viernes, 30 de enero de 2026

Moctezuma Xocoyotzin.

 Moctezuma Xocoyotzin.


En los días en que el sol del Anáhuac alumbraba sobre lagos y templos, nació en la noble casa de Axayácatl un príncipe destinado a gobernar el mundo mexica. Su nombre fue Motēcuzōmah Xōcoyōtzin, “Señor que se muestra con ira”, aunque los siglos habrían de recordarlo como Moctezuma el Joven. Hijo de gobernantes, criado entre calmécac y recintos sagrados, aprendió desde la infancia el arte de la palabra florida, la ciencia del calendario y la pesada disciplina del mando militar.

Con el paso de los años, su renombre creció entre sacerdotes y guerreros. Había servido como general, juez y sacerdote, y su severidad era célebre entre los nobles. Así, cuando en 1502 —o tal vez en 1503, según las cuentas de distintos cronistas— murió el tlatoani Ahuízotl, la nobleza y los linajes principales decidieron que Moctezuma debía ocupar el trono de Tenochtitlan. Ese día, los tambores del huei teocalli resonaron para anunciar que un nuevo huey tlatoani había sido elegido.

El esplendor del reinado

Durante los primeros años de su gobierno, el imperio alcanzó el punto más alto de su poder. Moctezuma reorganizó tributos, fortaleció alianzas y reafirmó la autoridad del centro tenochca sobre provincias lejanas. Dicen que su corte llegó a ser tan vasta y solemne que nadie podía mirarle directamente sin autorización; incluso los nobles debían bajar la vista al dirigirse a él.

Pocos sabían —como relatarían más tarde Bernal Díaz del Castillo y otros españoles— que el tlatoani también era rey consorte de Ecatepec, casado con la reina Tlapalizquixochtzin, una de sus esposas principales. Esa alianza le otorgaba prestigio más allá del valle de México, aunque dentro del imperio se hablaba poco de ese título secundario.

Hacia la segunda década del siglo XVI, los sacerdotes comenzaron a informar de presagios funestos: cometas en el cielo, incendios espontáneos, deformidades animales. La tradición posterior diría que Moctezuma se inquietó profundamente; otros relatan que mantuvo su temple y confió en los augurios rituales. En cualquier caso, el ambiente espiritual estaba cargado cuando llegaron noticias de hombres barbados que navegaban sobre casas flotantes jamás vistas.

Cuando los extranjeros encabezados por Hernán Cortés avanzaron hacia la gran laguna, Moctezuma decidió recibirlos con magnificencia. Envió emisarios, regalos y palabras de diplomacia ritual. Finalmente, el 8 de noviembre de 1519, ambos líderes se encontraron en el tlaxialtéotl, la calzada que conducía al corazón de Tenochtitlan. El tlatoani, rodeado de nobleza y sacerdotes, dio la bienvenida al visitante, sin saber que aquel gesto iniciaría uno de los episodios más trágicos de la historia mesoamericana.

Pocos días después, mediante astucia y amenazas, los españoles lograron tener a Moctezuma bajo custodia en el propio palacio de Axayácatl. El huey tlatoani, aún vestido con mantas finas y diademas de jade, quedó convertido en prisionero dentro de su propia capital. Aun así, continuó gobernando de manera simbólica, intentando mantener el equilibrio entre sus captores y la nobleza mexica.

Pero la tensión explotó en 1520. Tras la matanza del Templo Mayor y el levantamiento del pueblo tenochca, Moctezuma fue llevado a la azotea para calmar a su gente. Las piedras volaron. Los españoles dijeron que su propio pueblo le había herido; los mexicas aseguraron que los extranjeros lo mataron. Lo cierto es que Moctezuma Xocoyotzin murió el 29 de junio de 1520, cuando su mundo se encontraba ya al borde del derrumbe.

Para algunos cronistas indígenas, Moctezuma fue víctima del destino y de los designios de los dioses. Para otros, fue un gobernante prudente atrapado en circunstancias imposibles. En la tradición española, su figura osciló entre la nobleza y la tragedia. Pero a través de los siglos, su nombre permanece como uno de los símbolos más complejos del encuentro entre dos mundos: el esplendor del imperio mexica y el inicio de su fin.

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