóven rey permanecería un largo tiempo en la ciudad santa de Santiago de Compostela.


Cuando prosiguió el viaje hacia el sur, se enfrentó en constantes escaramuzas contra los musulmanes, tanto para conseguir provisiones como para debilitar el dominio islámico en la península ibérica. Combatió en Sintra, Lisboa y Alcácer do Sal, contribuyendo a que esas ciudades fuesen incorporadas al dominio cristiano.


En la primavera de 1110 atravesó el Estrecho de Gibraltar y continuó combatiendo contra los musulmanes y los piratas en Formentera, Ibiza y Menorca. En el verano llegó a Sicilia, y en esa isla permanecería un tiempo, hospedado por el conde normando Rogelio II de Sicilia.


De esta manera su viaje a Tierra Santa es particularmente notable, ya que se convirtió en el único monarca noruego en llegar a Jerusalén durante la Edad Media. Su presencia en estas tierras le otorgó reconocimiento y prestigio, contribuyendo a aumentar la reputación de los monarcas nórdicos en la escena europea.


En el año nuevo de 1111, trás ayudar al rey Balduino I a ampliar su reino, Sigurd abandonó Tierra Santa. Visitaría Chipre y el Peloponeso, y posteriormente Constantinopla (que los noruegos llamaban Miklagard). En la ciudad imperial recibió los honores por parte de Alejo I, y ahí permaneció un corto tiempo, antes de regresar a Noruega por vía terrestre.


A su regreso a Noruega, Sigurd consolidó su poder y fortaleció las relaciones con otros monarcas europeos. Además, su participación en la cruzada dejó una huella duradera en la historia noruega, influyendo en la visión de Noruega como un reino cristiano comprometido con las cruzadas y la expansión territorial.


A pesar de su impacto en la política exterior, el reinado de Sigurd también enfrentó desafíos internos. La división de Noruega entre sus hermanos y las tensiones con la Iglesia reflejaron la complejidad de la época. Sigurd falleció en 1130, pero su legado perduró, dejando una marca única en la historia noruega y en la narrativa de la Europa medieval.


Gracias por tu lectura 👍 


🎨 Sigurd I Magnusson desfilando con sus hombres por las calles de Constantinopla / Mapa de la ruta seguida por la llamada Cruzada Noruega.

Animales de Europas en America

 Para aprender hoy: Estos animales transformaron la vida americana para siempre: dieron carne, leche, cuero y lana, ayudaron en el transporte y la agricultura, poblaron campos y ciudades, y en pocas generaciones se volvieron tan cotidianos que hoy parecen parte natural del paisaje de América.



Comparación.

Pero el caso del caballo es distinto: este animal no fue realmente “nuevo”, sino un antiguo hijo de América que se había extinguido hace unos 10 000 años y que los europeos trajeron de vuelta, como una reintroducción histórica. En cambio, el llamado jabalí americano sí es un cerdo verdadero de origen europeo —cruce entre jabalí y cerdo doméstico— que escapó y se volvió salvaje, a diferencia del pecarí nativo que muchos confunden con cerdo pero que pertenece a otra familia. Así, mientras el caballo regresó a la tierra donde nació, el jabalí y los cerdos llegaron por primera vez para quedarse y cambiar para siempre los ecosistemas del continente.🧐


Fuente: (Columbian Exchange)


#hoyaprendi #aniamles #animalplanet

El petroleo

 En 1859 ocurrió un hecho que cambiaría la historia moderna, por primera vez, el petróleo brotó del suelo de forma controlada. Sucedió en Titusville, Pensilvania, cuando Edwin Drake perforó un pozo buscando una manera más eficiente de obtener aceite para iluminación. Hasta ese momento, el petróleo era una sustancia molesta que aparecía de forma accidental en la superficie y nadie sabía realmente qué hacer con ella.



El pozo alcanzó apenas 21 metros de profundidad, pero fue suficiente. De la tierra comenzó a salir un líquido oscuro y espeso que pronto se almacenó en barriles. Ese momento marcó el inicio de la industria petrolera. En pocos años, el petróleo pasó de ser un residuo incómodo a convertirse en el motor del desarrollo industrial.


Gracias a ese descubrimiento surgieron nuevos combustibles, se impulsó el transporte moderno y se transformaron economías enteras. Ciudades crecieron alrededor de los pozos, surgieron grandes empresas energéticas y el mundo comenzó a depender de este recurso.


Lo que empezó como una simple perforación cambió la forma en que la humanidad se mueve, produce energía y entiende el progreso. Ese día, sin saberlo, comenzó la era del petróleo.

Herrera

 El apellido Herrera tiene un origen español, concretamente de la región de Castilla. Su significado está ligado a lugares y oficios relacionados con el trabajo del hierro.



🔍 Origen y significado


El nombre proviene directamente del término castellano "herrera", que significa herrería o taller de un herrero. Su raíz etimológica se encuentra en la palabra latina "ferraria", que hace referencia a un lugar donde se trabaja el hierro.


Existen dos teorías principales sobre cómo las familias adoptaron este apellido, y es posible que ambas sean válidas para diferentes linajes:


· Origen toponímico (por lugar): Muchas familias tomaron el apellido por vivir en alguno de los muchos lugares de España llamados Herrera, ubicados en regiones como Castilla y León, Andalucía o Cantabria.

· Origen ocupacional (por oficio): Otras familias lo adoptaron porque alguno de sus antepasados ejercía el oficio de herrero, un trabajo fundamental en la Edad Media.


📜 Historia y expansión


El apellido aparece documentado desde el siglo XII. Se consolidó durante la Edad Media y se expandió por toda la Península Ibérica, especialmente durante el proceso de la Reconquista.


Posteriormente, con la colonización de América, el apellido Herrera cruzó el Atlántico y se estableció con fuerza. Hoy es muy común en países como México, Colombia, Argentina, Chile y Venezuela.


⚜️ Escudo de armas (Heráldica)


No existe un único escudo para el apellido. Diferentes ramas familiares adoptaron blasones con elementos que aluden al origen del nombre. Estos son algunos de los diseños más conocidos:


· Castillo de gules (rojo) sobre campo de oro: Simboliza fortaleza y nobleza.

· Herraduras de plata o azur: Referencia directa al oficio de la herrería.

· Calderas jaqueladas (en damero): Un símbolo distintivo de algunas ramas importantes de Andalucía.


🏠 Datos genealógicos destacados


La historia genealógica del apellido es extensa. Según diversas fuentes:


· Uno de los linajes principales tuvo su casa solar (origen) en la villa de Pedraza (Segovia) y se le relaciona con la noble Casa de Lara, aunque esta conexión es discutida por algunos expertos.

· Otra teoría sitúa el origen principal en el valle de Camargo, en Cantabria.

· Los portadores del apellido probaron repetidamente su nobleza para ingresar en órdenes militares como Santiago, Calatrava y Alcántara.


Si estás investigando tu árbol genealógico y tu apellido es Herrera, saber la región específica de España de donde procedía tu familia puede ser de gran ayuda para encontrar más información.

martes, 30 de diciembre de 2025

Idea rechazada

 A mediados del siglo XIX, los hospitales europeos eran lugares peligrosos. En muchas salas de maternidad, dar a luz significaba enfrentarse a una alta probabilidad de muerte. Miles de mujeres fallecían pocos días después del parto a causa de una infección conocida como fiebre puerperal, y nadie lograba explicar con certeza por qué ocurría.



En 1847, el médico húngaro Ignaz Semmelweis observó algo que otros habían pasado por alto. En el Hospital General de Viena, la mortalidad era mucho mayor en las salas atendidas por médicos que en aquellas atendidas por parteras. La diferencia no estaba en las pacientes, sino en quienes las trataban.


Semmelweis llegó a una conclusión incómoda: los médicos, que realizaban autopsias antes de atender partos, transmitían infecciones al no lavarse las manos. Ordenó entonces un lavado obligatorio con una solución desinfectante. El resultado fue inmediato y contundente: las muertes cayeron drásticamente.


Sin embargo, su idea fue rechazada. Fue ridiculizado por sus colegas, apartado del ámbito médico y desacreditado. Murió sin ver reconocido su trabajo.


Años después, la ciencia confirmó lo que él ya sabía. Hoy, el simple acto de lavarse las manos es una de las prácticas más importantes de la medicina moderna, y ha salvado millones de vidas en todo el mundo.

Pompeya

 En el año 79 d.C., Pompeya era una ciudad romana próspera y llena de vida. Sus calles estaban cubiertas de mosaicos, las casas decoradas con frescos y los mercados rebosaban actividad. Para sus habitantes, el monte Vesubio formaba parte del paisaje cotidiano. Nadie lo consideraba una amenaza real.



Todo cambió en cuestión de horas. El volcán entró en erupción y una enorme columna de ceniza, gases y rocas comenzó a cubrir el cielo. Al principio, muchos no comprendieron lo que estaba ocurriendo. Algunos intentaron continuar con su rutina; otros buscaron refugio en sus hogares o intentaron huir de la ciudad.


La caída constante de ceniza oscureció el día como si fuera de noche. Más tarde llegaron las oleadas de gases ardientes que hicieron imposible escapar. Pompeya quedó sepultada bajo metros de material volcánico, y miles de personas murieron sin saber que estaban viviendo uno de los momentos más estudiados de la historia.


Durante siglos, la ciudad permaneció oculta y olvidada. No fue hasta el siglo XVIII cuando fue redescubierta por completo. Bajo la ceniza, quedaron preservadas calles, objetos y escenas de la vida diaria.


Pompeya no es solo una ciudad en ruinas. Es una ventana única al pasado, un lugar donde el tiempo quedó detenido para siempre en un solo día.

Ignacio López Rayón: el hombre que sostuvo la Independencia cuando todo parecía perdido

 Ignacio López Rayón: el hombre que sostuvo la Independencia cuando todo parecía perdido



Cuando el eco de los fusilamientos de Hidalgo, Allende y Aldama aún estremecía a la Nueva España, muchos creyeron que la Independencia había muerto. El miedo se extendía, las tropas insurgentes se dispersaban y la esperanza parecía enterrada junto a sus líderes.

Pero Ignacio López Rayón no huyó.

Con la derrota pesando sobre sus hombros, decidió hacer lo más difícil: mantener viva la causa cuando ya no quedaba gloria, solo peligro. No era un caudillo de gritos ni un héroe de caballería; era un hombre de ideas firmes, convencido de que una nación no se construye solo con sangre, sino con leyes.

En Zitácuaro levantó algo más poderoso que un ejército: un gobierno insurgente. La Suprema Junta Nacional Americana fue su respuesta al caos, un acto de rebeldía intelectual frente al imperio. Allí, mientras los realistas avanzaban y la muerte rondaba, Rayón escribió palabras que soñaban futuro: los Elementos Constitucionales, semillas del México libre.

No buscó fama. No tuvo estatuas en vida. Terminó olvidado por muchos, pero sin él, la Independencia quizá se habría apagado en 1811.

Ignacio López Rayón no encendió el primer grito…

pero fue quien evitó que se extinguiera.

BARTOLOMÉ MITRE: EL GENERAL SIN BATALLAS GANADAS

 BARTOLOMÉ MITRE: EL GENERAL SIN BATALLAS GANADAS



Por Revisionismo Historico Argentino 


Como dijo José María Rosa:


“Mitre fue vencedor en los libros y en la política, pero no en los campos de batalla.”


UN GENERAL CONSTRUIDO POR LA POLÍTICA, NO POR LA GUERRA


Bartolomé Mitre llegó al grado de general no por una trayectoria de victorias militares, sino por su habilidad política, su manejo de la palabra escrita y su inserción en los círculos de poder porteños. En una época en la que el ascenso militar solía fundarse en campañas, sacrificios y triunfos en el campo de batalla, Mitre fue una excepción: acumuló derrotas, retrocesos y retiradas, pero jamás perdió influencia. Su carrera militar fue el reflejo de un fenómeno recurrente en la historia argentina del siglo XIX: generales fabricados por la política, no por la guerra.


SIERRA CHICA: EL PRIMER DESASTRE


En 1855, como ministro de Guerra de la Provincia de Buenos Aires, Mitre organizó una campaña contra grupos indígenas en Sierra Chica. Contaba con tropas bien armadas, artillería y logística superior. En la partida prometió responder “hasta de la última cola de vaca” que pudieran llevarse los indios. El resultado fue exactamente el inverso: sus fuerzas fueron derrotadas por un enemigo numéricamente inferior y pobremente armado, perdiendo armas, caballos, provisiones y prestigio. Fue una derrota humillante que marcó el inicio de una constante: Mitre fracasaba incluso cuando tenía todas las ventajas materiales.


CEPEDA: LA DERROTA CLARA


En la batalla de Cepeda de 1859, Mitre enfrentó a las tropas de la Confederación Argentina comandadas por Justo José de Urquiza. El resultado fue inequívoco: una sola división de caballería federal desarticuló al ejército porteño. Mitre no reorganizó sus fuerzas ni intentó una resistencia ordenada; huyó sin descanso hacia Buenos Aires. La derrota fue tan evidente que obligó a Buenos Aires a aceptar la reincorporación a la Confederación. Militarmente, Cepeda mostró a un jefe incapaz de conducir un ejército en una batalla convencional.


PAVÓN: EL TRIUNFO SIN COMBATIR


En Pavón, en 1861, Mitre no ganó una batalla: ganó una situación política. El enfrentamiento fue indeciso y, convencido de su derrota, Mitre se retiró del campo. Fue Urquiza quien, por razones políticas ajenas al combate, abandonó la lucha y dejó el camino libre a Buenos Aires. Mitre transformó ese abandono en una supuesta victoria militar, cuando en realidad se trató de una maniobra política que nada tuvo que ver con su capacidad como estratega. Pavón consolidó su poder, pero no redimió su ineptitud militar.


LA GUERRA DEL PARAGUAY: FANFARRONADA Y FRACASO


Como comandante de las fuerzas aliadas en la Guerra de la Triple Alianza, Mitre mostró su peor faceta. Su célebre proclama prometiendo llegar a Asunción en tres meses quedó como una de las fanfarronadas más irresponsables de la historia militar sudamericana. La guerra duró cinco años, fue sangrienta y devastadora, y Mitre jamás pisó la capital paraguaya.


Curupaytí fue el punto más alto de su incapacidad: con fuerzas muy superiores, lanzó ataques frontales mal planificados contra posiciones fortificadas. El resultado fue una masacre. Miles de soldados aliados murieron inútilmente, mientras el ejército paraguayo resistía con pérdidas mínimas. Mitre perdió hombres, material y autoridad. Las derrotas continuaron, y su conducción fue tan deficiente que los propios aliados brasileños cuestionaron abiertamente su mando.


En Tuyucué, una fuerza paraguaya muy inferior volvió a derrotarlo, capturando armas, provisiones, correspondencia y el parque entero del ejército. Mitre volvió a huir. La reiteración de derrotas terminó por hacerlo insostenible: nadie quiso obedecerlo y fue apartado del mando.


1874: LA ÚLTIMA HUMILLACIÓN


Derrotado en las elecciones presidenciales de 1874, Mitre recurrió a las armas una vez más. El resultado fue patético. En el combate de La Verde, fue vencido por fuerzas menores al mando de un capitán subalterno. El general famoso, el “prócer”, se rindió sin gloria. Fue el final definitivo de su carrera militar.


UN GENERAL SIN MÉRITOS


Mitre nunca ganó una batalla decisiva. Nunca demostró genio estratégico. Nunca se destacó por el coraje personal ni por la conducción eficaz de tropas. Sus ascensos fueron políticos, sus triunfos fueron relatos, y sus derrotas, reales. Supo escribir la historia, pero no supo hacerla con las armas. Como militar, fue un fracaso sostenido; como general, una construcción artificial; como jefe de guerra, una tragedia para los soldados que lo siguieron.


Ese fue el Mitre militar: un general sin merecimientos, elevado por la política, sostenido por el relato y desmentido una y otra vez por el campo de batalla.


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FUENTES


Rosa, José María. Historia Argentina. 


Rosa, José María. La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas. Buenos Aires, Editorial Oriente, 1965.


Chávez, Fermín. Civilización y barbarie. 


Chávez, Fermín. Vida y muerte de López Jordán.


Scenna, Miguel Ángel. La guerra del Paraguay. 


Halperín Donghi, Tulio. Una nación para el desierto argentino. 


Gálvez, Manuel. Vida de Don Juan Manuel de Rosas.

Emilia Pardo Bazan

 Emilia Pardo Bazán nació el 16 de septiembre de 1851 en La Coruña. Hija de Doña Amalia de la Rúa, de quien heredó el carácter abierto e independiente y de Don José Pardo Bazán, político liberal que le legó su gran afición por la lectura y los estudios. Poco después del nacimiento de Emilia la familia se mudó a una casa en un barrio aristocrático y tranquilo en la Calle de las Tabernas.

A los nueve años Emilia Pardo Bazán comenzó a demostrar interés en la escritura, durante los inviernos asistía a un colegio francés protegido por la Real Casa, donde fue introducida a la obra literaria de La Fontaine y Racine y ya de adolescente publicó algunos versos en el Almanaque de Soto Freire.
Se casó a los diecisiete años con Don José Quiroga. Cuando el padre de Emilia fue nombrado Diputado de Cortes toda la familia se trasladó a Madrid, incluso el joven matrimonio. En Madrid tuvieron contacto con la vida cultural de la capital. Tras la entrada de Amadeo de Saboya y la guerra carlista, toda la familia se marchó a Francia. Viajaron por Europa donde Emilia aprendió inglés y alemán y le permitió descubrir la literatura francesa que dejaría un gran impacto en ella.
Con sólo veinticinco años derrotó, en un certamen de ensayo, a Concepción Arenal, con una obra sobre el Teatro del Padre Feijoo. Este mismo año dio a luz a su primer hijo, a quien le dedicó su único libro de poemas. Escribió su primera novela, Pascual López, el año en que nació su segundo hijo. Una dolencia hepática en 1880 obligó a la escritora a pasar algún tiempo en Vichy. Durante este período descubrió el naturalismo de Zola, conoció personalmente a Hugo , y empezó a interesarse por esta nueva tendencia literaria. En el periódico madrileño La época publicó Un viaje de novios que era un relato novelesco de sus propias memorias del viaje a Vichy. Su última hija, Carmen, nació en 1881.
Los artículos publicados con anterioridad que fueron compilados en el libro La cuestión palpitante, que tenían como fin tratar el movimiento del naturalismo de forma directa pero profunda, tuvo un gran impacto social, y el escándalo originado llevó a su marido a pedirle que cesara de escribir, lo que provoco la ruptura deñ matrimonio en 1884. En 1886 conoció a Zola y en ese viaje a Francia descubrió la moderna novela rusa. Esas lecturas la impulsaron a presentar en el Ateneo de Madrid un trabajo sobre La revolución y la novela en Rusia, en 1887.
Continuó escribiendo y revitalizando la vida cultural del país de manera terca e incansable, a pesar de las dificultades. En 1890 murió su padre y aprovechó la herencia para crear una revista escrita por ella sola, El Nuevo Teatro Crítico. Asistió al Congreso Pedagógico en donde denunció la desigualdad educativa entre el hombre y la mujer. Propuso a Concepción Arenal a la Academia Real de la Lengua, pero fue rechazada. La Academia tampoco aceptaría a Gertrudis Gómez Avellaneda, ni a ella a pesar de que actualmente se considera a Pardo Bazán el máximo exponente del realismo junto con Clarín y Galdós. Con este último mantuvo la escritora una relación conocida.
En 1906 llegó a ser la primera mujer en presidir la Sección de literatura del Ateneo de Madrid y la primera en ocupar una cátedra de literatura en la Universidad Central de Madrid, aunque solo asistió un estudiante a clase. Cuando murió, el 12 de mayo de 1921, había conseguido el título de Catedrática de Literaturas Neolatinas.
Emilia Pardo Bazán fue una gran escritora pero además fue una intelectual y luchadora infatigable no solo por el acceso a la cultura de las mujeres sino por su reconocimiento social, y lo hizo con la enorme fuerza personal que tenía, luchando sin tregua y de frente y sin victimismo, con el orgullo de quien simplemente reclama lo que es suyo por propio derecho, para ello se convirtió en la primera periodista española, labor que ejerció ininterrumpidamente desde 1876 hasta su muerte y que dio como fruto la mencionada obra fundamental La cuestión palpitante y el que probablemente sea el libro más importante y menos conocido del feminismo español: La España Moderna en La Mujer Española.


BIBLIOGRAFÍA

Narrativa

Pascual López (1879)
Un viaje de novios (1881)
La tribuna (1882)
El Cisne de Vilamorta (1885)
La dama joven (1885)
Los pazos de Ulloa (1886-1887)
La madre naturaleza (1887)
Una cristiana (1890)
La prueba (1890)
La piedra angular (1891)
La quimera (1905)
Dulce sueño (1911)
De mi tierra (1888)
Cuentos escogidos (1891)
Cuentos de Marineda (1892)
El tesoro de Gastón (1897)
Cuentos sacroprofanos (1899)

Ensayo y crítica

Estudio crítico de las obras del padre Feijoo (1876)
Los poetas épicos cristianos (1895)
La cuestión palpitante (1883)
La revolución y la novela en Rusia (1887)
Nuevo Teatro Crítico (1891-1892)
Polémicas y estudios literarios (1892)
Lecciones de literatura (1906)
La literatura francesa moderna (1910)
La cocina española antigua (1913)
Porvenir de la literatura después de la guerra (1917)

Libros de viajes

Al pie de la torre Eiffel (1889)
Por Francia y por Alemania (1889)
Por la España pintoresca (1895)
Por la Europa católica (1905)

Biografías

San Francisco de Asís (1882)
Hernán Cortés (1914)

Lírica

Jaime (1876)




Zimbabue


 Zimbabue es una nación rica en contrastes, donde las estruendosas caídas de agua se encuentran con sabanas infinitas y restos de antiguas civilizaciones de piedra. Es un país conocido por la hospitalidad de su gente y por albergar una de las maravillas naturales más impresionantes del mundo. 🇿🇼🌊


📍 Datos generales de Zimbabue

🇿🇼 País: República de Zimbabue

🌍 Ubicación: Sudeste de África, sin salida al mar (limita con Sudáfrica, Botsuana, Zambia y Mozambique).

👥 Población: \sim16.6 millones de habitantes.

💶 Moneda: Dólar de Zimbabue (ZWL) / Oro de Zimbabue (ZiG); también se usan ampliamente monedas extranjeras como el dólar estadounidense.

🌤️ Clima: Tropical moderado por la altitud; tiene una estación seca (abril a octubre) y una lluviosa (noviembre a marzo).

🏙️ Idiomas Oficiales: Tiene 16 idiomas oficiales, siendo el inglés, el shona y el ndebe King los más hablados.


📍 Datos curiosos de Zimbabue

🌊 Las Cataratas Victoria: Conocidas localmente como Mosi-oa-Tunya ("el humo que truena"), son una de las caídas de agua más grandes y espectaculares del planeta. Es tal su fuerza que el rocío puede verse a kilómetros de distancia.

🏰 El Gran Zimbabue: El país toma su nombre de estas antiguas ruinas de piedra de una ciudad medieval que fue el centro de un gran imperio. Es la estructura antigua más grande del África subsahariana y fue construida sin mortero, solo encajando piedras perfectamente.

🐘 El Parque Nacional Hwange: Es una de las reservas de vida silvestre más importantes de África y alberga una de las poblaciones de elefantes más grandes del mundo (se estima que hay más de 45,000 ejemplares).

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LA CASUALIDAD QUE MARCÓ LA TRAGEDIA ARGENTINA


 LA CASUALIDAD QUE MARCÓ LA TRAGEDIA ARGENTINA


Por Revisionismo Historico Argentino 


Bartolomé Mitre en la historia política, militar e historiográfica del siglo XIX


Bartolomé Mitre nació en Buenos Aires el 26 de junio de 1821, hijo de una familia de origen oriental y de recursos modestos. Su nacimiento en territorio porteño fue circunstancial, producto del desplazamiento familiar, dato que ha sido señalado por diversos autores y utilizado simbólicamente por la historiografía revisionista para reflexionar sobre su posterior relación política con el país que gobernaría. La historiografía académica, en cambio, suele considerar este aspecto como un elemento biográfico secundario, sin carácter determinante.


A los catorce años fue enviado a trabajar a una estancia vinculada al entorno de Juan Manuel de Rosas, administrada por Gervasio Rosas. La experiencia fue breve y fallida. La conocida frase atribuida al Restaurador, dirigida al padre del joven, ha sido conservada por la tradición histórica y citada reiteradamente por autores revisionistas:


> “Dígale a Don Ambrosio que aquí le devuelvo a este caballerito, que no sirve ni servirá para nada, porque cuando encuentra una sombrilla se baja del caballo y se pone a leer”.


Más allá de la discusión sobre su literalidad, el episodio revela el contraste entre la disciplina del mundo rural rosista y la temprana vocación intelectual de Mitre, quien desde joven se inclinó por la lectura, el periodismo y la reflexión política.


Durante el período rosista, Mitre desarrolló una intensa actividad literaria y periodística desde Montevideo, defendiendo posiciones unitarias y liberales. No participó como combatiente en los enfrentamientos armados contra la Confederación. En 1845, durante la batalla de la Vuelta de Obligado, fue testigo del combate desde los buques de la escuadra anglo-francesa que forzaba la navegación del Paraná. Años más tarde, el propio Mitre escribiría:


> “La resistencia de Obligado fue heroica, pero inútil frente al empuje de la civilización europea”.

(Historia de Belgrano).


Carlos Saavedra Lamas aludiría irónicamente a su presencia a bordo de las naves extranjeras llamándolo “el grumete”. La interpretación de este episodio ha sido objeto de debate: para la historiografía liberal se trató de una circunstancia personal, mientras que el revisionismo lo leyó como una toma de posición política temprana frente al conflicto por la soberanía nacional.


El clima ideológico de aquella generación quedó expresado con crudeza por Domingo Faustino Sarmiento, quien, refiriéndose al apoyo de sectores ilustrados a la intervención francesa, escribió:


> “Los que cometieron aquel delito de leso americanismo, los que se echaron en brazos de la Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones, sus hábitos e ideas en las orillas del Plata, fueron los jóvenes, en una palabra, ¡fuimos nosotros!… Somos traidores a la causa americana… De eso se trata, de ser o no ser salvajes”.


Tras la caída de Rosas en Caseros, Mitre reapareció en Buenos Aires con un discurso liberal, constitucionalista y centralista. Su figura pública combinaba una oratoria eficaz, una imagen austera y una estética asociada a los círculos intelectuales europeos. Justo José de Urquiza lo apodaría despectivamente “el Tísico”, en alusión a su aspecto físico. Para muchos contemporáneos, Mitre encarnaba al joven romántico porteño, admirado por su pluma y sus discursos, aunque aún sin una trayectoria militar victoriosa que respaldara su prestigio.


Desde el punto de vista estrictamente militar, su desempeño fue objeto de críticas tempranas. En 1855, al mando de fuerzas porteñas superiores en número y armamento, fue derrotado en Sierra Chica por contingentes indígenas. La prensa opositora ironizó duramente sobre el episodio. El periódico La Reforma Pacífica escribió:


> “El general Mitre parte con fuerzas completas y regresa sin caballos, sin artillería y sin gloria”.


El oficial porteño D’Amico, citado posteriormente por la historiografía revisionista, dejó una apreciación lapidaria:


> “A Mitre no se le ocurre nada en el campo de batalla”.


Mitre era coronel de artillería y estudioso de las doctrinas militares europeas, particularmente de las estrategias consideradas científicas, inspiradas en los modelos napoleónicos. Sin embargo, varios testimonios contemporáneos señalaron la dificultad de aplicar esos esquemas en la guerra de llanura rioplatense, donde predominaban la movilidad, la caballería y el conocimiento del terreno.


En 1859, como comandante del ejército de Buenos Aires, fue derrotado por las fuerzas de la Confederación en Cepeda. En su parte oficial afirmó:


> “El ejército se replegó en orden, preservando su cohesión y su honor”.


Urquiza, en cambio, informaba al Congreso de Paraná:


> “La victoria ha sido completa; el enemigo ha abandonado el campo y su artillería”.


El 17 de septiembre de 1861, en Pavón, se produjo uno de los episodios más controvertidos de la historia argentina. Militarmente, el enfrentamiento quedó inconcluso, pero la retirada de la caballería de Urquiza permitió a Mitre consolidar su triunfo político. El propio Urquiza explicaría años después, en una carta privada:


> “No quise proseguir una victoria que habría costado sangre argentina para sostener un predominio político”.


Desde la historiografía revisionista, esta decisión fue duramente cuestionada. José María Rosa sostuvo:


> “Pavón no fue una derrota militar de la Confederación, sino una capitulación política de su jefe”.


Jorge Abelardo Ramos coincidió en esa interpretación al afirmar:


> “Urquiza abandonó el campo cuando tenía ganada la batalla, dejando el país en manos de Buenos Aires”.


Mitre, que se había retirado anticipadamente del campo de batalla, fue alcanzado por un subalterno que le comunicó el resultado favorable. El episodio quedó registrado en la tradición oral militar con la frase: “No dispare general, que ha ganado”.


Tras Pavón, Mitre desplegó una intensa actividad política y retórica destinada a neutralizar a sus antiguos adversarios. Sobre Urquiza, a quien buscó integrar simbólicamente al nuevo orden, llegó a decir:


> “Urquiza es el Washington de la América del Sur”.


En 1862 asumió la presidencia de la Nación. En su discurso inaugural afirmó:


> “La República necesita capitales, y esos capitales no pueden provenir sino de las naciones industrializadas”.


En otra intervención, frecuentemente citada, expresó sin ambigüedades:


> “¿Quién impulsa este progreso? El capital inglés, señores”.


Durante un discurso parlamentario en 1863 reforzó esa línea al sostener:


> “La riqueza del país debe orientarse hacia los mercados que la reclaman”.


Para la historiografía liberal, estas afirmaciones reflejan pragmatismo económico; para el revisionismo, evidencian una política de dependencia. Arturo Jauretche interpretó que:


> “Con Mitre se organiza el país para que produzca barato y exporte sin valor agregado”.


Durante su gobierno se consolidó la centralización del Estado, se reprimieron los últimos levantamientos federales y se profundizó el avance sobre territorios indígenas. Estos procesos han sido valorados de manera divergente según las corrientes historiográficas, como construcción del Estado nacional o como eliminación violenta de proyectos alternativos.


En 1865, Mitre asumió el mando del ejército aliado en la Guerra de la Triple Alianza. En una proclama inicial aseguró:


> “La guerra será breve y decisiva”.


Sin embargo, el conflicto se prolongó y alcanzó niveles de violencia inéditos. Tras la derrota aliada en Curupaytí, informó:


> “El valor de las tropas no ha podido compensar las dificultades del terreno y la solidez de las posiciones enemigas”.


El historiador León Pomer analizó posteriormente:


> “Curupaytí fue la demostración más clara de la improvisación y la subestimación del enemigo”.


Finalmente, el Imperio del Brasil asumió el control efectivo de la guerra, y Mitre fue desplazado del mando activo.


En el plano intelectual, Mitre ocupó un lugar central como fundador de la historiografía liberal argentina. Su obra fue decisiva para establecer un relato canónico del pasado nacional. Las críticas posteriores se centraron en las omisiones y selecciones que acompañaron ese relato. Norberto Galasso señaló:


> “Mitre escribió la historia del vencedor, pero la escribió como si fuera la historia de la Nación”.


En una línea similar, Jorge Abelardo Ramos sintetizó:


> “Mitre venció en Pavón y luego venció en los manuales”.


Desde una perspectiva, puede afirmarse que Bartolomé Mitre fue una figura compleja y decisiva del siglo XIX argentino: un dirigente con escasos logros militares directos, notable habilidad política, enorme influencia intelectual y un papel central tanto en la organización del Estado nacional como en la construcción del relato histórico dominante. Las interpretaciones sobre su legado continúan siendo objeto de debate, reflejando tensiones profundas sobre el modelo de país, la soberanía y el sentido de la historia argentina.


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Fuentes;


José María Rosa– Historia Argentina, Tomos V y VI,


Jorge Abelardo Ramos– Revolución y contrarrevolución en la Argentina,


Arturo Jauretche– Los profetas del odio.– Manual de zonceras argentinas.


Norberto Galasso– Mitre, el historiador falsificado.


Fermín Chávez– Civilización y barbarie en la historia de la cultura argentina.


Tulio Halperin Donghi– Proyecto y construcción de una nación.– Una nación para el desierto argentino.


Vicente Fidel López– Historia de la República Argentina.

Ricardo Levene

).

NARANJAS EN CONDICIONES”


 “NARANJAS EN CONDICIONES”


El 29 de diciembre de 1874 tuvo lugar el Pronunciamiento de Sagunto, realizado por el general Arsenio Martínez Campos en favor de Alfonso XII, y que supuso la restauración de la monarquía borbónica y el final de la Primera República Española.


1874 fue un año intenso para la historia de España. El 3 de enero quedaron disueltas las Cortes, compuestas casi en exclusiva por republicanos que no se soportaban mutuamente. El país estaba inmerso en tres guerras civiles: la de Cuba, la carlista en el norte, y finalmente los residuos de la cantonal. Tras un año de muerte y pillaje contra la República y sus compatriotas, Cartagena resistía en espera de la caída de Castelar y la formación de un Gobierno que reconociera su cantón. Todo el mundo sabía que Pavía iba a dar un golpe si Castelar era derrotado en las Cortes. La prensa lo anunció desde un mes antes, y así lo reflejaban los embajadores en sus informes. Y así ocurrió. Pavía impidió con su golpe un gobierno favorable al cantonalismo, y propició la formación de otro de coalición nacional. El nuevo Ejecutivo, presidido por el general Serrano, decidió mantener la República para conservar la Constitución de 1869. Cánovas, jefe del alfonsismo desde agosto de 1873, no aceptó formar parte de ese gabinete. En la reunión preparatoria de ese Ejecutivo había propuesto la formación de un Ministerio-Regencia para la proclamación de Alfonso XII. Los coaligados no quisieron y Cánovas se retiró. El viejo partido moderado y los militares alfonsinos criticaron la postura de Cánovas. Creyeron que había perdido una oportunidad. La oposición a Cánovas existió desde el inicio. Muchos lo veían indeciso y conciliador, cuando lo conveniente, decían, era aprovechar la debilidad del Ejecutivo y el cansancio de los españoles con la República para dar un golpe y sentar a Alfonso de Borbón en el Trono. En realidad, lo que querían era un ajuste de cuentas con los revolucionarios que los echaron en 1868.


La desastrosa I República había derivado en una especie de dictadura presidida por el general Serrano, en ese momento el jefe del Estado, quien había instaurado una especie de dictadura republicana con suspensión de garantías constitucionales, censura de prensa y destierros. 


El plan canovista para la Restauración era la creación de un gran movimiento nacional que viera en Alfonso la paz, el orden y la libertad frente a una República caótica. Si una gran movilización había desterrado a los Borbones en 1868, otra de igual envergadura debía traerlos sin derramamiento de sangre. Esto suponía que hubiera un reconocimiento general de Gobierno, Cortes, partidos, sociedad civil y Ejército.


Para entonces eran muchos los que tenían sus esperanzas puestas en el regreso del Príncipe Alfonso. Uno de ellos era el general Martínez Campos, quien sabía que buena parte del Ejército era alfonsina. El general sabía que Cánovas de Castillo le iba a censurar si protagonizaba un alzamiento militar para restaurar la Monarquía, pero decidió asumir el riesgo: «Tenía prisa porque veía deshacerse a España, advertía cómo aumentaba la guerra civil (carlista) y la de Cuba, cómo cundía el desorden y la insubordinación en el Ejército y consideraba que cada día que se ganase era un día de luto que se evitaba a la patria», relató tiempo después el propio general Martínez Campos.


El general solo esperaba para intervenir un telegrama que le anunciara que todo estaba listo con un texto en clave: «Naranjas en condiciones». El 27 de diciembre llegó el telegrama, y esa misma noche el general y sus dos acompañantes se disfrazaron de paisano y tomaron el tren a Valencia. Desde allí se fueron a Sagunto en un carromato, contaron a los oficiales su plan y solo un capitán pidió que le separaran del mando. En la mañana del 29 Martínez Campos dirigió una arenga a los 2000 militares reunidos y proclamó Rey a Alfonso XII entre los vivas de los soldados. Martínez Campos había llevado a cabo lo que se llamaba un «pronunciamiento», el golpe de Estado a la española.


Este modelo propio de la Historia de España consistía en que algún comandante militar de una guarnición periférica, con fuerzas insuficientes para asaltar al poder en Madrid, llamaba a la rebelión, esperando que se le fuesen uniendo otras unidades militares. Si el movimiento de rebeldía se generalizaba y cobraba fuerza, el poder dimitía generalmente sin dar batalla.


El pronunciamiento de Martínez Campos fue un éxito porque inmediatamente se le unió el jefe del llamado Ejército del Centro, que estaba combatiendo contra los carlistas en Castellón y Cataluña. Los alzados ocuparon Valencia, detuvieron al capitán general, que no se quiso unir al golpe, e impidieron el intento del alcalde de armar a una milicia republicana.


Vino entonces un intercambio de mensajes entre los pronunciados en Valencia y el gobierno en Madrid, en que ambas partes se mostraban corteses y moderados. El presidente del gobierno era Sagasta, progresista, que curiosamente se convertiría en pieza clave de la Restauración canovista, pues fue quien como jefe del Partido Liberal se alternaría en el poder con el conservador Cánovas. 


Sagasta presidía el gobierno, pero el poder lo tenía el general Serrrano, que estaba al frente del Ejército del Norte combatiendo a los carlistas en Vascongadas y Navarra. En la noche del 30 de diciembre hubo un intercambio de telegramas entre los dos, en el que Serrano le confesó que no tenía fuerzas leales suficientes como para acudir a Madrid a apuntalar a la República. Los oficiales a las órdenes de Serrano eran, en efecto, partidarios del príncipe Alfonso en su mayoría, así que el presidente del Poder Ejecutivo de la República hizo la maleta y se fue inmediatamente a Francia.


A las 11 de la noche el capitán general de Madrid, que en vista de como iban las cosas se había enganchado al pronunciamiento, le comunicó muy educadamente a Sagasta: «Señor Presidente, me veo en la sensible necesidad de manifestar a usted que la guarnición de Madrid se asocia al movimiento del Ejército del Centro, y que va a constituirse un nuevo gobierno». Sagasta protestó «enérgicamente» para salvar las apariencias, pero le traspasó los poderes.


El embajador francés, el conde Jean-Baptiste Alexandre Damase de Chaudordy, resumió así el proceso que iba a cambiar a España para el siguiente medio siglo: «Jamás cambio alguno de régimen ha tenido lugar con una calma y una armonía tales».


Así, la restauración de la Monarquía no se produjo en el Congreso de los Diputados, como tenía previsto Antonio Cánovas del Castillo, sino que la precipitó el general Arsenio Martínez de Campos con un pronunciamiento militar en Sagunto a favor del Príncipe Alfonso, que estaba en el exilio. Se inicia así la Restauración, que consistiría en un pacto político entre la izquierda y la derecha moderadas, para alternarse en el poder mediante ciclos electorales amañados, dejando fuera a los extremistas de uno u otro color. El nuevo monarca debía también someterse a la moderación, no pretender gobernar él, sino acatar la Constitución. Ese sistema ideado por Cánovas le daría a España medio siglo de estabilidad política, hasta que las injerencias políticas de Alfonso XIII, que rompió las reglas de juego establecidas por Cánovas, desembocaran en la Dictadura de Primo de Rivera de 1923.

Tenía seis años cuando su madre la dejó en una estación de lavandería automática… y no volvió.


 Tenía seis años cuando su madre la dejó en una estación de lavandería automática… y no volvió.


Estaba sentada en el suelo, junto a las secadoras encendidas, viendo girar la ropa ajena como si eso fuera el tiempo pasando. Miraba la puerta. Esperaba. La gente entraba y salía. Nadie se detenía.


Hasta que una mujer lo hizo.


Se llamaba Kate.


—“Cariño… ¿dónde están tus padres?” —le preguntó.


La niña no supo qué responder. Solo sabía que estaba sola.


Kate se sentó a su lado. Esperó con ella. Llamaron a números que no existían. Buscaron nombres que no estaban en ningún registro. Pasaron horas. Nadie llegó.


Kate se fue esa noche.


Y volvió al día siguiente.


Y al siguiente.


Trajo bocadillos. Trajo una manta. Trajo una libreta para dibujar. Le dijo a los empleados que se haría cargo “hasta que sucediera lo correcto”.


Y lo correcto terminó siendo esto:


Kate firmó los papeles.


No era rica. No tenía pareja. Tenía dos trabajos y muy poco tiempo. Pero tenía algo que pesa más que todo eso: la decisión de no pasar de largo.


La crió sola.


Estuvo en cada festival escolar, en cada noche con fiebre, en cada miedo infantil que pide una voz cerca. No salvó al mundo. Salvó a una niña.


Años después, esa niña eligió ser oficial de policía.


No por la placa. No por la autoridad. Sino para ser lo que Kate fue para ella: alguien que se detiene cuando ve a un niño perdido.


Hoy, adulta, dice una frase que lo resume todo:


“Todavía me considera su mejor decisión.”


No fue un gesto heroico.

No fue una campaña.

No fue una misión.


Fue una mujer que se sentó en el suelo junto a una niña… y decidió no levantarse nunca del todo.


Y a veces, eso es exactamente cómo cambia la historia.


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Marie Duplessis: De niña vendida por su padre a mujer que hizo rendirse a París


 Marie Duplessis: De niña vendida por su padre a mujer que hizo rendirse a París


Paris se arrodilló una vez ante una mujer cuya vida comenzó con violencia, pobreza y traición. Fue vendida por su propio padre a los 13 años, murió a los 23 años, pero en el corto tiempo entre esas dos edades, su nombre se convirtió en leyenda. El mundo la conoció como Marie Duplessis.


Sin embargo, Marie Duplessis no era el nombre que se le dio al nacer. Nació con el nombre de Alphonsine Rose Plessis el 15 de enero de 1824, en un pequeño pueblo de Normandía, Francia. Su infancia estuvo lejos de ser feliz. Su padre era un alcohólico abusivo, mientras que su madre, la última miembro de una empobrecida familia noble, se fue de casa cuando Alphonsine era pequeña para trabajar como sirvienta en París. Su madre murió cuando Alphonsine tenía solo seis años.


Desde entonces, Alphonsine vivió con un padre que no la quería. A los 12 años, fue violada por un peón de campo. En lugar de protección, la familia con la que vivía la culpó y la envió de vuelta con su padre. Un año después, a los 13 años, su padre la vendió a un hombre mayor llamado Plantier que vivía en una zona remota.


Alphonsine escapó, una y otra vez. Se mudó de un pueblo a otro, trabajando ocasionalmente en lavanderías o pequeñas tiendas para sobrevivir. Pero su padre seguía encontrándola, arrastrándola de vuelta e intentando vender su trabajo, e incluso su cuerpo, a quien estuviera dispuesto a pagar.

A los 15 años, Alphonsine finalmente llegó a París. Llegó huérfana, hambrienta, vestida con harapos y durmiendo donde podía encontrar refugio. Un director de teatro recordó más tarde haber visto a la chica en el Pont-Neuf, mirando con anhelo un puesto de patatas fritas. Le compró una porción por lástima.


Menos de un año después, la misma persona vio a la chica caminando del brazo de un noble en el Jardín de Ranelagh.

Alphonsine se había transformado en Marie Duplessis.


Eligió el nombre "Marie" por la Virgen María, una amarga ironía para una mujer cuya inocencia le había sido arrebatada a una edad temprana. Añadió la palabra "Du" a su apellido para que sonara aristocrático. Con una determinación increíble, aprendió a leer por su cuenta, eliminó el acento de Normandía de su habla y estudiaba los periódicos todas las mañanas para poder discutir sobre política, arte y eventos actuales con la élite.


Marie entendió una cosa fundamental: si el mundo la juzgaba solo por su belleza, entonces haría que esa belleza valiera mucho, y obligaría al mundo a pagar por ella.

A los 16 años, dejó su trabajo mal pagado en la tienda de ropa y entró en el mundo de la prostitución de lujo. Pero Marie era diferente. Era conocida por ser elegante, inteligente y culta. Su apartamento se convirtió en un lugar de reunión para políticos, escritores y artistas en un prestigioso salón literario. Honoré de Balzac estaba entre ellos. Tenía un asiento de honor en las noches de estreno en los principales teatros de París.


Marie coleccionaba arte, tenía alrededor de 200 libros y siempre llevaba camelias, blancas cuando estaba "disponible", rojas cuando no lo estaba. La flor sin perfume se convirtió en su símbolo: una mujer que vivía para ser vista, no para ser completamente conocida.


El renombrado compositor Franz Liszt se enamoró de ella y prometió llevarla a Constantinopla, para luego volver a recogerla. Esa promesa nunca se cumplió. Alexandre Dumas hijo también la amó; su relación duró 11 meses a partir de septiembre de 1844. Pero los celos y la incapacidad de Dumas para financiar el estilo de vida de Marie hicieron que la relación terminara amargamente en agosto de 1845.


En 1846, Marie se casó con el conde Édouard de Perregaux en Inglaterra. El matrimonio no fue reconocido legalmente en Francia, una condición que la benefició. Obtuvo acceso a un nombre y estatus sin tener que sacrificar su libertad.


Marie era conocida por ser derrochadora y aficionada al juego. Vestía la mejor ropa, montaba caballos importados de Inglaterra y vivía en un lujoso apartamento con muebles Luis XV y cortinas de seda. Pero también era conocida por su generosidad. Ayudaba a otras mujeres en el mundo de la prostitución y donaba a obras de caridad. Cuando murió, muchas de las mujeres a las que había ayudado asistieron al funeral llorando, no por simple lástima, sino por gratitud.

Marie vivió como si se diera cuenta de que su tiempo era corto. La tuberculosis, una enfermedad mortal apodada la "enfermedad romántica" en ese momento, la carcomía lentamente. En 1847, pasaba más tiempo en balnearios de salud que en París, tratando de prolongar su vida.

Ese esfuerzo fracasó. El 3 de febrero de 1847, Marie Duplessis murió en su apartamento en el Boulevard de la Madeleine, París, a la edad de 23 años. Los alguaciles ya habían comenzado a confiscar sus pertenencias para pagar deudas incluso antes de que diera su último aliento.


A su funeral en la Iglesia de la Madeleine asistió mucha gente. El escritor inglés Charles Dickens estuvo presente y escribió que París estaba de luto "como si Marie fuera Juana de Arco u otra heroína nacional, tan profunda era la pena general".


Semanas después, todas sus posesiones fueron subastadas: muebles, joyas, libros e incluso su loro mascota. Los parisinos acudieron en masa, no solo para pujar, sino para presenciar los restos de la vida de una mujer que, aunque vivió brevemente, logró grabar su nombre en la historia.