sábado, 23 de agosto de 2025

No fue Betty Boop. Fue Baby Esther.

 



No fue Betty Boop. Fue Baby Esther.

En el Harlem de los años veinte, cuando el jazz encendía las noches y el Cotton Club era el templo de lo prohibido, una niña afroamericana llamada Esther Lee Jones subía al escenario y dejaba al público sin aliento. No tenía la fama, no tenía los reflectores, pero sí tenía algo único: su voz. Entre risas y juegos inventaba sonidos, aquellos inolvidables “bu-bu-bu” y “doo-doo-doo” que se convertirían en su marca personal.
Una noche de 1928, entre las mesas llenas de humo y copas de whisky, alguien la escuchó. No era un desconocido, sino Helen Kane, la cantante blanca que poco después haría fortuna con el mismo estilo en I Wanna Be Loved By You. El público creyó que Kane lo había creado. Pero no. Lo había tomado de una niña negra.
Cuando Max Fleischer dio vida a Betty Boop, lo hizo copiando esa cadencia, esa chispa juguetona que había nacido con Baby Esther. Betty conquistó al mundo: sexy, descarada, dueña de sí misma. Pero su verdadera creadora quedó borrada de la historia.
En 1932, Kane demandó a los estudios por “robarle” su estilo. El juicio destapó la verdad. Testimonios, imágenes y grabaciones demostraron que Helen no había inventado nada. Lo había imitado. El juez fue claro: no había derechos exclusivos. Kane perdió. Baby Esther ganó… pero demasiado tarde. Poco después fue declarada muerta en ausencia. Sin gloria, sin nombre, sin justicia.
El académico Robert G. O’Meally lo resumió en una frase que quema: Betty Boop tenía una abuela negra. Solo que el mundo prefirió olvidarla.
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