sábado, 16 de agosto de 2025

El hombre que nos enseñó a tener frío



El hombre que nos enseñó a tener frío

Horacio Quiroga quiso tentar a Ezequiel Martínez Estrada para que fuera su vecino en Misiones: le regaló una hectárea, planos de una casa de madera, muebles hechos por él y hasta un violín rústico de timbó que sonaba como “gato en celo”. Estrada entendió el mensaje y no se mudó.
Poco después, Quiroga viajó a Buenos Aires por un malestar. Tenía cáncer terminal, pero los médicos no se lo dijeron. Internado en el Hospital de Clínicas, trabó amistad con un paciente escondido en el sótano, Batistessa, a quien contó historias de la selva. Este le reveló que la operación era inútil. Quiroga fue a comprar cianuro, lo mezcló con whisky y se suicidó. Lugones comentó: “Se mató como una sirvienta”; él mismo se suicidaría un año después. Alfonsina Storni, antigua amante, también seguiría ese camino.
Ni Lugones ni Storni acompañaron sus restos al Uruguay; Borges sí lo hizo, a pesar de haberlo criticado. Incluso Arlt, que lo había ridiculizado, cambió su opinión al escuchar una anécdota: días antes de morir, Quiroga había seguido a la viuda de Gómez Carrillo, actual pareja de Saint-Exupéry, y al verlos juntos comentó: “Me hubiera gustado ser aviador”.
Directo y sin diplomacia, Quiroga provocaba tanto admiración como escándalo. Crió a sus hijos en la selva con una dureza extrema y convivía con animales como un coatí, un búho y un yacaré. Lo acusaban de traer la barbarie a la ciudad, pero él prefería la selva antes que cualquier otra vida. Amaba por igual a Tolstói, Dostoievski, Jack London y Baudelaire.
En su última carta a sus hijos escribió: “Busco lo que casi nunca se encuentra. Soy capaz de romper un corazón por ver lo que tiene adentro, a trueque de matarme yo mismo sobre los restos de ese corazón”. Martínez Estrada resumió su legado: “Con él aprendimos a contar en serio”.
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