En 1895, un niño de 12 años llegó a Boston con los zapatos rotos y apenas unas cuantas palabras en inglés. Venía desde las montañas del Líbano, acompañado por su madre, dos hermanas y un medio hermano. No traían certezas, solo esperanza.
Eran pobres, estaban de duelo y no entendían este nuevo mundo. En la escuela lo marginaban por su acento, lo tachaban de torpe e incluso de sucio por el tono de su piel. Pero algunos maestros vieron más allá: callado, sí, pero profundamente atento. No dominaba el idioma, pero se expresaba con el alma al dibujar, y comprendía la vida con una madurez que desafiaba su edad.
Aprendió inglés, y con ese idioma formó una voz que resonaría por generaciones.
Ese niño se llamaba Kahlil Gibran.
Perdió a su medio hermano, a su hermana, y luego a su madre. Todo en cuestión de años. Su hermana menor trabajó vendiendo ropa para que él pudiera estudiar. Ese acto de amor lo marcaría para siempre. Más adelante escribiría: “La palabra más bella en labios humanos es ‘Madre’.”
Cuando hablaba del amor, lo hacía desde la herida, desde el agradecimiento, desde la sabiduría que nace del dolor.

Nunca alzó la voz. Escribió. Y nos dejó estas palabras:

Un siglo después, su mensaje sigue vivo. Nada mal para alguien que un día fue llamado “indeseado”.
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