lunes, 18 de agosto de 2025

Ese día subí al bus con las piernas temblando.




 Ese día subí al bus con las piernas temblando.

Miré alrededor buscando dónde sentarme, y por fin vi un asiento vacío en el fondo. Me dejé caer como si fuera mi salvavidas.
Y aunque desde afuera parezco sano, joven y fuerte. Por dentro cargo una lesión en las rodillas que me acompaña desde hace años. Cada jornada de trabajo termina igual: con un dolor que me arde como fuego y que me recuerda que no todo dolor en la vida se nota.
Apoyé la cabeza contra la ventana y cerré los ojos, intentando ignorar el ardor de mis articulaciones.
A los pocos minutos subió una señora con un niño de unos nueve años.
El pequeño iba tranquilo, pero ella se plantó frente a mí y, sin rodeos, dijo:
—Disculpe joven, ¿me puede ceder su asiento? Vengo con mi hijo.
Abrí los ojos. Y vi una señora joven con un niño grande.
Sentí que todo el bus se giraba a mirarme, expectante.
Y yo, tragando saliva, solo pensé: “Si supieran…”
Recordé todas las veces que sí me levanté:
Por una mujer embarazada que casi se desmayaba.
Por un anciano que caminaba con dificultad.
Por una mamá que cargaba a su bebé dormido.
Siempre lo hice. Siempre.
Pero esa tarde no podía.
Esa tarde mis rodillas me mataban.
—Lo siento, señora… no puedo, de verdad me duelen las piernas —le respondí con voz baja.
Ella abrió los ojos como si hubiera escuchado una blasfemia.
—¡Qué vergüenza! Tan joven y tan egoísta. ¿No ve que estoy con un niño?
Un señor más atrás murmuró fuerte, para que todos lo oyeran:
—Ya pues, muchacho, cede el asiento, ¿qué te cuesta?
Una mujer del otro lado saltó:
—Estos jóvenes ya no respetan, son unos malcriados…
Otra voz susurró:
—Todos estamos cansados, pero hay que ser humanos…
Yo sentía la sangre arderme en la cara.
Y casi como un rayo de alivio, algunas voces más se alzaron:
—Ya déjenlo tranquilo.
—Pero si su hijo ya está grandecito, bien puede ir parado…
Me mordí los labios.
Podía haber gritado que mi dolor no se ve, que camino con las rodillas en llamas cada día.
Podía haber explicado que no es flojera, que es algo que cargo en silencio.
Pero no lo hice.
Me quedé callado, tragando saliva, mientras las voces se apagaban poco a poco y la señora se iba más adelante, mascullando insultos.
Algunos pasajeros me miraban como si fuera un monstruo; otros decían que no me preocupara.
Y yo solo apoyé la cabeza contra el vidrio, con el corazón apretado.
Nadie ahí sabía lo que llevaba en el cuerpo.
Nadie entendía que el dolor no siempre se nota, pero igual te aplasta.
Nadie escuchaba lo que mi orgullo no me dejaba decir en voz alta:
“Tengo una enfermedad crónica, y a veces simplemente no puedo más.”
Cerré los ojos. Y aunque me dolió sentirme señalado, también entendí que esa tarde hice lo único que podía: elegirme a mí mismo.
👉 No todos los que se quedan sentados son egoístas. A veces, cargan dolores que nadie ve.
--Ortografía, Lectura y Cultura 📖
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