Septimio Severo, el militarista (193-211 d. C.)
Consciente de que si contaba con el apoyo del ejército podría pasar por alto las opiniones del senado, Septimio Severo aumentó la paga de los legionarios y mejoró sus condiciones de vida. Sus éxitos militares contra los partos otorgaron al imperio el control de Mesopotamia y, a él, un prestigio que no dudó en utilizar para convertir Roma en una dictadura militar: hizo acampar a 50 000 legionarios alrededor de la capital y ordenó ejecutar a decenas de senadores díscolos bajo el pretexto de que eran corruptos y conspiraban contra él.
Pese a su férreo autoritarismo y la crueldad de sus decisiones a la hora de tomar represalias contra sus enemigos –ya fueran políticos o militares–, la mayor parte del pueblo amaba a Septimio Severo, pues había devuelto la gloria a Roma tras el decadente gobierno de Cómodo. No opinaban lo mismo los cristianos, quienes contemplaron, aterrorizados, cómo se multiplicaba el número de mártires durante su reinado.
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