La Peste Negra fue una pandemia que devastó Europa entre 1347 y 1351 y cambió el rumbo del continente para siempre.
La enfermedad, causada por la bacteria Yersinia pestis y transmitida principalmente por pulgas de ratas, llegó a Europa a través de rutas comerciales desde Asia. En pocos años, mató a entre 25 y 50 millones de personas, lo que representaba hasta un tercio de la población europea.
Las ciudades quedaron vacías, aldeas enteras desaparecieron y el miedo dominó la vida cotidiana. No se entendía el origen de la enfermedad, lo que provocó persecuciones, especialmente contra minorías como las comunidades judías, acusadas injustamente de propagarla.
Pero el impacto no fue solo demográfico. La enorme reducción de población provocó una grave escasez de mano de obra. Con menos campesinos disponibles, los trabajadores sobrevivientes comenzaron a exigir mejores condiciones y salarios más altos. Esto debilitó el sistema feudal, que dependía de la servidumbre agrícola.
Muchos señores feudales perdieron poder, mientras que los campesinos y artesanos ganaron mayor movilidad social. En varias regiones surgieron revueltas campesinas que desafiaron el orden tradicional.
También cambió la mentalidad europea. El constante contacto con la muerte transformó el arte, la religión y la cultura. Aparecieron representaciones como la “danza macabra”, recordando que la muerte alcanzaba a todos por igual.
A largo plazo, la Peste Negra aceleró transformaciones económicas y sociales que contribuyeron al fin de la Edad Media y prepararon el terreno para el Renacimiento.
No fue solo una tragedia sanitaria: fue uno de los eventos que redefinieron la estructura social, económica y cultural de Europa.


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