CRÓNICAS DEL JURAMELÓN:
El Sainete de la Garita y los Yates de Secano
Por Fernando Casares Learte
Vivir en este rincón de Madrid tiene un valor añadido que no figura en las escrituras: un servicio gratuito de "biógrafos" de portal. Mientras uno se centra en la estética y la paz del Juramelón —ese proyecto que es más refugio que obra—, el elenco estable de la finca (y alrededores) se encarga de redactar un guion que ríete tú de las novelas de caballería.
Todo empezó con aquella Matriarca de la Portería, una mujer que confundió su garita con el despacho de un inquisidor. Con la autoridad que se autoconcedía —al estilo de un Cid Campeador de fregonas—, decidió que mi vida era un despliegue de lujo asiático. Según su crónica, yo poseía yates invisibles y celebraba festejos dignos de la Roma imperial. Una imaginación desbordante que, curiosamente, mezclaba con insultos homófobos cuando creía que nadie la oía, intentando ensuciar una intimidad que ni le pertenecía ni comprendía.
La saga, por supuesto, ha tenido continuidad. Ahora el protagonismo recae en su Heredero Laboral, su yerno un hombre de contrastes: por la mañana me confesaba con aparente amargura lo mucho que odiaba a su propia suegra y, por la tarde, parece haber heredado su talento para el teatro más rancio. Su última actuación ha sido memorable: inventarse una agresión con la intensidad de una estrella de cine mudo, gritando al vacío mientras intentaba adjudicarme un estado de embriaguez que solo existía en su desesperado guion por salvar la cara.
Y como en toda buena comedia de barrio, nunca falta el Invitado de Piedra. En este caso, el portero de la finca de al lado, que en un alarde de generosidad vecinal, se permite sugerirme que venda mi casa. Es enternecedor que alguien que ni siquiera trabaja en mi portal esté tan preocupado por mi mudanza. Quizá es que mi "yate imaginario" le quita espacio para aparcar su propia discreción, o quizá, simplemente, no soporta ver a un propietario que no se pliega a sus impertinencias.
La realidad detrás de tanto ruido es vieja como el mundo: la envidia. Les duele el Juramelón porque es el espejo donde se refleja su propia amargura. Les molesta que uno habite su vida con la naturalidad de quien no debe nada a nadie. Pero lo que resulta más poético, más fascinante si cabe, es que mientras ellos invierten sus horas en fabricar estos sainetes de planta baja, a nosotros nos la repanfinfla
Es el contraste definitivo: frente a la estrechez de miras del que solo sabe calumniar desde el rincón de una portería, la amplitud de un horizonte lleno de éxitos y proyectos brillantes. Quizá por eso les urge tanto que venda; porque mi presencia, mi seguridad y mi triunfo son el recordatorio constante de que, mientras ellos se quedan estancados en el rencor de su cortijo particular, el Juramelón y su dueño no hacen más que crecer.
Lamento decepcionar a los guionistas de esta función barata, pero no acepto el papel de figurante. No vendo, no me rindo y, sobre todo, no dejo de brillar. Estoy demasiado ocupado disfrutando de la cima como para preocuparme por los que ladran en el portal.
En el Juramelón, la realidad es nuestra; la ficción se la dejamos a la envidia.










