En lo profundo del hielo eterno de Siberia, los arqueólogos hallaron un cuerpo que parecía dormido hacía 2.500 años. La llamaron la Doncella de Hielo, y en su piel descansaba un secreto antiguo: un tatuaje.
Bajo su melena helada apareció un ciervo escita, dibujado con líneas finas y curvas que aún hoy sorprenden por su elegancia. No era un adorno banal: era un símbolo. Los escitas, un pueblo de guerreros y nómadas, tatuaban sus cuerpos como un lenguaje sagrado, un mapa de poder y espiritualidad que viajaba con ellos más allá de la muerte.
El hallazgo de la Doncella reveló que, incluso en medio de las estepas gélidas, la tinta era memoria y resistencia. Sus tatuajes, entre los más antiguos jamás encontrados, abren una ventana a un mundo que se pensaba perdido: un mundo de creencias complejas, de rituales, de animales totémicos que servían de guía y de protección.
No era solo una momia. Era un testimonio de cómo, desde tiempos inmemoriales, el ser humano buscó dejar marcas indelebles en su propia piel. Marcas que sobrevivieran al tiempo, al hielo y a la muerte misma.
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