jueves, 5 de febrero de 2026

Un 4 de febrero de 1862, Benito Juárez tomó una decisión que no parecía histórica.

 Un 4 de febrero de 1862, Benito Juárez tomó una decisión que no parecía histórica.


Solo urgente.
México llevaba años desangrándose. La Guerra de Reforma había terminado apenas en 1861 y el país estaba económicamente destruido. No había dinero en las arcas públicas, las comunicaciones estaban rotas y gran parte del territorio seguía inestable.
Desde julio del año anterior, Juárez había decretado la suspensión temporal del pago de la deuda externa. No era una cancelación definitiva, sino una pausa forzada. El Estado simplemente no podía pagar.
Durante meses, la tensión creció.
España, Francia y el Reino Unido reclamaban el pago. Las negociaciones fracasaron. En diciembre de 1861, las tres potencias desembarcaron tropas en Veracruz. Oficialmente, venían a exigir una deuda.
España y el Reino Unido se retiraron poco después al entender que México no se negaba a pagar, solo no podía hacerlo.
Francia no.
El gobierno de Napoleón III decidió avanzar. La deuda se convirtió en pretexto. El objetivo era político: intervenir México y colocar un imperio aliado a Francia.
El 4 de febrero de 1862, Juárez confirmó su postura. No hubo discursos épicos ni celebraciones. Solo la certeza de que el país no tenía margen de maniobra.
Tres meses después, el 5 de mayo, las tropas francesas serían derrotadas en Puebla.
Pero la guerra no había terminado.
Vendrían años de ocupación, un emperador extranjero y un país gobernado desde Europa.
Todo comenzó como una decisión administrativa.
Terminó como una invasión.
A veces, la historia no gira por batallas espectaculares, sino por decisiones que se toman cuando ya no queda nada más que decidir.
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