La Iglesia Católica llama incorruptibles a ciertos santos cuyos cuerpos, siglos después de su muerte, permanecen casi intactos. Para muchos, es solo una creencia piadosa… pero el caso de Santa Cecilia hace dudar incluso a los más escépticos.
Mártir cristiana en el año 177 d. C., Cecilia fue enterrada en las catacumbas de Roma. Más de 1.700 años después, cuando su tumba fue abierta, el asombro recorrió a todos los presentes: su cuerpo estaba prácticamente igual que el día de su muerte.
Allí yacía, con el rostro sereno, como si durmiera. La piel conservaba forma y color, las facciones seguían definidas, y su postura —recostada y cubierta con un velo— parecía la de una persona viva en un instante detenido.
Según expertos, su estado desafía al menos cinco de las ocho etapas conocidas de la descomposición humana. No hay explicación definitiva. No hay embalsamamiento registrado. Solo la incómoda certeza de que, a veces, el tiempo no sigue sus propias reglas.
Para la fe, es un milagro.
Para la ciencia, un misterio.
Para quien la contempla, una visión imposible de olvidar.
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