El infierno desatado por el pueblo de Tenerife contra el gran Nelson: la razón de que Canarias sea hoy española
En 1797, el almirante británico de la Batalla de Trafalgar, atacó Santa Cruz de Tenerife para saquear y hacerse con todo el archipiélago, sin imaginarse que se iba a encontrar en frente al general Gutiérrez apoyado por una parte de la población civil de la isla Nunca pensó Horacio Nelson que su ataque a la isla de Santa Cruz de Tenerife, en el verano de 1797, le iba a salir tan caro. Al fin y al cabo era un plaza mucho más pequeña de las que había tomado en el pasado y estaba convencido de que no le iba a crear ningún problema. En primer lugar, por la elección de Santa Cruz de Tenerife como objetivo de su ofensiva.
Una decisión pésima en la que no había tenido en cuenta las condiciones que presentaba aquella isla canaria, sin duda las peores de todo el archipiélago para ser invadida por mar. «No hay más que pasear por las impresionantes llanuras de Ucanca y los paisajes lunares al pie del Teide, rey silencioso y envuelto en celajes, para tener clara intuición de que quien acuda allá con intención de dominio o con las armas en mano emprenderá, por propia culpa, un sangriento calvario», cuenta el escritor e historiador Víctor San Juan en su último libro, «Veintidós derrotas navales de los británicos», reeditado por Renacimiento en junio.Y en segundo lugar, porque ni en sus peores pesadillas pudo imaginarse que en el bando contrario iba a encontrarse a prácticamente todo el pueblo tinerfeño, comandado por el general Antonio Gutiérrez de Otero: labriegos, pescadores, artesanos y criados muy mal armados y poco preparados, que fueron reclutados entre la población civil, para protagonizar uno de los episodios más épicos y olvidados de la historia de España El asalto de la flota inglesa se produjo entre el 22 y el 25 de julio de 1797. La escuadra británica estaba formada por nueve navíos de guerra y 3.700 soldados, mientras que las defensas isleñas se componían de 1.600 hombres. La estrategia de Nelson era tomar el puerto de Santa Cruz de Tenerife, robar todo lo que pudiera en el puerto y, a continuación, conquistar el resto de la isla sin apenas resistencia. Y al ser la plaza más fuerte de las islas Canarias, que él consideraba una minucia, pensó que después podría ocupar fácilmente el resto del archipiélago.El ataque de Nelson se produjo con muchos menos efectivos de los que utilizaron para la misma isla sus antecesores británicos, como el caso de William Blake, porque pensó que serían más que suficientes para dicho objetivo. Tal y como reconoció después el almirante jefe de la flota británica, Jervis, que fue el primero en lanzarse desde su posición en el bloqueo de la flota española en Cádiz: «No se embarcaron más tropas, porque se juzgó que bastarían los marineros y la infantería de la marina». Y fue ese su grave error, porque Santa Cruz podía ser pequeña, pero estaba muy bien defendida: 21 fuertes y numerosas baterías cuyo centro neurálgico era el castillo de San Cristóbal, ubicado además frente al muelle del puerto, que contaba con más de 90 piezas de artillería tras una gruesa muralla de 3,5 metros de espesor.Cada uno de los siete grupos tenía asignado un punto de desembarco. A la 1.30 de la madrugada, sin embargo, fueron descubiertos desde el mercante español San José. Y a los pocos minutos, las campanas de todas las iglesias de Santa Cruz de Tenerife comenzaron a sonar en señal de alarma. Fue entonces cuando un auténtico infierno se desató sobre los atacantes: casi medio centenar de cañones y un fuego constante de fusiles y mosquetes empezaron disparar sin descanso contra ellos. El famoso cañón Tigre, hoy expuesto con orgullo en el Museo Histórico Militar de Canarias del Fuerte de Almeyda, disparó contra el cúter Fox y lo hundió con un centenar de hombres.Las pérdidas británicas ascendieron a 233 muertos y 110 heridos, incluyendo las heridas del propio Nelson, que perdió su brazo derecho y apunto estuvo de perder la vida. Por parte española las bajas fueron de 24 muertos y 35 heridos. La procedencia de los fallecidos manifiesta de forma clara la participación del pueblo, además del ejército en esta defensa heroica: nueve pertenecían al ejército regular, siete a las milicias canarias, cuatro eran paisanos y dos marineros españoles, además de dos marinos franceses. Es decir, más de la mitad fueron bajas civiles.
Nelson fue amputado del brazo derecho, lo que unido al trauma de la derrota, le sumió en una profunda depresión. De ella da muestra en una carta que le envió al lord Saint Vincent: «Me he convertido en una carga para mis amigos y en un hombre inútil para mi país. Cuando deje de estar bajo su mando, seré un muerto para el mundo. Sigo adelante y ya nadie me ve». Y tampoco tuvo reparo en reconocer la generosidad de los artífices de su derrota, una de las pocas que sufrió a lo largo de su vida: «Justo es que reconozcamos la noble y generosa conducta de Juan Antonio Gutiérrez, el gobernador español. Tan pronto como se aceptaron las condiciones, hizo que nuestros heridos fueran a los hospitales y que se diera a nuestra gente las mejores provisiones. También hizo saber que los barcos ingleses quedaban en libertad de mandar hombres a tierra y de comprar los víveres que necesitaran mientras permanecían en la isla». Resumen ABC Cuadro de Richard Westall en el que puede verse al almirante Nelson herido en su brazo derecho en Tenerife
- NATIONAL MARITIME MUSEUM
No hay comentarios:
Publicar un comentario