Cuando los arqueólogos abrieron la tumba de Peder Winstrup, obispo sueco del siglo XVII, se encontraron con un hallazgo doblemente sorprendente.
Pero junto a él yacía algo inesperado: el pequeño cuerpo momificado de un bebé. Durante un tiempo surgieron especulaciones, como la posibilidad de que fuera un hijo ilegítimo del obispo, ocultado en el mismo entierro para evitar un escándalo.
La ciencia, sin embargo, puso fin al misterio. Las pruebas de ADN demostraron que el niño no era su hijo, sino su nieto. Ambos murieron casi al mismo tiempo y la familia decidió colocarlo junto a su abuelo, como si así pudiera protegerlo incluso después de la muerte.
Una historia en la que el morbo dio paso a una escena de ternura y despedida familiar.
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