sábado, 9 de agosto de 2025

Cada mañana, a las 7:30 en punto, don Marco abría su diminuto taller en el centro del pueblo. Tenía 78 años




 Cada mañana, a las 7:30 en punto, don Marco abría su diminuto taller en el centro del pueblo. Tenía 78 años, pero sus manos seguían siendo tan firmes y precisas como cuando era joven. La gente decía en broma:

— Ese señor arregla relojes como si estuviera remendando corazones rotos.
Una tarde lluviosa entró a toda prisa Demetrio, un empresario de 32 años con un tic nervioso en el ojo y un celular que no dejaba de sonar, como olla exprés a punto de explotar. Dejó sobre la mesa su carísimo reloj suizo y gruñó:
— Arréglelo. Urgente. En una semana se atrasó dos minutos y en mis juntas no me perdonan ni un segundo de retraso.
Don Marco lo miró primero a él y luego al reloj.
— Los relojes, joven, son como las personas… cuando se la pasan corriendo, algo por dentro termina rompiéndose.
— No necesito filosofía, necesito que marque la hora exacta —dijo Demetrio, mirando de reojo su iPhone.
— Tres días de trabajo —respondió el viejo, tranquilo.
— ¿¡Tres días!? Le pago el doble, pero hágalo para mañana.
— Aunque me pagara el triple… seguirían siendo tres días. Mientras tanto, quédese con este.
Le dio un viejo reloj de bolsillo, de bronce. Demetrio lo tomó con cara de que le hubieran dado un Nokia viejito en lugar de un smartphone, pero aceptó.
Y ahí empezó lo raro: el reloj parecía tener vida propia. En reuniones aburridas, las manecillas apenas se movían; pero cuando almorzaba con su hija, el tiempo volaba.
Al tercer día volvió, confundido y algo fastidiado:
— Su reloj está loco. El tiempo a veces se arrastra y a veces vuela.
Don Marco sonrió:
— No está loco. No marca la hora de los satélites… marca el tiempo de tu alma. Las manecillas avanzan como tú vives.
— ¿Entonces tengo que vivir siempre en modo Zen?
— No estaría mal —le guiñó un ojo—. Porque el reloj se puede ajustar… pero si tú te atrasas con tu propia vida, no hay engranaje que te salve.
Demetrio sonrió, todavía incrédulo:
— ¿Cuánto le debo?
— Por el reloj, dos mil pesos. Por la lección… págame empezando a vivir de verdad.
Un mes después, Demetrio regresó con el reloj de bronce.
— ¿Se descompuso? —preguntó don Marco.
— No —respondió con una sonrisa—. Quiero comprárselo. Dejé mi trabajo en la empresa, estoy abriendo mi propio negocio aquí… y ahora yo recojo a mi hija en la escuela, no el chofer.
— Ese reloj no está a la venta —dijo el viejo—. Se queda con quienes ya aprendieron a estar a tiempo… donde la vida los está esperando.
Ese invierno, don Marco falleció. En su testamento dejó el taller a Demetrio, junto con una nota corta:
"Para quien entendió que reparar el tiempo no es tan importante… como reparar el corazón."
Hoy, en la puerta del taller se lee:
"No vendemos tiempo. Recordamos cómo disfrutarlo."
Porque a veces, hace falta que un reloj se detenga… para que el corazón vuelva a latir con fuerza.
Tomado de la web

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